Vida Pastoral

Vida Pastoral es una revista trimestral dirigida a obispos, sacerdotes y diáconos, que busca fortalecer la formación continua y mantener informados a sus destinatarios. La revista cuenta con secciones de Biblia, Teología, Vida espiritual, Liturgia, Comunicación, Carisma y propuestas pastorales para el clero.

Edición 4

Editorial – El catequista, un difusor de la Palabra de Dios

En el marco de la publicación del documento a manera “motu proprio”, Antiquum Ministerium, con la que el Santo Padre instituyó este 10 de mayo de 2021 el ministerio del catequista, hemos querido dedicar este número de la revista Vida Pastoral, la edición número 5 desde que iniciamos la edición venezolana en formato digital, a la figura del catequista. 

Quizás al catequista no se le ha dado la suficiente importancia como un mandato de Dios, sino más bien como un simple enseñar devociones, fórmulas que ni siquiera algunos de ellos conocen o saben el significado… Por ello la motivación del Papa a darle peso a un ministerio tan importante para la Iglesia, especialmente el acompañamiento de aquellos que se inician en la fe, o para quienes, aun habiendo hecho un camino de iniciación, no han comprendido bien los compromisos del ser cristiano. 

En este número nos acompañará, además del dossier sobre el catequista, algunas de nuestras secciones dedicadas también al catequista, tales como la figura docente en las Sagradas Escrituras, el oficio de enseñar en la Iglesia, como obra propia de los obispos, pero que, a su vez, se hacen acompañar de colaboradores, la espiritualidad del catequista, la cultura de la comunicación en la catequesis, etc. También ya a tres años de la publicación de la carta en forma motu proprio “Magum Principium”, nos enriquecerá una reflexión en torno a dicho tema. 

P. José Torres, ssp

Biblia – Los educadores en la fe según la tradición bíblica

«Lo que hemos oído y aprendido, lo que nuestros padres nos contaron,

no lo callaremos a sus hijos, a la otra generación lo contaremos».

(Sal 78,3-4)

Enseñar y aprender (למד = lamad) se escriben en hebreo con lamed (l = l), la letra más alta del abecedario hebreo, ya que son las 2 virtudes más nobles para el pueblo de Dios, al expresar la transmisión de generación en generación de lo que sostiene al hombre, no lo material, sino la palabra que se custodia, no en cofre, sino en la fidelidad al comunicarla (Sb 7,13-14; 16,26). Quienes la enseñan, la escuchan y la ponen en práctica son los verdaderos sabios del pueblo de Dios (Dt 4,6; Qo 12,9; Si 8,9; Lc 1,18; 11,27-28; Ap 1,3).

Esta responsabilidad cae principalmente sobre los padres, animadores y líderes de comunidades (Dt 4,32-40; 11,18-22). Si con el vientre se llena la tierra (Gn 1,28), es a través de la palabra narrada que los hijos pueblan el cielo. No es suficiente, por tanto, ser padres biológicos, es necesario ser padres espirituales, educadores de la fe (Is 38,19), generando la vida de Dios en los hijos. La misma naturaleza curiosa de los hijos pondrá a los padres ante esta misión (Ex 13,14). Entre las obligaciones exigidas al padre por el Talmud de Babilonia (= enseñanza, de la raíz lmd), están instruir al hijo en la Ley y enseñarle un oficio, preferiblemente natación, porque de la instrucción depende la vida de ellos (Dt 11,26-28; Pr 22,24-28).

La primera vez que el verbo “enseñar” aparece en la Biblia es en Dt 4,1. Su posición es estratégica. Moisés, consciente de morir sin entrar a la Tierra Prometida (Dt 4,21), busca que el pueblo que él guio durante 40 años por el desierto, se mantenga fiel a las enseñanzas de Dios cuando llegue la época después de él y sin él, en la época de Josué, su sustituto (Dt 31,23). El educador de la fe es responsable y garante, más allá de su presencia física en el tiempo, de la fidelidad al Señor por parte de la comunidad.

La historia se presenta como maestra y como lugar en el que Dios enseña y muestra sus caminos (Sal 25,4-5). Se narra la historia de salvación (Dt 1—3) encontrando en ella fundamento y motivación para exigir a la comunidad; de allí el adverbio “ahora” en Dt 4,1. La historia enseña a actuar por lo que Dios ya hizo y no tanto por lo que esperamos recibir de él. De lo contrario, nuestra fe sería interesada (Jb 1,9-11).

La enseñanza de Moisés no va dirigida a una masa sin identidad. Israel es su destinatario inmediato, aunque no único (Dt 4,1.6). Moisés, además, reconoce que la fuente de su enseñanza y de las promesas no es él, sino Yahvé. La poca fecundidad de nuestra labor pastoral es debida tantas veces al desconocimiento de los destinatarios y de su complejidad, pero también por olvidarnos del Dueño de la viña (Mt 21,40).

Pero no es suficiente que el educador en la fe repita sin alteración la historia de los padres (Sb 7,13-14). El mundo sapiencial exigirá que se siga cantando las proezas del Señor, pero convirtiéndolas en súplica actual (Sal 80). Le pedimos a Dios que nos enseñe sus caminos (Sal 25,5; Is 48,17), porque Él se hizo presente, pero sin dejar rastros (Sal 77,20). El educador de la fe rastrea esos pasos del Señor en su presente. A diferencia del Deuteronomio, que enseñaba que la felicidad coincidía con la fidelidad a los preceptos divinos (Dt 6,24-25), los sapienciales le enseñarán que el fiel también sufre, padece y muere y que, atravesando la prueba amarga, se alcanza la vida verdadera (Sb 2,12-24). 

El evangelio según san Juan no solo ocupa el puesto de cerrar el canon fundador de los evangelios, y el paso de la misión de Jesús a la de los discípulos, como el Deuteronomio con el Pentateuco y Moisés con Josué, sino que se relaciona con él en la centralidad de la palabra (Dt 1,1; Jn 1,1); en la tumba no encontrada de Moisés (Dt 34) y la abierta y vacía de Jesús (Jn 20); que los dos libros hablan de sí mismos (Dt 31,9; Jn 20,30), como palabras que engendran y transmiten la vida (Dt 4,1; Jn 20,31). 

Para san Juan, Jesús es el verdadero Rabbí (Jn 1,38.49; 3,2; 4,31; 6,25; 9,2; 11,8), que engendra la vida en Dios (Jn 3,3), superior a Moisés (Jn 1,17.45; 5,45-46). Jesús, consciente de volver al Padre (Jn 13,1), asegura la continuidad del evangelio en el envío de los discípulos misioneros que, con la asistencia del Santo Espíritu (Jn 14,26), estando en el mundo, sin ser del mundo (Jn 17,11.14), con el único requisito de amar al Señor Jesús (Jn 21,15-17), lleguen, permaneciendo en Cristo (Jn 15,4), a ser uno y así el mundo creerá en Dios (Jn 17,20-23). La sabiduría de Israel, que lograría la conversión de los pueblos paganos (Dt 4,6), es ahora explicitada en la deseada unidad de los hijos en Dios Padre (Jn 17,21). El verdadero educador de la fe no se reduce a transmitir un mensaje, sino que en Jesús se aprende a darse por completo por la vida del mundo (Jn 3,16-17), a despropiarnos con María (Lc 1,38), caminar como ella con la Iglesia (Hch 1,14) y con ella ser fieles hasta la cruz (Jn 19,25-27).

Pbro. Nehomar García

BIBLIOGRAFÍA

Beauchamp, P., Salmi notte e giorno, Assisi 20043.

Fausti, S., Una comunidad lee el Evangelio de Juan, Milano 2008.

Grilli, M., Vangeli sinottici e Atti degli apostoli, Bologna 2016.

Paganini, S., Deuteronomio. Nuova versione, introduzione e commento, Milano 2011.

Sonnet, J.-P., Generare è narrare, Milano 2015.

Espiritualidad – La Vida espiritual del Catequista

En la fundamentación bíblica del relato sacerdotal de la creación del hombre en el libro del Génesis, el papa Francisco afirma que cada ser humano es creado por amor, hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). Esta declaración nos muestra la inmensa dignidad de cada persona humana, que no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y darse libremente y entrar en comunión con otras personas (LS 65).  

El Catecismo de la Iglesia Católica (CCE) argumenta que el fundamento de la auténtica y plena dignidad, inscrita en cada hombre radica allí: “Dotada del alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de libre voluntad, la persona está ordenada a Dios y llamada, con su alma y su carne, a la felicidad eterna” (CCE n. 124).

Ante estas afirmaciones, nos preguntamos: ¿Cuál es el modelo humano-divino, según el cual Dios nos hizo para que fuéramos semejante a él? Y la misma revelación nos responde, diciéndonos que la imagen y semejanza de Dios que hay en cada ser humano, es Jesucristo. Una mirada al Evangelio, nos permite descubrir hasta qué punto somos realmente personas al estilo de Jesús. 

En el prólogo del Evangelio según san Lucas (1,3-4), el evangelista parece ser muy consciente de que con sus escritos está proporcionando una forma específica de enseñanza que permite dar solidez y fuerza a cuantos ya han recibido el Bautismo. Toda la historia de la evangelización de estos dos milenios muestra con gran evidencia lo eficaz que ha sido la misión de los catequistas. 

 Sabemos que no puede existir un trabajo evangelizador que no tenga como punto de partida una experiencia de Dios, una aceptación vital del mensaje de Jesucristo y una apertura a la acción del Espíritu, es decir, una espiritualidad. No se trata de transmitir una doctrina o una serie de enseñanzas sino de una experiencia profunda de la Buena Nueva. 

El Documento de Aparecida (DA) propone, directa o indirectamente, una espiritualidad como compromiso con el seguimiento de Jesús y fuente de acción misionera. ¿Pero de donde nace esa espiritualidad? Una auténtica propuesta de encuentro con Jesucristo debe establecerse sobre el sólido fundamento de la Trinidad-Amor. 

La experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos en el servicio al otro. El punto de inicio de toda espiritualidad cristiana es la experiencia bautismal que se funda en la Trinidad (cf. DA 240). 

La Palabra de Dios         

La base de toda espiritualidad es el deseo de Dios, de comunicarse al hombre. En la misma esencia de la Palabra está el deseo que Dios tiene de entrar en comunión con los hombres. Este proceso relacional que existe entre Dios y el hombre, comprende los aspectos más característicos de lo divino y lo humano. 

El primer alimento con el que cuenta un catequista en su vida espiritual, es la Sagrada Escritura.  La Palabra de Dios es la fuente viva de donde la catequesis extrae su contenido (cf. DA 247). Es la configuración del catequista con Cristo en el ministerio de la Palabra.       

La Eucaristía

La oración por excelencia en la vida del catequista sobre la cual funda su catequesis debe ser la Eucaristía. En ella, de manera especial, la vida se confronta con la Palabra de Dios, convirtiéndose en Palabra que da y transforma la vida; en ella se expresa de modo sacramental la vocación de discípulos y misioneros (cf. DA 250). 

La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística (cf. DA 251). 

Sustento de la espiritualidad del catequista

Podemos decir que la esperanza cristiana ha de infundir en el catequista una energía interior que se manifiesta singularmente en la alegría íntima de saberse ministro del Evangelio, aunque ello mismo sea a la vez la causa de algunos o muchos sufrimientos. 

Un amor que se alimenta cada día del trato personal e íntimo con el Señor en la Eucaristía y en la oración personal, en la que el catequista dedica largos ratos a hablar con el Padre como lo hacía Jesús durante su ministerio público. El catequista está llamado a vivir del amor de Dios que siempre se anticipa y se adelanta. La espiritualidad del catequista que está abierta a los problemas del hombre y de su tiempo. 

Fredy Moreno C.

SIGLAS

CCE     Catecismo de la Iglesia Católica (11-X-1992). 

DA        Documento de Aparecida (31-V-2007). 

DV         Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática «Dei Verbum» (18-XI-1965).

LS         Carta Encíclica «Laudato Si» (24-V-2015). 

MP         Carta Apostólica en forma de «MOTU PROPRIO»  (21-V-2021).

Referencias

AA.VV. Biblia de Jerusalén. (2009). Bilbao: Desclée de Brower, Bilbao 1995. 

Moreno Carrascal, F. (2017). La dignidad humana del relato sacerdotal (Gn 1,26-ss) en la Encíclica Laudato Si, un nuevo paradigma de sentido. Trabajo Especial de Grado para optar al Título de Licenciado en Teología, Caracas: Universidad Católica Santa Rosa. 

Teología – El oficio de enseñar en la Iglesia

El oficio de enseñar (munus docendi) por parte de cada bautizado nace de su incorporación a Cristo por el sacramento del bautismo. A partir de esta realidad, y fortalecido por la fuerza del Espíritu Santo, surge en todo cristiano la conciencia de que la Iglesia es misionera por naturaleza, y por tanto la tarea de evangelizar a todos los hombres constituye su misión esencial y su identidad más profunda. 

Esta tarea misionera y catequética, “obedece al mandato misionero de Jesús que se funda en aquel ‘vayan por todo el mundo’ (Mc 16,15; Mt 28,19)”. La misma constituye, para todo bautizado, su respuesta a la llamada por parte del Señor a anunciar la Buena Nueva, enseñar a todos los pueblos, y educar en el misterio de Dios, actuando siempre como verdaderos discípulos misioneros. 

Desde esta realidad se puede afirmar que en el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona: Jesús de Nazaret, que, muerto y resucitado, vive para siempre con nosotros. Por eso, al catequizar, cada bautizado lleva a otros a introducirse en los misterios de Cristo, para que, conociéndole, pueda reflejarle en el mundo. “En este sentido, el fin definitivo de la catequesis es poner a uno, no solo en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo: solo él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad”. 

Una visión actual de la docencia eclesial 

En los tiempos actuales, el oficio de enseñar en la Iglesia reviste una importancia particular, marcada tanto por un progreso técnico como por diversas contradicciones, divisiones y tensiones. Ante esta realidad, el munus docendi adquiere una responsabilidad irrenunciable por parte de todos los bautizados, y con mayor énfasis en y pedagogo que enseña en nombre de la Iglesia. Una identidad que solo puede desarrollarse con coherencia y responsabilidad mediante la oración, el estudio y la participación directa en la vida de la comunidad”. Su enseñanza no consiste solo en la transmisión de un mensaje cualquiera o una manera de pensar, “sino que es, ante todo, el compartir la vida que proviene de Dios y el comunicar la alegría de haber encontrado al Señor”. 

La catequesis debe ser siempre un acto de naturaleza eclesial, nunca individual, el mismo debe hacer que el anuncio de la Pascua del Señor resuene continuamente en el corazón de todos los fieles, para propiciar así un proceso de conversión constante que conduzca a una transformación de vida. Por tanto, esta tarea heredada de los Apóstoles, debe convertirse en una expresión clara de la propia vivencia cristiana de cada catequista, que, siguiendo a Cristo, refleja a los demás la belleza de una vida santa como reflejo de la santidad del Padreaquellos que desempeñan un servicio particular a través de la catequesis. 

“El Catequista es, al mismo tiempo, testigo de la fe, maestro y mistagogo, acompañante . 

En todo momento, la constante preocupación de todo catequista debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y de su testimonio de vida, la vida del mismo Cristo, que constituye una “continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación del sacrificio total en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación”. 

Por consiguiente, la enseñanza a través de la catequesis debe ser sistemática, elemental, esta debe llevar a la identificación plena con el misterio de Cristo. Esta realidad, comprendida por muchos, ha permitido que actualmente “muchos catequistas capaces y constantes estén al frente de comunidades en diversas regiones y desempeñen una misión insustituible en la transmisión y profundización de la fe”, “que se desarrolla en sus diversas etapas: desde el primer anuncio que introduce al kerygma, pasando por la enseñanza que hace tomar conciencia de la nueva vida en Cristo y prepara en particular a los sacramentos de la iniciación cristiana, hasta la formación permanente que permite a cada bautizado estar siempre dispuesto a «dar respuesta a todo el que les pida dar razón de su esperanza» (1 P 3,15)”. 

Teniendo esto en cuenta, se puede afirmar que en el proceso catequético será central el testimonio de vida cristiana, el cual “implica la apertura del corazón, la capacidad de diálogo, las relaciones recíprocas, la disponibilidad para reconocer los signos del bien y la presencia de Dios en las personas que se encuentran”. Con su enseñanza, y siendo un “auténtico testigo de santidad”, cada catequista hará presente la iniciativa del amor gratuito de Dios, y el llamado constante a la conversión a la que todos somos invitados. Con la conciencia clara que nunca perderá la centralidad de Jesucristo y de la Palabra de Dios en su vida, vivirá de manera comunitaria la fe recibida, y enseñando en la Iglesia será siempre un reflejo de Jesucristo sacerdote, profeta y rey.

Pbro. Ricardo Casanova Duque

Referencias

[1] Cfr. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, 1975, n. 14.

[2] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2013, n. 19.

[3] Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae, n. 5.

[4] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la Congregación para la Educación Católica, 27.IV.2004.

[5] Francisco, Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Antiquum Ministerium, 2021, n. 6.

[6] Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Directorio para la Catequesis, 2020, n. 68.

[7] Cfr. Directorio para la Catequesis, n. 55.

[8] Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae, n. 6.

[9] Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae, n. 9.

[10] Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Antiquum Ministerium, n. 3.

[11] Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Antiquum Ministerium, n. 6.

[12] Directorio para la Catequesis, n. 33.

[13] Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Antiquum Ministerium, n. 3.

Liturgia – La “MAGNUM PRINCIPIUM” y los libros litúrgicos

Mi intervención, de carácter “institucional”, respecta a la carta en forma motu Proprio “Magum Principium” del 3 de septiembre de 2017 en relación con “las versiones de los libros litúrgicos” en las lenguas vernáculas. Las disposiciones del Motu Proprio que, entre otras cosas, proveen algunas modificaciones al canon 838 del Código de Derecho Canónico (CIC), entraron en vigencia el primero de octubre del mismo año. 

La carta papal se puede ubicar en el sitio web vatican.va en el cual se encuentra también una nota técnica sobre los cambios aportados al canon antes mencionado y un comentario del documento pontificio preparado por el Arzobispo Arthur Roche, actual Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramento, que, para entonces, era Secretario de la misma. 

El Motu Proprio “Magnum principium

Con esta carta, el Papa llama la atención, antes que todo, sobre “el importante principio, confirmado por el Concilio Ecuménico Vaticano II, por el cual es indispensable que la oración litúrgica, para que pueda ser entendida, debe ser adaptada a la comprensión del pueblo con la introducción en la Liturgia de las lenguas vulgares”. El Papa, con la habitual franqueza, reconoce que en la tradición de los textos litúrgicos hayan intervenido frecuentemente dificultades e incomprensiones entre las Conferencias Episcopales y la Sede Apostólica a la que compete “regular” y “ordenar la sagrada liturgia de la Iglesia universal”. 

De consecuencia, en el intento por aclarar sobre lo que toca respectivamente a la Santa Sede y a las Conferencias Episcopales, el Papa dispone algunas modificaciones al canon 838 (CIC) que regula actualmente tal materia. Sobre todo, es puesto a la luz la tarea de la Sede Apostólica que consiste en “revisar y evaluar” con “un examen o revisión atenta y detallada” (reconognitio), las adaptaciones aportadas por las Conferencias Episcopales a los libros litúrgicos con el fin de salvaguardar la unidad en la fe y la “sustancial unidad del rito romano”. 

Tarea de las Conferencias episcopales respecto a los libros litúrgicos

A las Conferencias Episcopales, en cambio, corresponde preparar y aprobar las traducciones de los libros litúrgicos en las respectivas lenguas locales, puniendo atención que “salvaguarde la índole de cada una de las lenguas, sea hecho plena y fielmente el sentido del texto original” en lengua latina. El competente Dicasterio Vaticano en materia litúrgica, por tanto, no deberá ocuparse en la preparación de una traducción alternativa a las Conferencias Episcopales, cuestión que ha sido origen de no pocos contrastes y de incomprensibles retrasos en la promulgación de los libros litúrgicos. 

Tarea de la Santa Sede respecto a los libros litúrgicos

La Santa Sede, en cambio, procederá a la “confirmatio” que consiste en un “acto autoritativo” con el cual el Dicasterio competente “ratifica la aprobación” dada por las Conferencias Episcopales, considerada, entonces, fiel respecto a la edición típica latina, especialmente por cuanto se refiere a las “formulaciones sacramentales, las oraciones eucarísticas, las oraciones de ordenación, el rito de la misa”. 

Conclusiones

Con esta carta, el Papa, en definitiva, se propone, entre otras cosas, favorecer la efectiva y tan deseada colegialidad episcopal que, por la Iglesia romana, se entiende “cum et su Petro”. El tiempo dirá si los obispos y las conferencias episcopales sabrán dar fruto de las disposiciones del Sucesor de Pedro ayudando a los Fieles a reconocer y acoger, en la celebración de los divinos misterios, el intacto dinamismo de gracia, de reconciliación, de santificación que siente proclamar, en su lengua, en el Evangelio del Señor Jesucriscto. 

Pbro. Alberto Fusi

Artículo originalmente publicado en www.paulus.net

Traducido y adaptado por Anderson Mendoza

Dossier – El acompañamiento espiritual a los catequistas

Desde siempre, la figura del catequista ha jugado un papel fundamental en el trabajo de la Iglesia, pero en estos tiempos ha cobrado especial importancia a raíz de los anuncios realizados por el papa Francisco. El catequista para la Iglesia es el fermento que permite llegar a muchos corazones, no solo es un guía para niños, jóvenes y adultos, sino que, además, se convierte en una figura paterna, en un amigo y en el consuelo certero para saber a dónde dirigir la vida.

Quizás una de las preocupaciones que muchos catequistas tienen en la actualidad es que la catequesis ha tenido que adaptarse a estos nuevos retos, que nos vienen por la pandemia e incluso las limitaciones de la tecnología, especialmente en Venezuela. Pero, más allá de esto, este tiempo de pandemia es el campo fértil para que el catequista sea consciente de que “no se las sabe todas” y también de que necesita ser dirigido. En ese sentido, el acompañamiento espiritual debe centrarse en los siguientes elementos:

  • Armonía entre lo humano y espiritual: No se puede servir a Dios dejando de lado nuestra historia de vida. Pretender ser la versión ideal ante los demás no soluciona nada; solo nos hace más infelices y genera que vaciemos nuestras satisfacciones personales en cualquier apostolado que se haga. Un verdadero acompañamiento nace de la vedad, de reconocer quién soy, cuál es mi historia personal, cómo me llamó Dios a servirle y cuáles son mis luces y sombras como ser humano.
  • Oración constante y sincera: Si queremos avanzar en el acompañamiento espiritual, es necesaria la oración porque esta representa el dialogo fraterno y sincero con Dios. El gran problema de la mayoría de los catequistas es que se empeñan tanto en la memorización y recitar frases correctamente, que se olvidan de lo esencial: la oración es un dialogo con Dios; no un monologo donde solo hablamos nosotros. Por tanto, es necesario apartar tiempo para el silencio. A veces acudimos al Santísimo y nos preocupamos de recitar y cantar miles de cosas, pero olvidamos lo elemental: dejar que Dios nos hable en el silencio. Y eso solo puede pasar cuando hay correspondencia entre la aceptación de quién soy y lo que vivo. A Dios no le servimos desde una versión perfecta de lo que la gente espera, le servimos desde lo que somos. 
  • Frecuentar los sacramentos de la Confesión y la Comunión: Nace con la frecuencia de estos sacramentos, el alimento del alma para el catequista. Pero es necesario que él sepa diferenciar entre Confesión y Acompañamiento Espiritual. Uno de los errores que seguimos teniendo, aún el año 2021, es que los catequistas siguen teniendo la creencia y enseñando que el sacramento de la Confesión es ser como una “metralleta para acusar pecados” y se desvirtúa así el sentido de este sacramento, que consiste en vivir reconciliados con Dios que nos perdona y nos permite ponernos siempre en camino para saber enmendar nuestra propia vida. Lo más triste es que esta práctica de acusar pecados sin sentido y sin buscar las raíces de ellos, se sigue enseñando a niños y jóvenes —de allí que muchos no encuentren sentido al confesarse—. Por tanto, la Confesión es reconocer cuáles son mis virtudes y defectos. La búsqueda de las raíces de nuestros pecados (que nacen de indagar en nuestra historia personal) es lo que nos conduce a avanzar en la fe. 
  • Acompañamiento Espiritual: Suele confundirse con la confesión, pero hay que indicar que es un error pensar que la confesión es lo mismo que Acompañamiento Espiritual. Para poder ser dirigidos o acompañados espiritualmente debemos tener en cuenta:
  • Humildad para reconocer que necesitamos de alguien que nos ayude a ver el “panorama completo”. Por sí solos nunca podremos ver qué áreas necesitamos trabajar y la magnitud de las mismas.
  • Tiempo de calidad para dar un debido seguimiento.
  • Buscar un acompañante espiritual idóneo, que tenga una formación espiritual sólida y sea imparcial. También debe desaparecer la idea de que el acompañante espiritual es un “mago con soluciones instantáneas”. El buen acompañamiento nace de hacer ver al catequista su realidad y, una vez consciente de ello, comienza a trabajar en ella. El acompañante espiritual no le dice al catequista qué hacer; le allana el camino para que se despierte la conciencia en el actuar. 
  • Perseverancia. No hay verdaderos frutos sin esfuerzo y trabajo. Es necesario que el catequista sepa apartar un tiempo para la introspección y retirarse para que el silencio con Jesús le permita autoevaluarse. A veces quisiéramos evadir el dolor en este proceso, pero cuando este es visto como un elemento sanador puede generar buenos frutos, porque la verdad a la que huimos, es la que nos termina sanando. Este camino de crecimiento espiritual se construye de caídas y levantadas, recordando que nunca estamos tan solos como creemos, o tan preparados como queremos presumir. Debemos ser humildes y fraternos.

Que Dios nos acompañe para dejarnos guiar y el Espíritu Santo nos conceda el entendimiento necesario para saber abandonarnos en su amor y misericordia.

