Centro de Espiritualidad Paulina

Testigos paulinos

Beato Timotero Giaccardo

Primer sacerdote paulino y primer Vicario general, fidelísimo entre los fieles

Algunos datos biográficos

Nació en Narzole (Cuneo), el 13 de junio de 1896; hijo primogénito de Stefano Giaccardo y María Gagna. Fue bautizado el mismo día con los nombres de José Domingo, Vicente y Antonio.

Siendo aún adolescente, se encontró con el padre Santiago Alberione y, gracias a su ayuda, ingresó en el seminario en Alba. Sensible a las nuevas necesidades de los tiempos, y abierto a los nuevos medios pastorales de evangelización, con el consentimiento del Obispo, en 1917 pasó del seminario de Alba a la naciente Sociedad de San Pablo, como Maestro de los primeros muchachos. Solo Dios sabe lo que este cambio le costó, ya que, además de que el ambiente y la mentalidad del seminario eran muy distintos de los que se vivía en el grupo del P. Alberione, el obispo Mons. José Francisco Re le puso como condición la renuncia al sacerdocio, lo que él más anhelaba. Años después, el mismo Mons. Re lo ordenaría sacerdote, y sería formador de los primeros grupos de hijos e hijas del P. Alberione.

Efectivamente, amado, escuchado y reverenciado, dentro y fuera de la Familia Paulina, con bondad y dedicación ayudó a los primeros grupos a concretar su fisonomía. Fue el primer sacerdote y el primer Vicario general de la Familia Paulina.

En enero de 1926, por su gran amor al Papa, fue enviado a Roma para abrir e iniciar la primera casa filial de la Congregación, en la “Viña de San Pablo”, un terreno adquirido a los padres benedictinos de la basílica de San Pablo. En 1929 se instalaba la nueva tipografía. Por su experiencia y sus capacidades humanas, demostradas en la fundación romana, en 1936, volvió a Alba como superior de la casa Madre.

Colaborador fidelísimo del Fundador, se prodigó sin descanso por las congregaciones Paulinas, que él llevó en brazos en su nacimiento, encaminándolas a una profunda vida interior y a las respectivas formas de un apostolado moderno. Ofreció su vida para que fuera reconocida en la Iglesia la Congregación de las Pías Discípulas del Divino Maestro. El Señor aceptó su ofrecimiento.

En palabras del mismo Fundador, el beato Timoteo Giaccardo “fue el Maestro que a todos precedía con el ejemplo, que todo enseñaba, que a todos aconsejaba, que todo lo construía con su oración iluminada y cálida. Todo lo comprendía y a todos su alma se comunicaba; se hizo siempre todo para todos; el primero, considerándose como el último; sumamente sensible, dócil, delicado. Escribió, si se puede decir, en cada alma y se vertió a sí mismo en cada corazón de sacerdotes, discípulos, hijas, discípulas, pastorcitas, y de cuantos se acercaron a él por relaciones espirituales, sociales o económicas”.

Murió el 24 de enero de 1948, entonces conmemoración de san Timoteo y vigilia de la fiesta de la Conversión de San Pablo. José Giaccardo, había entrado en el mundo a la luz de la sonrisa de María, un lejano sábado de 1986, y en los brazos de María, también en sábado, agotado por tantas fatigas, consumido por la leucemia, dejó el mundo para subir al cielo.

Fue beatificado el 22 de octubre de 1989 por Juan Pablo II. Sus restos mortales, que estuvieron en la cripta del Santuario de María, Reina de los Apóstoles, en Roma, junto a la casa que él mismo fundó, fueron trasladados al templo de San Pablo, en Alba, cerca de Narzole, el pueblo que lo vio nacer, en el que goza de una gran devoción.

Características de su personalidad

Destinado a ser el atento guardián del patrimonio espiritual de la nueva Institución, el portavoz transparente de la mente del Fundador, era indispensable que llegase pronto a la formación integral, porque a él le correspondería a su vez la tarea de formar a otros. Efectivamente, mientras el Padre Alberione los ayudaba a despojarse de cierto rigor formalista adquirido en el seminario, se preocupaba por comunicarles y hacer crecer y madurar en ellos el Espíritu de la vocación paulina. La importancia de este esfuerzo se debía a la absoluta novedad de los rasgos del Instituto.

Su vida es un ejemplo actual de cómo es posible conciliar la más alta contemplación con la más intensa vida apostólica. En efecto, sus abundantes prácticas de devoción eran expresión de la profunda vida interior, de comunión con Dios que había alcanzado; este mismo espíritu es el que promovió en todos y en todas, en forma adecuada a las diferentes condiciones de situación y de edad. Pero al mismo tiempo, había comprendido la importancia de utilizar el más “rápidos y eficaces medios” para defender y divulgar la Palabra de Dios, y él mismo escribía para las revistas que se imprimían en Alba y en Roma (La Gazzetta d’Alba, Vita Pastorale, Unione Cooperatori Buona Stampa…), renovó poco a poco toda la maquinaria de la Casa Madre, organizó la propaganda, tratando de hacer entender el concepto del religioso escritor como evangelizador ordinario, el trabajo como técnica elevada a la dignidad de apostolado, y la difusión como siembra evangélica.

El beato Giaccardo, en su dimensión humana y espiritual, aparece no solo como modelo para sacerdotes y religiosos, sino para todos los fieles: como hombre de vida interior y como hombre de acción, por una esencial riqueza de valores de alcance moderno y universal, como la sinceridad y la autenticidad, la práctica heroica de las virtudes teologales y cardinales y de los consejos evangélicos, sobre las bases seguras de la verdad en la humildad, de la obediencia perfecta hasta la inmolación de sí mismo en ensimismamiento con Cristo. Se puede afirmar que el beato Giaccardo, por su personalidad rica, completa, puede ser guía para todos los componentes del pueblo de Dios.

Primero en Roma, después en Alba, y nuevamente en Roma como Vicario general, el Padre Timoteo Giaccardo «en la Familia Paulina fue siempre el corazón y el alma. Junto conmigo, todos le deben un inmenso reconocimiento, como también todos sabían que podían contar con su amor. Puede decirse que de hecho fue siempre Vicario. Ciertamente yo me fiaba más de él que de mí mismo, y me alegro de haber dado prueba de ello ante nuestros veneradísimos Superiores», dijo de él el Padre Alberione.

En efecto, como se lee en el Decreto de reconocimiento de la heroicidad de sus virtudes, «merece la pena subrayar la “misión especial” que el siervo de Dios desempeñó al lado del Fundador en la Familia Paulina sin medir jamás el sacrificio, ni calcular la fatiga, durante más de 30 años; incluso cuando el cumplimiento de su misión requería un alto grado de abnegación personal, de voluntad, de deseos, de gustos, y la aceptación de servicios humildes y escondidos. El padre Giaccardo compartió con el Padre Alberione toda la solicitud para el desarrollo de cada una de las Congregaciones en sus difíciles comienzos» (Decreto de reconocimiento de la heroicidad de sus virtudes, firmado por Juan Pablo II el 9 de abril de 1985). Escribía él: «Estoy contento de ser paulino, en esta casa, donde tú, María, has tenido la bondad de llamarme; quiero permanecer y llegar a ser santo a costa de cualquier sacrificio».

Lo mismo que ayer, hoy y siempre, el beato Giaccardo sigue ejerciendo su misión de «tomar y transmitir» sin ningún tipo de alteración, la herencia que Dios ha hecho pasar, a través del Padre Alberione, a todos los miembros de la Familia Paulina. Cuanto más vivo y presente permanezca él en el corazón de los miembros de esta Familia, más segura estará ella de interpretar el espíritu y el carisma del Fundador, y de vivir en plenitud la superabundante riqueza de gracia que Dios le ha dado en Cristo y en la Iglesia.

Algunas de sus actitudes virtuosas que pueden señalarse como ejemplos actuales de santidad paulina:

  • La docilidad y la obediencia del Padre Giaccardo a las palabras y a los deseos del Fundador ─«aun no comprendiendo todo»─ desde el primer momento, en la misión de dar vida y acompañar a las diversas Congregaciones e Institutos paulinos. «Me parece ver con claridad que se determina cada vez más este segundo ministerio: conservar, interpretar, hacer que penetre, hacer que pase y circule el espíritu y las directrices del Primer Maestro; y yo acepto con espíritu de humildad este ministerio, con ánimo dócil, afectuoso, sincero» (Diario). El beato Timoteo conoció, en la oración y en la meditación, que el camino de la santidad para él debía consistir en la práctica de la obediencia, en la que recorrió los tres grados de perfección descritos por san Ignacio que, en definitiva, no son más que los grados del amor en el que se consuma la santidad. (Cf. Eugenio Fornasari, Un Profeta obbediente. beato Timoteo Giaccardo, primo sacerdote paolino, Cinisello Balsamo 1989, p. 227).
  • La fidelidad y la comprensión de la dimensión sacerdotal de la nueva forma de evangelización realizada a través de los instrumentos de comunicación social: «La meditación de los documentos pontificios lo iluminaban sobre todas las necesidades de la Iglesia y sobre los medios modernos para el bien… Representaba bien al Señor: en el altar, en el confesionario, sobre el púlpito, en las conversaciones, en la enseñanza, en los recreos… en todo el conjunto de las tareas desempeñadas y en su vida privada… era el Alter Christus» (palabras del Padre Alberione al día siguiente de la muerte del Venerable). El beato Timoteo gastó para el Instituto todas sus energías hasta la última hora, en un heroico escondimiento y en una donación total, permaneciendo siempre en segundo lugar, siguiendo y transmitiendo el espíritu y las directrices del Fundador, con una fidelidad igual a la perfecta humildad y a la generosa y perfecta obediencia.
  • La capacidad de auténtico magisterio: fue en la Congregación un verdadero Maestro, sumamente consciente de su cometido de educador, abierto a las más modernas intuiciones pedagógicas sobre la formación de la personalidad, con un método suave y fuerte al mismo tiempo. «Era el maestro en la piedad… Fue maestro de apostolado. Él lo sentía, lo amaba, lo desarrollaba… Era un suscitador de energías, un soporte para los débiles, luz y sal en sentido evangélico. En las familias paulinas era como el corazón y el alma», dijo de él el Padre Alberione.

Escribió de él el Padre Alberione: «El Siervo de Dios Sac. José Timoteo Giaccardo –primer Vicario General de la Pía Sociedad de San Pablo– de conciencia delicadísima, inteligencia abierta, espíritu de sacrificio, estudioso y maestro de todos los temas sacerdotales, formador de muchas almas, modelo de toda virtud, fiel colaborador en el crecimiento de la Familia Paulina, piadoso, humilde, querido por todos, vivió de intimidad con el Divino Maestro Camino, y Verdad, y Vida». Y también: «Yo no tengo a nadie que comparta tan bien como él mis sentimientos, que se preocupe de ustedes con más sincero afecto… en la Familia Paulina fue cómo el corazón y el alma».

«El beato Giaccardo es el primer sacerdote paulino en realizar plenamente la previsión de nuestro Fundador –escribe don Renato Perino–; es el primer santo que nos ha precedido en los difíciles caminos y aún no indicados del apostolado moderno, demostrando cómo posible “salvar y salvarnos” en el servicio, aparentemente anónimo, de la Familia Paulina. De hecho, la santidad consiste precisamente en la mezcla de un espíritu (el espíritu paulino) y de una misión (nuestra misión específica), también en su capacidad de ser reclamo vocacional; consiste, en definitiva, en la capacidad de producir santos para el cielo y apóstoles para la Iglesia» (cf. San Paolo, junio de 1985).

Destacamos algunas frases tomadas de sus escritos:

«Jesús eucarístico, yo te amo. ¡Vivo para ti! No sería capaz de vivir sin tu presencia».

«La devoción a la Virgen es la clave de toda iniciativa, de todo progreso, de todo éxito po­sitivo, de la victoria sobre el demonio, de la santidad más hermosa y sublime».

«¿Tienen dudas? María es luz. ¿Están desconcertados? María es seguridad. ¿Están tristes? María es causa de alegría. Fíjense en ella y tendrán alegría y paz.

«Es imposible acercarse a san Pablo y no ser transformados. La devoción es, ante todo, conocimiento: las cartas de san Pablo revelan su espíritu».

«El apostolado de las ediciones debe ilu­minar todos los apostolados, debe darles vida, envolverlos, realizarlos por medio de sus apóstoles. Estos deben ser la gloria de Jesucristo, camino, verdad y vida, tal como él vive en la Iglesia».

La causa de canonización

El beato Timoteo Giaccardo muere en Roma, a causa de una leucemia, el 24 de enero de 1948. Por impulso del mismo Fundador, el beato Santiago Alberione, se abre el proceso de beatificación y canonización. El proceso ordinario informativo, en el Vicariato de Roma el 8 de junio de 1955; el proceso rogatorio, en Alba el 7 de junio de 1955.

El decreto Super revisione scriptorum se emana el 25 de enero de 1961. El 10 de diciembre de 1964 se obtiene la respuesta favorable para abrir el Proceso Apostólico, con decreto firmado por Pablo VI. Tras el Proceso apostólico, abierto en Roma el 20 de mayo de 1965 y en Alba el 22 de julio del mismo año, se emana el decreto sobre la validez de los procesos el 19 de diciembre de 1969.

La Positio super virtutibus, preparada en 1979, es examinada y discutida por los Consultores teólogos el 26 de febrero de 1985; y por la Congregación ordinaria de los Cardenales y Obispos el 16 de abril del mismo año. El Ponente es el cardenal Ciappi Maria Luigi.

Declarado Venerable el 9 de mayo de 1985, y reconocido el milagro de curación en favor de sor María Luciana Lazzarini, pía discípula, el 13 de mayo de 1989.

Es interesante la historia del milagro. A grandes rasgos, se trata de lo siguiente: la hermana Maria Luciana Lazzarini había llegado a Japón en 1952; a los dos meses enfermó de tuberculosis pulmonar y fue ingresada en el hospital, donde le aconsejaron regresar a Italia para curarse allí (en realidad para que muriese en su patria). La superiora, con las otras hermanas, decidieron no dejarla partir ─pues debía trabajar en la pastoral vocacional del país─, sino pedir con fe su curación por intercesión del entonces Siervo de Dios Timoteo Giaccardo.

La misma hermana Luciana cuenta que, obedeciendo a la Superiora, fue a la capilla y dijo:  “Jesús, nunca te he pedido que me cures, estaba contenta de sufrir por ti, por los  sacerdotes, por el desarrollo de las Pías Discípulas en Japón. Ahora me lo imponen por obediencia; así que si yo obedezco, obedece también tú: por intercesión del señor Maestro me debes curar”.

Pocos días después fue al hospital para hacerse las radiografías que debía llevar a Italia, aunque ella afirmaba que estaba bien, que estaba curada por intercesión del Siervo de Dios. Dos días después llegó la llamada del hospital diciendo que las radiografías no indicaban el mínimo rastro de mal en los pulmones.

La superiora de dijo: “Levántate, estás curada. Ve a la capilla a dar gracias a Dios”. La hermana Luciana cogió la estampa que tenía bajo la almohada y gritó emocionada: “!Gracias, señor Maestro, ahora Japón es mío dos veces!” El doctor, budista, testimonió años después que, no obstante los avances de la ciencia, no tenía ninguna explicación científica ni natural para el caso, y se hizo católico. Estuvo presente en la beatifición. La hermana Luciana murió en Sanfré, en abril de 2018, a los 89 años de edad.

Aprobada la curación inexplicable y milagrosa de la Hermana, el venerable Timoteo Giaccardo es proclamado Beato el 22 de octubre de 1989 por Juan Pablo II, en la Basílica de San Pedro.

Después de varias peripecias, la memoria del beato Timoteo ha quedado fijada el 19 de octubre, aniversario de su ordenación sacerdotal, como memoria obligatoria en todas las comunidades de la Familia Paulina y en algunas diócesis. En este momento se espera un signo del cielo, es decir, un milagro reconocido y aprobado por la Iglesia, atribuido a su intercesión, para proceder a su canonización.

Oraciones

Oración litúrgica

Dios Padre,

tú has guiado al beato Timoteo Giaccardo, presbítero,

en la vida y en el apostolado,

con la luz de tu Palabra y la fuerza de la Eucaristía.

Concédenos que, por su intercesión, en la Iglesia y en el mundo,

los instrumentos de la comunicación social,

sean utilizados rectamente para llevar al bien

y contribuyan con eficacia a la difusión del Evangelio en todas partes.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Para la canonización del beato Timoteo Giaccado

Santísima Trinidad,

que concediste al beato Timoteo Giaccardo

el don de vivir heroicamente el seguimiento de Cristo

con el espíritu del apóstol san Pablo,

bajo la mirada de María, Reina de los Apóstoles,

y lo quisiste unir al carisma del beato Santiago Alberione

como primer sacerdote y fidelísimo discípulo suyo,

te pido que lo glorifiques en la tierra

concediéndome la gracia que ahora te pido…

Y tú, beato Timoteo, acompaña mi humilde plegaria

con tu poderosa intercesión,

para que los instrumentos de comunicación social

promuevan siempre el bien

y contribuyan en dar a conocer, amar y seguir

a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos.

Amén.