MSc. Ender Durán

Dossier – La catequesis en al Iglesia

Dentro de la historia de la Iglesia, el Apostolado de la Catequesis ha representado un servicio de gran importancia en la Pastoral de cada Parroquia. En los evangelios encontramos numerosos ejemplos protagonizados por el mismo Jesús, instruyendo, guiando y predicando la Buena Nueva del Reino en la tierra, el amor al prójimo y la alegría de ser hijos de Dios. 

Jesús es el gran catequista por excelencia. Se preocupaba por llevar el mensaje de salvación a todos, especialmente a los más necesitados, brindándoles ayuda humana y espiritual.  A ejemplo de Jesús han surgidos personas (catequistas) que, deseando seguirlo, se dedican a la enseñanza de la Doctrina Cristiana y la predicación del Reino de Dios, mediante la preparación de los Sacramentos, particularmente los de Iniciación Cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) y la Penitencia o Reconciliación.   

A través de la Catequesis, la Iglesia asume la responsabilidad de fomentar el conocimiento de la Doctrina Cristiana mediante la enseñanza ordenada, sistemática y organizada de la vida y obra de Jesús de Nazaret y la Historia de la Iglesia. Por ello es importante:

Una adecuada organización de la Pastoral de la Catequesis dentro de las Parroquias. 

Una adecuada atención y formación del catequista, fomentando el estudio y la responsabilidad, creando vínculos de hermandad y corresponsabilidad en la Iglesia como Institución. 

Con la formación catequística se quiere dar herramientas a los fieles cristianos para su crecimiento espiritual y humano, descubriendo en el proceso de formación que somos hijos de Dios y que tenemos una filiación divina dentro de la Iglesia, por lo que todo bautizado tiene responsabilidad en la extensión del reino de Dios dentro de la gran familia de la Iglesia. 

En el proceso de formación de la catequesis el catecúmeno recibe una adecuada preparación a determinado sacramento. Y una vez cumplido el plazo establecido se reciba el sacramento con el respeto y la seriedad que merece; de allí surgirán buenos cristianos y colaboradores con la extensión del Reino de Dios.

Dentro de este gran Apostolado, la Iglesia ha valorado a todos aquellos Sacerdotes, Consagrados y Laicos, que, con generosidad, ejercen este trabajo de predicación y animación espiritual, y es por ello que el papa Francisco ha publicado, el 10 de Mayo de 2021, en un gesto de agradecimiento, su carta Apostólica, en forma de “motu proprio”, Antiquum ministerium. De esta manera, ha querido dar importancia al trabajo de los Laicos en la catequesis, y ha instituido el ministerio del Catequista, dándole al servicio de Catequesis un lugar protagónico en la Iglesia. 

Por ello el ministro catequista ha de esforzarse en transmitir su propia vivencia de fe a sus hermanos y, al mismo tiempo en ser fiel y más cercano colaborador del Obispo y Párroco dentro de la comunidad.

Hagamos propio el mensaje de Jesús al proclamar la buena nueva del Reino de Dios y sintamos cómo su presencia nos acompaña en esta noble labor. 

Hermanas Catequistas de Ntra. Sra. de Lourdes 

Dossier – Propuesta formativa para el ministerio del catequista

Al momento de formularse una propuesta para la formación del catequista, es importante saber en qué contexto nos movemos. Partimos de la comprensión del término “Catequesis” —que proviene del griego “instruir”—, a la tradición del depósito de la fe a los nuevos miembros que se inician en la Iglesia y su posterior instrucción. Desde los inicios de la Iglesia, encontramos los catequistas, o sea aquellos que tienen la tarea de transmitir el Kerigma.

Por lo tanto, el catequista es ese cristiano quien, habiendo recibido el Kerigma, lo ha aceptado en su vida y, respondiendo al llamado de Cristo, el Señor, se pone al servicio de la Palabra de Dios, a través del anuncio, para que otros hermanos suyos se encuentren con la Persona de Jesucristo y confiesen su fe trinitaria.

  1. Formación Humana.

Es muy importante tener en cuenta que la persona llamada a ser catequista, tenga una formación humana básica, porque, antes de formar al cristiano, debemos formar a hombres y mujeres constructores de una sociedad justa y solidaria. Veamos algunas dimensiones:

  • Dimensión personal, el catequista debe crecer en sus valores o virtudes humanas: respeto, solidaridad, bondad, sociabilidad, amabilidad.
  • Dimensión comunitaria: abiertos al dialogo, al encuentro de culturas, etc.
  • Dimensión social: el catequista es un hombre o mujer que actúa en el mundo, no como mero espectador, sino como partícipe necesario en la transformación del mundo

«Las situaciones históricas y las aspiraciones auténticamente humanas forman parte indispensable del contenido de la catequesis; deben ser interpretadas seriamente, dentro de su contexto actual, a la luz de las experiencias vivenciales del Pueblo de Israel, de Cristo, y de la comunidad eclesial, en la cual el Espíritu de Cristo resucitado vive y opera continuamente».​ (cfr.  CELAM.- Documento de Medellín, 8-6)

  1. Formación Cristiana.

La vocación del catequista tiene su origen en los Sacramentos de Iniciación Cristiana; por tanto, es Dios quien llama a aquellos que él quiere y elige para este ministerio (cf. Jn 15,16). 

En este sentido, el Código de Derecho canónico (CIC) dice al respecto que “la vocación específica del catequista tiene su raíz en la vocación común del Pueblo de Dios llamado a trabajar al servicio del designio salvador del Padre” (CIC 774), inspirándose en las palabras dirigidas a Timoteo (1 Tim 2,4): «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2,4). 

Por tanto, el hecho evangelizador no es una cuestión solo de unos pocos religiosos o clérigos, sino que “la vocación del catequista brota de su Bautismo ya que, por él, el cristiano se incorpora al Pueblo de Dios” (CIC 774). En efecto, todo cristiano tiene la responsabilidad evangelizadora de colaborar, según su propia capacidad, en la acción catequética de la Iglesia: «La solicitud por la catequesis, bajo la dirección de la legítima autoridad eclesiástica, corresponde a todos los miembros de la Iglesia en la medida de cada uno» (CIC 774).

 Es ahí donde vemos necesaria la formación cristiana del catequista. A continuación, algunas pistas:

  • Hombre o mujer de oración, tanto personal, como comunitaria, siguiendo el ejemplo de Jesús Maestro: (Lc 3,21: 5,16: 6,12:9,29: 10,21:11,1-2), quien en los momentos más claves de su evangelización se retiraba a solas para el encuentro con el Padre.
  • Lectura asidua de la Palabra de Dios, siguiendo la lectura orante, a través de un método que lo ayude a profundizar y confrontar su vida con la misma para lograr una madurez cristiana según las exigencias evangélicas del Maestro Divino (EN 7).
  • Participación en la Celebración Eucarística dominical, la Pascua del Señor, siendo miembro vivo del cuerpo de Cristo, involucrándose en los diversos ministerios presentes en la misma. Esta será escuela, donde el catequista se forma en el seguimiento e imitación de la Persona de Jesús.
  • Siguiendo las huellas de Jesús, el catequista se educa también en todas las dimensiones del Evangelio, para luego, a su vez, transmitir el Evangelio —“Vayan y hagan discípulos a todas las gentes» (Mt 28,19)—.  A aquellos que educa y lo hace con su misma pedagogía, apoyándose en el testimonio de su vida y en las obras de la comunidad cristiana, a quien representa.
  1. Formación Pastoral.

El catequista debe vivir abierto a la acción del Espíritu Santo, que es el vivificador de la Iglesia en todos sus ministerios. El ministerio del catequista es, ante todo, un Ministerio eclesial, es un servicio que se enmarca dentro de la Pastoral de conjunto de la Iglesia. Es un envío que se ejerce en nombre de la Iglesia, por lo que no es un dominio. 

En este sentido, se puede decir con certeza que el formador del Catequista es sin duda alguna el Espíritu Santo. Y este debe estar convencido de esta verdad fundamental: «El Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización» (EN 75). Sabe que su misión esencial, como catequista, consiste en trabajar por suscitar en los destinatarios las actitudes necesarias para acoger esa acción divina: «La catequesis desempeña la función de disponer a los hombres a acoger la acción del Espíritu Santo» (DGC 22). El Espíritu Santo, es el maestro interior que, más allá de la palabra del catequista, hace comprender a los hombres el significado hondo del Evangelio: «Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio» (EN 75).

Con estas nociones, se pueden sacar algunas líneas formativas: 

  • Crecer y sentir la eclesiología de comunión. Esta doble faceta —tradicional y comunitaria— de la dimensión eclesial de su vocación es decisiva en la configuración de su identidad como catequista (1Cor 12,27).
  • Educarse a sí mismo, para poder acompañar a otros en el posible crecimiento de una semilla —el don de la fe— depositada por el Espíritu en el corazón del hombre. El catequista está al servicio de ese crecimiento: «No es que pretendamos dominar su fe, sino contribuir a su gozo» (2 Cor 1,24).
  • Ser coherentes. La coherencia de vida cristiana y eclesial, es muy importante ya que es a la vez la más bella experiencia que puedas comunicar a los que estas catequizando:

¿Creen verdaderamente en lo que anuncian? ¿Viven lo que creen? ¿Predican verdaderamente lo que viven? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la evangelización» (EN 76).

Hna. M. Letizia Villarreal R., PDDM 

Dossier – El catequista, un testigo de Cristo

“Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, 

bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

 enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes.”
Mt 28, 19-20

En los evangelios encontramos grandes enseñanzas para nuestras vidas. Estas enseñanzas fueron vividas y compartidas por aquel que se ha entregado por completo, donando su vida por nuestra salvación, dándonos la mayor muestra de amor. Antes de regresar al Padre, Jesús deja un mensaje muy especial a sus discípulos y ese mismo mensaje está dirigido a todos los cristianos: estamos llamados a ser mensajeros de una vida nueva. 

Pero, ¿cómo podemos ser mensajeros de una vida nueva? El papa Francisco, en el discurso pronunciado en el Congreso Internacional sobre la catequesis en el año 2013, nos recuerda que la catequesis es un pilar maestro para la educación de la fe, y hacen falta buenos catequistas. Asimismo, en su discurso, el Santo Padre menciona que “ayudar a niños, muchachos, jóvenes y adultos a conocer y amar cada vez más al Señor, es una de las más bellas aventuras educativas: se construye la Iglesia”. 

En el Prólogo del Catecismo de la Iglesia Católica (CCE) encontramos que “se llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos realizados en la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, creyendo esto, tengan la vida en su nombre, y para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo”. Por consiguiente, partiendo del principio de que “la Iglesia existe para evangelizar”, es necesario contar con hombres y mujeres que vivan el Evangelio a través de ese encuentro con el resucitado. 

Hombres y mujeres que vivan desde ese gran amor que viene de Dios, que experimentan en persona cómo Dios nos sana, nos ama, nos salva…; hombres y mujeres que se relacionan íntimamente con Jesús, nuestro hermano, con él que se ha dado por completo por todos nosotros y quienes desde ese amor son impulsados a vivir el encuentro con los demás. De esta manera surgirán las palabras: “lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos” (cf. 1Jn 1,3). Al descubrir y vivir esa relación de amor con Dios y con los hermanos, dejándonos transformar por el Espíritu, todos estamos llamados a reconocer nuestro proyecto de vida cristiano, nuestra vocación.

Desde las distintas vocaciones a las que Dios nos ha llamado tenemos el deber de anunciar. El papa Francisco en la Exhortación Apostólica Postsinodal Evangelii Gaudium nos recuerda que “el Kerigma es trinitario. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte».” Por otro lado, en la misma Exhortación encontramos que “anunciar a Cristo significa mostrar que creer en él y seguirlo no es solo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas”. Son tantos los jóvenes que tienen la necesidad de escuchar este anuncio que les invita a reconocerse amados por Dios, reconocerse salvados y dejar que sus vidas sean transformadas por su mensaje.

En la Exhortación Postsinodal Christus Vivit, el Papa Francisco recuerda que “lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven es ante todo su amistad”. Esta amistad se dará al tener un encuentro personal con el resucitado, ya que, “la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse”.

Para que el joven se sienta interpelado necesita encontrarse con el testimonio de vida de cada cristiano, sin embargo, el testimonio que logre transmitirle su catequista juega un papel muy importante. Por tal motivo, el catequista debe vivir profundamente el encuentro con Cristo y desde su vocación cristiana podrá dar testimonio y ser mensajero de la Buena Noticia.

Asimismo, desde la sinodalidad de la Iglesia, los catequistas deben ser puentes para que los jóvenes participen en las distintas pastorales y de manera especial en la pastoral juvenil. A través de esta pastoral podrán encontrar el acompañamiento necesario para su mejor discernimiento. 

Pidamos al Dios de la vida que envíe catequistas según su corazón, catequistas con olor de ovejas, catequistas santos. 

Comunicación – La catequesis en la cultura de la comunicación

La comunicación es definida por la RAE como el “trato, correspondencia entre dos o más personas”. Del mismo modo, la cultura es para la RAE un “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”

Teniendo claros estos conceptos por separado, se puede deducir que la cultura de la comunicación es el modo de vida que conlleva al trato entre dos o más personas, partiendo del conocimiento y grado de desarrollo de los interlocutores. La comunicación es una palabra común en el día a día gracias a la capacidad de enviar y recibir información que los individuos tienen. Esta posibilidad existe actualmente debido a los recursos tecnológicos creados para este fin, pues la mayoría de las personas tienen acceso a alguna herramienta que hace posible la comunicación (teléfono, internet, computadora, radio, televisión, tablet, entre otros).

Si bien el hecho comunicacional actual tiene beneficios, también existen desventajas en este ámbito, pues la información extrema o infoxicación puede ocasionar diferentes efectos, como la no comprensión y procesamiento de la información recibida por falta de profundización, mal informarse y mal informar a otros, generar sentimientos de miedo y pánico o vivir angustiados por lo que ocurrirá.

El mensaje evangélico en la cultura comunicacional

Es importante ver la cultura comunicacional que hay hoy en día como un medio para el ámbito catequético. Pues a través de esta puede trasmitirse el mensaje de Cristo de diferentes maneras, adaptándose también a los canales de aprendizaje de cada persona (visual, auditivo o kinestésico).

Aunque es importante conocer el mensaje del Evangelio para poder trasmitirlo, igualmente es importante y necesario conocer cómo utilizar los medios comunicacionales para llevar este mensaje, manteniendo la esencia y contagiando a los receptores con la motivación de seguir a Jesús. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, especifica que “la información de estos medios es un servicio del bien común. La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad” (415).

Sin embargo, el crear contenido y publicarlo en las redes no es tarea sencilla, pues “los que hacen los medios tienen una responsabilidad ante los usuarios de los mismos” (YOUCAT, 459). La verdad debe prevalecer en cada contenido, sin olvidar la dignidad y respeto de quienes consumen el contenido.

En esta cultura de la comunicación ¿cómo se lleva la catequesis?

Es ineludible seguir algunas premisas para tener un resultado positivo con la catequesis en esta cultura comunicacional, una de ellas es que en los medios de comunicación se encuentre el lenguaje comprensible a esta generación (cf. DGC, 283) para poder captar su atención y lograr obtener un “feedback” interesante y óptimo. También hay que enfrentarse con el hecho de que los medios han desplazado la formación y transmisión de valores y de la fe correspondiente a la familia y a la escuela, tal como lo menciona el papa Francisco:

“Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe” (Evangelii Gaudium, 70). 

Lo expresado por el Santo Padre lleva a darse cuenta de que estos medios pueden catequizar o descatequizar a los niños, a los jóvenes e incluso a los adultos, pues en ellos se consigue contenido provechoso y contendido que conlleva a la violencia, actos impuros, adición, entre otras cosas. Por tanto, es responsabilidad del cristiano conquistar el continente digital y llenarlo con la luz del Evangelio (cf. DOCAT, 43) y más aún si se busca catequizar de algún modo por este medio.

Las formas de comunicación digital están abiertas a la interacción (cf. DC, 214) por lo que saber qué contenido publicar en fundamental para lograr el objetivo planteado. Este contenido puede subirse en diferentes formatos (imágenes, audio, video), tratando de captar el interés de los receptores que, en este medio, son adolescentes y jóvenes la mayoría.

Ahora bien, si bien los medios digitales son una herramienta eficaz, no se puede suplantar totalmente con ellos la realidad espiritual, sacramental y vivencial de la catequesis. Los encuentros son esenciales para que los catequizandos se relacionen con su comunidad, que se espera, pase a ser la comunidad en la que pongan sus dones y carismas al servicio de los demás y sobre todo al servicio de Dios. Es importante e indispensable la figura física del catequista estando para el catequizando como guía y ejemplo de fe, pues en el camino de conversión, sobre todo en niños y jóvenes, el acompañamiento del catequista es necesario. 

“Para testimoniar el Evangelio, se requiere pues una comunicación autentica, resultado de una interacción real entre las personas”
(DC, 217)

María Nazareth Rojas Hernández

Carisma – Hermanas catequistas de Nuestra Señora de Lourdes

Una congregación gestada en tierras venezolanas, las Hermanas Catequistas de Nuestra Señora de Lourdes tienen como carisma la Evangelización y la Catequesis. Fueron fundadas el 4 de abril de 1909 en Villa de Cura, estado Aragua, por el padre José Manuel Jiménez y la madre Enriqueta de Lourdes, quien asumió la Dirección con abnegada entrega. 

Para el año 1904, en la ciudad de Villa de Cura, el padre José Manuel Jiménez iniciaba las peregrinaciones a la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes, y de allí se fue gestando la idea de la futura congregación dedicada a la catequesis del pueblo de Dios. Tanto las Peregrinaciones como la Congregación surgen en tiempos difíciles, en el marco histórico del país y más aún en Villa de Cura, territorio minado de mormones. 

En un país muy extenso donde la labor del sacerdote no alcanza, y se necesitan corazones libres para amar a Cristo, presente en cada hermano, en el enfermo, en el anciano y en los más olvidados, nace una congregación al servicio de esta nación tan necesitada de Dios.   

Las Hermanas catequistas se encuentra en distintas partes de Venezuela, cumpliendo con las labores en Evangelización, Catequesis, obras sociales, misiones, en colegios y asilos de ancianos propios. Brindando muchas enseñanzas y talleres y formación permanente a toda la gran Familia Lourdista presente en sus comunidades, tanto religiosas como laicos, alumnos, personal docente, en relación con los colegios dirigidos por ellas. 

Esta congregación dedicada a la evangelización y catequesis están presentes en Villa de Cura. Edo. Aragua; Caracas. Distrito Capital; Guatire. Edo. Miranda; Barquisimeto. Edo. Lara; Valera. Edo. Trujillo; Maracaibo. Edo. Zulia; Mérida. Edo. Mérida; Ciudad Bolívar. Edo. Bolívar; Puerto La Cruz. Edo. Anzoátegui. 

Facebook: Hermanas Catequistas de Lourdes

Edición 3

Editorial – Año de la Familia

En el marco de la celebración de los 5 años de la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, el papa Francisco convocó el 27 de diciembre de 2020 tras la oración del Ángelus, junto al año de san José, un año de la Familia, que iniciaría el 19 de marzo de 2021 y concluiría el 26 de junio de 2022. 

Es por ello que, después de haber reflexionado en el número pasado de nuestra revista sobre san José, en esta ocasión no podíamos pasar por alto este sentir en común de la Iglesia universal sobre la reflexión acerca de la Familia, con un especial énfasis sobre el documento pontificio antes mencionado. 

Además, precisamente este año también tendremos la ocasión de celebrar la primera Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores, por lo que dicha celebración también nos motiva a reflexionar al respecto, junto al tema de la Familia. 

También tendremos la ocasión de reflexionar sobre algunos temas variados como la “Renovación litúrgica”, que nunca deja de ser novedad, y el apostolado de la Comunicación. 

P. José Torres, ssp

Biblia – La familia en el cristianismo incipiente y los desafíos actuales

Nadie puede hoy día dudar la importancia que reviste la familia entre las instituciones humanas. Pero tampoco se podrá cuestionar que la institución familiar presenta características y estructuras que varían conforme evoluciona la sociedad, sus nuevos roles, en una sociedad cambiante y sus características particulares que dependen de cada zona donde se desarrollan.

Familia en el cristianismo incipiente 

En el Nuevo Testamento, y más  en concreto en los evangelios sinópticos, el concepto de familia que nos vamos a encontrar  es fundamentalmente equiparable al manejado en el  Antiguo Testamento a pesar de haber entrado en escena la cultura greco-romana, es decir, familia extensa y androcéntrica (los hombres constituyen el sujeto de referencia y las mujeres quedan invisibilizadas o excluidas), ligada más por intereses  sociales y económicos que por lazos afectivos y propios de sociedades agrarias y preindustriales.

Otros, sin embargo, permanecieron en ellas, incluso podemos pensar que, en muchos casos, la familia se convirtió precisamente en el órgano transmisor o socializador de la fe naciente, como vemos que sucede en repetidas ocasiones en el libro de los Hechos de los Apóstoles, pero solo quiero referirme a un pasaje en particular, el carcelero de Pablo y Silas en Filipos (Hch 16, 31-34), que reciben el bautismo junto con toda su casa.

Vemos que el nacimiento de las primeras comunidades en su forma más común es la conversión de un miembro de la familia y en esta oportunidad del jefe de la misma, al tomar la decisión de seguir a Jesús, la familia estaba culturalmente obligada a seguir y asumir las responsabilidades de la conversión del padre de la familia.

De hecho, la familia se va a convertir desde ya bastante pronto en modelo para las comunidades cristianas y, en efecto, en el caso de las comunidades paulinas es claro ya que el Apóstol se sirvió de la casa (oikos, oikía) junto con asociación gremial (thyasos) y la asamblea ciudadana (ekklesía) como tipo de organización y estructura para las comunidades por él fundadas. 

No obstante, en el tiempo que va desde mediados del siglo I (fecha de composición de las cartas de Pablo) hasta comienzos del II, esas comunidades fueron transformando su estructura doméstica, ya que pasaron de una familia natural a una fuente de inicio de las primeras comunidades seguidoras de Jesús.

Retos de la Familia y la Iglesia hoy

Hoy cuando por la pandemia la Iglesia ha cambiado su forma básica de hacer las reuniones litúrgicas, en muchos países solo por vías electrónicas y en otros sencillamente no hay ninguna condición para hacerlas de forma presencial, la familia toma un rol preponderante para que sigamos o nos detengamos en el crecimiento de la Iglesia.

Como se ha dicho al inicio, la Iglesia nació en un contexto familiar, pero con la sociedad que nos envuelve podríamos decir que la Iglesia puede estar muriendo en sus prácticas también en las casas, suena fuerte, pero de cada uno de nosotros dependerá si crecemos o morimos en casa como Iglesia.

Por ello debemos cada uno de los que integra una familia hacer un gran esfuerzo en medio de las circunstancias que nos rodean, generando alternativas para que sea motivadora de crecimiento de las Buenas Nuevas.

Nomar Pérez

Espiritualidad – La espiritualidad, alma de todo apostolado

Antes de reflexionar sobre la actividad apostólica impulsada por la vida espiritual, es importante tener presente que, cuando se habla de espiritualidad, se hace referencia a una necesidad del ser humano que se descubre cuando nos detenemos a observarlo en su realidad profunda. Sin embargo, en la actualidad es mal vista o mal entendida por muchos por las desviaciones desencarnadas de la realidad que se han difundido por muchas personas. 

La espiritualidad cristiana consiste en la vida que nace del desarrollo de la relación personal que Dios quiere establecer con nosotros en Cristo. La fe cristiana proclama que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que este Espíritu es la fuente y el alma de toda vida espiritual, que nunca podrá reducirse a lo puramente psicológico. 

Es una vida en el Espíritu Santo que actúa en cada persona. Así comprendida, se caracteriza por ser cristocéntrica: el Espíritu Santo no planea por encima de la realidad humana, sino que encarna en ella a Cristo, a fin de cristificarla, de espiritualizarla, de divinizarla, y mueve al diálogo y a la entrega, a la reciprocidad y a la comunión. Sin ellas no hay espiritualidad auténticamente cristiana. 

Espiritualidad es, pues, vivir la vida en el Espíritu. Y dice el papa Francisco: “cuando se dice que algo tiene ‘espíritu’, esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria” (Evangelii gaudium, 261). Todas las dimensiones de la vida cristiana están acompañadas y dirigidas por el Espíritu. Según esto, la presencia del Espíritu es dinamismo y garantía del crecimiento cristiano hasta su plenitud. La consecuencia es obvia: la espiritualidad no puede ser estática si el cristiano está llamado a la vida en Cristo en plenitud (LG 39-42). El dinamismo se sitúa en el propio crecimiento del ser cristiano, en su espiritualidad.

El desarrollo de la espiritualidad cristiana culmina en la contemplación, que luego es autentificada por el testimonio de la caridad. Junto con el camino hacia el interior y a lo trascendente, el camino hacia los otros, el compromiso por el hermano es esencial en toda espiritualidad, El hombre en cuanto espíritu, está abierto a lo universal y está impulsado hacia los otros, a la actuación en el mundo. Por eso esta dimensión no puede faltar en la espiritualidad cristiana. Y no se trata simplemente de incluirla como una añadidura debida a las necesidades del momento, sino que necesariamente entra en ella, porque forma parte de la identidad del ser cristiano.

El punto de partida es la referencia a Jesús, que vivió la donación incondicional al Padre desde su filiación divina, y a su entrega en favor de todos los hombres. Así, la entrega del cristiano en favor del hermano es connatural a su ser y a su vivir en Cristo.

Este vivir en Cristo supone vivir en misión. Es cierto que la misión del cristiano está en relación con la Iglesia, que es, por su propia naturaleza, misionera; pero la razón fundamental de la misión es el ser y vivir en Cristo, en la Iglesia.

Y es que, como enseña el papa Benedicto XVI, hasta “el amor a los otros es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios”, que es la garantía del amor verdadero. Son dos expresiones del mismo amor, y “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (Deus caritas est, n. 230). Sólo con la fuerza del Espíritu será posible renovarse, dejarse transfigurar e “impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos” (cfr. Evangelii gaudium, 261).