Modelos de Santidad Paulina

San Pablo

Rasgos biográficos

Es un acto de osadía pretender encerrar en una charla de media hora a una personalidad como la de san Pablo. Más aún si esto se hace en la Familia Paulina, para la que el Apóstol es padre, maestro, inspirador, protector, y hasta fundador, según el deseo del beato Santiago Alberione.

Saulo nace entre el año 5 y el año 10 en Tarso de Cilicia (en la actual Turquía), capital de la provincia romana de Cilicia, al sur del Asia Menor. Una ciudad importante por su puerto, y por ser centro de cultura.

Es hijo de hebreos y descendiente de la tribu de Benjamín, como afirma él mismo. A los doce o trece años va a Jerusalén, para educarse a los pies del rabino Gamaliel​, adquiriendo un gran celo por la Torá (la Ley) mosaica (Flp 3,5-6; cf. Hch 26,4-5). Aprende un oficio: probablemente trabaja la lana de cabra o la fibra de lino para hacer esteras o tiendas (cf. Hch 20,33-35). Habla griego, hebreo y arameo.

Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, el primer contacto con los seguidores de Jesús lo tiene en Jerusalén, con el grupo judeo-helenístico de Esteban. En la primera persecución cristiana en Jerusalén, Saulo va por las sinagogas encarcelando a hombres y mujeres, y aprueba la lapidación de Esteban el protomártir. Puede tener unos 25 años.

Dirigiéndose a Damasco, en el camino vive una experiencia única, que él presenta como una “visión” (1Co 9,1), una “aparición” (1 Co 15,8) o una “revelación” de Jesucristo y su Evangelio (Ga 1,12-16; 1Co 2,10). Nunca la presenta como “conversión”. El relato aparece tres veces, que coinciden en lo esencial (Hch 9,3-7; 22,6-9; 26,13-18). El resultado de esta “experiencia” transforma su pensamiento y su comportamiento, permaneciendo toda su vida fiel a ella.

Después, Ananías le cura su ceguera imponiéndole las manos, y Saulo recibe el bautismo, permaneciendo en Damasco “unos días” (cf. Hch 9,19), y comienza ​su ministerio en Damasco y Arabia. Perseguido por el etnarca Aretas IV (años 38-39), huye a Jerusalén, y visita a Pedro y a Santiago (Ga 1,18-19). Bernabé lo lleva ante los apóstoles (Hch 9, 26-28) –puede ser entonces cuando le transmiten lo que, en sus cartas, dice haber recibido “por tradición” sobre Jesús (1Co 11,23; 1Co 15,3)–. Se ve obligado a huir de Jerusalén, escapando de los judíos de habla griega. Lo conducen a Cesarea, refugiándose en Tarso por algún tiempo.

Bernabé acude a Tarso y, junto con Saulo, van a Antioquía, que se convierte en el centro de los cristianos procedentes del paganismo. Es donde por primera vez se llama “cristianos” a los discípulos de Jesús. Después de un año evangelizando allí, Saulo es enviado a Jerusalén con ayudas para los discípulos que están sufriendo el hambre (Hch 11,25-30).

A partir del año 46 comienzan los tres grandes viajes misioneros de Saulo. Nace la Iglesia de los pueblos, de los paganos. Generalmente eran viajes a pie (2Co 11,26), por lo que su esfuerzo es inmenso. Pablo mismo describe lo que suponen estos viajes: caminos difíciles, peligros de muerte, de azotes, de lapidación, de naufragio… peligros de todo tipo: en la ciudad, en despoblado, en el mar, entre falsos hermanos; con trabajos y fatigas, noches sin dormir, hambre y sed, frío y desnudez. Y “aparte todo lo demás, la carga de cada día: la preocupación por todas las Iglesias…” (cf. 2Co 11,23-29). Lo cuestionan los gentiles por ser judío, y lo cuestionan los judíos, los “suyos”, que se sienten traicionados.

Realiza un cuarto viaje: a Roma, ya prisionero, enviado por el procurador Porcio Festo, ya que, por ser ciudadano romano, ha apelado al César. Allí vive un tiempo bajo custodia militar, que le permite, en alguna medida, continuar su actividad evangelizadora.​

Tradiciones posteriores hablan de una liberación que le habría permitido realizar su proyectado viaje a España. Después de un nuevo arresto y encarcelamiento en Roma, habría sido condenado a morir decapitado. Otros estudiosos concluyen la biografía del Apóstol con la narración de Lucas en los Hechos de los Apóstoles.

La tradición dice que su muerte habría coincidido con la de Pedro (año 64) o algo más tarde (año 67). Varios autores certifican que fue decapitado en Roma, en el lugar donde más tarde se levantaría la basílica de San Pablo Extramuros. Excavaciones realizadas en la Basílica han llevado a la convicción de que realmente puede ser la tumba del Apóstol.

Algunas características de san Pablo

La extraodinaria personalidad de san Pablo y su increíble actividad apostólica ha provocado innumerables estudios que, no obstante, no han agotado el pozo sin fondo que es la figura de Pablo de Tarso. Me limito a subrayar algunas características más sobresalientes del Apóstol.

En su catequesis del miércoles, el papa Benedicto XVI (27.8.2008), hablando de san Pablo, enumeraba tres características principales:

“La primera es ‘haber visto al Señor’ (cf. 1Co 9,1), es decir, haber tenido con él *un encuentro decisivo* para su vida… Pablo dice que es “apóstol por vocación” (Rm 1,1), es decir, “no de parte de hombres ni por mediación de ningún hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre” (Ga 1,1)…”. La segunda “es *‘haber sido enviado’*. El término griego “apóstolos” significa precisamente ‘enviado, mandado’, es decir, embaja-dor y portador de un mensaje… Por eso san Pablo se define ‘apóstol de Jesucristo’ (1Co 1,1; 2Co 1,1), o sea, delegado suyo, puesto totalmente a su servicio, hasta el punto de llamarse ‘siervo de Jesucristo’ (Rm 1,1)…”.

“El tercer requisito –continúa Benedicto XVI– es el ejercicio del *“anuncio del Evangelio”*, con la consiguiente fundación de Iglesias. El título de ‘apóstol’ no es y no puede ser honorífico; compromete concreta y dramáticamente toda la existencia de quien lo lleva”.

Otras características de san Pablo:

*Judío irreprensible*. Pablo es judío de nacimiento; se llama Saulo en honor del primer rey de Israel, Saúl. Desde joven estudia la Ley de Moisés, bajo la guía del gran maestro Gamaliel. Es un joven generoso y entregado. Probablemente destaca en las academias de Tarso y en las escuelas rabínicas de Jerusalén. Posee una inteligencia extraordinaria y gran capacidad para afrontar situaciones. Es un gran creyente.

*Perseguidor del cristianismo*. Por su ortodoxia profunda, aprendida en Jerusalén, Pablo ve en el nuevo movimiento cristiano una amenaza para la identidad judía. Eso lo convierte en perseguidor “de la Iglesia de Dios”, como admitirá en en sus cartas (1Co 15,9; Ga1,13; Flp 3,6). Su actitud es totalmente intolerante hacia la nueva “secta”. El encuentro de Damasco lo transformará por completo.

*Hombre de triple cultura.* Por nacimiento es judío; la tradición presenta a sus padres originarios de la Alta Galilea. Pablo se presenta en la frontera de tres culturas diferentes: romana, griega y judía. Quizá también eso lo predispone a la mediación entre culturas, a una verdadera universalidad.

*Apóstol de los gentiles.* San Pablo va primero a las sinagogas de los judíos, terminando casi siempre en fracaso. Aunque no sin dificultades, su palabra es mucho más eficaz entre los gentiles. Desde Antioquía, inicia con Bernabé sus viajes misioneros. En Chipre, abandona su nombre hebreo (Saulo) para adoptar el  latino “Paulus”, más oportuno para el desarrollo de la misión entre los gentiles. Con él, el mensaje de Jesús sale del marco judaico, palestiniano, para convertirse en universal.

*Evangelizador humilde.* Los esfuerzos y los éxitos no llevan a san Pablo a la vanagloria. Entiende y experimenta en su persona que la lógica humana no sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar instrumentos débiles, para que aparezca con evidencia que la obra es suya. San Pablo evoca su vocación, considerándose el menor de los apóstoles, indigno de ser llamado apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios (cf. 1Co 15,8-9).

*Modelo de trabajador.* San Pablo es un trabajador ejemplar, incluso humanamente, ganando el sustento para él y para sus acompañantes. Pero sobre todo es un trabajador incansable en el anuncio de Cristo, como él mismo admite:“Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Co 15,10). El P. Alberione lo recuerda: “Trabajo redentor, trabajo de apostolado, trabajo fatigoso… ¿No es esta la regla que san Pablo se impuso a sí mismo?” (AD 28).

*Pablo predicador.* Cuando llega a una ciudad, san Pablo reune a los cristianos en alguna casa, y comienza a predicar. Su fuego y ardor son incansables, puede hablar de Jesús horas y horas. Tíquico, un joven que lo escuchaba de madrugada sentado en una ventana; fue vencido por el sueño y cayó al vacío desde un segundo piso, y murió. Pablo invocó a Jesús y Tíquico volvió a la vida (Hch 20,7-12).

*Pablo escritor.* Como gran predicador, fue también un gran escritor. Pasaba por las comunidades predicando la Buena Noticia de Jesucristo, y luego, escribía cartas para mantener viva la llama de su enseñanza y ayudar a sus lectores a vivir la experiencia del Señor resucitado lleno de gloria, aunque a través de la cruz y del dolor. Escribe a las romanos, a los corintios, a los efesios, a los tesalonicenses, etc.

*Pablo viajero.* El amor de san Pablo por Jesús es tan vivo, que quiere llegar a todos los lugares conocidos para comunicar su mensaje y llevar a todos la fe en Cristo. Dice el P. Alberione que “San Pablo es un gran caminante” (AD 117). Según los estudiosos, en el primer viaje hizo unos 1.000 km., en el segundo, al menos 1.926, y en el tercero no menos de 1.700. Hay que añadir los viajes por Europa y por mar.

*Pablo da la vida por Jesús.* Escribe a Timoteo: “Estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe” (2Tm 4,6-7). Posiblemente en el año 68, Pablo es decapitado, sellando así su amor apasionado a Cristo, para encontrarse definitivamente con él.

San Pablo y la Familia Paulina

Según el Fundador, las múltiples instituciones de la Familia Paulina, con sus específicos modos de apostolado, deberán hacer revivir hoy al Apóstol de las gentes. ¿Qué haría hoy san Pablo? ¿Cómo demostraría su amor a Cristo en las actuales circunstancias? ¿Qué haría si tuviera que anunciarlo a los hombres de nuestro tiempo?

El P. Alberione explica el origen de su devoción a san Pablo: “La admiración y devoción brotaron especialmente del estudio y meditación de la Carta a los Romanos. Desde entonces su personalidad y santidad, su corazón e intimidad con Jesús, su obra en dogmática y moral, la huella dejada en la organización de la Iglesia y su celo por todos los pueblos, fueron tema de meditación. Vio en Pablo verdaderamente al Apóstol; por consiguiente, todo apóstol y todo apostolado podían inspirarse en él. A san Pablo está consagrada toda la Familia Paulina” (AD, 64).

Desde entonces el P. Alberione se hizo su más ardiente discípulo e imitador en los tiempos modernos*, y la Familia por él fundada debería inspirarse en san Pablo; más aún, debería ser “San Pablo vivo hoy”.

Buscando el mejor guía hacia la plenitud del misterio de Cristo y el modelo ideal para el nuevo apostolado, el beato Santiago Alberione descubrió a san Pablo como quien mejor representaba el ideal de lo que él quería para su institución: “Se buscaba un santo que sobresaliera en santidad y que al mismo tiempo fuese ejemplo de apostolado. San Pablo fundió en sí mismo santidad y apostolado” (SdC 379).

San Pablo *está en el origen* de la Familia Paulina: “La Familia Paulina fue suscitada por san Pablo para continuar su obra; es san Pablo vivo, pero que hoy se compone de muchos miembros. No elegimos nosotros a san Pablo, sino que fue él quien nos eligió y nos llamó. Quiere que hagamos lo que él haría, si viviese hoy” (Pr SP, 291).

Es modelo del conocimiento de Cristo: “Jesús verdad actúa en su mente y le confiere la fe, Jesús camino actúa en su voluntad y la conforma con la de Dios, y Jesús vida actúa en su sentimiento y le infunde la vida sobrenatural. Y si el cristiano secunda este injerto, podrá decir: vivit vero in me Christus. Es la gran enseñanza de san Pablo” (UPS II, 149).

Y debe inspirar también la *auténtica santidad paulina*: “El santo no es un hombre consumido, una media conciencia incapaz de asumir su responsabilidad… Para san Pablo la santidad equivale a madurez plena del hombre…, al hombre perfecto (cf. Ef 4,13; 2Tim 3,17)… La santidad es vida, movimiento, nobleza, efervescencia…” (SdM, 26-27).

Y es modelo de apostolado: “Si san Pablo viviera, continuaría ardiendo en aquella doble llama de un mismo fuego: el celo por Dios y por su Cristo (cf. 2Co 5,14), y por los hombres de cualquier pueblo. Y para que le oyeran subiría a los púlpitos más elevados (cf. Flp 1,18) y multiplicaría su palabra con los medios del progreso actual” (CISP 1152).

También en la redacción: “Su modo de escribir es personalísimo, verdadero espejo de un alma destinada a dominar, ardiente, altiva, segura de la verdad, afectuosa como una madre (cf. 1Tes 2,7; Gál 4,19) y fuerte como un padre (cf. 1Tes 1,12; Ga 1,8-9; 1Co 5,3-5)” (CISP 614).

“Ediciones con espíritu paulino…, que después de haber indicado lo que es esencial –“vivir en Cristo”– añade a los Filipenses: ‘Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito ténganlo en cuenta’ (Flp 4,7.8.9)” (AD 70).

Y descubre el secreto de la grandeza de san Pablo: “La razón hay que buscarla en su vida interior. Ahí está el secreto” (PrSP, pp. 261). E insiste: “Todo el secreto de la grandeza de san Pablo está en la vida interior” (PrSP, pp. 262-263).

Naturalmente, “los hijos deben parecerse al padre. Todos los amigos de san Pablo deben mirarle a él y conocer su espíritu” (PrSP, pp. 260-261). San Pablo marca el ADN del paulino: “El paulino ha recibido un código personal del Apóstol, que es para él padre y maestro: ‘El amor es paciente, servicial, no tiene envidia…’ (cfr. 1Co 13)” (UPS III p. 30).

“San Pablo es nuestro padre: de él hemos de asumir el espíritu, la mentalidad, el amor a Jesucristo y a los hombres” (SP p. 93). Por tanto, el empeño de todo paulino o paulina debe ser este: “Imitar las virtudes de san Pablo, que fue el verdadero homo Dei (hombre de Dios): un hombre excepcionalmente colmado de gracia, al que se le confiaron de modo especial las cosas de Dios, (cf. 2Co 3,6; 6,4; 1Co 4,2) un hombre particularmente ligado a Dios, que pudo decir: “su bondad para conmigo no fue inútil (1Co 15,10)” (CISP 602).

Para conseguir ese parecido, el P. Alberione sugiere un camino: leer sus Cartas: “Cuanto más se leen y se profundizan las Cartas de san Pablo y su vida tanto más se ama y se entra en el verdadero camino de la santidad y en el verdadero espíritu del apostolado” (PrSP, pp. 260-261).

Toda la vida paulina debe tener como referencia a san Pablo: “La Familia Paulina aspira a vivir integralmente el evangelio de Jesucristo, camino, verdad y vida, en el espíritu de san Pablo, bajo la mirada de la Reina de los Apóstoles…  El espíritu de san Pablo brota de su vida, de sus cartas, de su apostolado. Él está siempre vivo en la dogmática, en la moral, en el culto y en la organización de la Iglesia” (AD 93-94).

Por su apostolado específico, hay una adaptación para las Pastorcitas: Cristo Pastor, María Madre del buen Pastor y san Pedro junto a san Pablo. Pero para todos, el espíritu paulino es el espíritu de Cristo como lo vivió y lo predicó san Pablo. En definitiva, “Todos han de considerar a san Pablo apóstol como único padre, maestro, modelo y fundador. Porque lo es de hecho. Por él nació [la Familia Paulina], por él fue alimentada, él la hizo crecer y de él asumió su espíritu” (AD 2).

Conclusión

San Pablo es modelo de vida de fe y de apostolado: su apostolado es fruto de su experiencia de Cristo. Todo apóstol tiene que vivir una experiencia de fe integral para poder comunicarla mediante el apostolado.

La Familia Paulina tiene una única espiritualidad, con apostolados convergentes, en un único proyecto: dar a Cristo integral a todas las personas con todos los medios. De este modo el Fundador amplía a toda la Familia Paulina el empeño de “ser san Pablo vivo hoy”. La Familia Paulina debe ser san Pablo vivo hoy, según la mente del Maestro divino; obrando bajo la mirada y con la gracia de María Reina de los Apóstoles” (CISPp. 147).

Así, san Pablo caracteriza totalmente a la Familia Paulina: el modo de vivir la experiencia de Cristo, los contenidos y métodos apostólicos, con aspectos convergentes para anunciar a todos al Cristo integral. La personalidad de san Pablo, en su unidad entre amor a Dios y amor al prójimo, contemplación y acción, espiritualidad y mision, ayuda a comprender el fundamento carismático: Cristo camino, verdad y vida.

Ser Paulinos y Paulinas no es un bonito nombre: es un proyecto de fe, personal y misionera. Es necesario asimilar de san Pablo tanto “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21) y “no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20), como “¡ay de mí si no anuncio el evangelio!” (1Co 9,16) o “me he hecho todo para todos” (1Co 9,22).

En resumen: si queremos asumir de veras la herencia del Fundador que quiere a la Familia Paulina “san Pablo vivo hoy”, hemos de concentrarnos en san Pablo, apropiándonos de las dos dimensiones complementarias de su vida: su modo de vivir la experiencia de Cristo y el estilo de predicarlo a los demás.

San José

Pbro. José Antonio Pérez, ssp
Algunos rasgos biográficos

Los datos que los Evangelios nos dan sobre la vida de san José son bastante escasos, pues se atienen a lo esencial. Conocemos otros elementos a través de los Evangelios apócrifos y de las tradiciones, más o menos fiables.

José nació probablemente en Belén; su padre se llamaba Jacob (Mt 1,16); parece que era el tercero de seis hermanos. La tradición nos transmite la figura de José como un joven de talento y con un temperamento humilde, dócil y devoto. Era un artesano (carpintero, herrero) que vivía en Nazaret.

Cuenta una tradición que, cuando tenía unos treinta años, fue convocado por los sacerdotes al templo, con otros solteros de la tribu de David, para tomar esposa. Los sacerdotes dieron a cada uno de ellos una rama: María de Nazaret se casaría con aquel cuya rama brotase. “Brotará un renuevo del tronco de Jesse, y de su raíz florecerá un vástago” (Is 11,1). La rama de José floreció y así fue reconocido como destinado para ser esposo de la Virgen María.

Cuando María tenía unos 14 años, se la dieron por esposa a José; ella siguió viviendo en la casa de su familia de Nazaret por un año, hasta el momento de la entrada en la casa del esposo. Fue en este tiempo cuando María recibió el anuncio del ángel y aceptó la propuesta de ser madre de Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

María puso a José en una situación muy difícil, que él no lograba explicar. Muy inquieto, luchó contra la angustia de la sospecha y, como era “justo” pensó hasta en dejarla y huir en secreto (cf. Mt 1,18) para no condenarla en público, pues si María era considerada adúltera la ley la condenaba a ser lapidada junto con su hijo, fruto del pecado (cf. Lv 20,10; Dt 22,22-24).

José estaba a punto de actuar así cuando un ángel se le apareció en sueños y disipó sus temores: “José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Todos sus miedos desaparecieron y José preparó la acogida de María en su casa.

En tanto, un edicto de César Augusto, obligó a José y María a ir a Belén, donde María tuvo que dar a luz a su hijo en un establo (cf. Lc 2,7). Algunos pastores, avisados por ángeles, acudieron para ver al Niño(cf. Lc 2,16).

La ley de Moisés prescribía que la mujer, después del parto, permaneciera 40 días apartada si había dado a luz un niño y 80 días si era una niña. Después tenía que presentarse al templo para purificarse legalmente y hacer un ofrecimiento, que para los pobres se limitaba a dos tórtolas o dos pichones. Si el niño era primogénito, según la Ley, pertenecía a Dios. José y María fueron al Templo para ofrecer a su primogénito al Señor. Allí encontraron al anciano Simeón, que anunció a María: “una espada te traspasará el alma” (Lc 2,35).

Llegaron unos magos de oriente (cf. Mt 2,2) que buscaban al recién nacido, Rey de los Judíos. Al oírlo, Herodes se inquietó mucho y trató de saber dónde estaba el Niño para hacerlo desaparecer. Los Magos hallaron al niño, lo adoraron, le ofrecieron sus regalos y, para no encontrarse con Herodes, regresaron a su País por otro camino.

Cuando ellos partieron, un ángel se le apareció de nuevo a José y lo exhortó a huir: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2,13). José se levantó, aquella misma noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto (cf. Mt 2,14), un viaje de nada menos que unos 500 Km. La mayor parte del camino fue por el desierto, invadido de serpientes y con peligros de bandidos. Tuvieron que vivir la triste experiencia de ser prófugos, lejos de su tierra, porque así se cumplía lo que había dicho el Señor por medio del Profeta (Os 11,1): “De Egipto llamé a mi hijo” (cf. Mt 2,13-15).

Después de la muerte de Herodes, el ángel se apareció de nuevo en sueños a José y le dijo: “Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño” (Mt 2,20). José se levantó, tomó al niño y a su madre, y volvieron a la tierra de Israel. Pero al enterarse de que en Judea gobernaba Arquelao en lugar de su padre Herodes, José tuvo miedo. Gracias a un nuevo aviso recibido en sueños, fue a Nazaret. Así se cumplía la profecía: “se llamaría nazareno” (cf. Mt 2,19-23).

José y María iban a Jerusalén todos los años por la fiesta de Pascua. Cuando Jesús tuvo doce años lo llevaron con ellos. Pasados los días de la fiesta, emprendieron el camino de regreso creyendo que el pequeño estaba en la comitiva. Pero cuando se dieron cuenta de que no era así, lo buscaron afanosamente y, después de tres días, lo hallaron de nuevo en el templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Se emocionaron al verlo. Su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados” (cf. Lc 2,41-48).

Según la tradición, José, María y Jesús pasaron otros veinte años de trabajo y de sacrificio. José estuvo siempre cerca de su esposa y de su hijo adoptivo, desvelándose por ellos, y murió poco antes de que Jesús empezara la predicación. No presenció su pasión y muerte en el Gólgota; tal vez no hubiera podido soportar el atroz dolor de la crucifixión de su Hijo tan amado.

Algunas características de san José

De san José se podrían decir infinidad de cosas. Por ejemplo, que fue el hombre del silencio (el Evangelio no nos transmite ni una sola palabra suya); que fue el hombre de fe y de obediencia rápida a la voluntad de Dios; el esposo fiel y el padre de familia totalmente entregado a ella; el educador privilegiado, que tuvo a sus cuidados al Hijo de Dios; el servidor fiel que proveyó con infinita diligencia para mantener a su esposa y su hijo… etc.

Nos conformamos con la síntesis de algunos aspectos que el cardenal Gianfranco Ravasi, eminente biblista, escribió hace un año por estas fechas, en un artículo titulado “San José, el ‘desobediente’ que cuidó de Jesús”. –naturalmente, “desobediente” a las leyes de su tiempo, para responder a la voluntad de Dios–.

Comienza constatando la escasez de datos que el Evangelio ofrece de san José, lo que ha provocado abundante literatura apócrifa –muy conocido es el Protoevangelio de Santiago–. Esto no impide que se pueda descubrir una figura de José interesante también para el hombre de hoy. Son Mateo y Lucas los que hablan de José, el “artesano” –suele decirse “carpintero”, pero el término original significa más bien el artesano que trabaja la madera o la pie-dra–. De él aprendería Jesús el oficio, que lo convirtió en “el hijo del artesano”. Gracias a este trabajo, la Sagrada Familia podía llevar una vida digna.

Después hace algunas observaciones muy interesantes sobre san José. Mateo presenta un retrato exquisito del Santo, que pensó incluso en librarse de una historia que lo superaba, despidiendo a María en secreto; pero al fin asumió toda su responsabilidad hacia ella y hacia el Niño que había de nacer, entregándose en cuerpo y alma a la realización del plan de Dios.

La familia de José.El evangelio habla de los “hermanos y hermanas” de Jesús. Algunos piensan que podrían ser hijos de un anterior matrimonio de José; más bien hay que entenderlo, según el lenguaje del tiempo, no como hermanos de sangre, sino como parientes cercanos, primos, por ejemplo.

La “justicia” –que equivale a decir “santidad”– de san José consiste sobre todo en la disponibilidad a cumplir fielmente y con alegría la voluntad de Dios. Por obediencia, se entrega a realizar un proyecto que lo trasciende. Su justicia no consiste en la observancia escrupulosa de los mandamientos, sino en la búsqueda integral de la voluntad de Dios. Ciertamente, todo esto está envuelto en el misterio al que solo puede accederse por la fe, y José destaca precisamente por la fe, que le merece el título de “hombre justo”.

En el evangelio de Mateo, cada vez que entra en escena la persona de san José, se des cubren tres aspectos que se entrelazan: es el hombre de los sueños, el obediente que acoge íntegramente la voluntad de Dios, que sabe cuidar de veras de las personas que se le han encomendado. Todo esto retrata a un hombre que ha descubierto el amor de Dios a la humanidad y ha experimentado la seriedad de su decisión de ser el “Enmanuel”. De esta convicción nace la fuerza para cuidar y acoger consigo a María y al Niño.

Protege y cuida a Jesús, también en el peligro. Cuando el ángel le manda refugiarse en Egipto para evitar la amenaza de Herodes, “se levantó, de noche, tomó al Niño y a su madre, y huyó a Egipto”. La “noche” indica la prontitud de la obediencia de José, que, como padre de Jesús, lo protege y le abre caminos. José cuida al Niño cuando todo va bien, y también cuando es “de noche”, cuando llegan las dificultades, las dudas y el miedo. Mientras recuerda el día, cuando ha vivido en obediencia a Dios, sabe moverse también en la noche, sin echarse atrás, sin buscar comodidades o seguridades. Toma consigo a María y al Niño, siendo para ellos símbolo concreto, palpable, del Padre bueno que cuida de todos, como lo presentará Jesús más adelante.

No es un detentor del poder. El Evangelio de Lucas, que presenta con claridad la maternidad virginal de María en el paso de la anunciación, no dice nada de José ante este acontecimiento. Más adelante, con ocasión del viaje a Belén, se ve cómo José se ha hecho cargo de la situación. Los relatos siguientes presentan a José al lado de María como esposo solidario, unido a ella en todo momento: desde el nacimiento del Niño a la circuncisión, a la presentación al templo o el encuentro de Jesús entre los doctores. La presencia de José junto a María muestra la realidad de una pareja muy unida, totalmente volcada en la construcción de una familia en torno a la voluntad de Dios y a la obediencia a su ley. José es un auténtico cabeza de familia, que no quiere ser detentor de poder, sino ayuda para que la familia que se le ha confiado pueda realizar bien su vocación. Lucas no duda en llamar a José por dos veces “padre de Jesús”.

Los últimos relatos del evangelio que se refieren a san José, son los del encuentro de Jesús en el templo de Jerusalén y el regreso a la vida normal de Nazaret. En el primer momento, José se ve implicado en una inesperada “crisis familiar”, cuando María advierte que Jesús adolescente no está en la caravana que está regresando a Galilea. Es una crisis familiar muy grave, que una vez resuelta, permite a los miembros salir de ella más maduros. Por una parte, Jesús se separa de sus padres; por otra, ellos, aun siendo José y María, no han contado todavía con esa separación… No es una situación fácil –tres días de angustiosa búsqueda– hasta que encuentran a Jesús en el templo.

Luego, la narración de Lucas llama la atención sobre los años ocultos de Jesús en Nazaret, donde vive sometido a sus padres. Aquí Jesús recibe una educación en la que José seguramente tiene un papel importante: aprendizaje del oficio, introducción al conocimiento de la Torá, encomendada al padre, celebración de las fiestas, acompañamiento a la sinagoga los sábados, enseñándole las costumbres del judío observante… Ahí desaparece la figura evangélica de José, que no aparece ya en la vida pública de Jesús.

De ello, la tradición deduce la muerte de José rodeado de los suyos, especialmente de María y Jesús. Por eso se convierte en la figura espiritual del protector del moribundo cristiano, que afronta el paso con todos las ayudas de la fe. Confirma esta atención a la figura de san José –concretamente a su enfermedad y muerte– un escrito apócrifo cristiano del siglo V, conocido como “Historia de José el carpintero”.

San José en la vida del P. Santiago Alberione

Para comprender mejor el sentido de la presencia de san José en la Familia Paulina, conviene considerar antes el lugar que ocupó en la vida del Fundador.

Con ocasión del 40 aniversario de la Fundación de la Sociedad de San Pablo (1914-1954), el Fundador entregó unos folios manuscritos donde ofrecía un relato esencial, “una acción de gracias a Dios –son sus palabras– por las abundantes riquezas de gracia que Dios ha concedido a la Familia Paulina”. Estos escritos se publicaron tiempo después con el título Abundantes divitiae gratiae suae (Ef 2,7), como el beato Santiago Alberione los había titulado.

Pues en el número 204, cerrando su relato, el Fundador da gracias a Dios por haber pertenecido a varias organizaciones y grupos católicos, entre ellos, el “Tránsito de san José”. Esta serie de “inscripciones” podría hacer pensar en un “devocionismo” del Fundador. Nada más lejano de la realidad: él era capaz de pasar del acto devocional a la experiencia de Dios que actúa interior y exteriormente, a través de mediaciones que él elige; para él eran instrumentos que le ayudaban a llegar al objetivo principal que era la vida de relación con Cristo, a “vivir en Cristo”. El joven sacerdote Santiago Alberione se inscribió, pues, a la “Pía Unión del Tránsito de san José”, fundada por san Luis Guanella (1842-1915), el 16 de junio de 1917; todos los inscritos se comprometen a celebrar una Misa al año por los moribundos, en un día fijado.

El beato Santiago Alberione demostró en muchas ocasiones y de muchos modos su devoción a san José, incluso eligiendo el nombre de José cuando emitió su primera profesión religiosa en la Sociedad de San Pablo. Predicó mucho sobre él y quiso que se predicase y se escribiese mucho sobre él. A él le dedicó casas, altares, imágenes… Por ejemplo, uno de los altares de la iglesia de San Pablo de Alba, quiso que estuviese dedicado a san José.

Crecido en un clima de devoción popular a san José, el Fundador enseñó siempre a sus hijos a cultivar y a profundizar cada vez más esta devoción. Para ello, introdujo en sus instituciones la costumbre de dedicar al santo Patriarca el mes de marzo, y el primer miércoles de cada mes, con el fin de promover entre los miembros el conocimiento, la reflexión y la oración a san José.

San José en la Familia Paulina

La gran devoción del Fundador al esposo de María y padre adoptivo de Jesús, quiso extenderla a sus seguidores. Testigos de los comienzos aseguran que se encomendaban a san José para que les proveyera de lo necesario, como había hecho con Jesús y María en su vida terrena. Los seguidores del P. Alberione en aquellos años vivían en una situación de máxima pobreza, pero felices de trabajar por la extensión del Evangelio.

Testigos de aquel tiempo aseguran que, desde el comienzo, en las paredes de la casa de Roma, en la vía Ostiense, colgaba un cuadro que representaba el tránsito de san José, asistido por Jesús y María; el cuadro pasó luego al pequeño despacho del beato Timoteo Giaccardo, primer sacerdote y primer Vicario general de la Congregación, también muy devoto de san José, cuyo nombre llevaba en primer lugar –además de Domingo, Vicente, y Antonio–.

La devoción a san José, especialmente bajo el título del “Tránsito” era muy viva, el Santo formaba parte de su vida ordinaria. “San José, patrono de la Iglesia universal, protector de las familias cristianas y de los agonizantes, es protector especial de nuestra Casa –así llamaban a la Institución–; todos los días experimentamos su bondad, sus cuidados y su providencia… Se ha colocado en la capilla el cuadro que representa el ‘tránsito’, porque con este título se venera especialmente en casa. Mucho esperamos de él” (Cooperatore Paolino, marzo de 1922).

En una meditación a las Hijas de San Pablo (1947), se expresaba así el Fundador: “Dedicamos el primer miércoles del mes a san José por estos dos fines: 1° rezar por los moribundos y obtener para nosotros una santa muerte; 2° para invocar la protección de san José sobre toda la Iglesia. El Crucificado es el gran modelo, consuelo y esperanza de los moribundos. La Virgen, con su bienaventurado tránsito y san José, muerto en los brazos de Jesús y María, son los dos grandes modelos de la buena muerte… San José vele sobre la Iglesia como libró de Herodes la vida amenazada de Jesús”.

Mientras tanto, la devoción al Santo se sentía y vivía intensamente en el ambiente paulino. Y sucedían cosas increíbles. Cuentan que un día había llegado la hora del almuerzo y nadie llamaba a los jóvenes para comer. La explicación es muy sencilla: no había comida y tampoco dinero para comprarla. El P. Timoteo Giaccardo, que era el Superior, había escrito una nota y la había escondido detrás del cuadro de san José. De pronto se presentó un señor con un sobre para entregar al Superior: su contenido era la cantidad de dinero que ordinariamente gastaban para comer.

Otra anécdota curiosa y extraordinaria, que demuestra la gran devoción del P. Alberione a san José: el Fundador necesitaba en Roma unos terrenos para realizar sus proyectos. Ante la resistencia de los propietarios a venderlos, encomendó la situación a san José, “sembrando” algunas medallas del Santo en los terrenos deseados. Poco tiempo después, los propietarios cambiaron de opinión y condescendieron a vender sus propiedades sin problemas.