Pbro. José Antonio Pérez, ssp

Teología – Amoris Laetitia: Un panorama desde la óptica del ordenamiento jurídico Canónico 

ASPECTO JURÍDICO

En lo que respecta al anclaje entre Amoris Laetitia y el ordenamiento jurídico canónico, se ha de tener en cuenta que no se trata de un empalme completa y orgánicamente basado en la legalidad canónica, es decir; no toda la exhortación está encuadrada en un orden jurídico canónico, solo habría que dilucidar y tomar en consideración aquellos aspectos con el enfoque matrimonial sacramental – canónico que es propio del documento. De allí que se comprenda la importancia que el Papa señala ante la crisis familiar de nuestros tiempos, la cual desemboca en la grave crisis producida desde el punto de vista del matrimonio eclesial que pone en riesgo las propiedades esenciales del matrimonio canónico como lo son la unidad y la indisolubilidad (CIC c. 1056)

A mi juicio, siempre he creído que las parejas (esposos), poseen mayores instrumentos de comprensión de la materia matrimonial respecto a los presbíteros y obispos, a los cuales les falta, sea la formación como la experiencia necesaria para comprender a fondo el sentido mismo de la vida matrimonial.

MÁS QUE UN PESADO RIGOR JURISTA

Así pues, tratar de comprender la realidad del matrimonio desde un punto de vista rigorista e inflexible, permitirá que las normas (leyes) canónicas, se vean más desde una prospectiva hermética y estricta, dejando de lado la posibilidad de verlo como un instrumento de orientación que ayude a canalizar y suavizar los estereotipos presentados en épocas pasadas, basadas en fracasos no resueltos en el ámbito canónico. 

Así lo manifiesta el autor Pierluigi Consorti:

«Los «canonistas curiales» van demasiado lejos en dar demasiada importancia a la forma de la ley: se enamoran de las fórmulas y a menudo no las hacen realidad.  Por lo tanto, pretenden leer la vida a través de los espectáculos de la ley, y a menudo olvidan que este último es sólo un medio para regular conflictos, no una superestructura dogmática con funciones pedagógicas».

‎En Amoris Laetitia, el Papa escribe que «es mezquino pensar sólo si la acción de una persona responde o no a una ley o a una norma general» (Amoris Laetitia 304). ¿Cómo interpretar esta afirmación desde la dimensión canónica?‎ ‎Ciertamente el canonista, no goza de buena reputación hoy en día: se le considera una persona rígida, bastante fría, comprometida con la aplicación de la norma. Pero en realidad esto refleja una concepción estática e impersonal del derecho canónico. 

En el citado párrafo de‎‎ la Amoris Laetitia,‎‎ nº 304, el Papa se distancia del mero cumplimiento de la ley, de hecho, se refiere a un “casuístico insoportable” al describir la actitud del juez, pero también diría del confesor, que considera la norma casi un patrón de comportamiento, sin mirar la situación de conciencia, la existencia de la persona a juzgar.‎

En esta prospectiva, presentada por el Papa Francisco de una renovada forma de encausar la norma “sin abolir o suprimir lo que ya sustancialmente existe”, se ha de tener en cuenta el enfoque necesario de frente a la problemática suscitada actualmente entre las realidades humanas del matrimonio eclesial y el derecho canónico, no ya vista desde una dimensión estrictamente hermética, sino considerando la capacidad de ayudar a comprender la necesidad de reorientar la reflexión canonistica desde un punto de vista accesible a las normas legales, moralistas que distancian cualquier tipo de esperanza cristiana. 

En tal sentido, el tema del matrimonio presentado de forma general en el Magisterio de la Iglesia y más aún en el Magisterio actual del Papa Francisco a través de Amoris Laetitia, debe ser una nueva oportunidad para visualizar el enfoque objetivo a la luz del derecho canónico, que como he expuesto, no debe estigmatizar o condenar las propiedades esenciales del matrimonio eclesiástico. 

Por consiguiente, considerando que el Derecho Canónico es una vía de ayuda en el ámbito jurídico – sacramental, vinculado a una acción no que juzgue, sino que, defienda a las personas frágiles y heridas (Amoris Laetitia 296), que han padecido los estragos de la crisis familiar-matrimonial; ‎el canonista, no sólo debe tomar un nuevo punto de vista, sino que debe cambiar la mirada, el enfoque del que tiene la tarea de administrar la existencia para bien o para todos indicado por la norma. 

Es necesario tener en cuenta la verdad de la relación entre el hombre y la mujer con respecto a la experiencia de una relación personal dada, acompañando cada situación específica a la maduración, a un cambio relacionado con la verdad de la relación amorosa. 

La Iglesia no administra una ideología, sino una propuesta de vida según la verdad. Y la pastoral está llamada a acercar el vínculo emocional que implica esa relación precisa, favoreciendo su plenitud, teniendo su mirada extendida a su inserción en la convivencia propia de la comunidad cristiana. 

Concluyendo de esta manera nuestro enfoque en la prospectiva bidimensional entre Amoris Laetitia y el Derecho Canónico, siendo este último una disciplina y no una doctrina que se sobreponga o someta alguna otra disciplina existente a sus normas legalmente canónicas, podría decir que: entre el magisterio del Papa Francisco, específicamente Amoris Laetitia —documento a la que hemos dedicado una reflexión en el presente artículo—  y quienes a su juicio y por ejercicio están al servicio de las leyes canónicas, están llamados a articular en un solo sentir la vía de la comunión eclesial, la cual debe permitir engranar en un solo impulso, guiados por el Espíritu de un «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4, 5), las realidades propias de la doctrina católica. 

Por último, hablando potencialmente como canonista, se debe tener presente que, superar la dualidad de los planes entre doctrina y disciplina solo es posible dentro de una reforma efectiva de la Iglesia, que ahora es inevitable y necesaria. Inevitable, porque —como dijo el Papa ante la Curia en diciembre de 2019— “el cristianismo ha terminado”. Necesario porque es la única manera que lleva al cristianismo a renacer. Para superar los dualismos hay que tener en cuenta que “no eres cristiano porque naces cristiano, sino porque te conviertes en cristiano”. 

Esta conversión dinámica y personal sigue siendo perenne, porque el cristianismo no es una doctrina a la que adaptarse, no son normas a las que subsistir, sino un acontecimiento, una forma de existencia que abarca todos los ámbitos de la vida. Es, a mi parecer, una cuestión de restaurar la sustancia a la vida de la comunidad cristiana como un lugar generativo para la experiencia del sujeto humano, de renacer, incesantemente, según todas las dimensiones de la vida, la del derecho canónico, la moral familiar, el derecho penal, etc. La fe es un horizonte totalizador que debe llevarse a cabo en una relación significativa que muestra fe ligada a las necesidades de la vida. 

Pbro. Yohán J. González C.

*Estudiante de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Lateranense

Liturgia – La indispensable “inactualidad” de la liturgia

Quisiera llamar la atención de cuantos tendrán la bondad de leer estas líneas sobre la intervención del Papa en orden de la Liturgia y la Reforma querida por el Concilio Vaticano II y que tiene su “magna charta» en la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC), promulgada por Pablo VI el 4 de diciembre de 1963. Mi reflexión está basada en el discurso dirigido a los participantes en la 68 Semana Litúrgica nacional italiana (Roma, 21-24 de agosto de 2017), promovida por el Centro de Acción Litúrgica (CAL) en el 70 aniversario de su fundación (cf. L’Osservatore Romano, viernes 25 de agosto de 2017, p. 8). 

El discurso en la Semana Litúrgica

El discurso del Papa en la Semana Litúrgica representa una sorpresa para todos los que siguen, no sin ninguna preocupación, eso que se realiza en torno a la Liturgia y, en particular, el debate sobre la reforma conciliar y sobre su aplicación. Debate que desde hace ya algunos decenios, debe registrar tonos polémicos y acusaciones gravísimas en las confrontaciones con la reforma litúrgica con la cual viene cargada, entre otras cosas, la pérdida del sentido de lo “sagrado”, el fallo al secularismo o el creciente alejamiento de los fieles de la “verdadera” fe católica. 

Desde hace tiempo, además, y de más lugares, se pide “la reforma de la reforma” para dar finalmente vida a una reforma en el espíritu “auténtico” del Concilio y así poner también fin a los abusos, a veces de verdad de extrema gravedad, que se cometen en las celebraciones litúrgicas. 

Todo eso desorienta tanto a los pastores como a los fieles y alimenta la falta de compromiso y desinterés que confina la Liturgia a los márgenes en la vida de nuestras comunidades eclesiales y se proclama la “inactualidad” en el presente contexto también eclesial. 

En su discurso, el Papa, después de haber reconocido los frutos buenos llevados por la reforma litúrgica conciliar preparada por el Movimiento Litúrgico que Pío XII juzgó “un paso del Espíritu” y, sobre todo, de la acción reformadora de Pío X y del mismo Pío XII, ha declarado: “Después de este magisterio, después de este largo camino podemos afirmar, con seguridad y con autoridad magisterial, que la reforma litúrgica es irreversible”. 

Se espera que esta acreditada declaración, si es acogida, pueda poner fin a decenios de ambigüedad y estimular una renovada atención a lo que la liturgia contiene y transmite en su propio mundo —“per ritus et preces”— vale decir que la obra de la salvación que el Señor ha “anunciado” y ha efectivamente cumplido en su “carne”, especialmente en la hora suprema de su pascua de muerte y resurrección. 

Para que todo eso pase concretamente en nuestras comunidades, el Papa, como ya en su momento el Concilio, señala en la formación y en la “educación litúrgica de Pastores y fieles”, el “desafío para enfrentar de nuevo siempre”. 

Es un dato incuestionable que allí donde se forman los futuros Pastores, el estudio de la Liturgia, que el Concilio incluye “entre las materias necesarias y más importantes (SC 16), en realidad es la “cenicienta” entre el exceso de materias aumentadas desproporcionadamente en los últimos años. 

Sin una seria formación en la Liturgia, será imposible que los Pastores, afanados en numerosas “iniciativas”, adviertan como esencial en su ministerio ayudar a los fieles a acoger con fe y amor la grandeza y la belleza de lo que tiene lugar en la celebración de los divinos misterios, porque no asisten “como extranjeros y mudos espectadores”, sino, comprendiéndolos bien, “por medio de los ritos y de las oraciones, participen en la acción sagrada consciente, piadosa, activamente” (SC 48).

Pbro. Alberto Fusi

Artículo originalmente publicado en www.paulus.net – Traducido y adaptado por Anderson Mendoza

Dossier – Amoris Laetitia como propuesta pastoral familiar

A cinco años de cumplirse la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, resulta todavía incompresible asimilar su contenido, quizás porque la óptica presentada por el Papa Francisco se dirige en una dimensión más pastoral, no excluyendo el hilo teológico, bíblico, moral. Esta perspectiva hace de esta exhortación una complejidad enigmática que capta la atención de los más grandes, eruditos y más conservadores pensadores de la Iglesia actual.

Es por ello que, más allá de los propios prejuicios o señalamientos del documento, se debe tomar en cuenta que el Magisterio Pontificio, que goza de infalibilidad (CIC c. 749 § 1), no puede entrar en contraposición en sí mismo, es preciso, una interpretación equilibrada e integral con una conciencia cristianamente madura iluminada por el Espíritu Santo. Quizás, la explicación a tales controversias las encontramos propiamente a la luz de las realidades que vive el mundo actual, aplicadas especialmente al ámbito meramente humano – cristianizado, que busca responder los enigmas e inquietudes de su existencia y más aún en la dimensión de la fe. 

PROPÓSITO DE LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

Amoris Laetitia, más allá de ser un documento controversial, contiene en sí los métodos y orientaciones aplicables a las circunstancias familiares de nuestros tiempos, buscando no instrumentalizar sino de ofrecer un acompañamiento en el amor humano-cristiano, a quienes ameritan una especial atención en las distintas etapas de la fe cristiana y que se han visto afectados por una sociedad que excluye y descarta a los más vulnerables. 

Por este motivo el Papa Francisco al pensar en Amoris Laetitia (que surge del sínodo ordinario y extraordinario en el 2014 y 2015, a propósito de discutir sobre el tema de la familia), percibe el cambio de época como un escenario en el que la propia Iglesia se encuentra inmersa y al que la Iglesia debe responder desde la conciencia de que el formalismo ha dificultado el abrazo y la acogida de todos, en especial, de los más heridos y alejados.

Si bien es cierto que Amoris Laetitia posee afirmaciones doctrinales que requieren para su explicitación de un cierto tratamiento filosófico y teológico estricto, no pretende colocarse principalmente en el nivel de un tratado académico de teología o de una reflexión magisterial de tipo dogmático. 

En mi opinión, Amoris Laetitia es una meditación de teología pastoral, es decir, es una reflexión sapiencial y creyente que brota de la experiencia de quienes viven el drama del amor humano y que retorna a esta misma experiencia para “iluminarla” tratando de encontrar su significado o camino pastoral, para el hoy de nuestro pueblo. 

Más que una profundización teorética en orden a elaborar una cierta articulación principalmente doctrinal-universal es una exhortación y acentuación pastoral-concreta basada en la detección de gestos específicos de la Persona viva de Jesús que respondan y acojan las urgencias y los procesos – muchas veces llenos de heridas – que viven los matrimonios y las familias reales.

CONTEXTO EN EL QUE SE DESARROLLA

Si Familiaris consortio de san Juan Pablo II (1981) comenzaba con las palabras “la familia, en los tiempos modernos”, Amoris Laetitia del papa Francisco (2016) podría haber comenzado con la expresión “la familia en el cambio de época”.

En efecto, aun cuando la distancia temporal de una y otra Exhortación apostólica no es mucha, el contexto cultural no es exactamente el mismo. La crisis de la modernidad ilustrada – con sus diversas variaciones en cada lugar del mundo – se ha profundizado. 

Las reacciones autodenominadas “post-modernas” no logran realmente construir una alternativa, sino que, al paso del tiempo, evidencian más y más sus muchas deudas con la propia modernidad que pretenden superar. Por eso, algunos prefieren hablar de la “post-modernidad” como “tardo-modernidad” aun cuando no se niega que exista un quiebre relevante que es precisamente el que ha generado una mutación antropológico-cultural que ya no puede ocultarse.

Pbro. Yohán J. González C.

Dossier – Amoris Laetitia: redescubrir y revalorar su aportación ante los desafíos actuales

En abril de 2016, Año Jubilar de la Misericordia, el Papa Francisco publicó una Exhortación Apostólica, fruto de dos sínodos, cuyo conocido título es Amoris Laetitia. Sobre el amor en la familia. El Santo Padre nos ha convocado este 2021, con motivo del quinto aniversario del documento, a vivir un Año de la Familia, en el cual nos invita a profundizar en las enseñanzas de esta Exhortación. Se buscará aquí dar algunas pautas que permitan vivir dicha invitación a plenitud.  

Primeramente, es pertinente recordar que AL, dado que trata un tema tan delicado y complejo, no tuvo la pretensión de resolver cada una de las distintas discusiones doctrinales, morales o pastorales que al respecto se han suscitado. De hecho, después de su publicación, las valiosas aportaciones que contiene, se vieron empañadas por una acalorada polémica sobre todo en relación al capítulo octavo, en donde se trata el tema del acompañamiento de las ‘situaciones irregulares’, como es, por ejemplo, la de los divorciados vueltos a casar. 

Para evitar una vuelta al mismo círculo vicioso, la primera afirmación que podemos hacer es la fidelidad que AL guarda con respecto a la Revelación y a la Doctrina Cristiana sobre el matrimonio y la familia que está presente a lo largo de todo el documento y la cual, incluso, podemos comprobar por las principales fuentes de las que bebe. La Exhortación, asimismo, fundamenta su argumentación en la Palabra de Dios. Desde el primer capítulo se pone de manifiesto que la familia ocupa un lugar central en toda la Sagrada Escritura.

El segundo capítulo trata los desafíos actuales de las familias. AL, metodológicamente, parte de la realidad misma y después avanza, en el tercer capítulo, a presentar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia. Este acomodo de los capítulos ya está dando una luz y es el hecho de que Francisco nos invita a no tener miedo de ir hacia esas periferias existenciales, que nos interpelan y llaman a la creatividad pastoral. Exhorta así, a un sano optimismo, pero no ingenuo y desencarnado. Además, anteponiendo la realidad al ideal, también indica el camino pastoral a seguir, el cual parte de la escucha y de la compasión, del acercamiento, antes que de la imposición. 

Es necesario precisar que AL es un documento cuya riqueza teológica radica, asimismo, en la síntesis que logra hacer sobre la doctrina cristiana del matrimonio y la familia, pero que, justamente, no se queda en un nivel meramente repetitivo o, incluso, integrativo, sino que busca abrir caminos de diálogo con la cultura actual, reafirmando contundentemente los ideales evangélicos, pero dando nuevas luces y, sobre todo, abriéndose a una renovación. 

Otro aspecto a resaltar de AL es que presenta en todo momento una visión positiva del matrimonio y la sexualidad. Invita a no renunciar al ideal cristiano, pero siempre partiendo del primer anuncio, es decir, del kerygma. Desde el amor que se manifestó en Jesucristo es que se puede hablar de una unión indisoluble, de la familia como imagen de la Santísima Trinidad, del matrimonio como vocación y signo de la Alianza entre Cristo y su Iglesia, la cual, además, está llamada a dar vida.

Los capítulos centrales y, quizás, los más bellos de la Exhortación, son el cuarto y el quinto, destinados a hablar el tema del amor. Para ello, el Papa propone el himno de la caridad de san Pablo (cf. 1 Co 13, 4-7), como paradigma del amor cristiano. Algo que es fundamental en AL es que recuerda la base antropológica en la que se asienta el amor matrimonial, puesto que esa búsqueda de entrega comprometida se arraiga en la naturaleza de la persona humana y su ser social.

En los siguientes capítulos, la Exhortación aporta elementos pastorales, educativos y espirituales. Recuerda que, en efecto, lo que predica la Iglesia es ‘signo de contradicción’. Ahora bien, el acompañamiento pastoral debe hacerse bajo ciertos principios, uno de los cuales es el discernimiento de cada situación, valorando aquello que puede ser fermento de una mayor plenitud; asimismo, AL retoma la ‘ley de gradualidad’ en la cual se considera que el crecimiento en el amor conlleva etapas. Además, sin disminuir las exigencias del Evangelio, afirma que «la Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes» que afectan a las familias de hoy. 

Finalmente, es necesario considerar que AL invita a los pastores a privilegiar la misericordia en su labor. A ejemplo de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-42), se trata de ver hacia lo más profundo, de mirar con ternura y compasión aquellas situaciones que se alejan del ideal evangélico, pero ser capaces de descubrir lo que está en ciernes y, desde ahí, acompañar a las familias, aprovechando los recursos espirituales, especialmente, los Sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía. Colaborando así con la gracia, el Espíritu será quien guíe y protagonice la santificación del amor en la familia, otorgando la alegría y el gozo que sólo Él puede regalar. 

José Roberto Ávila Rangel

[1] Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia. Sobre el amor en la familia, Librería Editrice Vaticana, Roma 2016, en Amoris laetitia: Exhortación Apostólica sobre el amor en la familia (19 de marzo de 2016) | Francisco (vatican.va).

[2] El año inició en la Solemnidad de San José, 19 de marzo de 2021, y culminará en junio de 2022.   

[3] En adelante se utilizará la abreviatura AL.

[4] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, núm. 3.

[5] Cf. Ibidem, núm. 296.

[6] Al respecto, el Cardenal Kasper hizo una sana crítica a lo ‘grotesco’ de que el debate intraeclesial se centrara en un sólo aspecto, dejando de lado el contexto global, obviando la visión profética del documento. Cf. Walter Kasper, El mensaje de Amoris Laetitia. Un debate fraterno [EPUB], ST Breve (colecc.), Sal Terrae, 9-11.

[7] Cf. Ibidem, 31.

[8] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, núm. 8.

[9] Cabe recalcar que dicha renovación no es, evidentemente, una innovación, puesto que «[…] en el Espíritu Santo no puede darse ningún progreso en la revelación, pero sí en la comprensión de la verdad revelada de una vez para siempre». W. Kasper, El mensaje de Amoris Laetitia… [EPUB], 16.

[10] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, núm. 58.

[11] Aquí el documento retoma la definición de matrimonio del Concilio Vaticano II. Cf. Ibidem, núm. 80.

[12] Cf. W. Kasper, El mensaje de Amoris Laetitia… [EPUB], 30.

[13] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, núm. 131.

[14] Cf. Ibidem, núm. 200.

[15] Retoma la enseñanza de san Juan Pablo II. Cf. Ibidem, núm. 295.

[16] Ibidem, núm. 301.

[17] Cf. Ibidem, núm. 305-312.

Dossier – La serenidad del ocaso

El pasado 31 de enero, el Papa Francisco desde la Biblioteca del palacio apostólico, instituyó, tras el Ángelus, la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos, que se celebrará en toda la Iglesia cada año el cuarto domingo de julio, cerca de la fiesta de san Joaquín y santa Ana, los «abuelos» de Jesús. 

Desde el inicio de su pontificado, el papa Francisco ha tenido presente a los abuelos y ancianos. Así, pues, ha escrito en Dios es Joven: 

«La juventud no existe y que en su lugar existen los jóvenes. Del mismo modo, no existe la vejez, sino que existen los viejos. Y cuando digo viejos no digo una palabra fea, todo lo contrario: es una palabra preciosa. Tenemos que estar contentos y sentirnos orgullosos de ser viejos, del mismo modo que por lo general se está orgulloso de ser joven. Ser viejo es un privilegio: significa tener suficiente experiencia para poderse conocer y reconocer en los errores y los aciertos; significa la capacidad de volver a ser potencialmente nuevos, principalmente como éramos jóvenes; significa haber madurado la experiencia necesaria para aceptar el pasado y, sobre todo, haber aprendido del pasado».

Siendo herederos de la cultura grecorromana que alaba la fuerza, la rapidez y la belleza, rechazamos, por ende, la debilidad, lentitud y la fealdad (no ser físicamente atractivos), características propias de la vejez. Si bien el viejo es fuente de experiencia y sabiduría, la cultura del cambio constante, de lo inmediato y del descarte lo discrimina y le hace extranjero en la propia sociedad. 

En este sentido, nos informa Rita Levi-Montalcini que tres son las razones que más alimentan la fobia hacia la vejez en los individuos de la especie humana: «la mayor longevidad, la degradación de los órganos por el uso que tiene su reflejo mayor o menor en los componentes somáticos y el rechazo social del anciano». Entendida como una carga, la vejez es un proceso complejo dado que es biológico, psicológico, social, cultural, económico, etc. 

Sabiendo que a cada etapa corresponde un comportamiento, la vejez es una etapa difícil de aceptar, cuyo comportamiento es difícil de integrar porque carece de rito de paso o de iniciación. Si el paso de la adolescencia a la juventud se percibe por tener un espíritu de aventura, es decir «hacer y probar cosas» porque no se miden las consecuencias, el de la adultez a la vejez consiste en «ser» con tal de aceptar e integrar las virtudes propias de la vejez: «reconciliarse con el pasado, aceptar los propios límites, aprender a convivir con la soledad (no solo estar solo, sino también sentirse solo), el desprendimiento, cultivando la serenidad, la paciencia, la benevolencia, la libertad, la gratitud y el amor para no volverse egoísta».  

Tanto para ancianos como para jóvenes la palabra «Futuro» es aterradora. Para los primeros considerados sin futuro ante sí, la cultura del “hic et nunc” (aquí y ahora), fomentada por el materialismo, el hedonismo y el relativismo desvanece el futuro, es decir los bienes de la vejez y la productividad en la longevidad y les quita importancia a los ancianos, considerándoles inválidos, ignorantes e inútiles. 

Para los segundos considerados el futuro tanto de la Iglesia como de la humanidad, es decir los que tienen el futuro ante sí les asusta porque la cultura del “hic et nunc” caracterizada por la abundancia excesiva del tenerlo todo sin coste alguno y hasta sin esfuerzo provoca en los jóvenes la falta «de reconocer el valor de las cosas, su precio (también su sentido afectivo). 

De ese modo se corre el peligro de ponerlo todo al mismo nivel y se pierde de vista la gratuidad de las cosas, su carácter de don, toda posibilidad de opción proyectiva, y todo se vuelve indiferente y carente de importancia».

En efecto, si la cultura del “hic et nunc” aleja las generaciones, el papa Francisco destaca la importancia de que los abuelos se encuentren con sus nietos y que los nietos se encuentren con sus abuelos, porque —como dice el profeta Joel— los abuelos soñarán frente a sus nietos, tendrán ilusiones [grandes deseos], y los jóvenes, tomando fuerzas de sus abuelos, irán adelante, profetizarán. 

Lo mismo debe caracterizar nuestros presbiterios en el sentido de que las luchas intergeneracionales conducen al abandono y desprecio de los sacerdotes mayores. Una visita semanal de los hermanos sacerdotes jóvenes a la casa de los sacerdotes mayores, quizá sin familia, que le han dado todo a Dios y a la Iglesia diocesana, les llenará de alegría y se convertirá en homenaje. Y solo así la vejez, al estilo de Simeón que bendijo a los papás del niño Jesús, será una bendición para con todos y alcanzará su meta que es morir bien para hallar la consumación en Dios. 

Emmanuel Lwuamba

Referencias

[1] Papa Francisco, Dios es Joven, Conversación con Thomas Leoncini, Planeta, Barcelona 2018, 15-16

[2] Pienso que si el miedo a envejecer es gerontofobia, la cercanía a los ancianos no es gerontofilia que psicológicamente implica atracción, sino gerantia (de Geras y tia= acercamiento), dado que los viejos no son físicamente atractivos.

[3] Rita Levi-Montalcini, El as en la manga. Los dones de la vejez, Booket, Ciudad de México 2018, 11-12.

[4] Anselm Grün, El arte de envejecer, San Pablo, Ciudad de México 20174, 31-101.

[5] Giovanni Cucci, La fuerza que nace de la debilidad. Aspectos psicológicos de la vida espiritual, Sal Terrae, Santander 20183, 58.