Es cierto que el centro de la espiritualidad y de la vida paulina lo ocupan Jesucristo Divino Maestro, María Reina de los Apóstoles y san Pablo, apóstol; pero también san José tiene una presencia muy cercana. Protegió la vida de Jesús cuando se veía amenazada, y también protege en los Paulinos a toda la Iglesia. Fueron José y María quienes crearon la escuela de Nazaret, donde “Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52). Hoy, la escuela de Nazaret funciona en el proceso de “cristificación” de cada uno de los miembros de la Familia Paulina y de todo cristiano.

A la protección especial de san José, y al ejemplo de este fidelísimo colaborador de Dios en la obra de la redención encomendó el Fundador de manera especial a sus religiosos laicos de la Sociedad de San Pablo, a los que denominó “Discípulos del Divino Maestro”. San José es para los Discípulos el modelo de la colaboración en el único apostolado paulino, que comparten con los sacerdotes. La misión es única; las tareas son diversas y distintas, pero única es la obra, único el anuncio.

Los Discípulos del Divino Maestro deben imitar a san José ante todo en el espíritu de cooperación en la obra de la redención: “El Discípulo está pensado como san José: es decir, junto al sacerdote: en formación, en la cooperación, en el apostolado. La cooperación junto al sacerdote mediante la oración es la más importante, ante todo para su santificación, de la que todo ministro tiene gran necesidad” (Carissimi in San Paolo, p. 370). Deben imitarlo, además, en las virtudes, especialmente la docilidad, el silencio y la humildad. Todo esto no es obstáculo para su competencia profesional, sus capacidades y dotes especiales: se trata de un estilo de vida, de una manera de ser, un camino de santidad, como el de san José (cf. Id, p. 347).

Otro aspecto muy importante de la imitación es la “reparación”, que san José aprendió de Jesús: “Jesús es el Reparador… Y ahí está el Discípulo que, por su misión reparadora se integra en la misión misma de Cristo Reparador, Redentor… El Discípulo repara de tres formas: con su vida, con su vida de oración, y con su apostolado” (Id, p. 370).

Si los Discípulos del Divino Maestro consideran a san José su modelo, los miembros del Instituto “Santa Familia” lo honran como ejemplo de hombre justo, de esposo fiel y padre de familia ejemplar, además de protector providente de todas las familias. “Santa Familia” es un instituto de vida secular consagrada, destinado a cónyuges cristianos, que hacen la profesión de los votos tradicionales, de acuerdo con su condición de casados. Nacido del corazón del beato Santiago Alberione, comenzó su andadura solo después de la muerte del Fundador. Cultivan una entrañable devoción a san José.

Pensamiento del beato Santiago Alberione sobre san José

Hasta la década de los 50, en la Familia Paulina la devoción a san José se alimentaba con las oraciones tradicionales, especialmente “A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación…”, de León XIII y la “Coronita de los imposibles”, de san Alfonso. En febrero de 1953, el P. Alberione compuso una nueva “Coronita”, dedicando todo un boletín “San Paolo” para explicar su contenido y su significado.

El 15 de febrero de 1953, el P. Alberione entregó el texto de una “Coronita a san José” en la que, con los títulos tradicionales de san José, se evocan valores más actuales y dinámicos de su misión de “colaborador de Dios”. Siguiendo el esquema de los tradicionales siete “dolores y gozos” de san José, incorpora la peculiar intuición carismática del Fundador, que permite descubrir una visión viva y actual de san José, y constatar que la devoción que propone el beato Santiago Alberione no tiene nada de “devocionismo”, sino que expresa su profunda experiencia de san José y la visión que del santo Patriarca quería dejar a la Iglesia, y especialmente a sus hijos e hijas.

Para introducirnos en la doctrina del beato Santiago Alberione sobre san José podemos acercarnos precisamente a esa “Coronita”, pues en ella se compendia bien toda la espiritualidad del Fundador con respecto al Santo. Se encuentra en el libro de “Oraciones de la Familia Paulina”.

En la presentación que hacía en febrero de 1953, el beato Santiago Alberione ponía unas premisas, en las que hablaba de la “dignidad” de san José por ser cabeza de la Sagrada Familia, partícipe de la paternidad del Padre con respecto al Hijo, y ensalzaba su santidad, superior a la de cualquier otro santo, exceptuando a la Virgen María. Cita a santa Teresa de Jesús: “No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido”.

  1. En el primer punto de la Coronita, se considera a san José como “fiel colaborador en nuestra redención”. Él es el hombre de la escucha y de la respuesta rápida y concreta, que permite que el plan de Dios pueda realizarse, tal como él lo había proyectado. Por su docilidad a la voluntad del Padre, Dios lo eligió como colaborador a la hora de “disponer todo lo necesario para el nacimiento, la infancia de Jesús, y la preparación de la víctima, del sacerdote y del Maestro divino en beneficio de los hombres”. Para ello, san José tuvo que superar la tentación de la duda, o la de negarse a colaborar con el increíble proyecto de Dios. Podemos imaginar su gran fe en algunos momentos clave de su misión de “colaborador en nuestra redención”. “María y José, en su respectiva condición, fueron los primeros y principales cooperadores de la redención. Prepararon para la humanidad al Maestro divino, al Sacerdote eterno, a la Hostia de propiciación” (San Paolo, febrero de 1943, p. 10).

A san José, “siempre dócil a la voluntad de Dios”, le pedimos que interceda por nosotros para que consigamos “un celo auténtico en la búsqueda y formación de las vocaciones” y “una generosa y constante correspondencia al precioso don de la llamada divina”. Que seamos capaces de acoger la presencia de Dios en nuestra vida, venciendo el miedo a lo desconocido y siendo abiertos, dóciles, con generosidad y constancia, a la voluntad de Dios, hasta llegar a la santidad como proyecto de vida.

  • En el segundo punto de la Coronita se invoca a san José como “modelo de toda virtud”. San José es el “hombre justo”: ejemplo de creyente, de hombre virtuoso, fiel, “honesto” en el sentido más pleno de la palabra: en relación con Dios y en relación con los hombres, en el ámbito individual y en el social.

Su primera contribución al plan de Dios fue la de asumir la paternidad terrena de Jesús, con todo lo que eso significaba. Gracias a él, el Hijo de Dios, nacido virginalmente de María, adquirió ciudadanía legal y religiosa en la descendencia de Abrahán y de David. Fue padre de Jesús, asumiendo plenamente su responsabilidad como tal, en el plano humano, espiritual, moral y pedagógico, hacia el hijo de María. Lo amó y lo trató como a un hijo: lo educó, lo alimentó, lo protegió, le enseñó un oficio y lo encaminó en la vida. Gracias a esta relación espiritual única con Cristo, José aprendió también a vivir la más íntima y profunda experiencia de Dios y de comunión con su voluntad; es decir, la más sublime santidad.

Todo ello lo vivió san José en un clima de interioridad, de silencio activo, alcanzando así un grado de santidad único. Le pedimos que nos ayude a revestirnos de su mismo espíritu, que lleguemos a tener su misma vida interior, que consigamos crecer en la fe, la esperanza y la caridad, en las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, y en abundancia de los dones del Espíritu Santo: sabiduría. Inteligencia, ciencia, consejo, piedad, fortaleza y temor de Dios.

Concluye el Fundador: “Pidamos a san José la vida interior, la propia santificación en el silencio, en la intimidad con Jesús y María, en el cumplimiento de los deberes cotidianos, en el ejercicio de las virtudes individuales y domésticas. Luego pidamos el espíritu de apostolado, la cooperación con Jesucristo y la Iglesia en la salvación del mundo” (San Paolo, febrero de 1943, pp. 10-11).

  • El tercer punto de la Coronita se fija en san José como “modelo de los trabajadores”. Entre los valores que el Fundador heredó del pontificado del papa León XIII, está la teología del trabajo y la devoción a san José, a quien más tarde Pío XII propondría como patrono de los obreros.

El P. Alberione atribuyó al trabajo un valor extraordinario. Escribiendo de sí en tercera persona, afirma: “Él da gracias al Señor por ser de familia profundamente cristiana, campesina, muy trabajadora; bajo este aspecto era proverbial entre sus conocidos y vecinos… Meditó el gran misterio de la vida laboriosa de Jesús en Nazaret. ¡Un Dios que redime el mundo con las virtudes domésticas y con un duro trabajo hasta la edad de treinta años! Trabajo redentor, trabajo de apostolado, trabajo fatigoso…” (Abundantes divitiae gratiae suae, nn. 124-128).

Participando en el concilio Vaticano II, el P. Alberione gozó al constatar que en la asamblea conciliar se daban a la doctrina sobre el trabajo argumentos y motivaciones que él había esbozado años antes en el libro “Catecismo Social” (1950) y en el folleto “El trabajo en las familias paulinas” (1954).

San José fue “el artesano de Nazaret y maestro de trabajo del Hijo de Dios”: solidario con los pobres, con los marginados, con los emigrantes y con todos los que sufren, porque él mismo experimentó toda clase de necesidades, y fue capaz de superarlas con su esfuerzo personal y con su fe en la Providencia. Por eso, a él, imagen terrena de la paternidad de Dios, podemos encomendarle las grandes causas sociales, una legislación inspirada en el Evangelio y en el amor cristiano y todas las cuestiones laborales y sindicales, un nuevo orden económico y social, “según la justicia y la paz” (Cfr. San Paolo, febrero de 1943, págs. 11-12).

  • En el cuarto punto se bendice al Señor por san José, “padre adoptivo de Jesús”. Se presenta como ejemplo de comunicación profunda, serena y eficaz con Dios y con su Hijo, en todas las circunstancias de la vida, como esposo y padre, en un clima familiar lleno de amor, de confianza, de santa complicidad y emulación con María y con Jesús, en increíble intimidad con él. Escuchaba a Dios y le respondía inmediatamente, con pasión creativa, no con palabras –el evangelio no nos transmite ni una sola palabra de san José–, sino con acciones oportunas.

Escribe el P. Alberione presentando la Coronita: “La vida íntima de san José con Jesús fue para él una fuente continua de gracia, virtud, bien y consuelo. Gran pena en el nacimiento de Jesús en una cueva, en extrema pobreza, encima de un poco de paja, en un pesebre; pero gran alegría al escuchar los cantos de los ángeles y ver la adoración de los pastores, al postrarse ante el Niño celestial, al abrir todo su corazón en un amor nuevo al mundo. Gran pena pensando en el odio de Herodes al Mesías recién nacido, huyendo a Egipto, viendo las penurias del Niño y de María en tierra extranjera; pero gran consuelo al compartir íntimamente y sufrir con ellos. Dolor y alegría en el regreso a Palestina, en la llegada de los Magos, en la presentación de Jesús en el templo, en la vida privada de Nazaret, al perderlo y al encontrarlo en el templo” (San Paolo, febrero de 1943, p. 12).

Se pide a san José la gracia de no perder a Jesús a causa del pecado; de celebrar dignamente los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación; de conseguir un amor tierno y fuerte a Jesús, y una profunda intimidad con él en la tierra, para poseerlo para siempre en el cielo. Y concluye encomendándole a él la gracia que en ese momento se lleva en el corazón.

5. En el quinto punto, se considera a san José “esposo purísimo de María”. José fue verdadero esposo de María: unido a ella por un amor auténtico, profundo y exclusivo, realizó el ideal de todo matrimonio, que es la comunión, la “unanimidad” (o sea, tener “un solo corazón y una sola alma”) y la “oblatividad” de un amor en su nivel más sublime, que va más allá del sexo, para consagrarse al servicio de un hijo “nacido no de sangre ni de deseo de carne, sino de Dios” (cfr. Jn 1,13).

Después de Jesús, quien más amó a la santísima Virgen fue san José. Vivían en comunión de trabajo y de oración. Escribe el beato Santiago Alberione: “Por un altísimo designio de la Providencia y por invitación del ángel, José asoció su vida a la de María. Fue un verdadero esposo y custodio de la Virgen y de su honor; él la alimentó, fue su compañero en las penas y en los consuelos, humilde servidor y confidente, fiel imitador y apoyo en las circunstancias y acontecimientos de la infancia y la adolescencia de Jesús… Hay que conocer, imitar, amar, rezar, predicar a María: según la voluntad divina, según la enseñanza de la Iglesia, en el espíritu de veneración de san José” (San Paolo, febrero de 1943, pp. 12-13).

Para concluir, se pide la gracia de la devoción a la Virgen María: conocerla, imitarla y dirigirse cada vez más a ella en la oración, y atraer a muchos a su maternal corazón.

  • En el sexto punto, se invoca a san José como “protector de los agonizantes”. Beneficiario de la asistencia de Jesús y María, san José es el patrono de la “buena muerte”, en el sentido más consolador de “tránsito”, de “paso a la verdadera vida”. En él podemos recuperar la visión cristiana de la enfermedad y de la vejez, la inspiración de actitudes más humanas y cristianas por parte del personal sanitario y, sobre todo, una visión serena de la muerte, asistida por la piedad de los familiares.

Escribe el Fundador, presentando la Coronita en 1943: “Entre los miembros de la Iglesia en dificultad y extrema necesidad están los moribundos. Es en el momento de la muerte cuando el diablo, que odia las almas, hace los mayores esfuerzos para ganárselas. Presunción o desesperación, negligencia o malicia, muerte repentina o largas enfermedades, dificultades extremas o gravedad del mal: todo puede ser utilizado por el enemigo de Jesús y del hombre para la condenación eterna. Para una muerte serena es necesaria una vida buena…, disposiciones de fe, esperanza, caridad, dolor de pecados; recibir posiblemente a tiempo los santos sacramentos… Todas estas cosas han de pedirse a san José: su vida fue santísima, realizó todos los designios y deseos divinos sobre él, en su tránsito fue asistido por Jesús y María” (San Paolo, febrero de 1943, págs. 13).

Se pide a san José la gracia de imitarlo en la vida, apartando el corazón de lo mundano, para estar mejor preparados para el momento de la muerte. Y que, con María, inspiren en aquel momento sentimientos de fe, esperanza, caridad y arrepentimiento por los pecados, para obtener una muerte santa.

  • En el séptimo punto se considera a san José como “protector de la Iglesia universal”. Perfecto cabeza de familia, san José es el ideal de toda autoridad, ejercida como servicio: en la Iglesia, en la sociedad civil y en el núcleo familiar. Él sigue salvaguardando los bienes supremos de la humanidad: la vida y la paz fraterna, siempre amenazados por los pequeños Herodes de todos los tiempos. Pío IX lo eligió como patrono de la Iglesia universal. Y son innumerables las gracias obtenidas por su intercesión.

Presentando la “Coronita”, el P. Alberione escribía: “San José es protector de la Iglesia universal: es decir, no de una sola categoría de cristianos, sino de todos; no solo del clero o de los religiosos; no solo de los jóvenes o de los cabezas de familia; no solo para obtener ciencia para los intelectuales o de pureza para las vírgenes; no solo para la curación de los enfermos o la protección de los moribundos. Ejemplo de castidad, de fe, de humildad, de trabajo, de paciencia, de justicia para todos… es el protector de todos. Él es un intercesor para todas las gracias. Es modelo de toda virtud” (San Paolo, febrero de 1943, pp. 13-14).

Se invoca la protección de san José sobre toda la Iglesia: el papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos, todos los cristianos: todos están llamados a la santidad. La oración concluye pidiendo que se cumpla el deseo de Jesús de que haya “un solo rebaño y un solo Pastor” y que san José nos obtenga el don de la fortaleza para poder llegar a gozar de la Iglesia triunfante.

San Gregorio Magno

Pbro. José Antonio Pérez, ssp
Datos biográficos

Gregorio nace en Roma, alrededor del año 540, en una familia de patricios romanos, distinguida por nobleza y por su apego a la fe cristiana. Sus padres, Gordiano y Silvia –venerados como santos el 3 de noviembre–, junto con dos tías paternas vírgenes consagradas, le transmiten los valores evangélicos, también con el ejemplo de su vida. Pronto lo destinan a la carrera política, que es la de su padre.

En Roma se está extendiendo la fama de Benito de Nursia, monje y fundador de una nueva Regla. Gregorio lo admira, y expresa el deseo de ser monje. Pero para que no se vaya, sus parientes y amigos consiguen que el emperador Justino II lo nombre, siendo todavía muy joven, praefectus urbis Romae (prefecto de la ciudad de Roma), el cargo más importante después del de exarca. Esta experiencia lo lleva a madurar su conocimiento de la ciudad y sus problemas. Impresionado por la triste situación y por las miserias de Roma y de Italia, descubre la inconsistencia de las cosas terrenas.

La vida que lleva no le satisface y, después de dejar todos los cargos civiles, se retira a su casa, transformandola en monasterio –de San Andrés, en el monte Celio, una de las siete colinas de Roma–. Es un período feliz, de recogimiento en Dios, de entrega a la oración, de serena inmersión en el estudio. Adquiere un conocimiento profundo de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia, que después utilizará en sus obras.

Pocos años después, a la muerte de su padre, entrega su inmenso patrimonio a los pobres y a la Iglesia, y funda seis monasterios en sus tierras de Sicilia, además del de san Andrés, donde el mismo Gregorio viste el hábito benedictino, llegando a ser abad.

Sin embargo, por su fuerte personalidad y por su práctica en la política, preciosa en esos tiempos convulsos, el papa Benedicto I decide sacarlo de su soledad nombrándolo, en el año 577, diaconus regionarius; el año siguiente Pelagio II lo nombra diácono y lo envía como nuncio apostólico a Constantinopla, para pedir ayuda contra los Longobardos. Allí permanece seis años –del 579 al 585–, ganándose el aprecio de la familia imperial y del mismo emperador Mauricio; adquirere una rica experiencia política y humana. Además de cumplir con las tareas diplomáticas, él sigue viviendo como monje, con otros religiosos.

De regreso a Roma, vuelve al Celio. Pero pocos años después, a la muerte de Pelagio II el 7 de febrero de 590, con la aclamación entusiasta del pueblo, del clero y del senado, a pesar de su resistencia, Gregorio es elegido como su sucesor, consagrado el 3 de septiembre del año 590. Sostenido por su gran fe, desempeñará el cargo hasta su muerte.

Gregorio ejerce su pontificado con energía, tanto en cuestiones sociales y políticas como dentro de la Iglesia, con la reforma de la Curia romana, donde muchos se guían por intereses no genuinos. Su pontificado no es nada fácil. En los catorce años que dura, tiene que afrontar graves problemas: la peste, la carestía, inundaciones que provocan víctimas y daños, la expansión lombarda y el sitio de Roma –el año 593–, el cisma y los pleitos con Bizancio… Gregorio exhorta a la oración y a la penitencia.

En el año 596 envía al monje Agustín (más tarde obispo de Canterbury) con cuarenta monjes a evangelizar Inglaterra. Autoriza el culto de los hebreos y supera el cisma del norte de Italia. A él se le debe el título Servus servorum Dei (servidor de los siervos de Dios), que se convierte en oficial de los futuros pontífices; apoya la conversión de Teodolinda; reorganiza la institución monástica y asegura una mayor autonomía jurídica para los monasterios; organiza una colaboración más estrecha con los obispos y con los reyes francos,

Además, afronta por propia iniciativa otros problemas, como la pacificación de la península, y la unificación católica de Occidente, mediante una ambiciosa obra de evangelización y contactos con los pueblos convertidos. Se dedica a socorrer a los pobres del pueblo con ayudas materiales y con su alto magisterio; y ante la impotencia de la autoridad imperial, organiza la defensa de Italia central, e impulsa en España la acción de Recaredo I, rey visigodo convertido al catolicismo.

Las relaciones con el emperador Mauricio no siempre son cordiales, pero el mayor enfrentamiento tiene lugar en el año 595, cuando el patriarca de Constantinopla Juan IV Nesteutes se proclama a sí mismo “Patriarca Ecuménico”, declarándose de igual autoridad que el Papa. Ante las protestas de Gregorio, el patriarca busca el apoyo del Emperador, quien escribe al Papa pidiéndole que ponga fin a la cuestión, pues la Iglesia necesita la paz y no controversias religiosas. Gregorio responde alabando al Emperador por su deseo de devolver la paz a la Iglesia, pero precisando que el responsable de la disputa es el Patriarca, que ha usurpado un título que no le corresponde. De hecho, los patriarcas de Constantinopla nunca han abandonado ese título.

El papa Gregorio, llamado “Magno”, es decir, “el Grande”, muere en Roma el 12 de marzo del año 604, después de sufrir varios años de gota, y recibe sepultura en la Basílica de San Pedro. Hace el número 64 de los obispos de Roma. La Iglesia católica lo venera como santo y doctor de la Iglesia el día 3 de septiembre (el día de su consagración) o –en la misa tridentina y en el rito bizantino– el 12 de marzo. Lo veneran también como santo las Iglesias ortodoxas.

Algunas características de san Gregorio Magno

Espíritu de monje, actividad intensa. San Gregorio Magno es una persona de gran sensibilidad y excepcional equilibrio para vivir las exigencias místicas del monje, junto con el respeto y la simpatía hacia la humanidad que sufre. Lo muestra su obra literaria, de estilo sencillo, humilde, a menudo elocuente. No duda en enfrentarse con los poderosos, como demuestran sus Epístolas, dirigidas a diversos destinatarios,

Pastor según el corazón de Dios. Gregorio Magno muestra su preocupación por la formación de los pastores de almas, sobre todo en la Regla pastoral –escrita en el año 591–. La dedica a Juan de Constantinopla, con quien se justifica de su duda en asumir el cargo de obispo de Roma; muestra lo arduo que es el oficio de pastor y las reglas de vida que debe seguir; describe el tipo ideal del obispo, que ha de ser siempre un médico de almas y saber dirigirse a los hombres de las diversas clases sociales, teniendo presente su propia debilidad para no caer en una excesiva confianza en sí mismo. La obra ejerció gran influencia y fue considerada como texto de las reglas episcopales.

Papa renovador. En la cátedra de san Pedro, Gregorio reorganiza la administración pontificia y se preocupa de la Curia romana, donde muchos eclesiásticos y laicos tienen intereses muy alejados de los espirituales y caritativos: por eso da varias responsabilidades a los monjes benedictinos; reforma las actividades eclesiásticas en varias diócesis, establece que los bienes de la Iglesia se utilicen con honestidad, con justicia y misericordia, para su mantenimiento y para la evangelización.

Influencia en la vida política y social. Junto a la acción espiritual y pastoral, el papa Gregorio trabaja también en otros aspectos importantes. Para lograr la paz en Roma y en Italia, negocia duramente con el rey lombardo Agilulfo. Con los bienes que posee compra y distribuye cereales, ayuda a los necesitados, paga rescates por los prisioneros de los Longobardos. Además, lleva a cabo una reorganización administrativa, para que los bienes de la Iglesia se gestionen rectamente, según las reglas de la justicia y la misericordia.

Maestro de espiritualidad. Demuestran esta dimensión de san Gregorio sobre todo las Homilías sobre los evangelios y sobre Ezequiel, homilías pronunciadas en Roma en los años 590-593, cuando todo parece derrumbarse. En Moralia lleva a cabo una exégesis del libro de Job, presentándolo como figura del Redentor; en su mujer ve simbolizada la vida carnal, y en sus amigos, a los herejes, orientando siempre la interpretación hacia las lecciones morales y teológicas.

Escritor notable. San Gregorio Magno es el cuarto de los doctores de la Iglesia –después de san Ambrosiosan Agustín y san Jerónimo–. Su obra literaria constituye una incomparable fuente de meditación y de luz espiritual sobre todo para el Occidente. Escribe casi 850 cartas, muchas dirigidas a los herejes y cismáticos –maniqueos y donatistas–, varias obras exegéticas, como las Homilías sobre los Evangelios y sobre Ezequiel; son importantes su comentario del libro de Job –35 libros–, y un comentario de los ocho primeros versículos del cantar de los Cantares. Es notable la Regla pastoral, que traza la figura del obispo ideal. Probablemente su obra más conocida son los Diálogos, que intentan demostrar que la santidad es posible y presenta a varios santos y santas de su tiempo. Son importantes también el Sacramentarium Gregorianum, con la reforma del canon de la misa y el Liber Pontificalis, que durante siglos regula la actividad de los papas.

Relaciones ecuménicas. Son importantes las relaciones que san Gregorio cultivó con los Patriarcas de Antioquía, de Alejandría y hasta de Constantinopla. Se preocupó de reconocer y respetar los derechos de todos, evitando cualquier tipo de interferencia que limitase su legítima autonomía. Se opuso al título “ecuménico” que adoptó el Patriarca de Constantinopla, no para limitar o negar su legítima autoridad, sino porque le preocupaba la unidad de la Iglesia universal, y porque estaba convencido de que un obispo debe ser humilde y huír de los grandes títulos. Gregorio reacciona asumiendo el título de Servus Servorum Dei, que desde entonces mantienen los papas de Roma.

La liturgia y la música de la Iglesia. El papa Gregorio reorganizó a fondo la liturgia romana, ordenando las fuentes anteriores y componiendo nuevos textos. Promovió el canto típicamente litúrgico –que de él tomó el nombre de “gregoriano”, apreciado todavía hoy. A él se atribuye también la compilación del Antifonario gregoriano, gran colección de cantos de la Iglesia romana, aunque muchos se remontan al siglo IX, por lo que no se sabe si en realidad él mismo compuso alguno.

Relación con la Familia Paulina

Curiosamente san Gregorio Magno está en el calendario propio de la Familia Paulina. El motivo aparente es muy sencillo: como hemos visto, la memoria de este papa se celebra en el calendario litúrgico el día 3 de septiembre. En la Familia Paulina, el día 3 es la fiesta o memoria de la Virgen María, madre del buen Pastor. La Congregacióna del Culto, al aprobar el “Calendario litúrgico” propio, para que no quedara suprimida la memoria de san Gregorio, la pasó para nosotros al 4 de septiembre.

Podríamos decir que todo esto es providencial, porque san Gregorio Magno, junto con san Bernardo, se considera “padrino” de la Familia Paulina. Efectivamente, cuando el 12 de marzo de 1927 mons. José Francisco Re firmó el decreto de erección y aprobación de la Sociedad de San Pablo, en el calendario litúrgico se celebraba ese día –el día de su muerte– la memoria del santo Papa. Y el P. Alberione juzgó importante su recuerdo, tanto que quiso que su estatua estuviera –junto con la de san Bernardo, cuya memoria es el día 20 de agosto, fecha de nacimiento de la Familia Paulina– en la columna derecha de las dos que flanquean la “Gloria” de la primera iglesia paulina, dedicada a san Pablo, en Alba.

En las charlas dirigidas a los primeros Paulinos llegados de todo el mundo para el mes de ejercicios espirituales en Ariccia, en abril de 1960, el Fundador aludió algunas veces a san Gregorio Magno, sobre todo hablando de la pastoralidad. Recordando que Pío XII afirma que “el sacerdote debe ser, como dice san Pablo, perfectus homo Dei ad omne opus bonum instructus [perfecto hombre de Dios preparado para toda buena obra: 2Tm 3,17].“Él pone el Instituto [Pontificio de Pastoral] bajo la protección de María, Regina Apostolorum, de san Gregorio Magno y de san Pío X” Ut perfectus sit homo Dei I, n. 423 p. 179). Un poco más adelante dice que algunos realizan una pastoral indirecta, aunque “más necesaria, más amplia, más sublime”. Y dice: “Aquí entra el apostolado de las ediciones de manera directa, complementaria, necesaria, amplia, fatigosa. ¡Todos pastores! Incluso en el sentido de la Regula Pastoralis de san Gregorio Magno” (UPS In. 427, pp. 182).

A las Hijas de San Pablo les pone el ejemplo de san Gregorio, “llamado el grande por la multiplicidad e importancia de sus obras y fue uno de los más grandes Padres que ha tenido la Iglesia… Hizo de la Sagrada Escritura su principal estudio y escribió importantes libros sobre ella”. Lo presenta también como maestro de teología pastoral (cf. FSP 1933, p. 174).

A las Pías Discípulas del Divino Maestro, les habla de la ley natural, y les dice que en el momento de la muerte, “quien no ha vivido bien, se siente agitado, con dolor, y quisiera retrasar lo máximo posible el paso a la eternidad, sí; mientras que quien esté preparado, de gloria retributionis ilarescit, dice san Gregorio Magno. Se alegra porque el premio está próximo” (Alle Pie Discepole 1956, p. 206).

A las Hermanas Pastorcitas les cita muchas veces san Gregorio; les dice, por ejemplo, que “la teología pastoral enseña cómo hacer el bien, cómo aplicar la teología dogmática, moral, ascética y mística. Es la teología de Jesús Buen Pastor, es la de ustedes. Él no vino a imprimir ni a dar libros, fue al pueblo…, escribió la Regla Pastoral” (Prediche alle Suore Pastorelle 1948, III grises, p 208). Les dice también: “Por ejemplo, san Gregorio Magno es el primer maestro de pastoral. San Juan Crisóstomo, maestro de pastoral. Otros han escrito y otros han trabajado más, como el santo Cura de Ars: no escribió, sino que obró” (Alle Suore di Gesù Buon Pastore 1963, XIII rojos, p. 207).

No he encontrado ninguna cita dirigida a las Hermanas Apostolinas. Tal vez porque su memoria no era ya como en años anteriores, o porque su pensamiento estaba ya bien formado y no necesitaba recurrir a otros…

Repasando los libros de la Opera Omnia, encontramos diseminadas varias citas del santo. Veamos solamente algunas:

En Apostolato dell’Edizione, dice que desde el principio se usó la escritura para divulgar la fe y, en algún caso, hasta para gobernar la Iglesia. “San León Magno, san Gregorio Magno y posteriormente todos los Sumos Pontífices, utilizando este medio, enriquecieron a la Iglesia con constituciones pontificias, rescriptos, bulas, breves y especialmente cartas apostólicas” (p. 127). Cita de nuevo a san Gregorio hablando de la prensa formativa: “La Sagrada Escritura –afirma san Gregorio Magno– aparece a los ojos de nuestra mente casi como un espejo, para ver en él nuestra imagen espiritual. Así, en él descubrimos la fealdad de nuestros pecados y la belleza de nuestras buenas obras. Se nos indica lo lejos que estamos todavía de la perfección” (p 160).

En Apostolato stampa, escribe que, siguiendo el ejemplo de san Pedro, los papas han escrito mucho desde el principio; y cita a varios de ellos: desde san Clemente, san Marcelo, san Sotero, etc. hasta san Gregorio Magno y san León Magno, y la gran serie de encíclicas y otros escritos posteriores (cf. p. 11). E invita a leer y difundir las obras de los santos Padres “entre los que se prefieren los más insignes: san Jerónimo, san Agustín, san Juan Crisóstomo, san Ambrosio, san Gregorio Magno, etc.” (p. 66); y la deferencia que debe darse en la biblioteca parroquial a los “libros de los Santos Padres” (p. 80).

En el libro Breves meditaciones para cada día del año, hablando de la fe, dice que “la Iglesia pone ante nosotros el ejemplo de los grandes doctores: san Gregorio Magno, san Agustín, santo Tomás… Ellos son los verdaderos maestros, modelos y protectores en este estudio de Dios y de las cosas divinas. Es útil leer la vida y las obras; sobre todo es útil invocarlos en las dificultades” (vol. I p. 240).

En Leggete le Sacre Scritture, afirma: “san Gregorio Magno define la Teologia Pastoral: Ars artium, regimen animarum: es decir, el arte de salvar las almas. Es el arte de apacentar bien las almas y llevarlas al cielo”. Y dice que para escribir un buen tratado de Teología Pastoral, basra comentar el Evangelio. “De hecho –dice–, es lo que hizo san Gregorio Magno en sus Reglas Pastorales, que no es más que un comentario, una explicación de algunos capítulos de los libros del Nuevo Testamento” (p. 94).

En el libro Maria nostra Speranza, hablando de la pobreza, dice que san Gregorio Magno afirma: “Los pobres vuelan y apenas tocan la tierra; mantienen el corazón desprendido de lo que pasa y esperan su fin bienaventurado en el Cielo, según el ejemplo de Jesucristo; adquieren el verdadero, infinito, eterno Bien, Dios” (p. 207).

En el libro Maria Regina degli Apostoli, dice que es muy útil recordar lo que afirma san Gregorio Magno: “No es una gran cosa dejarlo todo; es una gran cosa dejarnos a nosotros mismos” (p. 236).

En la serie de meditaciones recogidas en Per un rinnovamento spirituale dice que la pasión predominante es como una pluma: “entregada a san Francisco de Sales, a santo Tomás de Aquino, a san Gregorio Magno, fue el gran medio para hacer un bien inmenso en manos de los Doctores; pero, puesta en manos de Voltaire, por ejemplo, un enemigo de la Iglesia y de Jesús, esta pluma será un instrumento que mata almas, que ensancha el camino al infierno” p. 237).

Finalmente, en el boletín San Paolo san Gregorio Magno se cita varias veces. Entre los santos importantes para la Familia Paulina presenta a san Gregorio Magno para la pastoral (SP 1955, p. 6). En el Año paulino se habla del altar dedicado a san Pablo; y se dice que la figura dominante del Apóstol está enmarcada por las figuras de diez santos, entre ellos san Gregorio Magno. Y hablando de la Biblia se recoge el pensamiento de san Gregorio Magno: “Procura, por favor, estudiar diariamente las palabras de tu Creador. Aprende a conocer el Corazón de Dios en la Palabra de Dios” (SP 1963, p. 3).

Conclusiones

Aunque su pontificado vivió uno de los períodos políticos más complicados de la historia italiana, san Gregorio mantuvo siempre una fe inquebrantable en la fuerza del cristianismo; es una de las figuras más brillantes de la Edad Media europea, desempeñó su ministerio, a pesar de su enfermedad, apoyado en una gran energía moral.

Es nuestro deber invocar la protección de san Gregorio Magno. Como leemos en la introducción del Misal de la Familia Paulina, en este papa se descubren en grado eminente todas las cualidades del gobernante: el sentido del deber, de la mesura y de la dignidad. En él se admira “la sagacidad, la justicia, la mansedumbre, la capacidad de iniciativa, la tolerancia” (escribe Harnack), es “el modelo perfecto de cómo se gobierna la Iglesia”, como decía Bossuet.