[1] Papa Francisco y Amigos, La sabiduría de la experiencia, Buena Prensa, Ciudad de México 2019, 11.

Comunicación – Pastoral de la Comunicación, una cultura del encuentro en la Iglesia 

“¡Alégrate! llena eres de gracia”, le dijo el ángel a María en el inicio del diálogo entre un Dios que por misericordia desea salvar a la humanidad, y una humanidad que necesita salvarse del pecado. El evangelista Lucas dice que la humilde mujer se conturbó y discurría qué significaría aquel saludo. 

“No temas porque has hallado gracia delante del Dios”. Le proporciona confianza para luego explicarle en qué consiste la inmensa gracia para la cual fue elegida por Dios: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz a un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús”. Y Además le revela el Plan de Dios: “Él será grande y será llamado hijo del altísimo, y el señor Dios, le dará el trono de David, su padre. Reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”

María se mira en un problema, pero no se niega a cumplir con la voluntad del Señor y le dice en su primera interacción con el ángel: “¿Cómo será eso sino conozco varón”, y el ángel que es el mismo Dios le responde con un argumento de contraste, suficiente para que la conturbada María le diga al final “Hágase en mí según tu palabra? He aquí la esclava del Señor”. Le dice el ángel: “El espíritu santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el que ha de ser santo será llamado hijo de Dios. Mira tu prima Isabel, ha concebido un hijo en su vejez, y este es el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.

Varios principios surgen de este diálogo que marcó el inicio de la historia salvífica de la humanidad cuando se trata de concebir, estructurar y darle curso a una Pastoral de la Comunicación en nuestros entornos eclesiales, una tarea que no podrá soslayarse más, ni siquiera por la calamidad que significa la baja calidad del internet en Venezuela. 

La eficiencia de una Pastoral de la Comunicación pasa por el hecho de que los hacedores de contenidos los conciban con la alegría que significa estar llenos de la gracia de Dios.La palabra de Dios tiene vida y poder, es más cortante que cualquier espada de dos filos y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu” (Heb 4, 12-13

La alegría y la confianza son signos propios de la gracia de Dios que ha de ser comunicada a través de los distintos formatos y plataformas. Combinar el acumulado de experiencias formativa, como la de los catequistas, por ejemplo, con la versatilidad de la juventud, es arar en un terreno creativo y al mismo tiempo evangelizante, sólido para establecer diálogos pastorales en nuestros entornos eclesiales

Se comunica, como dice el papa Francisco en la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, “no solamente con palabras, sino con el tono de voz, con los gestos y con los silencios”. La fuerte atracción -dice el Papa Francisco- que ejercía Jesús en quienes lo encontraban dependía de la verdad de su predicación, pero la eficacia de lo que decía era inseparable de su mirada, de sus actitudes y de sus silencios.

Una Pastoral de la Comunicación efectiva deberá entonces valorar con justo equilibrio estos elementos para el despliegue de la estrategia comunicacional en sí misma. La radio, la televisión y el periódico alternativo y comunitario siguen teniendo, aunque ya a menor escala por la expansión de las redes sociales y la misma crisis económica, impacto socio-cultural en sus ejes de acción.  

Reconocerlos como instrumentos de servicio público, tal como fueron concebidos en su génesis, y no como garrotes del populismo, ayudará a refundar, con esperanza, los vínculos sociales de nuestra Iglesia desde el ámbito comunicacional. Allí también hay heridas que la nueva evangelización no puede soslayar, que además son producto de una ideologización que divide, que fractura, que daña la integridad del ser, y peor aún, anula nuestra dignidad como hijos de Dios.

Siendo así, preciso será contar las historias con olor a evangelio con las que Dios todos los días se nos presenta. No basta con aumentar la oferta de cuentas en las redes sociales de mayor penetración, como Facebook e Instagram, para transmitir las actividades pastorales de la parroquia y colocar a alguien que active esos dispositivos. 

No se trata de una utopía irrealizable. Nuestra Pastoral de la Comunicación encarna la alegría de construir el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir con justicia sus bienes y su vida social en paz. Tampoco es una gestión administrativa más de la Iglesia. Es la expresión de la cultura del encuentro para ganar voluntades para Dios, en alegría y esperanza

Jesús Manzanárez

Periodista de la Arquidiócesis de Caracas

Carisma – Santa Familia, un instituto para familias consagradas

En sus años de seminario y primeros de vida sacerdotal, el padre Santiago Alberione vio la necesidad de emprender nuevas iniciativas de evangelización con los medios “más rápidos y eficaces” que ofreciera la modernidad. Para tal fin pensó en hombres y mujeres consagrados que dieran el todo por el todo en pos del Evangelio, por lo que, en la medida en que el Espíritu le permitía discernir, fue fundando algunas congregaciones dedicadas a la propagación del Evangelio: Sociedad de San Pablo e Hijas de San Pablo (medios de comunicación), Pías discípulos del Divino Maestro (apostolado litúrgico sacerdotal), Hermanas de Jesús Buen Pastor (pastoral parroquial y escolar) y Hermanas de la Reina de los Apóstoles (para las vocaciones). 

Además de ello, motivado por la publicación de la Constitución Apostólica “Provida Mater Ecclesia”, fundó una serie de asociaciones de fieles que después fueron aprobadas por la Santa Sede como “Institutos Agregados a la Sociedad de San Pablo”: San Gabriel Arcángel (hombres célibes consagrados), Virgen de la Anunciación (vírgenes consagradas) y Jesús Sacerdote (clero diocesano).

Más tarde, en la década de los 80’ fue aprobada por la Santa Sede la que sería la última institución de la Familia Paulina, agregada también a la Sociedad de San Pablo: Instituto Santa Familia (matrimonios). Este instituto fue llevado adelante por el P. Stefano Lamera, quien por orientación del P. Alberione desde 1940 se había dedicado a la redacción de artículos sobre la familia, y, por lo tanto, se lo considera también como una fundación del P. Alberione. 

Los miembros del Instituto Santa Familia «se comprometen a buscar en el matrimonio la perfección evangélica mediante los votos de castidad, pobreza y obediencia conyugales, ordenando su vida según las líneas del Estatuto [de dicho Instituto]». 

Sin dejar su estado de vida secular, además de sus compromisos sociales, se dedican a «la difusión del mensaje de la salvación, principalmente según el apostolado y el espíritu de la Sociedad de San Pablo y de las otras Congregaciones de la Familia Paulina, ampliando así a los más variados sectores la acción y el influjo de su misión específica».

En este sentido, para conseguir su ideal de perfección cristiana, «los miembros cultivarán en primer lugar la oración, medio “sencillo, fácil, obligatorio, adecuado a todos” (MRA 58), alimentándose en las fuentes de la espiritualidad cristiana: la Palabra de Dios “suprema norma de la fe de la Iglesia” (DV 21) y la Liturgia, que “robustece de modo admirable sus fuerzas para predicar a Cristo” (SC 2)». 

Quienes deciden formar parte de la “Santa Familia” siguen las etapas típicas de la congregación a la que están agregados: postulantado, noviciado, votos temporales y votos perpetuos. Del mismo modo su constitución orgánica: el Superior regional, el Vicario general y los superiores circunscripcionales de la Sociedad de San Pablo también lo son del Instituto Santa Familia. Aunque para su gobierno circunscripcional, el Superior general, después de oír parecer del Superior regional, elige un sacerdote de la Sociedad de San Pablo o del instituto Jesús sacerdote como Delegado regional. 

Que las familias sigan encontrando un modelo un modelo en la Familia de Nazaret de la que «los padres, las madres, los hijos encuentran divinas lecciones de paciencia, de castidad, de amor filial, de laboriosidad. Allí Jesús vivió, trabajó y oró treinta años, y así la restauración comenzó por la familia».

Pbro. Carlos Astorga, ssp

Edición 2

Editorial – De la mano con san José

El pasado 8 de diciembre, día de la Inmaculada concepción, el papa Francisco convocó a un año dedicado a san José, con ocasión del 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal, por el beato Pío IX con el decreto Quemadmodum Deus. Con esta invitación, el Papa anima a la reflexión sobre las virtudes de este gran santo y a dirigirle también nuestras oraciones. Así, con esta motivación, el número que presentamos en esta edición de Vida Pastoral para Venezuela tiene la sección de Dossier dedicada al esposo de María. 

Además, no podíamos dejar pasar la oportunidad de reflexionar sobre el ministerio de las mujeres en la Iglesia, como lo son el lectorado y el acolitado al que el Sumo Pontífice les dio acceso de una manera más formal y la institución litúrgica, “con todas las de la ley”. A esto dedicamos las secciones de Teología y Liturgia

De igual forma, dejamos algunos temas de actualidad, pensando en la Vida espiritual, y, en cuanto a Comunicación, no podíamos dejar pasar desapercibido el mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que anima al encuentro. 

De esta manera, con la nueva sección de Carisma cierra nuestra edición para este trimestre, esta vez dedicada a nuestra congregación en su 70 aniversario de presencia en Venezuela. 

Seguimos animando a todos nuestros lectores a la reflexión personal y a compartir con otros las propias reflexiones en nuestros próximos números. 

Pbro. José Ángel Torres

Director editorial

Biblia – “Y muchos creyeron por las palabras de mujeres” Jn 4, 39

En un nuevo «motu proprio» que introduce cambios en el actual código de Derecho Canónico, el papa Francisco ha autorizado que las mujeres puedan leer la Palabra de Dios, ayudar en el altar durante las misas y distribuir la comunión.

A pesar de la presión de la sociedad patriarcal de la época de Jesús de Nazaret, según los evangelios, el libro de Hechos y las cartas paulinas, numerosas mujeres participaban como misioneras activas y líderes en el movimiento cristiano como:

  • discípulas (Tábita, Hch 9,36ss), 
  • diaconisas-ministros (Febe, Rm 16,1), 
  • apóstoles (Junia, Rm 16,7), 
  • además de maestras, profetisas y predicadoras. 
  • Muchas, como Lidia (Chc 16) formaron iglesias domésticas, donde no solo daban hospitalidad, sino que dirigían dichas comunidades.

Es por ello que, hablar de mujeres acólitas o lectoras, no es una novedad en el Nuevo Testamento y las comunidades primitivas que vieron surgir estos liderazgos, posteriormente ensombrecidos a partir del siglo II-III, con la muerte de la primera generación cristiana, la institucionalización de los ministerios que van eclipsando la importancia de los carismas, y el proceso de inculturación del cristianismo en el Imperio romano.

Pablo de Tarso es acusado con frecuencia de misógino. No es tal, porque tuvo muchas colaboradoras a su lado en la tarea evangelizadora; a pesar de lo cual tenemos varios textos que parecen desmentir lo dicho.

El primero de ellos es 1Co 7, donde aconseja abstenerse del matrimonio si se quiere recibir el carisma del celibato para servir al Señor; en esta visión está implícita la concepción teológica del tiempo presente como pasajero y la inminente venida del Señor (cf.1Co7,29). Posteriormente, este pensamiento será desarrollado por sectores patriarcales para justificar la subordinación de la mujer. Esto es así como afirmar que los intereses de la misión cristiana están por encima de la presencia y participación de las mujeres.

En 1Co 11,2-16, observamos que en las asambleas hombres y mujeres por igual tenían libertad para enseñar, orar y profetizar. Pero Pablo saca su raíz rabínica para hablar de la costumbre del velo y la subordinación de la mujer. En Corinto llevar el cabello recogido era señal de honor, en tanto que llevarlo al viento era mal visto, pues las prostitutas sagradas de los templos paganos lo llevaban así. 

En 1Co14,33-36 vemos un contraste con el texto anterior, donde se reconoce que las mujeres oraban y profetizaban. Acá se dirige a las mujeres casadas, ¿será que cuestionaban a los maridos en público, o preguntaban mucho? Lo cierto es que Pablo les impone silencio y lo que se lee de fondo es que las mujeres tomaban la palabra y explicaban la Escritura. ¿Será que los maridos sabían menos del Evangelio que ellas? Podemos afirmar que es posible, sobre todo si tomamos en cuenta el ejemplo del matrimonio de Priscila y Aquila que fueron maestros de Apolo y grandes colaboradores de Pablo.

Es bueno señalar que las exhortaciones de Pablo nunca niegan la práctica de las mujeres en la Iglesia naciente, las cuales probablemente estaban condicionadas por su origen rabínico y el contexto patriarcal del entorno. Podemos mencionar muchos ejemplos, pues la Iglesia en la medida que se fue institucionalizando, también se hizo más patriarcal y androcéntrica, negando la igualdad en la misión hasta que, progresivamente, los ministerios fueron sexualizados.

Según la Didascalia podemos deducir que, antes del siglo III, las viudas desarrollaban una serie de funciones en la organización administrativa de la Iglesia y en la liturgia que sugieren un rol parecido al del obispo.

Esta reivindicación del Papa Francisco es tardía, pero alentadora y también agradecida. Esperemos que sea el comienzo de otros pasos, que serían parte del principio de igualdad de los fieles, en el marco del estatuto canónico al que pertenecen.  

Así que el Santo Padre ha dado ahora el paso de aclarar lo que el Papa Pablo VI ya había anticipado, a saber, que se trata de ministerios laicales, no vinculados al sacramento del Orden, y ha dejado a la discreción de las Conferencias Episcopales el establecimiento de criterios adecuados para el discernimiento y la preparación de los candidatos y las candidatas.  Y decimos que es tardío porque los ministerios de acolitado y laicado son ministerios laicales, cuya exigencia es el estar bautizados. ¿Por qué entonces tantos siglos reservándolos, solo a los hombres? Una verdadera anomalía en una Iglesia constituida mayoritariamente por mujeres que, en la práctica, hace mucho rato prestamos dicho servicio a las comunidades.

Confiemos en el soplo del Espíritu para no tener que esperar años, o siglos, para contemplar mujeres en los ministerios del Orden. No olvidemos que hoy, las mujeres solo tenemos seis sacramentos, porque se nos ha vedado el séptimo. No obstante, muchos han creído por las palabras de las mujeres, hoy, al igual que ayer.

Agradezcamos al Señor que va abriendo caminos, como presencia vibrante, santificante y configuradora. Comencemos desde estos nuevos ministerios laicales a caminar a la luz de su figura, sintiendo, pensando y actuando como él. La humanidad de Jesús acaba por ser unitiva en nuestro conocimiento amoroso de Dios, y es la vía de acceso al ser de Jesús, para acabar sintiendo y gustando la divinidad de Jesús en adoración. “Sean, pues, aceptables ante ti mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, roca mía y redentor mío” (Salmo 19,15). 

Dra. Rebeca Cabrera

Referencias

MAZZUCCO Carlo., Efui fatta maschio. Firenze 1989,p.54.

Vida espiritual – «Como era hombre lo mataron, pero como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida» (1 P 3,18b)

La experiencia que brota del encuentro con Jesús resucitado evoca, necesariamente, un encuentro con él a partir de la inhabitación del Espíritu en la vida del hombre. No es posible narrar lo que significa una interacción con Jesús sin hacer referencia a la presencia del Espíritu en la dinámica de aquel diálogo. 

Siendo que, la identidad del auténtico cristiano hunde sus raíces en el carácter filial adquirido en el bautismo y, con ello, la participación en el cuerpo místico de Cristo (cf. 1 Co 12,13), todo aquel que pretenda dinamizar cualquier acción de este, lo hace impulsado bajo la influencia del Espíritu, que siendo uno se manifiesta en cada persona según le corresponda (cf. Ef 4,7). Así, la vida en el Espíritu ocupa un lugar privilegiado en el acontecer cotidiano de quien ha sido llamado a dar testimonio de Cristo en la sociedad. 

Si bien todos, como piedras vivas constitutivas del edificio espiritual de la Iglesia, somos responsables de la solidez de la estructura en su totalidad (cf. 1 P 2,5), son quienes brindan acompañamiento dentro de la dinámica eclesial, los dispensadores de una gracia especial en virtud del funcionamiento armónico de las partes como un todo y único ser.

Es a partir de esto que las exigencias que demanda el acompañamiento están circunscritas en un contexto tal que, sin descuidar la propia vida espiritual de quien acompaña, se encuentre posibilitado, tanto para adquirir como para facilitar las herramientas que favorezcan la articulación del hombre en tanto protagonista de su desarrollo. 

Las palabras oportunas y el gesto de cercanía caracterizaron el proceder de Jesús, mientras caminaba y acompañaba a tantas personas que, agolpadas a su alrededor, urgían de un nuevo espíritu que les permitiera romper los modelos y refrescar la vida. Así se entiende lo que anunció el profeta sobre la infusión de un nuevo espíritu que renovaría al hombre al punto de convertirlo en una nueva creatura (cf. Ez 36,27). 

La vida espiritual, en este sentido, representa una nueva oportunidad para rescatar la identidad extraviada de la humanidad y poner un acento especial en el enriquecimiento de la naturaleza humana. Recuperar la dirección y el valor oculto tras el velo de la ignominia y el abandono de la intimidad.

Solo quien es capaz de reconocer la limitación humana, frente a la inmensidad del Espíritu, logra comprender que, en el bálsamo de la moción que proviene de este, se posibilita la entrada en una experiencia que demanda serenidad y confianza en el Otro y los otros. 

Vale la pena rescatar, en este sentido, la imagen del hombre justo de Nazareth, que, sumido en su silencio, logró percibir en la profundidad de su ser el impulso que lo arrastró a mostrarse como aquel que acompaña y se entrega, desde su propia realidad, en servicio de quien necesita de su presencia. Que se introduce en el combate de la vida al punto de sentirse participe de la razón que prevé el sostenimiento de la experiencia humana con todos sus matices. Para que este se vea y sienta liberada de las esclavitudes propias y las impuestas por los sistemas sociales. Las estructuras de pecado.

La asistencia oportuna, la presencia constante, la transmisión del mensaje, el cumplir la misión y acudir en función de la llamada recibida constituyen el ápice de la identidad de un auténtico acompañamiento. El espíritu no puede ser reducido a un momento específico, sino que, abarcándolo todo, lo penetra todo y lo enriquece todo, dinamizando el quehacer en un camino empático, en un diálogo de amor y entrega por el otro. 

La vida espiritual es, sin lugar a dudas, la palanca que impulsa, el punto de pivote sobre el cual gravita le existencia del hombre; razón por la cual es imperioso dedicar esfuerzos que faciliten su robustecimiento en virtud del aprovechamiento de las potencialidades y las riquezas propias de la naturaleza humana. 

Jesús, que siendo hombre fue llevado por el Espíritu al desierto y este mismo Espíritu lo soportó en medio de las tentaciones, que entregando el Espíritu en la cruz evoca la entrega de todo su ser, y que, devuelto a la vida por el Espíritu, nos invita a recordar que en él seremos reincorporados a una vida nueva, nos recuerda que cada vez que nos abrimos a la vida en el Espíritu crece la semejanza a su persona que busca en todo momento atender a la voluntad del Padre.

Vivir en el Espíritu se debe entender desde la posibilidad de poder acompañar, cual centinela ante una ciudad que vela, desde la perspectiva evangélica por el cuidado del proceso vital de las personas que deambulan en busca del agua que calme su sed y reverdezca su aridez. De esta manera, el acompañante, iluminado y enriquecido por el fuego del Espíritu, ha de experimentar una liberación plena de sí mismo, una serenidad imperturbable que está por encima de los avatares de la vida. Que, estando el hombre sumergido en el mundo, y viviendo entre alimañas se presenta como aquellos ángeles que sirven al Señor en el desierto (cf. Mc 1,13.).        

El desarrollo de una sincera experiencia de la vida espiritual es como se puede hacer patente la presencia de Cristo cercano, paciente, compasivo, atento, bondadoso y misericordioso en la comunidad. El Espíritu no se engríe, sino que su ánimo permanece estable entre los aplausos y ante las críticas, quien se deje conducir por su asistencia es capaz de conquistar y rescatar el valor de la persona, en sí mismo y en los demás. 

Pbro. Luis Piña

Operario diocesano

Referencias

Cf. Ignacio Larrañaga, Muéstrame tu rostro, hacia la intimidad con Dios, Paulinas, Lima, 19976, 301. 

 Íbidem.

Teología – Ministerios laicales ejercidos por los laicos (Mujeres lectoras y acólitas)

Con desigual acogida ha sido recibido el Motu Propio «Spiritus Domini» del Papa Francisco por el que se modificaba el canon 230§1 sobre los ministerios laicales. Para algunos, la admisión de las mujeres al lectorado y al acolitado supone un reconocimiento de los derechos femeninos en estas tareas de la comunidad cristiana. Para otros, un peligroso avance de la mujer hacia el orden sagrado. Para otros, en fin, una medida decepcionante y poco novedosa, como si se hubiera quedado el Papa corto en su decisión. Trataremos de acercarnos al texto para desentrañar algunas claves que nos ayuden a una valoración global.

En primer lugar, queremos resaltar dos aspectos que orientan la decisión del Papa:

De una parte, se encuentra la convicción de que es el Espíritu el que suscita en la Iglesia los carismas necesarios para su misión. Cualquier encuentro con el texto de Francisco debe tener presente esta realidad que vivifica constantemente al cuerpo eclesial: la actuación del Espíritu que distribuye los carismas en orden a la edificación de los creyentes. 

De otra parte, el Papa acoge las reflexiones de «algunas asambleas del sínodo de los obispos» y el parecer de los dicasterios romanos a los que atañe el tema. 

En esta doble motivación se insertaría entonces la posibilidad de admitir a los ministerios de lector y acólito a las mujeres. A estos dos aspectos (acción del Espíritu que suscita el carisma-discernimiento eclesial) habría que añadir un tercer componente: la profundización y el desarrollo de la teología de los ministerios laicales.

Tomemos, entonces, este último aspecto. El texto indica, claramente, que hay ministerios que no están vinculados al sacramento del Orden, sino que tienen por fundamento el sacramento bautismal. De hecho, ya Pablo VI, en la Carta Apostólica que reformaba la anterior disciplina sobre las llamadas «órdenes menores», desvinculó estos ministerios del orden sagrado, estableciendo que pudieran confiarse a seglares. El papa que culminó el Vaticano II indicó, también, que por «una venerable tradición», la admisión a estos ministerios laicales se reservaba a los varones. En realidad, lo que es necesario tener en cuenta es el alcance de la palabra «laico».

Con esta decisión de admitir a las mujeres a los ministerios instituidos, el Papa pone de relieve que la naturaleza del Bautismo no permite hacer una distinción entre varón y mujer para conferir tales ministerios. De hecho, pone también en su lugar a la «venerable tradición» de la Iglesia. Tal tradición no puede, en este caso, impedir el natural desarrollo de la teología de los ministerios, puesto que la raíz bautismal tiene un peso mayor que práctica «tradicional». 

¿Podía la tradición de la Iglesia (esta tradición en minúscula) dejar a un lado la realidad teológica de que tan laico es el varón bautizado como la mujer bautizada? ¿No hubiera sido una incoherencia que, teniendo los ministerios laicales su fundamento en el bautismo, se reservaran los mismos a los varones? Mi opinión es que ahora lo que resplandece es la figura laical. Y lo hace con ocasión de un ministerio «instituido» que se confiere por primera vez a las mujeres. Creo también que este paso no hubiera sido posible sin la práctica de los últimos 40 años; sin un rito de institución, muchas mujeres han prestado este servicio en nuestras parroquias y comunidades. Ha llegado ahora el momento de institucionalizar lo que ha venido siendo práctica habitual.

Finalmente, tengo la sensación de que nos hemos fijado demasiado en la cuestión litúrgica al pensar en el lectorado y el acolitado. 

Los lectores también prestan su servicio instruyendo a los fieles para recibir dignamente los sacramentos y ayudando a otros a prepararse para leer la Palabra de Dios. Asumen el deber de meditar con asiduidad la Sagrada Escritura esforzándose por ser fieles discípulos de Cristo. 

Los acólitos han de estar disponibles para administrar la comunión a los enfermos en caso de necesidad y para instruir a los que deben servir el altar. Se comprometen a asimilar el sentido de su ministerio, de tal forma que puedan ser ellos también ofrenda viva.

Sería una pobreza terrible quedarnos solamente con la idea de que ahora las mujeres «pueden dar la comunión» o pensar que el ministerio conlleva solamente una función visible, como quien se sube al escenario de una obra de teatro y recibe por su actuación unos aplausos. Y esto que digo sobre la «apariencia» del ministerio laical conferido a mujeres debe ser reconocible en primer lugar por nosotros, los sacerdotes, que con frecuencia subimos al altar a ejercer nuestro ministerio como una función meramente exterior, esperando los aplausos de nuestro entusiasmado auditorio. La celebración se hace, esencialmente, por dentro.

El título de este artículo refleja, creo, lo que ha resplandecido: que los ministerios laicales los ejercen los laicos. Sin adjetivos de género, porque el Bautismo no conoce género. Y estos ministerios, desde ahora, tampoco.

Pbro. A. Diego Hernández Rodríguez

Operario diocesano

Liturgia – Los ministerios en la Iglesia, ¿lectorado y acolitado a las mujeres?

Pbro. José Antonio Da Conceicao F. 

Director del Departamento de Liturgia de la CEV

El pasado 10 de enero de 2021, en el marco de la celebración del Bautismo del Señor, el Santo Padre Francisco ha enviado al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una carta en la que le indica sobre el acceso de las mujeres a los ministerios del lectorado y del acolitado.

Para algunos esta notica ha causado gran alegría, pues lo han visto como una conquista de género; para otros ha causado escándalo, pues creen que se está alterando la doctrina de la Iglesia católica. Para los más equilibrados, es un devenir del desarrollo magisterial, que luego de discernir la acción del Espíritu Santo en el Pueblo de Dios, ha visto la conveniencia de levantar la reserva de la institución de mujeres al lectorado y acolitado.

Para no caer en extremos de euforia y decepción, es importante comprender el sentido de los ministerios eclesiales ejercidos por laicos en la Iglesia. Todo ministerio eclesial tiene su fundamento y su sentido en el Misterio de Cristo, Verbo de Dios hecho carne (Juan 1,14), Cabeza del Cuerpo de la Iglesia (Efesios 4,15), que asumió la condición de Siervo (Filipenses 2, 6-7) y lavó los pies de los discípulos (Juan 13,3). Jesús vino para servir y dar su vida (Mateo 20, 28), manifestó siempre su gran solicitud para con los pobres (Lucas 4, 18-21) y envió a sus discípulos para anunciar a todos el Evangelio de la Salvación (Marcos 16, 15; Mateo 28, 16-20; Hechos 1, 8).