Físicamente no era un coloso y su salud fue siempre precaria. Y sin embargo, es increíble su actividad, en los 14 años escasos que duró su pontificado: organizó la defensa de Roma, amenazada por Agilulfo; administró la “cosa pública” con escrupulosa equidad, supliendo la incuria de los funcionarios imperiales; se preocupó de los acueductos; favoreció el asentamiento de los colonos eliminando todo resto de servidumbre de la gleba; promovió la misión en Inglaterra.

Mirando más allá de los confines de la cristiandad, sabía cuidar las pequeños detalles de la vida cotidiana: poco antes de morir mandó al obispo de Chiusi una capa para el invierno. Las cartas y las homilías dirigidas al pueblo documentan ampliamente su múltiple actividad. En todas partes dejó su impronta. También fue muy vasta su actividad como escritor: un ejemplo para nosotros. El considerarlo “padrino” de la Familia Paulina es un título de honor, pero nos obliga a considerarlo como uno de nuestros padres en la fe y en la vocación.

Oración
  1. Oración de san Gregorio Magno

“¡Salve, Señor nuestro Jesús! Palabra del Padre, Hijo de la Virgen, Cordero de Dios, Salud del mundo, Hostia sagrada, Fuente de piedad.

¡Salve, Señor nuestro Jesús! Alabanza de los Ángeles, Gloria de los Santos, Visión de paz, Dios verdadero, Hombre verdadero, Flor y Fruto de la Virgen Madre.

¡Salve, Señor nuestro Jesús!  Esplendor del Padre, Príncipe de la paz, Puerta del Cielo, Pan Vivo, Nacido de la Virgen, Vaso de la Divinidad.

¡Salve, Señor nuestro Jesús! Luz del Cielo, Precio del mundo, nuestro Gozo, Pan de los Ángeles, Alegría del corazón, Rey y Esposo de la virginidad.

¡Salve, Señor nuestro Jesús!  Camino suave, nuestro Precio, Caridad suprema, Fuente de amor, Dulzura de paz, verdadero Descanso, Vida perenne.

¡Ten piedad de nosotros! Amén” (p. 325).

Oración litúrgica

Oh, Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo diriges con amor, por intercesión del papa san Gregorio Magno concede el espíritu de sabiduría a quienes confiaste la misión de gobernar, para que el progreso de los fieles sea el gozo eterno de los pastores. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Damos paso a la segunda parte de nuestro forochat.

Quien desee, puede enviar su retroalimentación con algún comentario, impresión, opinión o experiencia.

San Agustín

Algunos rasgos biográficos

Agustín nace el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste, una antigua ciudad del norte de África, en Numidia, una de las provincias del Imperio romano, donde gran parte de sus habitantes son nómadas beréberes del desierto. Parece que en la familia de Agustín están bastante romanizados, incluso hablan latín.

Su padre, Patricio, es pagano, pequeño terrateniente y empleado municipal. Su madre, Mónica, es cristiana, una mujer muy virtuo­sa. Agustín hace sus estudios básicos en Tagaste, con un maestro muy severo,  que le deja un recuerdo más bien amargo. Mónica enseña a su hijo los principios básicos de la religión cristiana. Patricio ve que su hijo es inteligen­te y, haciendo un esfuerzo económico, lo envía a estudiar gramática a Madaura. La Eneida le deja una huella imborrable.

En el año 370, un bienhechor le costea en Cartago los estudios de elocuen­tia (retóri­ca, filoso­fía, derecho, estética…) con algunos _rhetores_ –que eran maestros de elocuencia–, para llegar a serlo también él. Es el momento de su gran crisis. De pequeño se había inscrito en el catecume­nado de la Iglesia católica en Tagaste y está a punto de recibir el bautismo. Pero ahora, en la gran ciudad, se siente libre, deseoso de verdad y de amor.

A los diecinueve años despierta su espíritu de especulación y se dedica al estudio de la filosofía. En el ambiente corrompido del bajo Imperio, Agustín se deja arrastrar al pecado y al error. Conoce a una mujer con la que convive y tiene un hijo, Adeodato, “el hijo del pecado”.

Agustín destaca por su carrera brillante y por su elocuencia. Sus primeros triunfos como profesor de retórica en Tagaste, y luego en Madaura y Cartago, lo enorgullecen; en Cartago se especializa en gramática y en retórica, y desarrolla una gran afición al teatro. Le gustan los halagos y la fama. Sigue dejándose llevar por su espíritu sensual, pero no abandona los estudios, sobre todo los de filosofía. Buscando la verdad, Agustín pasa de una escuela filosófica a otra sin encontrar una respuesta convincente a sus inquietudes. Por fin, abraza el maniqueísmo, creyendo encontrar en él un modelo de vida. Más tarde lo abandonará, decepcionado.

Viendo cómo Agustín se aparta del camino cristiano, Mónica, con gran dolor se entrega a la oración. Las lágrimas derramadas por su hijo la han hecho famosa. Años después, el mismo Agustín, en sus Confesiones, se llamará a sí mismo “el hijo de las lágrimas” de su madre.

El año 383, en medio de una gran frustración personal, decide ir a Roma que, a pesar de su decadencia, sigue siendo la capital del Imperio. Su madre quiere acompañarlo, pero –como cuenta él mismo–, la engaña diciendo que va a despedir a un amigo al puerto. A los treinta años, gracias a su amigo y protector Símacoprefecto de Roma, gana la cátedra de elocuencia y es nombrado magister rhetoricae en Mediolanum –la actual Milán–, residencia del emperador. Como maniqueo y orador imperial, rivaliza con el obispo Ambrosio. Es la última etapa antes de su conversión.

Porque ahí  lo espera Dios. Asiste como catecúmeno a las celebraciones del obispo Ambrosio, gran figura de la Iglesia católica de entonces, también neoplatónico, filosófi­camente hablando, aunque la fuente de su sabiduría es la Escritura.

En el año 385 pronuncia los panegíricos del cónsul Bautón y del emperador Valentiniano II. Pero su alma está vacía: el maniqueísmo no le ha resuelto nada, sino todo lo contrario. ¿Dónde hallar la verdad? Vive entre el orgullo y la desesperación. Conoce a los neoplató­nicos, lee las cartas de Pablo de Tarso. A través de él, descubre a Jesucristo. Decide romper con el maniqueísmo, considerarándolo simplista y pasivo ante el problema del bien y el mal, y el año 385 se convierte al cristianismo. Su madre Mónica estalla de alegría ante la conversión del “hijo de sus lágri­mas” y se encarga de buscarle un matrimonio adecuado a su estado social, y de dirigirlo al bautismo. Pero Agustín elige la vida ascética.

En el año 386 con Mónica, que le ha seguido a Milán, junto con su hijo Adeodato, con su hermano Navigio y con un grupo de amigos, entre ellos Alipio “el hermano de su corazón”, discípulo y compañero fiel de toda la vida, se instala en Casiciaco, en una quinta que le regala un rico amigo de Milán. Deja su cátedra de elocuencia, deja de ser “vendedor de palabras” –dice él (Conf. IX, 3,4.13)– y se retira para meditar, dialogar, y madurar en la fe y en la verdad. Así nacen los Solilo­quios. En la cuaresma del 387 vuelven a Milán para hacer el catecumenado de preparación al bautismo, que reciben en la vigilia pascual, de manos del obispo Ambrosio, Agustín, Adeodato y Alipio. Son días de alegría para todos.

Agustín quiere volver a Tagaste para dedicarse allí a la vida recogida de oración y estudio. En Ostia, pocos días antes de embarcarse para África, muere su madre Mónica. Agustín deja el acta emocionada de ese momento. El año 388 llega a Cartago, y después, definitivamente, a Tagaste, donde muere su hijo Adeodato, a los dieciocho años.

Reparte sus pocos bienes a los pobres, y crea un monasterio donde vive con sus amigos. No se rigen por normas estrictas: los une la amistad con Agustín, que está al frente. Se admiten hasta no bautizados, pero deseosos de verdad y de bien. Se cultiva la caridad. Los que deciden ser “siervos del Señor”, se comprometen a vivir en continencia y reparten sus bienes a los pobres. Se vive una vida sobria y común. Esta experiencia le servirá de inspiración para la famosa Regla.

A pesar de que busca la soledad, la fama de Agustín se extiende por todo el país. En el monasterio de Tagaste pasa unos tres años. En el año 391 viaja a Hipona –“Hippo Regius”, la actual Annaba, en Argelia– para buscar a un posible candidato a la vida monástica; durante una celebración, la comunidad lo elige como sacerdote. No sin resistencia, Agustín acepta. Deja el monasterio de laicos y funda en Hipona uno para clérigos. Ordenado obispo por Valerio, en el año 397, le sucede como pastor de Hipona. Transforma la casa episcopal en monasterio, donde vive en comunidad con sus clérigos. En África van surgiendo monasterios similares.  

La actividad episcopal de Agustín es intensa, y su irradia­ción llegará a toda la Iglesia univer­sal. Sermones a sus fieles, cartas a sus amigos para llevarlos a la verdad, gente que le consulta de todas partes, redacción de libros, asistencia a concilios, soluciones a problemas de sus fieles, viajes a otras Iglesias… Participa en los concilios de Hipona y de Cartago, en los que se sanciona el Canon bíblico hecho en Roma por el papa Dámaso I.

El año 429 los vándalos invaden Numidia, y el año siguiente sitian Hipona. Agotado por los años –setenta y cinco–, los trabajos y los sufrimientos, Agustín enferma de muerte. Lo acompañan con sus lágrimas y oraciones sus íntimos como Alipio y Posidio. Recita sin cesar los salmos penitenciales que ha mandado escribir con letras grandes para poder leerlos mejor. Así se duerme en la paz de Dios el 28 de agosto del año 430. Sus restos –según la leyenda– son llevados en el año 504 a Cagliari (Cerdeña) y en el 722 a Pavía, donde se veneran aún hoy.

Su fiesta litúrgica se celebra el 28 de agosto, como Doctor y Padre de la Iglesia latina. Lo veneran la Iglesia católica, la ortodoxa y la anglicana.

Algunas características de san Agustín

Pecador convertido. La lectura de las Confesiones y las humildes y numerosas alusiones a su vida pecadora pueden dar la impresión de una persona completamente desordenada. En realidad, Agustín no es así: es un pecador que mantiene siempre cierta dignidad natural y sabe analizar la psicolo­gía del pecado. La lectura del Hortensio de Cicerón le produce gran impacto y le ilumina el alma, víctima de la sensualidad y el error maniqueo. En las Confesiones, narra su conversión, el año 386: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!… Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera…” (Conf. X, 27).

Hombre místico. San Agustín es un  místico en el sentido estricto de la palabra. Lo prueban su vida y sus escritos. Por psicolo­gía y por gracia de Dios tiene el don de lágrimas, que desahogan los sentimientos de su ardiente corazón. La cultura occidental es, se quiera o no, cristiana; la mística le debe a san Agustín sus orientaciones y sus mejores frutos. “Te amo, Señor, con toda certidumbre. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé… Pregunté al cielo, a la tierra y al mar: ‘Díganme algo de él’. Y me gritaron: ‘Él nos ha hecho’” (Conf. X, 6).

Escritor notable. En un autor prolífico, que dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo las Confesiones y La ciudad de Dios sus obras más destacadas. No es posible enumerar su inmensa producción: más de cien libros. Y se siguen encontrando obras inéditas. Posidio, su primer biógrafo, hace un índice bastante completo, pero sus obras, que el santo quería conserva­r con esmero, se dispersó por las invasiones y solo quedan copias, algunas hechas ya durante su vida. Considerado el “Doctor de la gracia”, máximo pensador del cristianismo del primer milenio, es uno de los más grandes genios de la humanidad.

Hombre interior. Agustín anticipa a Descartes sosteniendo que la mente, mientras duda, es consciente de sí misma: _Si enim fallor, sum_ (si me engaño, existo). Como la percepción del mundo exterior puede conducir al error, el camino hacia la certeza es la interioridad que, por un proceso de iluminación, se encuentra con las verdades eternas y con el mismo Dios que, según él, está en lo más íntimo de cada uno. Todo lo que Dios ha creado es bueno; el mal carece de entidad, es ausencia de bien y fruto indeseable de la libertad del hombre.

Heraldo de la fe. Después de la legalización del cristianismo por Constantino I, y su implantación como religión oficial del imperio por Teodosio I, surgen interpretaciones de los evangelios que dan lugar a herejías. En su tratado Herejías, san Agustín, distingue nada menos que 88, aunque las principales son el maniqueísmo, el donatismo, el pelagianismo y el arrianismo. La lucha contra los maniqueos ocupa parte importante de sus obras apologéticas. Durante su vida no logró que desapareciera el pelagianismo, pero sus aportaciones fueron decisivas para el Concilio de Éfeso, un año después de su muerte.

Defensor de la unidad. Agustín lucha por la fe, la unidad y la paz de la Iglesia, en una situación caótica: el paganismo tiene todavía raíces en amplios sectores de ciudades y aldeas; el arrianismo, el maniqueís­mo, el donatismo, el pelagianismo… crean gran confusión en el pueblo. La Iglesia africana está degradada y debilitada por el cisma donatista. El año 416 Agustín participa en el concilio de Mileví contra el pelagianismo. Dos años después va a Cesarea (Maurita­nia) en nombre del Papa para resolver asuntos de los obispos católicos de esa región. Aunque es gran polemista, por naturaleza es un hombre pacífico, humilde y caritativo. Trata a sus adversarios con amor: lo que pretende es sacarlos de sus errores.

Gran pensador. San Agustín abarca un arco inmenso del saber: no solo trata infinidad de aspectos de teología y filosofía –el pecado original, la presencia del mal en el mundo (el mal existe, pero contribuye a un bien general mayor que su ausencia, como las disonancias musicales hacen más hermosa una melodía)–, sino también de ética –condena de la injusticia de la riqueza y defiende la solidaridad– y de política –la tensión entre Iglesia y Estado–; intenta integrar en la religión la filosofía, la justicia, la verdad…; promueve la paz. Según él, Dios creó a los seres humanos para él, y por eso no van a estar satisfechos hasta que descansen en él.  

La Regla de san Agustín es una adaptación para varones de la _Carta_ 211 (exhorta­ción a la caridad hecha para un convento femenino). La adapta­ción posiblemente está hecha por algún discípulo. El hecho es que ha servido de base a numerosas instituciones religiosas posteriores. La gran aportación agustiniana es que sabe conjugar la vida de comunidad, austera y contemplativa, con el trabajo manual y el trabajo pastoral más intenso desde el presbítero hasta del obispo, como lo vivió él.

San Agustín, el beato Santiago Alberione y la Familia Paulina

El influjo de san Agustín en el espíritu de la Familia Paulina es indudable. Basta dar un repaso a los escritos y a las meditaciones del P. Aberione para observar que están empapados de las enseñanzas de san Agustín –he consultado más de 12.000 páginas del Fundador–. Resulta imposible reseñar todas las citas que hace del santo. Tenemos que conformarnos con algunas.

En el curso de Ejercicios espirituales de 1960 en Ariccia, que el Fundador quiso vivir con los primeros Paulinos venidos de todo el mundo, el P. Alberione aludió muchas veces a san Agustín. Por ejemplo, hablando sobre el sentido de los Ejercicios espirituales, recordó la famosa frase del santo: noverim me, noverim Te” –que me conozca y que te conozca– (UPS I,186). Recuerda que es necesaria la unión de mente, pero hay que admitir las divergencias; hay que aplicar la regla de san Agustín: In certis unitas; in dubiis libertas; in omnibus caritas: “En las cosas ciertas, unidad; en las cosas dudosas, libertad; en todo, caridad” (UPS IV, 219).

A las Hijas de San Pablo les menciona infinidad de veces a san Agustín. Hablando de la visión beatífica, invita a seguir a los grandes maestros –san Agustín en dogmática– y cita la frase: Fecisti nos, Domine, ad te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te [Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti] (FSP 1933, p. 174-175). Y dice que “si en el Santísimo está Jesucristo realmente presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad, en la Escritura está Jesús-Verdad bajo la especie de blanco papel” (Id, p. 304).

También a las Pías Discípulas del Divino Maestro les cita con frecuencia a san Agustín. Hablando del apostolado litúrgico dice que “Jesucristo mismo obra en los sacramentos; el sacerdote es solo su boca, su mano. San Agustín dice: ¿Bautiza Pedro? Es Jesús, ¿Bautiza Judas? De nuevo es Jesús quien bautiza. El sacramento es siempre válido porque es la acción de Jesucristo” (APD1947, n. 182). Y hablando del tema de las dudas, dice que se deben resolver respondiendo con san Agustín: “Si no eres llamado, haz que te llamen… Así que _fac ut voceris…_ Si no tenías vocación, pide tenerla” (Id, n. 39).

Muchísimas son también las citas que el Fundador hace de san Agustín a las Hermanas Pastorcitas. Hablando de Jesús buen Pastor, camino, verdad y vida, dice que “San Agustin, sin querer faltar al respeto, dijo que ‘Jesús es nuestra alfombra’. En efecto, es Jesús quien las ha traído aquí; los demás solo sugirieron” (AAP 1939-1955 I grises, p. 8). Y en 1963: “Cuando se ama a Dios: ‘Ama y haz lo que quieras’, dice san Agustín. Porque el amor te hace capaz de todo” (AAP 1963 I rojos, p. 17).

También a las Hermanas Apostolinas les cita san Agustín. Por ejemplo, en 1958, hablando de los dones del Espíritu, les dice: “Llegan los ignorantes y nos roban el paraíso; y nosotros, ¿qué hacemos con toda nuestra ciencia?, decía san Agustín de sí mismo” (AP 1958/1, p. 101).

A los sacerdotes en Sacerdote, ecco la tua meditazione, les cita con mucha frecuencia a san Agustín. Sobre el tema de la dignidad y la santidad del sacerdote, les dice: “No hay nada más difícil, nada más fatigoso… que el oficio de Sacerdote, pero no hay nada más dichoso ante Dios”. Y un poco más adelante dice que el sacerdote, “antes de hablar, debe apagar en Dios la sed de su alma, para luego poder comunicar a los demás lo que ha recibido, y dar lo que ha tomado (san Agustín)” (p. 27-28).

En Meditaciones para consagradas seculares (1958/1967), hablando sobre la vocación, insiste en la idea ya reseñada: a quienes dicen tener miedo de haberse equivocado, san Agustín les responde: “Si no habías sido llamado, haz que te llamen ahora, si el Señor no te había llamado antes”. ¿Cómo?, Responde el Fundador: “Rezando un poco más” (cf. p. 218).

Repasemos ahora algunos libros de la Opera Omnia del P. Alberione para tener una idea de la familiaridad del Fundador con san Agustín.

Ya en La mujer asociada al celo sacerdotal, su primer libro, el P. Alberione cita a san Agustín entre los que atestiguan la importancia decisiva de sus madres(pp. 60-61). Y refiere las palabras de san Agustín: “Dios mío, se lo debo todo a mi madre” (p. 128).

En Catecismo social, habla de san Agustín en el tema de la sociedad civil y lo cita recordando que hacen falta “gobernadores, maridos, esposas, padres, hijos, amos, sirvientes, reyes, magistrados e incluso contribuyentes y recaudadores de impuestos, adornados con las cualidades que exige la doctrina cristiana” (CS, p. 129).

También en Lean las Sagradas Escriturasel P. Alberione recurre a san Agustín.Todos deben leer la Sagrada Escritura, pero el apóstol de la prensa más que nadie, antes que nadie y más constantemente que nadie para no ser, como dice san Agustín, ciego y guía de ciegos (cf. pp. 120-121). Dice que “a veces basta una frase, un versículo para convertir un alma y transformarla de tibia en ferviente, y aunque esté muerta, resucitarla, como sucedió con muchísimos; ejemplo clásico: san Agustín, que es un convertido de la Sagrada Escritura”(p. 286-287).

En el libroAlma y cuerpo para el evangelio se encuentran también muchas citas de san Agustín. Hablando del amor a Dios con toda la mente, dice: “Antes hay que creer, para merecer después ver a Dios con la fe” (p. 24). Y hablando de la sociabilidad en la vida religiosa: “pobre el monasterio, en el que prevalece el espíritu partidista” (p. 145).

En la obra Apostolado de la Prensa, el Fundador escribe que la moral cristiana debe presentarse teniendo en cuenta los destinatarios (cf. p. 83). Y para darla a los doctos hace falta preparación y capacidades, “como enseñan san Agustín y santo Tomás” (p. 96).

En Apostolado de la Oración el P. Alberione cita varias veces a san Agustín. “La Escritura –dice san Agustín– se explica con la Escritura” (p. 161). Hablando del ideal de la santidad, dice que hay que ponerse la pregunta de san Agustín: Si isti et illæ, cur non ego? [Si este y aquella, ¿por qué no yo?]. Una pregunta que suele ser principio de resoluciones firmes y eficaces” (p. 219).

En el libro Las Grandezas de María el P. Alberione cita a san Agustín para afirmar la virginidad de Maria: “Algunos quisieron negar la virginidad de María después del parto: un sacrilegio tan grave no debe dejarse sin condena” (p. 35). Y sobre el sentido de la devoción a María, dice que “Rezar a la Santísima Virgen no es desconfiar de la misericordia divina, sino temer la propia indignidad. Enseñan esta doctrina san Agustín… y todos los teologos católicos” (p. 170).

En el libro Breves meditaciones para cada día del año las citas de san Agustín son infinitas. Reflexionando sobre la importancia de la prensa, dice que “San Agustín se convirtió por la lectura de un paso de las cartas de san Pablo; almas cándidas de jovencitos perdieron la inocencia por libros y revistas perversos” (I, p. 221-223).

Incluso en la biografía de Maggiorino Vigolungo el P. Alberione dice que Mayorino “se había fijado bien las palabras de san Agustín: Hay que cuidar las partículas de la Sagrada Escritura como los fragmentos de la Eucaristía” (p. 105).

En el boletín Unione Cooperatori Buona Stampa aparecen también abundantes citas de san Agustín. Se lee, por ejemplo, que las almas que nosotros salvemos rezarán por nosotros y nos llevarán con ellas al cielo, según las palabras de san Agustín: “Quien ha salvado un alma ha predestinado la suya” (UCBS, 15 de noviembre de 1924, p. 13).

Algunas conclusiones

La figura de san Agustín tiene gran importancia en la historia de la cultura. Es un puente entre la antigüedad clásica y la cultura cristiana. Agustín recogió todo lo aprovechable del saber antiguo y lo cristianizó de manera única. Su principal fuente de inspiración fue siempre la Sagrada Escritura, que descubrió, estudió y gustó desde los tiempos de Milán.

A. Harnack ha dicho: “Agustín es el primer hombre moderno”. Es la personificación de la inquietud humana: la padeció como pocos, y la supo registrar; puso toda su sensibilidad, su imagina­ción, su inteligencia  y su gran corazón en la búsqueda de la verdad. Le costó dar con la fuente, pero, después de gustar falsos manantiales, la gracia de Dios le descubrió el secreto de sus anhelos más profundos, y desde entonces bebió de su dulzura e hizo participar de su hallazgo a sus hermanos.

Es un ejemplo de la importancia de las buenas lecturas –en especial la palabra de Dios– en la vida de las personas. A los diecinueve años, Agustín rechaza la fe en nombre de la razón. Luego va cambiando hasta llegar a la conclusión de que razón y fe no se oponen, sino que son complementarias: necesitan equilibrarse. Para ello hay que poner cada una en su lugar. Se sitúa entre el fideísmo y el racionalismo. A los racionalistas les responde: Crede ut intelligas (cree para comprender); y a los fideístas: Intellige ut credas (comprende para creer).

La vida de san Agustín es un testimonio de la importancia que tiene la transmisión de la fe por parte de los padres, y muy especialmente de la madre. Es como una semilla que puede sufrir mil avatares, pero, cuando menos se piensa llega a germinar y producir fruto, sobre todo si es regada con el amor y hasta con las lágrimas, como es el caso de santa Mónica.

Respecto a la Familia Paulina, esta no tiene con san Agustín una relación de dependencia directa, pero todos los escritos y meditaciones del Fundador están permeados de citas de san Agustín; esto da a entender que el P. Alberione lo conocía muy bien, y que seguramente influyó mucho en su modo de pensar y en su espiritualidad, aunque naturalmente todo integrado en su carisma peculiar, recibido directamente de la inspiración de Dios; y esto él lo tenía absolutamente claro.

Oración

Renueva, Señor, en tu Iglesia el espíritu que infundiste en tu obispo san Agustín, para que, llenos de ese mismo espíritu, tengamos sed solamente de ti, fuente de la verdadera sabiduría, y te busquemos como creador del amor supremo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

San Bernardo de Claraval

Algunos datos biográficos

Bernardo nace en 1091, en el castillo de Fontaine-lès-Dijón, cerca de Dijón –en la Borgoña francesa–, en una familia noble: su padre, Tescelino, es caballero del duque de Borgoña. Recibe el nombre del abuelo materno, Bernardo de Montbard. Es el tercero de siete hijos –todos varones excepto una hermana– y, por su inteligencia, lo envian a estudiar con los canónigos regulares. A la muerte de su madre, Alecta, a quien está muy apegado, Bernardo, muy sensible, deja los estudios y vive unos años desorien­tado.

En 1111, tal vez recordando una visión que tuvo de Jesús niño, se retira a su casa de Châtillon, y el año siguiente, a los 23 años, entra en el monaste­rio de Cîteaux –el Císter–, fundado en 1098 por Roberto de Molesmes, con una espiritualidad benedictina renovada, que tiene un solo monasterio de pocos miembros, probablemente por la dureza de vida que llevan.

Acompaña a Bernardo un numeroso grupo de personas, ya preparadas, con el mismo ideal de perfección cristiana; entre ellas están un tío, cuatro hermanos y algunos amigos (hasta 30 personas, según algunos); más tarde lo seguirán su propio padre y su hermano menor. Practica una intensa vida ascética yespiritual, alternando el estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, la vida cenobítica, la liturgia, el trabajo manual y un ayuno estricto.

En 1115 es ordenado sacerdote y bendecido abad por el obispo Guillermo de Champeaux. La austeridad de vida que lleva contribuye a deteriorar la salud de Bernardo, que se ve obligado a dejar la comunidad y a trasladarse a una cabaña, donde es atendido por unos curanderos. El abad del Císter, Esteban Harding, lo manda a fundar un nuevo monasterio más al norte, en Champagne, en territorio de los condes de Troyes: así surge el monasterio de Claraval, del que Bernardo será abad hasta su muerte.

Desde entones, su fama crece cada vez más en el ambiente monástico, en el eclesiástico y en el político. Toda Europa lo conoce; muchos lo consultan por asuntos privados y públicos, otros lo llaman como pacificador. Es el garante de la observan­cia de la Regla de san Benito, en el sentido riguroso de Roberto y Esteban: a su muerte, el monasterio cuenta con unas 700 personas y existen otros 68 monasterios dependientes de Claraval.

La iniciativa de Roberto y Esteban se convierte así en una verdadera orden religiosa, la orden cisterciense. Esteban Harding es el tercer abad, que en 1118 dota al Císter de una regla propia, la Carta charitatis, en la que se establecen las normas de pobreza total, obediencia a los obispos y dedicación al culto divino, dejando a un lado las ciencias profanas. El papa Calixto II la confirma el año siguiente. A mediados del siglo XII contará ya con casi cien monasterios, además de las dependencias de Claraval.

La severidad de vida que Bernardo se exige a sí mismo y a sus monjes no impide que a Claraval acudan muchas personas, fascinadas por su prestigio; pese a algunas defecciones, Claraval se va convirtien­do cada vez más en el centro ideal del monaquismo occidental.

En el siglo XI los monjes cluniacenses han tenido gran protagonismo en la Iglesia, influyendo hasta en el poder civil; en el siglo XII ese papel pasa a los cistercienses. El Císter tiene una concepción de la vida monástica muy distinta de la de Cluny.​ Bernardo participa en la formación del espíritu cisterciense y protagoniza la gran difusión de la orden.

El monaquismo reformado lleva a Bernardo a enfrentarse con el monaquismo tradicional, representado por Cluny, y personificado por Pedro Abelardo y Gilberto de la Porré. Bernardo critica a los cluniacenses en su escrito Apología a Guillermo –a su amigo Guillermo de St-Thierry, monje de Cluny–, en la que presenta la regla cisterciense como reacción contra los excesos cluniacenses. En 1122 es elegido abad de Cluny Pedro el Venerable; con su iluminada moderación acoge al anciano Abelardo y entabla un diálogo con Bernardo, que acepta la diversidad de las formas monásticas.

A partir de 1130 comienza el período de mayor actividad de Bernardo. El cisma del antipapa Anacleto lo lleva a una intensa actividad a favor de Inocencio II. Su actividad es de las más influyentes de su tiempo: participa en las controversias religiosas de su época; entabla correspondencia con personajes como Hildegarda de Bingen y Hugo de San Víctor, con reyes y condes, papas, obispos, abades, sacerdotes y laicos; interviene ante la curia romana por cuestiones de sucesiones de obispos; su celo le obliga a salir cada vez más de Claraval –se calcula que pasa fuera del monasterio casi dos tercios de su vida–; predica continuamente a las comunidades monásticas.

En 1135 las abadías son ya unas 90 –crecen a un ritmo de 10 por año–: la orden está consolidada. Y comienza la construcción de las dos primeras grandes abadías: Claraval II y Fontenay. La arquitectura cisterciense refleja el estilo de vida de los monjes, el espíritu del Císter; transmite los ideales de la orden: silencio, contemplación, ascetismo y pobreza.

En 1145, en circunstancias muy difíciles para la Iglesia, es elegido papa Eugenio III, hijo espiritual de Bernardo en Claraval –abad de un monasterio filial–, que sigue manteniendo una dependencia espiritual de Bernardo; este le advierte de la necesidad de la vida interior y de la oración para quienes tienen responsabilidades en la Iglesia y del peligro de descuidarla. ​

Habitualmente Bernardo se desplaza a pie, acompañado de un monje, que le hace de secretario. Además de toda su actividad polifacética, predica abundantemente sobre la vida monástica y realiza una gran labor de promoción vocacional: muchos ingresan en la orden cisterciense.

En 1153 enferma del estómago –no retiene la comida y las piernas se le hinchan–, sufre una gran debilidad y muere el día 20 de agosto. ​Es canonizado el 18 de enero de 1174 por el papa Alejandro III. Pío VIII lo declara Doctor de la Iglesia en 1830. Su fiesta se celebra el 20 de agosto.

Algunas características de san Bernardo

Las abundantes biografías de san Bernardo lo presentan con facetas muy diversas: él es sobre todo el abad que, desde su monasterio, se abre al mundo y se ocupa de la historia. Algunas se fijan sobre todo en sus grandes virtudes persona­les. Èl es un hombre de Dios y maestro de vida espiritual.

Es también el gran renovador del monaquismo. A san Bernardo se le ha considerado el nuevo san Benito. Sus armas son el ejemplo dentro del monasterio y la predicación fuera del mismo. No es un político, y en los asuntos del mundo actúa siempre por obediencia. La extraordinaria expansión del estilo de vida que Bernardo promueve se debe a la crisis del viejo monaquismo (demasiado rico, poderoso y formal); pero también a la autenti­ci­dad de Bernardo y a su labor promocional. Es el principal reformador del monaquismo de su tiempo y probable­mente de la historia benedictina.

San Bernardo tiene un alto sentido de la unidad de la Iglesia, y se esfuerza por frenar la crisis. A la muerte de Honorio II, en 1130, se produce la elección de dos papas: la mayoría de los cardenales apoyan a Anacleto II (+1138), mientras que una minoría se decanta por Inocencio II (+1143). Bernardo comprende la gravedad del cisma y actúa ante la curia romana, ante emperadores, reyes, obispos y señores de Europa. Muerto Anacleto, logra que su sucesor, Víctor IV (1138), reconoza a Inocencio II.

Es uno de los padres de la mística medieval; contribuye a configurarla como cuerpo espiritual de la Iglesia católica. Se le considera el más grande místico cisterciense y, quizá, de toda la tradición benedictina. Consigue unir la intensa contemplación con la directa acción en la historia. Sigue la tradición monástica de san Gregorio Magno, dándole un carácter original, que inspirará la tradición mística siguiente. Su doctrina de búsqueda de unión con Dios y la experiencia religiosa se inspiran en el estudio de las Escrituras y de los Padres de la Iglesia: propone pasar de lo más profundo del pecado original hasta lo más elevado del amor: la unión mística con Dios.

San Bernardo es defensor de la sana tradición. Anclado en la tradición, en el sentido genuino, se opone a Arnaldo de Brescia, que exige una reforma radical de una Iglesia extraña al mundo; a Pedro Abelardo, su principal adversario, que se basa en la crítica filosófica de las ideas y acaba condenado por hereje; a Gilberto de la Porré –maestro en Chartres y París, obispo de Poitiers, que trata de utilizar la lógica de Aristóteles en un cuadro doctrinal platónico; no llega a ser condenado, a pesar de los esfuerzos de Bernardo.

Es un gran promotor de las Cruzadas. En 1145, Luis VII de Francia  le pide que promueva la segunda cruzada. Él le responde que solo el papa se lo puede mandar. Eugenio III le pide que predique la cruzada y las consiguientes indulgencias. Bernardo tiene claro que se trata de una misión divina, y transmite la idea de que se trata de una guerra santa. La derrota de los cruzados por el Islam provoca un gran pesimismo en la cristiandad. A san Bernardo lo llaman embaucador y falso profeta. Él queda muy afectado, pero escribe al papa que al menos el criticado es él y no Dios.

San Bernardo es inspirador y organizador de las órdenes militares, creadas para acoger y defender a los peregrinos que se dirigen a Tierra Santa y para combatir el Islam; elogia a los Templarios y, a petición suya, redacta la regla, que tiene grandes analogías con la regla cisterciense; más tarde, habrá otra segunda regla, llamada “latina”, debida a Esteban de Chartres, Patriarca de Jerusalén, que se mantiene hasta nuestros días. En el Libro de los caballeros templarios. Elogio de la nueva milicia templaria, Bernardo equipara la nueva milicia a una milicia divina.