Los ministerios existentes en la Iglesia son todos una participación en el mismo ministerio de Jesucristo (1Cor 12, 28; Ef 4, 7. 11-13). Por esta razón, la misión de la Iglesia en este mundo se realiza, no solo por los ministros ordenados, sino por los fieles laicos, a través de oficios, funciones y ministerios no ordenados que tienen su fundamento sacramental en los sacramentos de iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), así como para muchos de ellos en el Matrimonio (Christifideles laici 23).

Los ministerios confiados a laicos tienen una identidad propia dentro de la ministerialidad global de la Iglesia. Esto significa que no deben ser vistos como “funcionarios de suplencia”, en situaciones de emergencia, o por “falta de ministros ordenados”, sino como tareas que mantienen su sentido propio en comunión con los ministros ordenados, en el contexto ministerial de la Iglesia. Todos los ministerios son un llamado de Dios, por medio de la Iglesia, a un servicio específico; por tanto, no son un derecho adquirido por los estudios o tiempo de servicio en las estructuras eclesiásticas.

El Espíritu Santo santifica y conduce al Pueblo de Dios distribuyendo sus dones, conforme a su voluntad (1Cor 12, 11). El Concilio Vaticano II explicita que las gracias del Espíritu Santo, así como las gracias especiales son distribuidas entre los fieles de cualquier condición y estado. Por ellas, los hace idóneos y dispuestos a tomar sobre si los varios trabajos y oficios que contribuyen a la renovación y crecimiento de la Iglesia, teniendo presente la expresión de Pablo: “…a cada uno les es dado la manifestación del Espíritu para la utilidad común…” (1Cor 12, 7). Estos carismas deben ser recibidos con gratitud y consolación, ya que son perfectamente lógicos y útiles a las necesidades de la Iglesia (Lumen Gentium 12b; 33).

Con respecto al lectorado y el acolitado, en el motu proprio Ministeria quaedam del 15 de agosto de 1975, San Pablo VI suprimió las órdenes menores y el subdiaconado, así como la tonsura, pero mantuvo las funciones que estaban encomendadas a dichas órdenes. La novedad fundamental consiste en el hecho de que tales funciones ya no se confieran por medio de una ordenación sino por la institución en un cargo estable, en un ministerio, según el uso atestiguado en Roma desde el siglo III por la Tradición apostólica de san Hipólito.

Los ministerios instituidos son el lectorado y el acolitado. Fuera de estos dos, cada Conferencia Episcopal puede prever la obtención del permiso de la Santa Sede para que se establezcan otros ministerios, por ejemplo, en África el catequista es un ministerio estable.

La institución, que se confiere en una celebración litúrgica propia, establece al laico que la recibe en una función permanente. No se da para un período determinado sino para siempre, aunque las circunstancias hagan que su titular no la pueda ya ejercer. Además, confía responsabilidades que van más allá del servicio litúrgico. 

Misión del lector

El lector está llamado a “encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura”; también recibe una misión catequética en la preparación de sus hermanos para la recepción de los sacramentos. Con este fin, se le podrán confiar responsabilidades en la preparación de los padres al bautismo de sus hijos o en la de los novios al matrimonio. También se le podrá encargar la formación bíblica de los fieles en una parroquia, o agrupaciones (parroquias, movimientos, etc). 

Misión del acólito

El acólito, además de sus funciones litúrgicas, puede encargarse de “la instrucción de los demás fieles que, por encargo temporal, ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos”. En cierto modo tiene la responsabilidad de educar a sus hermanos en la oración. 

El lectorado es el servicio de la palabra y el acolitado es el servicio de la oración comunitaria y de la eucaristía.

La institución en un ministerio exige también un testimonio de vida en relación con el servicio asumido. 

El Santo Padre Francisco, en su misión de confirmar a sus hermanos en la fe, y promoviendo la evangelización de la Iglesia, en continuidad con el Magisterio, después de haber oído al Colegio Episcopal, que en varias Asambleas del Sínodo de los Obispos vieron la necesidad de profundizar en el tema de los ministerios conferidos a laicos, para que estos respondieran a la naturaleza de los mismos y a los tiempos, y ofrecieran un apoyo oportuno a la evangelización que atañe a la comunidad eclesial. Después de una larga elaboración doctrinal, en la que se resalta que estos ministerios instituidos por la Iglesia tiene su fundamento en la condición bautismal y son esencialmente distintos al ministerio ordenado (obispo, presbítero y diácono), determinó, por la Carta Apostólica “Sppiritus Domini”, que tiene forma motu proprio el 11 de enero de 2021, que los bautizados laicos varones o mujeres, pueden ser instituidos al ministerio de lector o acolito. Con esta carta apostólica se reforma el canon 230§1 del Código de Derecho Canónico de la Iglesia Latina.

La Iglesia, por medio del Papa y el Colegio Episcopal, profundiza en la doctrina de la Iglesia y responde a los signos de los tiempos. 

Dossier – San José, maestro de comunicación

La palabra “comunicación” no existe en la Biblia, al menos porque deriva de las sucesivas palabras latinas “communicare”, “communicatio”. Desde esa misma raíz, sabemos que deriva también el término “communio”. Esta palabra, “comunicación”, tan popular hoy, sin embargo, da el nombre a una realidad conocida y practicada por el hombre desde el inicio de su existencia, que solo a un cierto punto de la historia ha sido definida con una palabra específica. No será una exageración, entonces, si decimos algo sobre la persona de san José en su calidad de “hombre de comunicación”, también si, como sabemos, él no profiere ni una sola en los evangelios. 

En la coronita a san José, que encontramos en el libro de oraciones de la Familia Paulina, existe el fragmento siguiente: “oh, san José, padre adoptivo de Jesús, bendecimos al Señor por tus íntimas comunicaciones con él (…) lo has amado paternalmente y has sido filialmente amado. Tu fe te hacía adorar en él al Hijo de Dios encarnado, mientras él te obedecía, te servía, te escuchaba. Tenías con él suaves conversaciones, comunidad de trabajo, grandes penas y dulcísimas consolaciones”.

Por como entendemos hoy la comunicación, hay un claro énfasis sobre su fin de edificar una comunión entre personas. Al mismo tiempo, entonces, ella no es más definida como un mero “intercambio de informaciones”. En este contexto, san José se revela como un verdadero maestro de comunicación, que lo ha llevado a construir un verdadero vínculo de amor con María y Jesús. 

El beato Santiago Alberione menciona los diálogos de José con Jesús. Parece obvio que este perteneciera a las prácticas cotidianas de los miembros de la Sagrada Familia, durante el horario de trabajo, en los momentos tristes de sufrimiento y en los bellos de consolación. 

En una conferencia dirigida a los Discípulos del Divino Maestro (así son llamados los hermanos religiosos de la Sociedad de San Pablo), pronunciada el 16 de marzo de 1960, el Fundador caracteriza la relación de José con Jesús como sigue: José “tenía una intimidad con Jesús; vivió tantos años con Jesús; nutrió a Jesús; y mientras que era padre putativo suyo, y, por tanto, tenía derechos legales y morales sobre él para su misión, él era también discípulo de Jesús: lo admiraba, lo sentía y lo imitaba. Y precisamente porque Jesús se había hecho su hijo putativo, él permanecía maravillado de ver en el Hijo de Dios encarnado tanta humildad de obedecerlo. Y el modo de dar sus disposiciones, sus mandamientos, era todo un modo delicadísimo: por una parte, el deber de guiar a la Sagrada Familia, y, por la otra parte, su humildad, que le mostraba como él no fuese digno de una alta misión como esa”.

José era el padre, el maestro y, al mismo tiempo, el discípulo de Jesús. Le dio órdenes y prescripciones porque, como padre, era una autoridad, pero hacía esto en modo siempre delicado. Como discípulo de Jesús, “lo admiraba, lo sentía y lo imitaba” y lo obedecía. Jesús, por su parte, hizo lo mismo con su padre adoptivo. En la comunicación que construía cada día con su hijo, san José era en grado de hablar y escuchar, y ha sabido llegar a la perfección armonizando, entre ellos, las actitudes de padre, maestro y discípulo, siempre en el conocimiento de que Jesús era el Hijo encarnado de Dios. 

¿Necesitas otros argumentos para reconocer en san José un verdadero maestro de comunicación? Con tanto más celo, entonces, oramos con las palabras del beato Santiago Alberione: san José, “ruega por nosotros, para que podamos (…) llegar a una gran intimidad y a un amor tierno y fuerte hacia Jesús, sobre la tierra, y a poseerlo para siempre en el cielo”.

Bogusław Zeman, ssp

Traducción del italiano por Anderson Mendoza, ssp

Dossier – San José, Patrono de la Iglesia Universal

Según datos de la historia de la Iglesia contemporánea, fue el Papa Pío IX quien, el 08 de diciembre de 1870, como respuesta al “sensus fidei” expresado en una cantidad ingente de misivas, otorgó reconocimiento litúrgico-universal a este título que, además, es inherente a la misión del carpintero de Nazaret. Uno de los petitorios provino del cardenal Pecci, el cual, siendo al tiempo el Santo Padre León XIII, escribió la Quamquam Pluries, un sustancioso texto dedicado a este discreto, pero indispensable personaje en el plan salvífico trinitario. Desde allí, hasta nuestros días, todos los pontífices y, con ellos, toda la Iglesia lo invoca incesantemente como tal, renovándose su filiación con el Padre Celeste y, cómo no, con el padre escogido para cuidar a su Unigénito, hasta el punto de convocar un año especial para honrar al que vivió, en palabras de la Patris Corde, siendo obediente, acogedor, tierno, valientemente creativo.

Y es que, obviamente, no resulta desatinada esta designación; no obstante, cabe plantearse la interrogante: ¿Cómo explicar que san José sea “Patrono” de la Iglesia? Etimológicamente, Patrono deriva del latín “Patronus”, dícese del “protector, el que hace las veces de padre”, hundiendo sus raíces en “Pater-Patris”, esto es, Padre. En este sentido, reflexionando teológicamente, la paternidad original de este pueblo reside, en esencia, en el Padre del Cielo, por lo que no sería adecuada esta nomenclatura. Ahora bien, ello nos lleva a un barruntar personal, pues invita a pensar en cómo cada uno forma parte de esta “familia de Dios”, hallando la respuesta en nuestro nuevo nacimiento, el bautismo.

El Sacramento del Bautismo, sencillamente, nos hace “otros Cristos”, de modo que cada cristiano, a la vez que es hecho discípulo, es re-creado a imagen de su Maestro y Señor, Jesús de Nazaret, a quien recibió, instruyó, guio, cuidó y amó san José. Además, el argumento se enriquece al destacar la noción eclesiológica, presente en san Pablo (cf. 1 Cor 12), de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, ya que, precisamente, cada “otro Cristo” se integra para ser, junto a los otros, un mismo Cristo; ese mismo hacia el que el Patriarca tuvo “por don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer” (cf. Redemptoris Custos 8).

Así visto, siendo otros Cristos por el bautismo en este pueblo que es la Iglesia, contamos entonces con esa atención especialísima e integérrima de este Gran Padre, impetrado por el Padre del Cielo con el amor correspondiente, aquel que tiene su fuente en él, y de quien “toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15).  

Con esto, ha de añadirse un elemento más, sumamente importante de por sí, y es el compromiso con la Santísima Virgen María, Madre y Modelo de esa Iglesia que, dicho anteriormente, es Cristo. Cabe destacar que san José recibe la misión de cuidar al Mesías, custodiando y amando a su Madre, con quien fundó una alianza conyugal con todos los elementos esenciales y propios de la misma (fidelidad, indisolubilidad, bien mutuo, prole). 

María y José se han hecho realmente Uno, a través de lo que el Sol de Hipona y el Aquinate han catalogado como “indivisible unión espiritual”, ya que ambos han unido realmente sus corazones en un mismo anhelo vinculado, en el pueblo al que pertenecen, a la espera del “Ungido de Dios”; de igual forma, se han entregado y recibido mutuamente con inteligencia y voluntad, esto es, con decisión, al perseverar uno al lado del otro y comunicarse el plan divino. Además, insoslayablemente, el uno por el otro han puesto por obra un amor activo en la convivencia en el hogar de Nazaret. Así visto, es claro que María y José, con y en el otro, son constituidos auténticos padres del Salvador. 

De esta manera, si bien no está dicho en ningún documento perteneciente a la Tradición o al Magisterio pontificio, podemos permitirnos, dadas estas premisas de esponsalidad ejemplar, pensar y argüir que la unión vocacional de María, como Madre, y san José, como Padre, artífices en el tiempo del carácter y dinámica vital del Mesías, permaneció en el decurso del Ministerio Salvífico de su Hijo, por lo que, finalmente, al ser entregada María como Madre a la Iglesia, al pie de la cruz en la figura del discípulo amado, a la vez, en ella, es entregado san José como Padre de la misma, prolongándose entonces su misión paternal en el cuerpo místico de su Hijo.

En conclusión, cada bautizado es otro Jesús de Nazaret, con lo cual, la Iglesia universal es vivamente Jesús de Nazaret; Dios caminando entre los hombres, de la mano de los esposos virginales. Ellos, María y José, gozando ahora de la Gloria de la eternidad, eternamente el uno en el otro, y ambos en el Dios Un-Trino, continúan su misión de formación y custodia en cada otro Cristo que camina en el mundo incoando el Reino y para quien, sin lugar a dudas, María y José son Padres y modelo de cómo hacer de la propia vida un “fíat” en favor de la vida de los demás, formando y cuidando, también, al Mesías en los corazones.

Pbro. Luis García

Párroco de San José de Ñaraulí (Caracas)

Comunicación – Ven y lo verás: “desgastar las suelas de los zapatos” como método de auténtica comunicación

El Mensaje del Papa Francisco para la 55 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2021 toca una cuerda familiar, no solo para quienes se empeñan en el campo de la comunicación, sino también para los que se dedican al campo formativo. Comunicar encontrando a las personas donde están y como son, no puedo dejar de vincular el mensaje del Papa —donde subraya el encuentro con personas reales, quiénes son y dónde están— con lo que está sucediendo en nuestras actividades de la promoción vocacional y en la formación inicial que tiene lugar en nuestras comunidades.

Un buen número de elementos y observaciones del mensaje pueden ser útiles para revisar y reorientar nuestra promoción vocacional. El Papa Francisco, refiriéndose a uno de los «primeros emocionantes encuentros de Jesús con sus discípulos», escribe que “ven y lo verás” «era y es esencial», para ser «el método de toda comunicación humana auténtica» utilizando «todo instrumento posible», siguiendo el ejemplo de «aquel gran comunicador que se llamaba Pablo de Tarso», en particular viviendo «su fe, su esperanza y su caridad». 

Pasando más a lo concreto, el Papa añade que en el método “ven y lo verás”, la comunicación debe «ser límpida y honesta», el encuentro debe ser muy personal – cara a cara, corazón a corazón – en contraste con el enfoque impersonal y a veces espectacular de los sonidos e imágenes que “encontramos” en Internet, especialmente en las redes sociales, pero que son de impacto superficial en el usuario. El encuentro auténtico, afirma el Papa, recuerda a la persona «detalles de “crónica”» que permanecen frescos incluso «más de medio siglo después». 

Por lo que se refiere a los medios de comunicación, los elementos subidos a Internet solo tendrán un impacto que cambiará la vida de las personas si este «flujo continuo de imágenes y testimonios» no son «manipulados», es decir, “fake news”, sino más bien confirmados por «una curiosidad, una apertura, una pasión» de aquellos «que a menudo trabajan corriendo graves riesgos».

¿Sigue siendo “ven y lo verás” la estrategia en nuestra promoción vocacional? ¿Es simplemente un eslogan o un compromiso operativo? Promover la vocación debe ser la principal preocupación de todo miembro, y esta comienza con la oración por las buenas vocaciones. Nuestro Beato Fundador decía que nosotros mismos no debemos ser la causa de la pérdida de vocaciones. 

Una de las cosas que los jóvenes buscan es la «vida de fraternidad», poder «ver», «escuchar» y «tocar». Incluso los que aprecian suficientemente la vida comunitaria, quieren algo más, especialmente tener encuentros más frecuentes y personales, no formales u obligados, o simplemente solo reunirse «por el deseo de encontrarse» y, como escribe el Papa Francisco, tener «encuentros de persona a persona, de corazón a corazón». Es mucho más fácil decir por nuestra parte “ven”, pero es mucho más difícil “ver”, en muchas de nuestras comunidades, la realidad que ahí se esperaría ver, por quienes están en búsqueda vocacional. El Papa Francisco también nos invita a «ponernos en marcha, ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad» de los jóvenes que viven con nosotros para experimentar realmente quiénes somos y qué debemos hacer.

De la misma manera de como dice el Papa sobre la crónica «pre-confeccionada, “de palacio”, autorreferencial», algunos de nuestros contenidos de promoción vocacional pueden haber sido demasiado idealizados, estandarizados, creados «frente al ordenador», tomados «en los terminales de las agencias, en las redes sociales» o copiados directamente de nuestros documentos que, en muchos casos, permanecen ideales. 

P. Celso Godilano, ssp

Carisma – Los paulinos: 75 años sirviendo en Venezuela

Muchos seguramente han tenido en sus manos algún producto de San Pablo, pero la mayoría ni siquiera tiene idea de quiénes están detrás de eso. Centenares de trabajadores laicos han sido parte de estos 75 años de servicio en Venezuela de las Editorial San Pablo, pero lo que otros tantos no saben es que quienes están a la vanguardia de esta es una congregación religiosa: la Sociedad de San Pablo

La primera pregunta que muchos se hacen es: ¿Estaba necesitado de dinero su fundador que montó un comercio católico? La respuesta es que, aunque si bien pasaron mucho trabajo los primeros paulinos por la economía tan apretada (1914, pleno inicio de la Primera Guerra Mundial), el padre Alberione tenía solo un interés: que todos conocieran a Cristo Maestro, camino, verdad y vida. Y he aquí la principal línea editorial de la Sociedad de San Pablo: la Biblia. A esta línea se le unen otras dos: la Familia y la Comunicación

En sus primeros inicios en Venezuela, por allá en la década de los 50 del siglo pasado, entre las primeras publicaciones estuvo una edición de un Nuevo Testamento, que fue difundido en las cárceles. Y, después de 75 años, nuevamente queremos presentar, en colaboración con algunos biblistas de Venezuela, en este año una edición del Nuevo Testamento con comentarios venezolanos

Tampoco podríamos olvidar la Escuela de Biblia Sobicaín, que ya este año suma 28 años de apoyo al estudio bíblico en Venezuela, a través de cursos y diplomados en modalidad distancia y presencial. Además, este año hemos tomado la iniciativa de presentar algunos talleres cortos para quienes quieren adentrarse al estudio bíblico, pero no saben por dónde comenzar, y para acompañar algunos momentos del ciclo litúrgico, como la Semana Mayor. 

Muchas han sido las publicaciones que gustosamente se han visto nacer durante este tiempo, pero, lastimosamente, se han tenido que ver desaparecer: Oremos con la Iglesia, Mi Hojita del Domingo, Protesta. Otras, en cambio, han tomado otros formatos: Familia Cristiana, Vida Pastoral y El Domingo. Y los que aún nos acompañan, después de tantos años, en el mismo formato, siguen siendo el Pan Diario de la Palabra y ambas ediciones de los calendarios. Además de una gama de publicaciones de escritores venezolanos y extranjeros.

Como lema que ha acompañado desde el inicio, no solo a los paulinos, sino a toda la Familia Paulina, es: “Hablar de todo cristianamente”. Y es por ello que no solo se encuentran libros o referencias sobre las Sagradas Escrituras, sino otros textos que hablan sobre la formación humana, partiendo de los valores del Evangelio. Y es por ello que, para Venezuela, la Editorial San Pablo se propuso el lema de “Comunicando Valores”. A nuestros 75 años de evangelización en Venezuela, desde la llegada de los primeros paulinos el 11 de diciembre de 1951, nos sigue impulsando el fervor por el Evangelio y el deseo de que todos conozcan y sepan de Dios, aunque no siempre hablen de él. Y seguimos trabajando en nuevas propuestas para el servicio de Venezuela, a nivel educativo, litúrgico, bíblico, etc. Además de una espiritualidad definida vivida en Cristo Maestro camino, verdad y vida, bajo la mirada de la Reina de los Apóstoles y el patrocinio del apóstol Pablo.

Anderson Mendoza, ssp

Edición 1

Editorial – Fratelli Tutti, un llamado al verdadero sentido de ser humanos

El año pasado 2020, cargado de grandes dificultades en el mundo entero, el Papa Francisco nos ha regalado su tercera encíclica, Fratelli Tutti (Hermanos todos). Con ella ha querido continuar las temáticas que más caracterizan a san Francisco de Asís: renovar a su Iglesia (encíclica Evangelii Gaudium); su amor por la creación (encíclica Laudato Si’), por la fraternidad y la paz (Fratelli Tutti).

En este primer trimestre de nuestra revista digital Vida Pastoral queremos resaltar los grandes temas que el Papa ha tocado en su Encíclica y que tienen su origen en aquel hombre de hace casi 800 años: Francisco de Asís. La fraternidad y la amistad social, es hoy un tema “contra cultural”; es decir, amarnos como hermanos para vivir en paz es un grito profético en medio de una selva de “tribus” egoístas e individualistas que han creado, de “lo extranjero”, un enemigo, o de unos grandes señores de la selva que quisieran que todos consumieran, pensaran y se comportaran como ellos quieren.

Dos grandes amenazas existen hoy: el localismo que encierra o la globalización que uniforma; ambas, se cierran a la experiencia del diverso, del más débil, en pocas palabras, de su prójimo. Ambas impiden un diálogo constructivo, que se enriquezca de las opiniones del diverso.

Ante ello, el Papa Francisco nos ofrece una imagen narrada en la parábola del buen Samaritano. Es la imagen de aquel hombre que, dejándose afectar por su prójimo que sufre, se atrevió a dejar todo a un lado y ponerse a servirle. Como anti-samaritanos están el sacerdote y el fariseo; ambos personajes iban por el camino con tal certeza de estar bien con Dios, que justificaban en esa experiencia su actitud indiferente hacia el débil que sufría a un lado del camino. ¡Qué tentación tan grande tenemos al querer vivir ignorando a nuestro hermano que sufre, o, peor aún, viviendo a costa de su desgracia!

La parábola del Buen Samaritano nos recuerda que no hay manera de recorrer la vida con plenitud si lo hacemos a costa de nuestro prójimo. En ella se muestra que el amor nos abre, nos lleva a caminos de encuentro y nunca de encierro. El buen Samaritano es el modelo del amor cristiano, “a este amor no le importa si el hermano herido es de aquí o es de allá. Porque es el amor que rompe las cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes; amor que nos permite construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa.” (FT 62).

Pbro. José Torres, ssp

Director Editorial

Biblia – La Importancia de la Biblia en la Parroquia

La Parroquia, queridos hermanos, es reconocida por la espiritualidad de comunión como “lugar donde se integran las diversidades”; es decir, un espacio concreto donde se llevan a cabo relaciones interpersonales e intercambios fraternos que contribuyen a la integración de personas en una comunidad, de allí la gran frase definitoria de una parroquia como “Comunidad de Comunidades”. Reflexionar sobre la Parroquia, es estar delante de un espacio de integración donde consiguen lugar de comprensión y de aceptación las diversidades sociales. Pensemos en un momento en nuestra parroquia, y contemplemos lo diversa que es. 

 Esta perspectiva de diversidad parroquial siempre nos hace pensar en su inmensa riqueza como institución eclesial; pero a la vez no deja de ser un grandísimo reto la integración, ya que este proceso necesita una capacidad de discernimiento eclesial para el cual los agentes y parroquianos a veces no están preparados. Es necesario darnos cuenta de este desafío eclesial y buscar experiencias dentro de nuestra bimilenaria historia y tradición, pidiendo la asistencia del Espíritu Santificador (cf. Rm 1, 4) para enrumbarnos en un proceso eclesial de formación que nos ayude a poder convertir nuestras parroquias en lugares que integren las diversidades sociales de nuestra población y las encaminen así a procesos de santificación.  

 Una de las grandes experiencias de integración de diversidades en la Iglesia, es la Biblia. Las Sagradas Escrituras, hermanos, son la integración de grandísimas diversidades que al final han contemplado la necesidad de reconocer al Dios verdadero, como el dador de todo, como aquél para el cual nada es imposible (cf. Lc 1,37). Pensemos en un ejemplo bíblico muy cercano a nosotros: los doce apóstoles (cf. Mc 3,13-19). En medio de la lista de los doce que nos ofrece Marcos, nos encontramos con un personaje que era símbolo del desprecio social; estamos hablando de un recaudador de impuestos, de un publicano: Mateo.

Pensemos en otro texto que nos ayuda a entender esta figura social: Zaqueo (Lc 19,1-10). Nos va a decir Lucas que él era de baja estatura, como signo de la baja aceptación social que tenía este grupo, los publicanos, en medio de la sociedad judía, a pesar de su gran riqueza, eran considerados traidores del pueblo, porque cobraban el impuesto romano que entregaban al imperio como súbditos lacayos que vendían la patria. Hasta esas difíciles diversidades Cristo las integró en medio de su grupo más cercano. De esa integración es la Biblia el gran testimonio de la misma. Solo la podremos conocer, si conocemos la Biblia.  

 En este sentido, un punto concéntrico que nos ayuda a integrar las diversidades sociales en medio de nuestras parroquias, es el acercamiento a las Sagradas Escrituras. La Biblia ha logrado poner en una misma mesa al mejor estilo lucano a Protestantes de todas sus ramas, a Cirios Ortodoxos, a Judíos y a Católicos reflexionando y contemplando el misterio de Dios que anhela el hecho de que todos seamos uno, como Cristo y el Padre son uno (cf. Jn 17,22). Porque solo en unidad lograremos dar respuesta a los desafiantes retos de una sociedad fragmentada y pandémica.  

 La Animación Bíblica del Trabajo Pastoral en medio de nuestras parroquias, gracias a Dios se ha logrado entender como un rocío que debe permear cada uno de nuestros servicios y desempeños parroquiales de manera que los ilumine y fecunde; porque no podrá ser eclesial algún servicio o desempeño parroquial que no consiga fundamento e iluminación en la Palabra de Dios. Reconocer esta máxima ayudará a cada uno de los agentes parroquiales a que sean constructores de una Cultura Bíblica Parroquial, donde el dejarse inspirar por la Palabra de Dios, será pan de cada día.  

Son muchas las líneas de acción que pudiesen surgir del asumir en conjunto una orientación eclesial como esta de encaminarnos a una Cultura Bíblica Parroquial; sin embargo, me atrevo a manifestar para ustedes una experiencia que hemos llevado desde hace dos años con un grupo de fieles que poco a poco ha ido creciendo en la búsqueda de degustar un banquete: el Banquete de la Palabra de Dios.  

Lo hacemos a través de un método de Lectio, pero no de Lectio Divina, sino de “Lectio Commentan”; es un método de acercamiento a textos sagrados, propio del cercano oriente y también utilizado por los círculos rabínicos y escribales posteriores a la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d.C., con la invasión militar de Tito a la ciudad santa. Con la destrucción del Templo, se pasó de una conciencia cultual sacrificial a una conciencia sinagogal; es decir, ahora la centralidad del culto no era el Sacrificio sino la Palabra. Esta es una experiencia que nos ha tocado muy de cerca en medio de este tiempo de pandemia y, gracias a Dios, nuestras estructuras parroquiales y nuestros agentes han buscado con creatividad seguir integrando diversidades teniendo ahora como punto de encuentro la Palabra de Dios.  

 No es hablar de que hemos dejado el sacrificio a un lado, sino que es reconocer la creatividad de los hijos de Dios en la búsqueda de su Padre eterno diariamente; que, al igual como hace casi dos mil años atrás, la Palabra de Dios se convierte en el refugio del creyente. He aquí la importancia de la Biblia en la parroquia como lugar de integración de diversidades.  

Reflexiones Pbro. Mg. Richard Colmenares 

Colaboración para la Jornada de Reflexiones sobre la Parroquia dirigida por Mons. José Luis Azuaje Arzobispo de Maracaibo

Vida Espiritual – La espiritualidad, alma de la vida y de la misión del cristiano

Pese a las previsiones de los que auguraban el fin de las religiones, abundan hoy los movimientos espirituales, que demuestran la vitalidad del sentimiento religioso en el mundo actual. Al principio el interés se orientaba hacia formas de espiritualidad asiática; ahora ese interés se está desplazando hacia los místicos de tradición cristiana.

Es cierto que existe en nuestra época un rechazo a la espiritualidad heredada del pasado, que hoy se considera inadecuada para expresar o animar la realidad actual. En nuestro tiempo la palabra “espiritualidad” suscita, incluso en muchos cristianos, desconfianza, recelos, y hasta rechazo. Esto se debe seguramente a las exageraciones y desviaciones que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han conducido al espiritualismo desencarnado, que en el fondo nada tiene que ver con la propuesta del Evangelio. 

La espiritualidad es inherente al ser humano

Partimos de la convicción de que la espiritualidad es una necesidad del ser humano, que se descubre cuando nos detenemos a observarlo en su realidad profunda, aun en el contexto laicista y de relativismo religioso que invade la actual sociedad. Esta necesidad, a menudo latente, se manifiesta de forma más evidente en los cristianos, aunque no siempre sean conscientes, y a veces hasta sean reticentes hacia ella.

Porque la espiritualidad no es un objeto de lujo reservado a algunos privilegiados, ni es algo que se añade a la personalidad, sino que forma parte de su identidad, constituye su modo de ser, que para el cristiano consiste en dejar que el Espíritu Santo viva en él. Si esta presencia se vive de manera consciente, da tono y consistencia a la persona del cristiano y le permite o, mejor, lo impulsa a proyectar su ser, habitado por el Espíritu. 

La espiritualidad cristiana consiste precisamente en la vida que nace del desarrollo de la relación personal que Dios quiere establecer con nosotros en Cristo. La fe cristiana proclama que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que este Espíritu es la fuente y el alma de toda vida espiritual, que nunca podrá reducirse a lo puramente psicológico. 

Es una vida en el Espíritu Santo que actúa en cada persona. Así comprendida, se caracteriza por ser cristocéntrica: el Espíritu Santo no planea por encima de la realidad humana, sino que encarna en ella a Cristo, a fin de cristificarla, de espiritualizarla, de divinizarla, y mueve al diálogo y a la entrega, a la reciprocidad y a la comunión. Sin ellas no hay espiritualidad auténticamente cristiana. 

La espiritualidad dinamiza la vida cristiana

La espiritualidad es la fuente de una vida con sentido y de una evangelización “fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa”. Son palabras del papa Francisco, quien añade: “Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”. (cfr. Evangelii gaudium, 261). Eso es la espiritualidad: “la acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu” (Evangelii gaudium, n. 275), que quien da vida a nuestros planes y a nuestras iniciativas. Sin esa acción, todos nuestros proyectos individuales, colectivos y misioneros, nacen muertos, son estériles, aun en el caso de que aparentemente “funcionen”. 

En el cristiano, la espiritualidad hace referencia a la misma identidad del cristiano, en cuanto hijo de Dios y hermano en Cristo. No como un sobreañadido, como un ropaje adicional, sino que constituye su propia identidad de persona cristiana, que supone “ser en Cristo”, “vivir en Cristo”, como enseña san Pablo (1Cor 1,30; Rm 8,1; 2Cor 5,17; Ga 3,28). El beato Santiago Alberione tiene páginas sublimes sobre este tema.

Espiritualidad es, pues, vivir la vida en el Espíritu. Y dice el papa Francisco: “cuando se dice que algo tiene ‘espíritu’, esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria” (Evangelii gaudium, 261). Todas las dimensiones de la vida cristiana están acompañadas y dirigidas por el Espíritu. Según esto, la presencia del Espíritu es dinamismo y garantía del crecimiento cristiano hasta su plenitud. La consecuencia es obvia: la espiritualidad no puede ser estática si el cristiano está llamado a la vida en Cristo en plenitud (LG 39-42). El dinamismo se sitúa en el propio crecimiento del ser cristiano, en su espiritualidad.

Sin espiritualidad, faltarían esos móviles interiores. Las acciones podrían hasta ser asombrosas y extraordinarias, pero carecerían de vida, estarían vacías, y vaciarían a la persona. Y desde luego no producirían los frutos que están llamadas a producir.

Y cuando esta exigencia natural se vive de forma equivocada, puede conducir a lo que el papa Francisco llama “gnosticismo actual”, una fe abstracta, desencarnada, encerrada en el subjetivismo de la propia razón y los propios sentimientos, incapaz de abrirse a cualquier tipo de proyección caritativa. O bien, a la “mentalidad pelagiana”, una especie de voluntarismo, que lleva a creer que con la propia voluntad se puede conseguir todo (cfr. Gaudete et exultate, n. 50).

Acompañar en la vida espiritual

De todo lo dicho se deduce la importancia de educar y acompañar en un camino personal que lleve a todos, especialmente a los jóvenes, a una vida en el Espíritu verdaderamente enraizada en la auténtica espiritualidad cristiana, y los proteja de todas las posibles deformaciones, como el individualismo posmoderno que aleja de los demás, o de lo que el Papa llama la “acedia egoísta” o la “mundanidad espiritual” u otras deformaciones (cfr. Evangelii gaudium, nn. 81-97). O que los proteja de la falsa ilusión de creer que, con los propios esfuerzos son capaces de responder a los desafíos que hoy se plantean a la Iglesia, a la misma comunidad parroquial y a la sociedad en general. La experiencia enseña que muchas excelentes experiencias apostólicas y evangelizadoras, privadas de una verdadera espiritualidad han terminado siendo simples acciones benéficas, o han llegado a desaparecer completamente del horizonte eclesial.

Para concluir: si Jesús es el centro de la vida del cristiano, su única razón de ser y obrar, todo proceso formativo debe favorecer el encuentro personal con él, el único que puede formar el corazón, el único capaz de apasionar, de inflamar el corazón con su palabra. Se requiere una fuerte espiritualidad, especialmente en estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Se requiere una espiritualidad unificada, que nos hace “hijos del cielo e hijos de la tierra”; una espiritualidad en tensión dinámica, que nos haga “místicos y profetas”; una espiritualidad apostólica, “en salida”; una espiritualidad que nos haga “discípulos y misioneros” (cfr. Evangelii gaudium, nn. 119-121). Cuanto, gracias a la acción del Espíritu, más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los demás.

Pbro. José Antonio Pérez, ssp

Teología – “Yo soy Pan de Vida eterna» (Jn 6, 35-36) 

Hace unos años sentí la necesidad de conocer a profundidad  y de entrarme en el misterio la Eucaristía en el IV Evangelio, donde se presentan dos términos que hacen referencia en cuadros distintos a la persona de Jesús en la Eucaristía. Uno de los aspectos controvertidos de Jn 6 es su unidad interna y su estructuración. Es decir, la armonía y coherencia de su contenido, por una parte, y la división del texto, por otra parte (uno de los autores que más ha estudiado la estructura de Jn 6 ha sido J. CABA, Cristo, Pan de vida. Doctrina eucarística del IV Evangelio, Madrid 1993). 

Los vv. 51-58 no pueden ser un elemento extraño, ya que todo el texto precedente prepara esos versículos. Tanto las citas del Antiguo Testamento, como los datos paralelos a los Sinópticos, muestran que el tema de la manducación eucarística está ligado de modo indisoluble con el tema de la fe en el pan bajado del cielo, contemplado en todo el conjunto como el maná espiritual de los tiempos mesiánicos y como la Sabiduría divina hecha carne. No obstante, cabe la posibilidad de que el discurso del pan de vida sea la síntesis de algunos textos joánicos, primitivamente distintos (cf. A. FEUILLET, Les thèmes bibliques du discours sur le pain de vie (Jn 6), «Nouvel Revue Théologique», 82 (1960) 1.054). También J. N. Aletti en un trabajo que gira en torno a Jn 6, 51-58 (cf. Le discourse sur le pain de vie. La function des citations de l’Ancien Testament, «Recherches de sciences religieuses», 62 (1974) 169-197) muestra la unidad de nuestro texto, apoyado en el análisis de la estructura del discurso y en su género literario emparentado con el midrash rabínico, confirmando su tesis en las características del texto.

La travesía por el desierto de los hebreos les marcó para siempre. La Toráh o la Ley, epicentro del pueblo elegido, está constituida por el Pentateuco, siendo el libro del Éxodo el que más se recuerda a lo largo de cuantos libros sagrados se escribieron luego, especialmente en el libro de los Salmos. En cuanto al Evangelio de San Juan muchas veces resuenan en sus páginas los cánticos del desierto, las historias de aquellos beduinos que, durante cuarenta años, vivieron acompañados de cerca por Yahwéh, el Señor de los ejércitos. 

Y entre los prodigios que manifestaron la protección divina destaca el maná, aquel pan bajado del cielo, tantas veces recordado y bendecido (cf. Dt 8, 3. 16; Jos 5, 12; En 9, 20; Sal 77, 24; Bar 1, 10; Jn 6, 31. 49. 56; Hb 9 , 4; Ap 2, 17). Así, por ejemplo, cuando el salmista exalta la epopeya del desierto, respecto al maná refiere cómo los hebreos se quejaban y murmuraban contra Dios (Esa murmuración aparece en Jn 6, 41 y 43). Una pregunta cuya respuesta conocían los judíos, orgullosos de aquel acontecimiento. En el libro de la Sabiduría se dice también que Dios alimentó a su pueblo con «pan de ángeles», en clara referencia al maná (cf. Sb 16, 20).

El maná es llamado pan del cielo, destacando así su valor. Pero el Señor les rebate. No fue Moisés, como creen, quien les dio el pan del cielo, pues sólo el Padre es quien da el verdadero pan del cielo, el pan de Dios que ha bajado del cielo y da la vida al mundo. Los judíos ruegan entonces que les dé ese pan. Su petición recuerda la petición de la samaritana, rogando a Jesús que le diera esa agua viva de la que le habla (cf. Jn 4,15).

Es entonces cuando el Señor se identifica por vez primera con el «pan de vida» (v. 35), ése que quita el hambre para siempre, les dice. Efectivamente, en el v. 50 repite Jesús que él es el pan de vida, ese que baja del cielo y da la vida eterna a quien lo come, tan distinto del que comieron los padres en el desierto y murieron. Hay, por tanto, dos notas que caracterizan el pan de vida, saciar el hambre y dar vida eterna. Esta última propiedad hace de bisagra con el discurso propiamente eucarístico (cf. Jn 6, 51-58), donde se repite que la carne es el pan prometido para la vida del mundo (cf. 6, 51. 53. 54. 58).

Debemos tener presente antes cada Eucaristía las palabras que salen de los labios y corazón del Pan Bajado del Cielo. “Sean santos como nuestro Padre del Cielo es Santo (Mt 5, 48)” es el ideal sacerdotal, laical y de salvación para poder así festejar todos juntos en la fracción del Pan de Vida Eterna que es único Partido y Compartido las gracias de ser una sola familia impregnada de misericordia y bondad, es decir cumpliendo la festividad de tener un solo corazón y una sola alma (Hcho 4, 32) recordando las primeras comunidades cristianas. 

Reconozcamos ¿de qué pan necesito ser alimentado? ¿cuál es la mayor necesidad que hoy tiene la sociedad?, sobre todo en los momentos en que somos probados en testimonio, saber distinguir al Pan de Vida Eterna y al Pan Bajado del Cielo, ya se decía anteriormente sus características ahora necesitamos vivirlas y comunicar en caridad pastoral. 

Cada hombre y mujer debe sentirse un ser eminentemente eucarístico desde la palabra y la comunión, no pretendamos entonces separar ambos misterios de fe que contiene tan son sublime  alimento, dar mayor sentido a nuestra vida para poder comunicar las gracias que Jesús Pan de Vida y Pan Bajado del cielo da a quien le reconocen y se dejan encontrar por Él.

Cada Comunidad ineludiblemente debe dejarse sorprender por quien es Eucaristía viva para siempre.

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Extracto tomado del artículo “YO SOY, PAN DE VIDA ETERNA” publicado en noviembre de 2015 por el Pbro. Lcdo. Omar Vergara, de la Arquidiócesis de Calabozo.                    

Liturgia – El Ministerio de la Presidencia en la liturgia eucarística

Consideraciones teológico-pastorales

La dimensión eclesial de la Eucaristía, en su doble vertiente es un aspecto fundamental del ministerio eucarístico. En primer lugar, la Iglesia como sujeto integral de la celebración eucarística: sujeto de la celebración misma y sujeto también de la ofrenda del sacrificio de su Esposo (y de su propio sacrificio). Y en segundo lugar, gracias a la celebración eucarística, la Iglesia se consolida en la unidad y crece de continuo en santidad.

No podemos hablar de una renovación profunda de la celebración eucarística, mientras el pueblo cristiano no haya asimilado convenientemente los cambios y adaptaciones. Presidir la asamblea se inserta en la condición bautismal de una societas aequalis  en la que a nadie llamamos padre. Pero, en este sentido, el presbítero es icono de una paternidad-maternidad no simplemente humana, sino trinitaria, libre de las limitaciones de lo creado.

Según la Sacrosanctum Concilium, que recoge aquí una fórmula de Santo Tomás, el sacerdote preside in persona Christi, es decir, no sólo por designación de la asamblea o por delegación de ella, ni por sus méritos propios, sino por la imposición de manos recibida en la ordenación que le ha conferido el obispo, como sucesor de los apóstoles. El arte de presidir, pues, consistirá en el arte de conjugar con tino esos dos roles contrarios, pero no contradictorios, uno ascendente, como presidente de la asamblea, y otro descendente, como representante de Cristo cabeza. En el pulso para mantener esta tensión de fuerzas, de doble dirección, pero no de naturaleza distinta, estriba el reto que plantea el ministerio de presidir la celebración.

En la Institutio Generalis Missalis Romani (IGMR) se presenta el ministerio de la presidencia de dos formas: como sacerdote “celebrante”,  o como en la del “presidente” de la celebración. El sacerdote no preside desde fuera de la asamblea, sino dentro de ella. El presidente no debe delegar en ningún caso las acciones que le incumben a él en exclusiva. Ni siquiera debe delegarlas en los otros concelebrantes. Me refiero al saludo inicial, el prefacio, las oraciones presidenciales (colecta, ofrendas y postcomunión), el ofertorio, la bendición. En la comunión, aunque haya otros ministros que le ayuden, no debe sentarse, sino repartir él también la comunión desde el centro. Los otros ministros le ayudan a dar la comunión, pero no le sustituyen. 

Partiendo de esta fundamentación teológica se comprende que el ejercicio de cada ministerio esté ordenado de una forma más armónica, haciendo todo y solo aquello que le corresponde. Frase que se debe comprender no sólo en sentido jurídico sino en un sentido de fidelidad al don recibido de Cristo y puestos en las manos de la Iglesia.

La oportunidad que nos ofrece la nueva editio typica tertia nos ayuda sin duda a replantear nuestras celebraciones y a intentar hacerlas más auténticas según el sentir de la Iglesia expresado en los libros litúrgicos. Asimismo nos recuerda que cuando cualquiera de nosotros ejerce un ministerio o servicio lo hace en virtud de un encargo recibido y no de unos gustos particulares que sí se pueden expresar en otros momentos distintos de la misa y de la celebración de los sacramentos.

La filiación divina que nos viene por el primer sacramento, es vivida en clave de servicio como Jesús que nos constituyó en otros “siervos”, donde Él siempre se complace (Cfr  Mc 1,9-11; Mt 3,13-17; Lc 3,21-22, Jn 1,29-34). Así, el sacerdocio ordenado nos convierte en siervo de Cristo y del Padre, por ello dice J. Ratzinger: «si el sacerdote viene definido como el siervo de Jesucristo, esto quiere decir que su existencia está determinada esencialmente como relacional, el sacerdote es servidor de Cristo por ser, a partir de él, por él y con él, servidor de los hombres». Del mismo modo que Cristo es portador de un mandato que viene del Padre, el sacerdote es portador de una misión que viene de Cristo.

Es importante la necesidad de huir de una concepción clerical de nosotros mismos o de sentirnos pertenecientes a una casta diversa. El arte de presidir la asamblea no debe convertirse en el arte de olvidar a la asamblea. El presidente de la asamblea litúrgica debe esforzarse por hacer vivir lo mejor posible el misterio celebrado, recordando y teniendo siempre presente que el verdadero presidente de la asamblea es el Señor. La perfección en la presidencia de la asamblea es siempre un ideal inalcanzable en su plenitud, este camino puede parecer muchas veces relativo; no se trata de saber si se hacen las cosas del modo más perfecto  absolutamente posible, sino de si se hizo con toda la perfección que se podía teniendo en cuenta todos los medios con los que se contaba.

El “pre” de presidir no significa superioridad, sino el hecho de estar delante, cara a cara, en relación con toda la asamblea y con una finalidad muy precisa. Estar delante es forzosamente exponerse, arriesgarse, en cierta manera comprometerse con su estilo de presencia, su palabra, su comportamiento. Presidir, supone que uno acepta ser lo que es, ni más, ni menos, y estar contento de ello, es responsabilidad, servicio, lo cual no se realiza sino cuando esta tarea se vive de tal manera que deja transparentar esta referencia al otro que le da sentido, por ello la presidencia de la asamblea reunida como Iglesia, introduce en la dimensión simbólica.

El presidir no es un acto que se improvisa, hay que entrar en la presidencia, tal como cada uno entra en la celebración. Presidir bien significa que se ha asimilado la función que cada uno ejerce durante la celebración. Que el presidente sea verdaderamente presidente, implica que las demás funciones que se realizan dentro de la acción litúrgica eucarística sean en verdad ejercidas, lo cual supone que se permita a cada uno crecer en su responsabilidad con relación al funcionamiento de la celebración. El presidente no debe compartir su función con otros en el plano de la presidencia.

Considerando las normativas que vienen del Misal, y en primer lugar de las premisas, en el número 111 de la IGMR encontramos la siguiente afirmación,

La efectiva preparación de cada celebración litúrgica hágase con ánimo concorde y diligente, según el Misal y los otros libros litúrgicos, entre todos aquellos a quienes les atañe, sea en lo relativo al rito, sea en lo relativo a la pastoral y a la música, bajo la dirección del rector de la iglesia, y oídos también los fieles en lo que a ellos directamente se refiere. De todas maneras, el sacerdote que preside la celebración siempre tiene el derecho de disponer aquellas cosas que a él mismo le incumben.

El sacerdote no está llamado a realizar de una forma autocrática la celebración, y muchos menos a realizar todas las funciones durante la misma. Debe procurar obrar de una forma armónica y ordenada. Esta acción del presidente es la expresión fundamental de una verdad teológica, es decir, procurar hacer vivir y cumplir las funciones dentro de lo que respecta al sacerdocio común y de la asamblea como sujeto de la celebración.

En conclusión, si el contenido del concepto de la presidencia está fuertemente vinculado al oficio pastoral en la Iglesia, el término debería ser aplicado primordialmente a quienes desempeñan el mismo, o sea a los obispos y luego a sus colaboradores más estrechos, los presbíteros, que participan también del sacerdocio ministerial. La solución no es fácil, pues la cuestión terminológica no deja de ser muchas veces un punto de divergencias en la teología, es por esto que, optar por una terminología particular no siempre satisfará a todos, en parte porque nuestro lenguaje humano no siempre es apto para expresar realidades sobrenaturales, pero al menos aspiramos a que nuestro trabajo sirva en algo para superar las dificultades que emergen en la manera de entender el ministerio de la presidencia. Además, se debe insistir en que es necesario asimilar el hecho de que las acciones litúrgicas no son dichas o escuchadas, sino propiamente celebradas por toda la asamblea, no sólo por los pastores o por los que ejercen algunos ministerios en ella. Por tanto, el Ceremonial de los obispos, y la IGMR (1975) y la actual IGMR (2002), sugieren un punto valioso al establecer que, aunque el obispo no celebre la liturgia eucarística, presida la liturgia de la palabra, pues se entiende que a él pertenece la presidencia, salvaguardando no sólo el valor y sentido de la presidencia, sino también uno de sus objetivos, que es, precisamente, su vinculación y servicio a la unidad de toda acción litúrgica, en particular la eucarística, así como una más correcta aplicación del término y concepto “celebrar”.

Pbro. Dr. Guillermo Ramón Chacín Chirivella

Referencias

[1] OGMR 78c. El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio.

[2] Cfr I. Oñatibia, Hacia una celebración eucarística que se nutra cada vez más de sus raíces teológicas en Ordenación General del Misal Romano, RPL 281 (2004) 261-262.

[3] Cfr LG 32.

[4] Cfr SC 33.

[5] Cfr OGMR 30.31.

[6] Cfr OGMR 91.

[7] Cfr I. Cánovas. Oficios y ministerios en la misa, en RPL 282 (2004) 313-318.

[8]  J. Ratzinger, Il ministero e la vita dei presbiteri, en Studi Cattolici, 423 (1996) 324-332.

[9] A. Iniesta. El arte de presidir la asamblea en Presidir y la Eucaristía. Ph19 (1990),74.

[10] Cfr Centro Nacional de Pastoral Litúrgica de Francia. Presidir ¿por qué? ¿cómo? en La asamblea litúrgica y su presidencia, dossiers CPL 69, Barcelona (1996) 83-93.

[11] OGMR 111.

[12] Cfr CE 8,55.

[13] Cfr IGMR -1975, 59.

[14] Cfr IGMR 92.

Dossier – Hermanos todos

Esta nueva encíclica que nos ofrece el Papa es la tercera de su pontificado. El contenido de la misma deja ver su gran preocupación transida de humanidad. Hoy, en un mundo fragmentado en el que el egoísmo y la discordia buscan ganar terreno, Francisco es agua fresca en medio de un desierto habitado por el divisionismo. Es el líder universal que habla sin distingo de religión, ideología, raza, etc. Despojado de su investidura como cabeza de la Iglesia católica se hace un peregrino más de las multitudes.

Esta vez centra su reflexión en una dimensión eminentemente humana como es la fraternidad, un tema que es medular en la vida de san Francisco de Asís, pues para él toda la creación es hermana: hermano sol, hermana luna, hermano árbol. La vida de san Francisco de Asís sigue siendo para el Papa una de sus fuentes de inspiración: “él ha motivado estas páginas”, confiesa en el número 4 del documento, y pone en el tapete una dimensión novedosa del modo de relacionarse los seres humanos: la amistad social. “Las cuestiones relacionadas con la fraternidad y la amistad social han estado siempre entre mis preocupaciones”, señala el documento, y agrega: “durante los últimos años me he referido a ellas reiteradas veces y en diversos lugares”.

Ciertamente que, si queremos un mundo de hermanos y hermanas, este no será posible sin la amistad, sin la apertura del corazón a todos. Es la garantía para que acontezca la fraternidad universal que tanto pregonó san Francisco en lo cotidiano, al hacerse hermano de toda la creación: hermano sol, hermana luna, hermano árbol, hermana tierra, etc. Era una mirada del santo en la que el entorno no le era agresivo, ni violento, ni ponía en peligro su vida, sino que él lo convierte en su hogar, en su hábitat. Su entorno es de una auténtica armonía. En ese pensamiento profundamente cristiano se inspira el papa Bergoglio para trazarnos un camino muy oportuno a seguir en el post-COVID.

Esta carta la escribe el Pontífice en plena etapa de pandemia, mientras los pueblos están abrumados por el Coronavirus. Las fachadas de un mundo aparentemente de bienestar egoísta se han caído, y Francisco termina su introducción invitando a todos los seres humanos a hacer de la fraternidad un nuevo modo de vida: “anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad”

El Capítulo primero está dedicado a hacer un análisis de la realidad. Hay sombras que tienen su origen en el egoísmo. El Papa considera cómo la humanidad ha experimentado retrocesos. Está pensando seguramente en los conflictos mundiales de los primeros cincuenta años del siglo pasado y en los pasos que se dieron hacia la integración y defensa de los derechos humanos. Sin embargo, hoy estamos frente a conflictos que parecían ya superados; él los cataloga de anacrónicos. 

También hace referencia a nacionalismos cerrados y agresivos. La pérdida de la memoria atenta contra la conciencia histórica. La pérdida de algunos valores, las posturas apolíticas irreconciliables, un modelo cultural único, producto de la globalización, el racismo como antivalor y la cultura del descarte son otras de las sombras que impiden la construcción de una humanidad nueva. No obstante que el Papa no ignora todas estas sombras, asoma en el devenir de los capítulos siguientes de su encíclica, la posibilidad de encontrar un camino de esperanza.

En el capítulo dos que lo titula “un extraño en el camino”, Francisco hace una reflexión muy profunda sobre la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,30-37). Ese extraño del camino es mi hermano, quien espera que nos hagamos prójimos. Prójimo no es el hombre herido de la parábola; prójimo soy yo cuando hago lo que hizo el samaritano. El hombre o la mujer herida es mi hermano. 

Cuánto hemos hablado del amor al prójimo y no del amor mío como prójimo, como cercano al otro que es mi hermano. Hay grupos humanos que se organizan para ayudarse entre ellos, pero se convierten en guetos cerrados y excluyentes de quien no pertenezca a su asociación. Cuando esto sucede, dice el Papa, se pierde la capacidad de ser prójimo y a lo máximo se podría llegar es a ser socio, que es alguien que se interesa por el otro porque tiene beneficios de grupo. 

En el capítulo tercero, titulado “pensar y gestar un mundo nuevo”, el Papa comienza con el siguiente párrafo: “un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud «si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros: «Solo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro» (87). 

El Papa nos invita a ver una realidad mundial: la cerrazón en esquemas culturales y nacionalismos; considera que un ser humano así no puede realizarse. Por eso, para llegar a ser todas y todos hermanos se necesita gestar ese mundo sin fronteras, que no son solo geográficas sino culturales, étnicas, etc. El mundo nuevo comienza cuando los privilegios de unas minorías terminan y deciden abrirse a todos los seres humanos. Aparece un concepto novedoso de amistad social: “el amor que se extiende más allá de las fronteras tiene en su base lo que llamamos amistad social’ en cada ciudad o en cada país. Cuando es genuina, esta amistad social dentro de una sociedad es una condición de posibilidad de una verdadera apertura universal” (99).

Y en el cuarto capítulo, la encíclica papal aborda el fenómeno de la inmigración. Ante esta realidad, el Papa exhorta ya más específicamente a los catequistas y animadores pastorales a insistirles que enseñen con claridad, que lo que está en juego es la fraternidad con todas y todos y, de modo especial, la acogida al inmigrante. El encuentro con hermanos de otras culturas que llegan es enriquecedor (cf. n. 133). Una humanidad nueva solo acontece cuando nos hacemos conscientes de la inalienable dignidad humana que posee cada hombre y cada mujer. 

La mejor política, así aborda el documento al tema político en el capítulo quinto. Sostiene que con frecuencia se usan términos que son necesarios, pero los intereses ideológicos les dan una connotación negativa que termina devaluando la calidad del análisis político, un ejemplo es la palabra “pueblo” que es una categoría sociológica inevitable.  

Francisco no tiene ningún temor en hablar de política, sino que busca purificarla de los vicios que la han empañado, de los intentos malintencionados de cambiarla por la economía, y así darle su valor como una herramienta de noble servicio a los pueblos. Y, hablando de la política, acuña otro término basado en la caridad cristiana: el “amor político”, la “caridad política” (cf. FT 180).

En la sexta parte del documento, enfatiza como centro de este capítulo el diálogo y vuelve de nuevo sobre la amistad social. Ese adjetivo “social” es muy propio en la reflexión de Francisco. Ya en la exhortación “La Alegría del Evangelio” había hablado del dialogo social. Esta vez sigue profundizando en el tema y sostiene que no puede haber amistad social si los seres humanos no dialogan. 

No obstante, hace una alerta sobre ciertos intercambios de información que hoy corremos el riesgo de catalogarlos como diálogo. El diálogo genuino, en cambio, exige apertura, respeto al pensamiento del otro, el diálogo exige proximidad (hacerse prójimo). Cuántas multitudes hoy caminan confundidos en una selva de información cargada de intereses, de violencia y de mentira. Esa gente requiere de una gran paciencia para la escucha y la persuasión. Así, de este modo, el capítulo sexto es un verdadero tratado sobre el diálogo. No se puede construir fraternidad si entre los seres humanos no hay oportunidad de dialogar desde la diversidad que somos. Francisco invita a un diálogo incondicionado.

Es necesario construir caminos de reencuentro, dice el Papa; por ello el séptimo capítulo lo inicia con este hermoso párrafo que ya lo resume todo: “en muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia” (225). El reencuentro, dice Francisco, no significa volver al estado en que estábamos antes del conflicto ya que somos seres en evolución. Artesanos de paz, dice el Papa, capaces de la apertura, prójimos de los que sufren, hospitalarios del extranjero, luchadores sociales capaces del amor político, eso son los artesanos de paz, samaritanos en cada encrucijada del mundo.

Por último, quiero rescatar de este capítulo la postura enfática de Francisco respecto a la pena de muerte. Dice que san Juan Pablo II ya la había señalado en su tiempo como inadecuada, pero hoy es necesario seguir avanzando en este tema y no retroceder, por eso él, dando un paso gigante en esta línea, cataloga la pena de muerte como “inadmisible” hoy, al tiempo que pide su abolición. 

Y termina el Papa esta hermosa encíclica dejando bien claro que las religiones no son como en siglos pasados, motivo de parcelamientos odiosos en el mundo. Hoy las religiones están llamadas a globalizar el amor entre los seres humanos. 

Padre Numa Molina, S.J.

Comunicación – La comunicación al servicio de la fraternidad

Entre los diferentes temas abordados en la reciente encíclica “Fratelli tutti”, el papa Francisco dedica también un amplio espacio a la comunicación. Inicia, en los nn. 42-50, denunciando una cierta ilusión que caracteriza la comunicación hodierna -la falsa ilusión de proximidad, de construcción colectiva, de ayuda recíproca, etc.-, sobre todo en las redes sociales, donde vemos abundar el narcisismo, el odio, la agresividad, la falta de respeto, la indiferencia, la dependencia, el fanatismo. Para superar esta paradoja, el Papa propone una comunicación de “sujetos” en lugar de la de “objetos”, con la complementariedad entre virtual y presencial, repitiendo su convicción de la superioridad de la comunicación humana sobre la instrumental (cf. también n. 205).

Francisco recuerda que para construir puentes, para generar un “nosotros” consistente, es necesario unir el digital al físico, crear momentos de escucha, acogida, diálogo, superando la sobreexposición narcisista: “Se suele confundir el diálogo con algo muy diferente: un febril intercambio de opiniones en las redes sociales, muchas veces orientado por información mediática no siempre confiable. Son solo monólogos que proceden paralelos, quizás imponiéndose a la atención de los demás por sus tonos altos o agresivos” (n. 200). Resalta muy bien que “hacen falta gestos físicos, expresiones del rostro, silencios, lenguaje corporal, y hasta el perfume, el temblor de las manos, el rubor, la transpiración, porque todo eso habla y forma parte de la comunicación humana” (n. 45). 

Para ilustrar y orientar toda su reflexión sobre la fraternidad y la amistad social, el Papa utiliza la parábola del Buen Samaritano, no usada por casualidad también en su primer mensaje para la Jornada mundial de las comunicaciones, en el 2014. Esta parábola es probablemente el símbolo que expresa mejor su visión de la comunicación al servicio de la fraternidad y de una auténtica cultura del encuentro. 

Superado el primer impulso de insistir sobre las diversas posibilidades que las nuevas tecnologías de la información ofrecen a la comunicación y al encuentro con innumerables personas provenientes de todo el mundo, y sobre la incoherencia de la sociedad en redes que nos acerca a los lejanos y nos aleja de los cercanos -como recuerda muy bien el Papa en Fratelli tutti-, para comprender mejor la parábola del Buen Samaritano, asociada a la comunicación, propongo regresar al elemento fundamental de nuestra fe: la encarnación del Verbo. 

Dios -el Verbo, la Palabra- se hizo hombre. Este es el “encuentro” fundamental entre la divinidad y la humanidad y, como tal, modelo para la entera cultura del encuentro. Nosotros profesamos que Dios, el creador del mundo, se fue manifestando gradualmente a su creatura en el curso de la historia y en un momento específico se reveló definitivamente. La Encarnación es, por tanto, la perfecta comunicación entre Dios y el ser humano. Y esta comunicación se dio en un encuentro: Dios se hizo próximo. De hecho, en Jesucristo la divinidad se unió plenamente a la humanidad. Este es el punto de partida para comprender la profundidad del mensaje del papa Francisco y la necesidad de utilizar la comunicación para crear verdadera fraternidad y cultura del encuentro. 

Comunicar es acercarse, es hacerse prójimo, como Dios hace en la encarnación. Sin embargo, esta proximidad realizada en Jesucristo es dinámica y edificante. La divinidad no solo se acerca a la humanidad, sino que la involucra y la transforma. Dios se revela, muestra cómo es, asumiendo plenamente la condición humana. Algo similar es lo que sucede al Buen Samaritano, una parábola que nos ayuda a entender que comunicar es encontrar, es aproximarse; y que hacerse prójimo es cuidar, compartir una condición, tener compasión (sentir y sufrir con). No es suficiente moverse sobre la vía digital y “ver” las personas. Se necesita “sentir con”, “crear con”, compartir algo más que solo bellas palabras e imágenes. Tenemos que ponernos en juego, empeñarnos, como el Buen Samaritano. Es necesario acercarse, “encontrar”.

Comunicar es también arriesgar, superar el miedo de “hacerse impuros”. Es salir de la zona de confort, dejar nuestros “palacios”, como el Samaritano que se detuvo para ayudar a un desconocido, como Dios que dejó su reino de los cielos para venir al mundo. Sin embargo, el Samaritano no se contaminó, sino más bien salvó a un hombre; en Jesucristo la divinidad no se hizo impura, al contrario, la humanidad ha sido salvada, redimida. 

Llegamos, entonces, a una cuestión delicada: ¿la Iglesia hoy quiere salvar (como hizo el Samaritano) o quiere evitar “contaminarse” (como el sacerdote y el levita)? Comunicar no significa estar sobre un “púlpito” o sobre la “cátedra” o en la oficina, pronunciando palabras bonitas, por muy verdaderas y profundas que sean. Comunicar es “salir”, es ir al encuentro y hacer posible el encuentro. La Iglesia debe ser la primera en dar el ejemplo, debe “primerear” (cf. Evangelii Gaudium, 24), insiste el papa Francisco en toda su enseñanza. Debe ser la primera en dejar su zona de confort para ir en busca del otro, aceptando plenamente su condición. 

Así como Dios dejó su perfección para asumir el límite humano en Jesucristo, para que la verdad del Evangelio pueda tocar el mundo necesitamos mezclarnos, ir a las varias periferias, acoger al diverso, que para el Papa se revela sobre todo en los pobres y en los marginados. es necesario dejar la oficina y la cátedra para ir a los caminos y plazas (físicos y digitales). Se necesita de una humanidad que pueda llevar calor, inflamar el corazón. Una comunidad compañera de camino, cercana. Una comunidad que comunica vida y no conceptos abstractos. 

El equilibrio y la complementariedad entre comunicación virtual y comunicación física, presencial, marcada por la escucha, el diálogo y la cercanía es esencial para promover esta verdadera cultura del encuentro, que a su vez conduce a la fraternidad y a la amistad universal, justo como el Papa nos propone. ¡Qué desafío!

Hno. Darlei Zanon, ssp

Versión italiana publicada en www.paulus.netTraducción del italiano: Anderson Mendoza, ssp

Comunicación – Por una “algor-ética”

Al comienzo de este año 2020, cuando la pandemia aún no había desvelado completamente su ferocidad el Vaticano promovió una serie de eventos sobre la inteligencia artificial (AI), tema que ahora viene propuesto por el Papa Francisco en su video mensual con la siguiente intención de oración (www.ilvideodelpapa.org): “Oremos para que el progreso de la robótica y de la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano“.

Por un largo período la Academia Pontificia para la vida elaboró —junto a los directores de IBM, Microsoft, FAO y algunos miembros de las Naciones Unidas y del Gobierno italiano— a la redacción de una “carta” o pacto sobre la ética en el campo de la robótica y de la inteligencia artificial. Titulada “Rome Call for Al etichs” (que puede leerse en www.academyforlife.va), la declaración quiere establecer algunos principios fundamentales que hagan a la tecnología más humana y accesible a todos. Esta carta fue presentada públicamente durante el congreso “¿El buen algoritmo? Inteligencia artificial: ética, derecho, salud”, que tuvo lugar en Roma del 9 al 13 de febrero de este año. 

Uno de los grandes especialistas en esta área, y protagonista en el diálogo con las grandes empresas tecnológicas, es el hermano franciscano Paolo Benanti, presencia constante en diversos eventos internacionales sobre la inteligencia artificial y persona de referencia del Vaticano para la dimensión ética. En ocasión de la presentación del documento “Rome Call for Al etichs”, el religioso afirmó que “la inteligencia artificial hoy nos interroga. Y de frente al hecho que el hombre se está “maquinizando” cada vez más, es necesario trabajar por una humanización de la técnica. Los algoritmos deben incluir los valores éticos. El desafío está abierto: se trata de poner guardabarreras éticos a las maquinas. Si queremos que las máquinas sirvan de soporte al hombre y al bien común, sin sustituir jamás al ser humano, los algoritmos, pues, deben incluir valores éticos y no solo numéricos”. 

No hay duda de que hoy la innovación digital toca todos los aspectos de la vida, tanto personal como social, desde el mundo en que hacemos las cosas a la construcción de nuestra propia identidad. Por tanto, no podemos estar a merced de una tecnología que no esté regulada a nivel ético. Las grandes decisiones y las principales acciones no pueden estar definidas solamente por algoritmos o cálculos matemáticos. Es esencial pensar en parámetros éticos que ayuden a delimitar y guiar los progresos tecnológicos, sobre todo en el campo médico, ético y social. 

La atención del papa Francisco sobre este argumento es conocida y muy significativa. El Sumo Pontífice expresa constantemente su preocupación ante el progreso técnico puramente instrumental y con fines económicos. Las encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti son ejemplos claros de ello, pero son muchos los discursos y mensajes que tocan este mismo tema, exaltando siempre la necesidad de pensar en la tecnología con criterios humanos y éticos. La intención de oración se pone sobre el mismo itinerario. En el mismo momento en que nos pide orar por el “progreso de la robótica y de la inteligencia artificial”, que obviamente aporta innumerables beneficios al hombre y a la sociedad, el Papa exhorta también a hacer que la robótica y la inteligencia artificial estén “siempre al servicio del ser humano”. Francisco nos invita a orar por el cumplimiento del pacto establecido en la “Rome Call for Al etichs”, poniendo en marcha entre las diversas empresas tecnológicas, organizaciones, gobiernos e instituciones un sentido de responsabilidad compartido que tenga como objetivo esencial garantizar un futuro donde lo digital y el progreso tecnológico estén “al servicio del hombre” y no en su lugar. 

Sobre todo, después de los encuentros desarrollados al inicio de este año, ha comenzado a utilizarse el término “algor-ética”, es decir, el desarrollo y la utilización del algoritmo y de la inteligencia artificial según principios éticos, como la transparencia, la inclusión, la responsabilidad, la imparcialidad, la confianza, la seguridad, la privacidad, y cosas por el estilo. 

Mientras nos unimos en oración por esta intención propuesta por el Papa, que cada uno de nosotros se empeñe también en reflexionar sobre los impactos de la tecnología sobre nuestra vida cotidiana, sobre todo en el campo formativo, comunitario y apostólico. ¿Qué preguntas teológicas y antropológicas nos plantea personalmente e institucionalmente este progreso de la robótica y de la inteligencia artificial?

Hno. Darlei Zanon, ssp

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Editorial –

Biblia –

Vida Espiritual – La dirección espiritual, algo tan antiguo y tan actual

Hablar de la Dirección Espiritual es hablar de un tema tan antiguo y tan nuevo. Algo que nunca pasa de moda. Que tal vez hemos dejado de practicar y darle la importancia que se merece. Puede ser. Pero eso no significa que podamos ignorarlo. Mientras exista la vida de Fe en este mundo, habrá necesidad de la Dirección Espiritual.

Son muchos los temas que podemos tratar en relación a la Dirección Espiritual. Aquí trataremos, de manera resumida, desarrollar los más importantes. Primero, tratemos de definir ¿qué es la Dirección Espiritual? Podemos decir que es el arte de llevar las almas a Dios. Es el acompañamiento que un hermano presta a otro para conducirlo a los caminos de la santidad. Cuando una persona busca un director espiritual es porque quiere ser santo, y por eso busca a alguien que lo ayude, que lo oriente. El fin de la Dirección Espiritual es la santidad.

Muchos hoy en día prefieren hablar de “Acompañamiento Espiritual”. Algunos entienden el término “Dirección” como algo impositivo, que coarta la “libertad” del dirigido. Piensan que el Director dice todo lo que se debe hacer, y el dirigido no hace nada hasta que el Director le indique. Incluso dicen que se puede crear una dependencia de parte del dirigido, quien no haría nada hasta tanto no sea aconsejado por su Director Espiritual. En este sentido quedaría a un lado la iniciativa y la participación del dirigido. 

Sin embargo, otros salen en defensa del término, porque dicen que el Director Espiritual es aquel que nos ayuda a encontrar una dirección, que no es otra que la llamada que Dios nos hace a la santidad. De manera que el dirigir en ningún momento opaca la libertad y participación del dirigido.

¿Cuál es el perfil del Director Espiritual? Ante todo, aclaremos que no sólo los sacerdotes pueden ser directores espirituales, también un laico, una religiosa, un hermano consagrado pueden ser directores espirituales. Muchos buscan un sacerdote, sobre todo, porque desean que sea también su confesor. Otros, en cambio, lo prefieren separados: que el Director Espiritual y el confesor sean personas distintas.

Un director espiritual debe ser ante todo una persona de oración, de una profunda vida espiritual. El dirigido, por su parte, debe ser una persona que sepa escuchar, que confíe en su director espiritual, y, por tanto, es capaz de “abrirle su alma”, de manera que pueda ser ayudado.

¿Qué debe conversarse en la Dirección Espiritual? Todo. Así es; todo. Porque la vida espiritual es todo, no sólo cuando vamos a la oración o cuando celebramos los sacramentos. Nuestra vida de Fe es toda nuestra vida. También cuando trabajamos, estudiamos, cuando vamos de paseo. En todos los ambientes yo debo vivir mi Fe. Y es por eso que todo debe entrar en la dirección espiritual, buscando crecer en las virtudes, y vencer aquellos obstáculos que no me permiten caminar hacia la santidad. 

No debemos confundir el sacramento de la confesión con la dirección espiritual. La finalidad de la confesión es el perdón de los pecados. La finalidad de la dirección espiritual es el crecimiento en nuestra vida espiritual. El primero es algo puntual. La dirección espiritual, en cambio, requiere una continuidad, una periodicidad en los encuentros, de manera que se pueda hacer un camino.

Dirigiéndome a mis hermanos sacerdotes, seguramente recordamos muchos directores espirituales que nos acompañaron en nuestro camino de formación en el Seminario. Qué importantes sus consejos, su acompañamiento, sus palabras de ánimo en medio de las crisis, sus enseñanzas.

Hoy nos corresponde a nosotros dirigir o acompañar a otros. Pero también el ser dirigidos y acompañados. Qué lamentable que esta faceta de nuestra vida espiritual sea muchas veces olvidada, tanto hacia los otros, como hacia nosotros. La vida tan acelerada y con tantas cosas que hacer, no nos deja tiempo para escuchar a otros, tener la disponibilidad, como tampoco el buscar el acompañamiento para nosotros. 

En el Evangelio encontramos cuando el Señor le dijo a Pedro: “rema mar adentro”. Es ese ir a lo profundo, a lo esencial, a lo importante, no quedándonos en lo superficial, lo externo, lo pasajero. Como diría Santa Teresa, es ir a nuestro castillo interior. En nuestra vida, con tantas cosas que hacer, con tantas responsabilidades en nuestro ministerio, no debemos olvidar la necesidad de cultivar nuestra vida interior, al igual que ayudar a nuestros hermanos en ese camino. 

Es vivir la experiencia que realizaron los apóstoles en torno a Jesucristo nuestro Señor. El Señor los iba conduciendo en su camino de discipulado, para luego ellos, desde esta experiencia, acompañar a otros en sus comunidades. 

Es necesario recuperar esta experiencia tan antigua y tan nueva, tan actual, tan necesaria. No podemos caminar solos. Es necesario la ayuda de unos a otros. Pero sobre todo la ayuda del Señor y de aquellos que nos ayuden en la maravillosa tarea del discernimiento espiritual. Leer los signos de los tiempos y en ellos encontrar la voluntad del Señor. Una tarea maravillosa y fascinante. 

Pbro. Juan Carlos Benítez E. 

Teología – La presencia de Dios en la veneración a los santos

El culto a los santos y, de manera particular, el culto a la Virgen María, ha tenido que enfrentarse no pocas veces a través del tiempo, con la acusación, velada o directa, de invadir el terreno de la única mediación de Cristo. Debemos reconocer que no han faltado algunas exageraciones y prácticas ambiguas e, incluso, abusivas.

La Iglesia nunca ha perdido de vista la enseñanza de san Pablo: “Porque Dios es único, como único es también el mediador entre Dios y los hombres: un hombre, Jesucristo, que se entregó a sí mismo para redimir a todos” (1 Timoteo 2,5ss). Por eso el culto a los santos, sólo puede darse en referencia directa a Cristo.

La ceremonia de canonización comienza proclamando que el santo se canoniza “para gloria de la Santísima Trinidad”. Con estas palabras, la Iglesia canta el amor con que Dios se inclina hacia ella para revelar en el santo su propia imagen, que solamente se realiza en plenitud por la identificación del santo con Cristo.

Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) 828: “Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores (cf LG 40; 48-51). «Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia» (CL 16, 3). En efecto, «la santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero» (CL 17, 3).”

Cuando la Iglesia venera a los santos, reconoce y proclama en ellos al único Redentor y Mediador, Jesucristo. Eleva su canto de gratitud al Padre por la misericordia que nos ha prodigado en Cristo, y que resulta visible y eficaz en uno de sus miembros y, por él, en todo el Cuerpo de la Iglesia. Con mucha claridad encontramos ese clamor en el prefacio de los santos del Misal Romano.

El culto a los santos nos une estrechamente a Dios, los veneramos porque en ellos descubrimos los signos vivientes de la presencia de Dios, porque en ellos se refleja con mayor perfección la imagen y semejanza de Dios. El culto a los santos no nos desvía de la adoración porque nos acerca más al único Santo y fuente de toda santidad.

SC 104: “…Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos.”

La santidad es la participación plena en Cristo y en su obra, es la realización de la incorporación bautismal en el Misterio Pascual.

La Iglesia, al celebrar el culto a los santos, también realiza y vive con ellos la comunión de los santos, tan vivamente expresada por el apóstol san Pablo: “…así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros” (Romanos 12,5). 

La misión intercesora de los santos es también un medio de expresar nuestra confianza en ellos y de apoyar, con su ayuda, nuestro encuentro con Cristo. A lo largo de toda su historia, la Iglesia se ha esmerado en poner ante nuestra vista los ejemplos de grandes hombres y mujeres que, ya presentes en la asamblea celestial, nos enseñan el camino de la fe, oran por nosotros, y estimulan nuestra vocación a la santidad.

Pbro. José Antonio Da Conceição

Liturgia – El culto a los santos y beatos

La Biblia nos revela desde el Antiguo Testamento la voluntad amorosa de Dios de comunicar su santidad al pueblo: “…serán para mí… una nación santa” (Éxodo 19,6). El cumplimiento en plenitud de este pacto de amor entre Dios y su pueblo se verifica en su Hijo Jesús, de quien Gabriel, Arcángel de Dios, afirma: “Por eso el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios” (Lucas 1,36); lo mismo expresan los espíritus inmundos que reconocen en él al Santo de Dios (Cf. Marcos 1,24; Lucas 4,34). La comunión cercana y directa con sus discípulos los pone a ellos, de manera especial, en grado de confesar su fe en él: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan 6,69).

Por ello san Pablo no duda en llamar santos a todos los que han dado su adhesión a Cristo y se han incorporado, por el bautismo, en el Pueblo Santo de Dios (Cf. Romanos 1,7; Filipenses 4,21; Colosenses 3,12); con una pertenencia en plenitud por medio del martirio. San Pedro nos recuerda la santidad de Jesucristo y nos invita a participar de la misma: “… sean santos en todo su comportamiento, como es santo el que los ha llamado.” (1 Pedro 1,15).

Pasada la era de las persecuciones, se extendió a otros fieles de Cristo en quienes había resplandecido más la imagen de su Señor, el título de santo. Se conmemoró el aniversario de su entrada en el cielo, se invocó su intercesión, se los propuso como ejemplo a la comunidad. Así fue como nació y se desarrolló el culto de los santos. Popular en sus orígenes y manifestaciones, no recibió una expresión litúrgica para cada uno de aquellos a quienes se dirigía hasta haber sido ratificado por la Iglesia.

Ya el Antiguo Testamento nos testimonia el piadoso recuerdo de los patriarcas y de los padres en la fe, en los que se unía la memoria de las maravillas de Dios y la convicción de que estas personas intercedían por el pueblo de Dios. Se les recordaba e invocaba como protectores y se pedía su intercesión. Un ejemplo lo tenemos en la oración de Azarías en el horno, cuando en ella se menciona a Abraham, Isaac y Jacob (Daniel 3, 34-35). 

En lo que toca a la alabanza del Señor el libro del Apocalipsis nos presenta el testimonio de la asamblea escatológica (Apocalipsis 5, 9-10). Esta conciencia de una comunión con todos los santos, engarzada en el encuentro con el único Mediador que preside “la asamblea de los primogénitos que están inscritos en el cielo,… que viviendo rectamente han logrado la perfección” (Hebreos 12,23), va a dar lugar, paulatinamente, a la veneración explícita de los santos en la liturgia cristiana.

Si bien durante los primeros siglos el culto a los santos se realizaba junto a sus sepulcros, se puede constatar que, ya a partir del siglo IV, en Roma se festejaba el natalicio de los mártires africanos Cipriano, Perpetua y Felicidad. Hacia el siglo VI, la irradiación del culto más allá de las tumbas fue más notoria. Además de la basílica donde está sepultado el santo, numerosos santuarios comenzaron a celebrar su fiesta, en la espera de que su nombre fuera incluido en el calendario de otras iglesias. En este desarrollo influyeron los siguientes factores: la fama del santo, traslado de los cuerpos, reparto de las reliquias y testimonios escritos.

La Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II, sobre la sagrada liturgia, en sus números 104 y 111, nos ofreció las grandes líneas de acción para la revisión del culto a los santos y su calendario. De allí dimanan los principios teológicos y pastorales que sustentan la disciplina actual del culto a los santos.

SC 111: “De acuerdo con la tradición, la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas. Las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores y proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles. Para que las fiestas de los santos no prevalezcan sobre los misterios de la salvación, déjese la celebración de muchas de ellas a las Iglesias particulares, naciones o familias religiosas, extendiendo a toda la Iglesia sólo aquellas que recuerdan a santos de importancia realmente universal.”

La revisión del Calendario Romano General comenzó en 1964 y fue promulgado (el nuevo) el 14 de febrero de 1969. Los criterios que guiaron la revisión del calendario fueron los siguientes: a) La prevalencia de los tiempos litúrgicos y las fiestas del Señor sobre las fiesta y memorias de los santos; b) un examen histórico-crítico del santoral; c) selección de los santos de mayor importancia para la Iglesia universal; d) una mayor representatividad universal del calendario de los santos.

El criterio de universalidad no sólo privó por su carácter geográfico (santos de todos los continentes), sino también de todos los estados de vida en la Iglesia, por eso en el nuevo Calendario Romano General, aparecieron santos que se destacaron por sus virtudes y vida cristiana en acciones misioneras y caritativas, apostolado de laicos, vida contemplativa, ascesis, etc.

Pbro. José Antonio Da Conceição

Dossier – José Gregorio Hernádez, Modelo a seguir para reconstruir Venezuela

Posiblemente José Gregorio Hernández es el personaje más querido y admirado en Venezuela. Sin embargo, sigue siendo un gran desconocido. La mayoría escasamente conoce de él que fue “El médico de los pobres”, o que es muy milagroso. De hecho, muchos le agradecen no sólo curaciones, sino que consideran que con su intercesión tuvieron éxito en los exámenes, consiguieron novia, lograron trabajo, salvaron el matrimonio, encontraron la cartera perdida, o incluso se sacaron la lotería.  Se le atribuyen tantas curaciones milagrosas que Mario Briceño Iragorri llegó a bromear diciendo que si se curaba un enfermo era mérito de José Gregorio, pero si se moría, la culpa la tenía el médico.  Algunos incluso han utilizado a José Gregorio para prácticas espiritistas y su imagen aparece en numerosos altares al lado de María Lionza, Bolívar y el Negro Felipe.

Con su beatificación, José Gregorio es el primer varón y el primer laico en subir a los altares, pues las otras tres beatas venezolanas fueron mujeres y pertenecientes a Congregaciones Religiosas: la Madre María de San José, la Madre Candelaria de San José y la Madre Carmen Elena Rendiles.

Además de ser un médico eminente, generoso y servicial, José Gregorio fue un celebrado profesor universitario, políglota, investigador y científico, filósofo, apasionado siempre por su formación permanente.  Hombre de una gran piedad, de oración continua y misa diaria, testimonió con gran valor su fe católica, en momentos en que en los ambientes intelectuales donde él se movía, la fe y las prácticas religiosas se consideraban propias de gentes incultas, pues se pensaba que la ciencia estaba acabando con los fundamentos de la religión.

Su figura adusta y seria, con sombrero de copa y traje negro formal, que aparece en las imágenes que abundan en todos los rincones de Venezuela y que reproducen un retrato que se mandó hacer en Estados Unidos, puede hacernos creer que era un hombre excesivamente serio y distante. Sin embargo, sabemos que le gustaban las fiestas, tocaba el piano, era un gran bailarín, se enamoró   en su adolescencia sin ser correspondido, y muchas jóvenes suspiraban por él y se ilusionaban con la esperanza de que José Gregorio se fijara en alguna de ellas. Amó siempre profundamente a Venezuela, se esforzó por modernizarla y sacarla del atraso y la miseria, y hasta muy pocos saben que fue uno de los primeros en alistarse como voluntario para combatir a las fuerzas extranjeras cuando, en 1902, siendo presidente Cipriano Castro, bloquearon las costas de Venezuela.

 La celebración de la beatificación de José Gregorio debe ser una oportunidad para reconstruir a Venezuela sobre los valores ciudadanos que él practicó de un modo tan sobresaliente que le han hecho merecedor no sólo de la admiración y el cariño del pueblo venezolano, sino de su ascenso a los altares. Entre ellos, la responsabilidad, la honestidad, el esfuerzo, su dedicación al estudio y al trabajo, su desprendimiento y generosidad que le llevaban a atender a los más pobres sin cobrarles e incluso les regalaba las medicinas, su fe valiente y encarnada en el servicio a todos, su respeto a los que pensaban de un modo completamente distinto a él, la piedad, el amor a la familia, a la iglesia y al país.

El anuncio de la beatificación de José Gregorio llegó como una excelente noticia en momentos en que Venezuela está sufriendo una gravísima crisis humanitaria agravada por la pandemia del Covid-19. Es bueno recordar que, cuando en 1919 murió José Gregorio, Venezuela estaba siendo azotada por la gripe española, una pandemia que ocasionó en el mundo unos 40 millones de muertos, y en Venezuela, unos ochenta mil, el dos por ciento de la población de la época. También entonces, como ahora, se prohibieron las reuniones públicas, procesiones, funciones de cine, ópera, teatro y corridas de toros. Se suspendieron las clases a todo nivel, colapsaron por falta de personal los servicios de los tranvías, telégrafos y las centrales telefónicas, y los médicos prohibieron besos y abrazos.  José Gregorio se incorporó a combatir la peste con su coraje y entrega habituales. Para poder atender a un mayor número de enfermos, utilizó por unos días un vehículo con chofer, pues antes acostumbraba visitar los enfermos a pie.  El gobierno dictatorial de Juan Vicente Gómez prohibió a la prensa hablar de la peste, pero José Gregorio y Luis Razetti tuvieron el valor de denunciar públicamente que lo que estaba matando a tanta gente no era la gripe propiamente dicha sino el estado de absoluta miseria en que vivía la mayoría de los venezolanos, mal alimentados y con escasa o ninguna condición de higiene, muchos con padecimientos crónicos de paludismo y tuberculosis.

Antonio Pérez Esclarín 

pesclarin@gmail.com – @pesclarin – www.antonioperezesclarin.com

Dossier – Proceso de glorificación de José Gregorio Hernández

Una persona de una calidad humana de este calibre, como la de José Gregorio Hernández, no pasa desapercibida, ni tampoco se olvida fácilmente, aunque haya muerto; porque la gente que lo conoce intuye naturalmente su santidad, por eso lo pone de ejemplo e intenta acudir a su intercesión.

Es en este punto en que se inicia el proceso de glorificación de alguien que ha fallecido y que tiene fama de santidad; o sea, tiene devotos que piensan que es santo. El proceso de glorificación tiene dos intenciones: La primera es constatar las virtudes cristianas de la persona durante su vida terrenal, cuestión que depende de juicios humanos; y la segunda es constatar su eficacia como intercesor luego de su posible transito al cielo, ésta depende de la voluntad de Dios, y sería la señal para nosotros de que el venerable se encuentra realmente en el cielo en presencia del Señor. Este es un proceso muy minucioso y exigente porque está en juego la credibilidad de la Iglesia y la seguridad de los fieles.

El proceso de José Gregorio no ha sido ni más largo, ni más corto que el de ningún santo, simplemente ha sido único, como lo ha sido el de todas las personas que son sometidas a esta evaluación. El proceso ha pasado exitosamente las siguientes cinco fases: pre-jurídica, informativa, juicio de ortodoxia, revisión del cadáver y fase romana.

  • Fase pre-jurídica: consistió en probar la fama de santidad, con lo que se comenzó a promover, en 1945, la devoción privada, para el proceso de José Gregorio.
  • Fase Informativa: se suministró a la Congregación para la Causa de los Santos información para determinar si había méritos para un proceso formal, con el que se empezó a llamar «Siervo de Dios». Este proceso se inició en 1949 y se considera el momento formal del inicio de la Causa de José Gregorio, por lo que puede decirse que el mismo lleva hasta la fecha 71 años. Fue interrumpido por alegatos contrarios a las virtudes introducidos por Mons. Nicolás Navarro, ya que fueron presentadas falsas acusaciones; después, el mismo Mons. Navarro, se arrepintió de esas falsas acusaciones y se regresó al proceso inicial. 
  • Juicio de Ortodoxia: con esto, se examinaron los escritos del candidato para rastrear enseñanzas heterodoxas, emitiéndose el nihil obstat; dicho proceso terminó en 1964.
  • Revisión del cadáver: consistió en la revisión de sus restos para identificarla, efectuada en 1975, con el que se trasladó su cuerpo desde el Cementerio General del Sur a la iglesia Nuestra Señora de Candelaria, donde actualmente reposan sus despojos, en el lugar del antiguo bautisterio, al lado derecho de la entrada del templo de la Candelaria.
  • Fase Romana: en la misma se asignó un postulador en Roma quien, junto a un promotor de la fe, estudiaron, completaron y aclararon objeciones a la documentación, quienes escogieron para JGH la vía de las virtudes. Por lo que, el 16 de enero de 1986, el Papa Juan Pablo II lo elevó de Siervo de Dios a VENERABLE.

Todo el trabajo realizado hasta este punto es el producto de la investigación y del juicio humano, riguroso, pero falible. Lo que haría falta para la beatificación y posterior canonización son señales divinas que confirmen el juicio de la Iglesia. La Iglesia toma por tal señal divina un milagro obrado por intercesión del Venerable Dr. José Gregorio Hernández. 

A la fecha la Vice-postulación de la de Causa de Beatificación y Canonización del Dr. José Gregorio Hernández, ha enviado tres supuestos milagros a Roma: uno en 1986, otro en el 2009 estos primeros no pasaron la revisión de la Santa Sede; en enero de 2019 se envió a Roma otro supuesto milagro, que fue reconocido como tal el 20 de abril de 2020. 

Este último milagro fue sometido a las siguientes fases de estudio: fase diocesana, por parte de la diócesis de Apure, presentada a la Conferencia Episcopal Venezolana para su aprobación y presentación a la Congregación para las Causas de los Santos en el Vaticano; posteriormente, se emitió DECRETO DE VALIDEZ JURÍDICA con que se dio apertura a una nueva fase interna, de la Congregación romana. 

De esta manera, se realizó una fase llamada Súper-Miro en tres pasos importantes para la aprobación del presunto milagro: 1) la comisión médica, conformada por siete médicos, llegaron a la consideración de que, para la ciencia, la curación de Yaxury Solorzano, sin intervención médica, es inexplicable; 2) la comisión teológica, conformada por siete teólogos, estudiaron el hecho milagroso y efecto de la invocación del venerable José Gregorio Hernández, quienes concluyeron en abril de presente año, de manera unánime, que la invocación de JGH fue unívoca y que el milagro fue realizado por intercesión de JGH; 3) por último, después de la comunicación al papa Francisco de la culminación del proceso Súper-Miro, el Santo Padre decidió hacer público dicho decreto el 19 de junio, día del Sagrado Corazón de Jesús, con el que abrió el camino a su beatificación. 

causajosegregoriohernandez@gmail.com y causajosegregorio@gmail.com

Excmo. Mons. Tulio L. Ramírez Padilla 

Obispo Auxiliar de Caracas

Vice Postulador de la Causa de Beatificación Y Canonización del Dr. José Gregorio Hernández

Dossier – La exhumación de los restos del Dr. José Gregorio Hernández

La normativa canónica referente a la causa de los santos prevé que una vez que se publica el decreto de beatificación de una persona, hay que cumplir con una ceremonia especial, que no tiene carácter estrictamente litúrgico, para abrir la tumba y la urna o sarcófago donde reposan los restos del nuevo beato. Como sabemos los restos del Dr. José Gregorio Hernández reposan en la iglesia de La Candelaria en Caracas.

Corresponde al actor de la causa, es decir, al arzobispo de Caracas, solicitar a la Congregación de los Santos realizar dicha exhumación. Hay varios pasos previos que deben acompañar la solicitud, unos de carácter civil (el cumplimiento de las normas sanitarias del país para la exhumación de un cadáver); el permiso o autorización de los parientes cercanos si se da el caso. Y la presentación del proyecto arquitectónico donde va a ser colocada la urna. Está previsto el arreglo del altar lateral derecho en la misma iglesia de La Candelaria, donde reposarán los restos y una imagen del beato, facilitando a los fieles acercarse a orar y ofrecer sus promesas.

La Comisión Nacional está preparando con primor dicha ceremonia, según el libreto o protocolo pontificio. El Ordinario del lugar preside el acto, acompañado de un tribunal compuesto por el Vicario Judicial de la Arquidiócesis de Caracas, dos médicos forenses y el Canciller Secretario como Notario. Todos ellos deben juramentarse junto con el personal técnico que se encargará de la apertura de la tumba. 

La ceremonia que consta de un guión oracional preparado por la Comisión, una vez abierta la fosa y sacado el sarcófago que, según las fotos de 1975 cuando fue depositado en La Candelaria, tiene aspecto de un “moisés” o cuna de angelito, es revisado por los miembros del tribunal quienes certifican que corresponden a los que fueron depositados mediante acta en 1975. Luego, en un anda especial, como las que se usan en las procesiones, llevada por cuatro miembros de las cofradías más antiguas de Caracas, se dirigen procesionalmente hasta el presbiterio donde es depositada la urna para la veneración de los asistentes. 

En ceremonia posterior, se extraerán las reliquias para la ceremonia de beatificación, y se confeccionará una para cada diócesis del país. Se concluye el acto con la lectura del acta por parte de los miembros del tribunal y la oración final a cargo del Arzobispo. 

Durante el desarrollo de todo el protocolo, se ejecutarán una serie de cantos apropiados, todos de composición venezolana con la participación de coros. 

Estarán presentes en este acto el episcopado, las instituciones y cofradías ligadas a la causa de beatificación, la representación de academias, universidades y representantes de los gremios médicos involucrados. Se trasmitirá por los medios para que los fieles puedan seguir la ceremonia, ya que las disposiciones sanitarias por el Covid-19 deben ser cumplidas.

Esta celebración es un momento importante para la renovación de la fe y para el provecho espiritual de toda Venezuela, que ve en José Gregorio, la trayectoria de un ciudadano laico probo y de un cristiano ejemplar, que es el mejor ícono que lo identifica con lo más propio del venezolano y con las virtudes que lo llevan a ser heraldo del evangelio en medio de la vida cotidiana.

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Dossier – Devoción mariana de José Gregorio Hernández

Desde pequeño, José́ Gregorio Hernández aprendió́ en su hogar las devociones a Dios y a la Santísima Virgen, y luego, cuando vivió́ en Caracas, lejos de su familia, mantuvo el cumplimiento de sus deberes espirituales y para con la Iglesia. 

Con poco más de trece años, su padre, Don Benigno, accedió́ a que José́ Gregorio continuara estudios en Caracas. Con una serie de recomendaciones de personas conocidas llegó en calidad de interno al colegio “Villegas” bajo la tutela del Dr. Guillermo Tel Villegas. Entre sus pertenencias llevaba un rosario y una estampa de la Virgen del Rosario, patrona de Isnotú, a quien con mucho fervor le rezó durante toda su vida. 

Con afán de perfeccionamiento personal, en sus idas diarias a Misa en la iglesia de las Mercedes, conoció́ lo que era la Orden Tercera de San Francisco, una orden seglar para personas que desean vivir la espiritualidad de San Francisco de Asís, pero no en conventos sino en sus casas. Se unió́ a ellos y compartía la lectura del Evangelio y las oraciones tanto con personas muy selectas de la ciudad como con gente muy humilde. 

José́ Gregorio encontró́ en la Virgen María el modelo, el icono de la esperanza profética por su capacidad de meditar prolongadamente la Palabra en su corazón, leer la historia según el proyecto de Dios, contemplar a Dios presente y operante en el tiempo. Además, encontró́ que en la vida de la Virgen María estaba la sabiduría transparente que une armónicamente el éxtasis del encuentro con Dios y el mayor realismo crítico ante el mundo. Por eso, su devoción a la Santísima Virgen era algo sustancial para su vida espiritual. 

A diario rezaba el Rosario y, con frecuencia, rezaba el Magníficat, esas palabras dichas por la Virgen María cuando fue a visitar a su parienta Isabel, embarazada de San Juan Bautista, y que aparecen en el Evangelio de San Lucas. Es la profecía por excelencia de la Virgen, que resuena siempre nuevo en el espíritu de la persona entregada a Dios y a los demás, como alabanza perenne al Señor que se inclina sobre los pequeños y los pobres para darles vida y misericordia. 

Fue un gran devoto de la Virgen María en su advocación como Virgen de las Mercedes, patrona de la ciudad de Caracas, que se venera en la Iglesia de los Padres Capuchinos. De ella tenía una imagen en su oratorio particular. Sabía que la Madre de Dios, la Virgen María, toma diversos nombres para que la gente profundice más en lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Usando el nombre de “Mercedes”, que quiere decir “misericordia”, la Virgen María enseña a todos sus devotos que ser misericordioso es una condición esencial para entrar en el Cielo. 

De la Virgen de las Mercedes, aprendió́ esa ternura que debe hacernos prójimo del miserable, del que sufre. Aprendió́ a llenarse de compasión por todas las personas conocidas o no. Por eso, cuando sabía que alguien tenía alguna necesidad, salía a buscarlo para ver cómo podía ayudarlo, sin necesidad de que lo llamaran. Practicaba así́ el verdadero amor de Dios. Aun cuando la cultura circundante, en muchas ocasiones, no lo ayudaba, su testimonio de vida era nítido e inequívoco, claro e inteligible para todos, mostrando que la ciencia y la espiritualidad, puede decirle mucho a la cultura, en cuanto ayuda a encontrar la verdad del ser humano. Decía: 

La cultura espiritual es más necesaria que la intelectual. Todo hombre puede vivir sin conocimientos humanos, pero es muy posible que se desaliente de la vida si carece de los rudimentos que le explican las razones de su ser. 

El Domingo 29 de junio 19, en la tarde, después de haber ido a Misa y pasar su ronda médica, José Gregorio salió de su casa para atender una señora enferma.  En el momento en que salía de la farmacia de haberle comprado las medicinas, no se percató, del automóvil que venía a 30 Km por hora en esa dirección, recibió un fuerte impacto que lo lanzó por el aire contra un poste telefónico, y, cayendo sobre el filo de la acera, le produjo la muerte pocos minutos más tarde. Sus últimas palabras fueron: “¡Virgen Santísima…!”

Invocando a la Madre de Dios, se despidió de la vida el ilustre médico, educador ejemplar, buen amigo, hombre de familia, católico fervoroso, el Dr. José́ Gregorio Hernández. 

María García de Fleury

Pastoral – José Gregorio Hernández en las comunidades

A través de la pintura. Se pueden hacer murales, organizar un concurso donde se premie la mejor pintura no solo con la figura de JGH, sino también elementos que representen su vida. Ejemplo de esto es el mural hecho por EDO en Wynwood, Florida (Estados Unidos).

Con las tareas en las escuelas con los niños se llega fácil a los padres. Sin incluir el elemento religioso, se puede proponer la figura de JGH desde sus descubrimientos científicos, sus valores, los aportes a Venezuela y Latinoamérica, la agilidad con los idiomas, etc. 

La música y sus composiciones. Muchos artistas suelen ofrendar a sus santos a través de la música, se puede apoyar en esto, orientándoles a tomar en cuenta lo que hace que JGH sea considerado una persona santa. 

Hacer una ruta hacia una capilla con sus estaciones. Se pudiera ubicar en puntos estratégicos elementos que identifican a JGH en una especie de recorrido, empezando por los elementos humanos hasta llegar a los religiosos, o de otra manera que se considere oportuno. 

Postear en las redes sociales frases con la filosofía de JG o con sus conceptos científicos.

Es interesante ver la personificación de algunos que caminan normalmente en la calle vestido como lo hacía JGH. 

El toque de campanas en la iglesia y rezar el Ángelus o cualquier oración mariana que previamente se haya dado a conocer a la población, es una tradición que se ha ido perdiendo; se pudiera incentivar retomar esta tradición, que recuerda al pueblo, que no puede congregarse en el templo, e invita a la oración común cada quien desde su casa o lugar de trabajo.  

Rezo del rosario en cada casa, llevando la imagen de la Virgen de las Mercedes (de la que era devoto JGH) y la de JG para que solo los miembros de la familia le recen, y al día siguiente entregarla a otra familia. Evitar que haya personas de la Iglesia yendo de casa en casa durante el confinamiento. 

Pbro. Luis Hernández

Comunicación – Evangelizar hoy: retos de la evangelización digital

El mundo de hoy está altamente digitalizado, aun en Venezuela (un país con poco acceso a internet). Ya forma parte de la vida cotidiana una video llamada por WhatsApp, ver los perfiles de Facebook de nuestros amigos o investigar las tareas apelando a “San Google”. Cada día que pasa lo digital invade nuestra cotidianidad y se acopla a ella de una manera inimaginable, en otras palabras, nuestra vida se digitaliza. Esto tiene tanto sus facetas positivas como negativas; sin embargo, es una realidad que debemos asumir e integrar. 

El Mundo digital se ha convertido en un “lugar” donde la gente recurre. Me viene a la mente la figura del apóstol san Pablo (patrono de la congregación que dirige esta publicación) quien quiso ir a predicar en Atenas. Sí, la propia Atenas, cuna de la Filosofía, centro comercial, intelectual y político de una vasta región. El ateniense, o el griego de aquellas épocas, era religioso por naturaleza, san Pablo lo sabía, en todos lados podrían encontrarse monumentos a los dioses y figuras mitológicas, pero las concepciones religiosas de Grecia eran distintas a las de Israel. Puedes buscar el discurso de Pablo en el Areópago en Hechos (17, 22-24). 

El Ciberespacio es el areópago por excelencia del tiempo de hoy, allí confluyen personas de todo el mundo buscando temas de interés, haciendo preguntas de cualquier cosa, y en nuestro caso, haciéndose preguntas sobre su fe. Por eso la Iglesia debe estar allí, porque allí está la gente. 

Evangelizar Hoy 

La Buena Nueva puede ser transmitida de diferentes formas, cada quien debe encontrar la propia de acuerdo con sus posibilidades: Tenemos Blogs, Páginas web, talleres, charlas, videos en YouTube, tutoriales, artículos,  videos en TikTok, forochats, grupos parroquiales, cadenas, podcast, en fin, las posibilidades de transmitir el Mensaje se transforman en inimaginables, la versatilidad de que tienen las diferentes herramientas digitales permiten crear gran cantidad de mecanismos de evangelización de acuerdo con los objetivos que quieran ser alcanzados. 

La pandemia, un reto en la Evangelización

Ya llevamos varios meses con los servicios parroquiales a su mínima expresión en Venezuela. La Conferencia Episcopal Venezolana ha recomendado mantener nuestra experiencia evangelizadora valiéndonos de los medios de comunicación social. Así que hoy, más que nunca, se hace imperiosa la necesidad de construir espacios de evangelización y de atención pastoral en nuestras comunidades. 

Podemos decir también que la situación de la pandemia y el confinamiento llevó a asumir la evangelización digital de una manera forzada y a algunos les tomó por sorpresa. La verdad es que la experiencia digital y las estrategias digitales para la evangelización y acompañamiento desde la distancia implican crear estructuras digitales que permitan la efectividad en el ejercicio de estas actividades. Así como en nuestras parroquias debimos invertir en inmobiliario para crear oficinas de atención (despacho parroquial), debemos invertir en herramientas y equipos que nos permitan el ejercicio de nuestro ministerio en la web. 

Mi experiencia en la web

Estoy vinculado a la evangelización digital desde hace varios años, siendo seminarista inicié un blog en la plataforma Blogger que luego migré a un sitio web. Esto me ha permitido conocer y acompañar a personas de todo el mundo, es impresionante cuando te llega un correo electrónico desde España, Estados Unidos, Maracaibo o cualquier parte de Venezuela agradeciéndote porque tu artículo o información le ayudó en su trabajo pastoral o a cambiarle la vida. Han sido años apasionantes que he integrado en mis obediencias, primero como formador y profesor del Seminario de Mérida, y ahora como párroco y rector de un colegio. Pero también esto ha implicado largas horas de formación, muchas veces en solitario. Cursos, talleres y foros en los que he participado me han ayudado a tener una visión de cómo se maneja el mundo en línea. 

Hoy en día seguimos evolucionando, en Semana santa inspiramos la Misión digital “Seremos luz”, y logramos aglutinar a muchos misioneros católicos (religiosas, sacerdotes y seglares) quienes fueron evangelizadores del teclado con videos, experiencias formativas, artículos y liturgias familiares. 

Estoy contento y a la orden para poner lo que hemos aprendido en común con ustedes para servir mejor a un número mayor de personas.  Dios les bendiga. 

Pbro. José Luis Toro

web: caminoyoracion.org