Junto con sus adversarios Pedro Abelardo y Gilberto de la Porré, es uno de los escritores más destacados de su época. Sus escritos no son numerosos, como los de otros Padres, debido a sus múltiples actividades, y generalmente son obras solicitadas por otros.​ Muestran al hombre de acción, renovador del Císter, reformador de la sociedad, defensor del papado, la personalidad religiosa más influyente del siglo XII. Deja unas 500 cartas, 350 sermones y varios tratados doctrinales. Los más conocidos son los sermones y los tratados, breves, pero de gran valor espiritual.

Es también uno de los grandes predicadores medievales. Invitado por el clero local, realiza numerosos viajes por el sur de Francia, Renania y otras regiones.​ Se le conoce como Doctor melifluo (boca de miel). En 1135 empieza a predicar sobre el Cantar de los cantares, –86 sermones sobre los dos primeros capítulos–, que continuará hasta el fin de sus días. Dice que dar con la justa medida de las cosas es la “filosofía” que debe poseer en grado máximo un pontífice romano. Predica a los cátaros o albigenses que, en 1209, años después de la muerte de Bernardo, serán declarados herejes.

Es un gran devoto de la Virgen. En el occidente cristiano, y a partir de finales del siglo XI, se desarrolla ampliamente el culto popular a la Virgen María. San Bernardo tiene en esto un papel importante. Su teología sobre María es rápidamente acogida por los fieles y sus sermones se difunden por toda la cristiandad. Naturalmente, en su tiempo la figura de María no se entiende como hoy, y san Bernardo tiene sus dudas sobre la Inmaculada Concepción y sobre la Asunción de María.

Relación con la Familia Paulina

A primera vista pudiera parecer que, más que por su personalidad, la relación de san Bernardo con la Familia Paulina se debe únicamente a la fecha de su celebración: el 20 de agosto, día que se considera como “dies natalis” de la Sociedad de San Pablo y comienzo de la Familia Paulina.

Sin embargo, leyendo los escritos y las meditaciones del P. Alberione, podemos darnos cuenta de que se trata de un santo muy cercano y familiar al Fundador: lo cita muchísimas veces, sobre todo hablando a sus religiosos y religiosas. Veremos algunas de estas alusiones.

En las instrucciones que dio a los primeros Paulinos reunidos en Ariccia el mes de Ejercicios espirituales de 1960 –recogidas en el libro Ut perfectus sit homo Dei (UPS)–, el Fundador cita varias veces a san Bernardo. Por ejemplo, cuando habla del noviciado o de las virtudes de la pobreza y de la caridad. Y coloca a san Bernardo entre los fundadores que querían que los sembradores de discordias fueran separados de la orden, o al menos de la comunidad (cf. UPS IV n. 207, p 498).

A las Hijas de San Pablo les decía, hablando del buen carácter: “¿Han oído acaso que Maria se lamentara una sola vez de algo?… Huyan de quien murmura… y en cambio, acérquense siempre a las que tienen mayor espíritu, porque en la Congregación hay que imitar, como dice san Bernardo, a quienes merecer ser imitados. Entonces, de una se aprende la paciencia, de otra la obedienza, el espíritu de oración y el amor al Instituto”. (_Alle Figlie di San Paolo_, fascículo 1958, p. 6).

A las Pías Discípulas del Divino Maestro es a quienes más veces les cita a san Bernardo. Algunos ejemplos. “San Bernardo –dice el Fundador– se hacía a menudo la pregunta: Bernarde, ad quid venisti? ¿Por qué te has hecho religiosa? Amplíen el sentido de esta pregunta y pregúntense: ¿Para qué has sido creada? (Alle Pie Discepole del Divin Maestro 1947, p. 99). Recordando el comienzo de la Familia Paulina, les dice: “Propondría tener presente esta máxima: ‘Ten en cuenta las pequeñas cosas’. Quiero decir, tanto pequeños defectos como pequeños actos de virtud” (Id. 1957, p. 281). Comentando el nombre de Jesús, dice san Bernardo que: “el nombre de Jesús es luz, es alimento, es medicina” (Id. 1964, p. 15). Y concluye el Fundador: “Pueden aplicarse otros nombres, pero el significado es siempre el mismo: ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’… Sigamos la enseñanza de san Bernardo, que hizo reflexiones tan profundas, tan prácticas sobre el nombre de Jesús” (Id. 1964, pp. 25-26).

También a las Pastorcitas les cita con mucha frecuencia a san Bernardo. Por ejemplo, les dice que, para imitar a la Madre del buen Pastor, hay que vivir cierta regularidad (cf. Id. vol. III gris, p. 47). También a ellas les dice que la meditación del infierno hace bien; y les cita la frase de san Bernardo: _descendamus in infernum viventes ne descenddamus Morientes_ (Id. p. 240). En 1962 recuerda que el 20 de agosto hace justamente cuarenta y ocho años del comienzo de la Familia Paulina… y enseguida puso a la Familia Paulina bajo la protección de san Bernardo. Y dice: “Los tiempos eran muy diferentes entonces. Pero una cosa sobre san Bernardo: ¡quería ser religioso!… Y él fue, pero después de estar un tiempo en casa, se llevó consigo a 25: ¡se llevó 25 entre familiares y conocidos! (A las Hermanas Pastorcitas 1962 vol. XI rojos, pp. 118-119).

A las Hermanas Apostolinas les cita poco a san Bernardo, tal vez porque en ese momento ya tenía bien elaborado su propio pensamiento. Les cita esta frase: “Si yo hablo, me parece que mi hablar es vano si no digo muchas veces, en medio de mi hablar, Jesús. Y me parece inútil escribir si de la pluma no sale con frecuencia el nombre de Jesús” (Alle Suore Apostoline 1957, p. 31).

En sus Meditaciones para Consagradas seculares el Fundador evoca las palabras del Papa cuando visitó la casa de san Bernardo llena de religiosos: “Hemos ido a visitar no hombres, sino ángeles. Viven a la orden de Dios, según su voluntad y como dotados de una espiritualidad superior” (p. 159). E insiste: “también san Bernardo decía que alguna vez conviene bajar al infierno con el pensamiento, mientras estamos vivos, para no caer en él después de esta vida” (p. 252). E invita a pensar en la misericordia de Dios, que nos ha llamado, a pesar de nuestros límites: “San Bernardo quería che pensásemos frecuentemente en esto y nos hiciéramos esta pregunta: ¿para qué estoy yo en la tierra? _Ad quid venisti?_ (p. 370).

En muchas delas obras publicadas de la Opera Omnia aparecen con frecuencia citas de san Bernardo. Nos conformaremos con algunas.

En Amarás al Señor con toda tu mente, hablando del estudio, dice que para triunfar hay que estudiar en primer lugar no lo que gusta, sino lo que es útil, sobre todo lo más necesario –y cita a san Bernardo–, ocupándose del resto solo como recreo (cf. ACV n. 46, pp 77).

En Apostolato Stampa, presenta a san Bernardo como uno de los mayores devotos de María, y hace suya su frase: De Maria nunquam satis (cf. ACV n. 46, p. 176).

En Breves meditaciones para cada día del año, cita a san Bernardo: “Hay quienes quieren aprender con el único propósito de saber, y es vana curiosidad; quienes quieren aprender para ser estimados, y es torpe vanidad; quienes quieren aprender para vender su ciencia con fines de lucro o de honor, y es una especie de negocio. Pero hay quienes quieren aprender para ayudar a las almas, y eso es caridad. También hay quienes quieren aprender para santificarse, y es santa prudencia” (Vol. I-III. n. 99, pp. 238-240).

En Leed las sagradas Escrituras pone como ejemplo a san  Bernardo, conocido por su erudición en las ciencias sagradas. “Sus escritos –dice el P. Alberione– están todos ellos maravillosamente relacionados e intercalados de frases bíblicas, y muchos de sus hagiógrafos no dudan en afirmar que el estilo de san Bernardo es un estilo bíblico” (LSS, día XIX, n. 194, pp. 208).

En Si vis perfectus ese, propone la lectura de la Sagrada Escritura y aconseja otros escritos, entre ellos los de san Bernardo (p. 92).

En el libro I novissimi meditati dinnanzi a Gesù eucaristico (p. 205) transcribe una vez más la conocida oración: “Acordaos…”, que está incluida en el libro de Oraciones de la Familia Paulina.

En el libro Ai nostri cari defunti, cuenta que san Bernardo, celebrando la Misa en la iglesia de le Tre Fontane de Roma, vio una escalera en la que ángeles bajaban y subían del Purgatorio al Cielo, acompañando a las almas que él había encomendado en esa celebración (pp.108-109).

En el libro María Reina de los Apóstoles afirma el valor de la intercesión de María, y cita a san Bernardo: “Si hay esperanza en nosotros, si hay gracia en nosotros, si en nosotros hay principio de salvación, sepamos que todo nos viene de María” (p. 254).

En Las grandezas de María reproduce estas palabras de san Bernardo dirigidas a María: “Contigo está el Padre que ha hecho Hijo tuyo a su Hijo; contigo está el Hijo que cumple el admirable misterio de la Encarnación; contigo está el Espíritu Santo que, de acuerdo con el Padre y el Hijo, santifica tu seno virginal” (p. 131).

También en Fiestas de María cita a san Bernardo: “Una virgen no podía tener por hijo sino a Dios; Dios no podía tener por madre sino a una virgen” (p. 184). Y: “Siguiendo a María, no equivocas el camino” (p. 66).

En el libro María nuestra esperanza, dice que por María ha llegado la gracia a nosotros. Según san Bernardo, es como el cuello por el que todo pasa de la cabeza a los miembros. “Todos los ríos de las gracias y de los carismas de los Santos se encuentran en María” (p. 195). “Es la llave del Paraíso y trae consigo paz, virtud, orden, armonía, prosperidad” (p. 206).

Algunas conclusiones

Un personaje como san Bernardo, defensor de la verdad y de la Iglesia, escritor brillante, gran evangelizador de su tiempo, no podía dejar indiferente al P. Alberione. En efecto, lo cita con muchísima frecuencia en sus sermones y en sus escritos. San Bernardo es importante en la Familia Paulina por la fecha del 20 de agosto, considerado “dies natalis” de la Sociedad de San Pablo, pero también porque iluminó muchas actitudes de la vida del beato Santiago Alberione y del estilo que quiso infundir en sus fundaciones.

La vida de san Bernardo es casi como una síntesis de la historia de la Iglesia medieval, ya que le toca vivir y participar en todos los avatares típicos de esa época: desde la renovación de una vida monástica bastante relajada, a su implicación en solucionar problemas de tipo político, incluida la confusión vivida en la Iglesia a causa del cisma.

San Bernardo tuvo el gran acierto de partir de la raíz: su tema dominante es la plenitud del amor de Dios que puede satisfacer las más profundas aspiraciones del hombre. Por eso su palabra clave es el amor –inspirado en la primera carta de san Juan, que define a Dios mismo como amor–. La experiencia de Dios, la mística, llevó a Bernardo a presentar a Cristo como lugar del amor. Aparece sobre todo la misericordia, que es el verdadero atributo divino. Cristo es el centro de esta mística. “Mi filosofía más íntima consiste en conocer a Cristo, y a Cristo crucificado”, decía san Bernardo. Palabras que tuvieron que gustar muchísimo al P. Alberione.

Generalmente tendemos a idealizar mucho las figuras de los santos. El conocimiento de su vida nos recuerda cosas importantes: Por ejemplo, que a los santos, como a cualquier persona, debemos situarlos en su tiempo: algunas ideas y experiencias de san Bernardo, hoy serían incomprensibles y hasta escandalosas para la mentalidad actual. Además, no debemos olvidar que los santos fueron personas limitadas, que tuvieron sus defectos y vivieron peripecias como las que nosotros podemos vivir, aunque sea en circunstancias muy diversas de las nuestras.

Esto no quita nada a la santidad de estos personajes, sino que nos recuerda que se trata de personas normales como nosotros, frágiles, sometidas a los límites humanos; como dice el papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate, “quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor” (n. 3).

Siguiendo el consejo de san Bernardo, repetido con frecuencia por el Fundador a sus hijos e hijas, tal vez nos ayude a vivir nuestra vida cristiana, –y para muchos consagrada– hacernos la pregunta: Ad quid venisti? ¿Para qué has venido, para qué estás en este mundo, en esta Institución, en esta Comunidad, en este trabajo, en el lugar concreto que ocupas?

Oración

Oh, Dios, tu hiciste del abad san Bernardo, inflamado por el celo de tu casa, una lámpara ardiente y luminosa en tu Iglesia; concédenos, por su intercesión, participar de su ferviente espíritu y caminar siempre como hijos de la luz. Por Jesucristo nuestro Señor.

San Benito, Abad

Algunos datos biográficos

Aunque sin mucho fundamento, se suele fijar el nacimiento de Benito en el año 480; y la fecha de su muerte, hacia el año 560. Conocemos su vida casi exclusivamente a través del papa san Gregorio Magno (590-604), que le dedica el libro II de los Diálogos, una obra que,a juicio de algunos estudiosos actuales, no goza de gran rigor histórico.

Benito nace en Nursia (Umbría, Italia), en una familia acomodada, ya que puede enviarlo a estudiar a Roma, donde recibe una exquisita instrucción. Sin embargo, descontento del estilo de vida de la ciudad, por el temor de verse corrompido por los malos ejemplos de sus compañeros de estudios, poco más tarde decide dejar la ciudad y con ella los estudios.

Se retira a las colinas romanas y, en el valle del Aniene, se detiene en Affile, donde existe una comunidad de ascetas. Benito acepta la propuesta de presidir la comunidad –en Vicovaro, según la tradición–. Introduce una disciplina estricta que los monjes no toleran, llegando incluso a intentar envenenarlo. Benito se libra trazando el signo de la cruz: el vaso de veneno se hace añicos. Pero esta hostilidad lo obliga a dejar la comunidad.

Decide volver a su vida solitaria en Subiaco, donde se retira a una cueva, viviendo una vida eremítica. Durante tres años vive casi totalmente aislado: sólo un monje, llamado Romano, advierte su presencia y le lleva comida de vez en cuando. Como en el caso de otros eremitas, el aisla­miento se rompe poco a poco; tal vez por la fama de la vida ascética de Benito y sus victorias sobre el demonio, los campesinos lo visitan continuamente, proveyéndolo de alimentos y recibiendo sus instrucciones y consejos.

A cierto punto Benito llega a la conclusión de que el mejor camino para alcanzar la perfección de Cristo es el cenobítico: la corrupción del mundo, la decadencia de la Iglesia y de los monjes no se vence con la soledad sino con una buena conviven­cia. En Subiaco –según cuenta san Gregorio– funda doce pequeños monasterios, con sólo doce monjes (doce es en la Biblia el número de la perfec­ción), cada cual con su abad, aunque él se reserva la guía superior de todos. Esto atrae a muchos jóvenes de las zonas próximas, incluso de Roma, de donde proceden sus discípulos Mauro y Plácido.

Benito es tentado en varias ocasiones por el diablo, pero siempre sale vencedor. Él exhorta a todos a santiguarse el corazón para ser liberados de las sugestiones diabólicas. Sus enseñanzas se ven respaldadas por muchos hechos extraordinarios, orientados al crecimiento espiritual de los monjes –incluso con exorcismos– y a su salud física. Un día se le rompe un cedazo viejo y lo repara milagrosamente, eso le crea una fama de taumaturgo. Se le atribuyen muchos milagros, incluso la capacidad de sanar a los enfermos.

Hacia el año 525 ó 530, debido a las hostilidades suscitadas contra él por un sacerdote, un tal Florencio, Benito deja Subiaco y se dirige hacia el Sur, quedándose en la montaña de Casinum. La ciudad de Casino (al sur de la actual ciudad) está coronada por un monte donde está la acrópolis, una zona rodeada de muros, con un templo pagano dedicado a Apolo y a Júpiter. Benito elimina los restos paganos y construye el nuevo monasterio, dedicando la iglesia a san Martín de Tours, y un oratorio a Juan Bautista. Montecasino es destruido por los longobardos el año 581, y reconstruido a comienzos del siglo VIII. Posteriormente sufrirá todavía otras destruccio­nes: en el 883 a mano de los sarrace­nos, en 1349 a causa de un terremoto y en 1944 por los bombardeos anglo-americanos.

La elección de Montecasino –tal vez concertada y garantizada por un acuerdo con Teodorico (†526) o con la corte goda– significa el abandono de un lugar apartado como Subiaco y el comienzo de un cenobitis­mo más abierto a la comunica­ción y al mundo. Benito pasa allí treinta años. Así se gesta un monacato con elementos novedosos, y Montecasino se convertirá en una de las más famosas abadías de la cristiandad.

San Benito está siempre muy unido a su hermana Escolástica. Un día ve el alma de Escolástica volar al cielo bajo la forma de una blanca paloma; poco después comunica a sus discípulos el día de su propia muerte. Seis días antes les pide que excaven su tumba. El 21 de marzo, con una violenta fiebre, quiere que lo lleven al oratorio. Después de recibir la Eucaristía, rezando de pie, entrega su alma a Dios en brazos de sus discípulos, quienes aseguran que al morir, sube al cielo un rayo de luz. Lo entierran junto a su hermana en el sepulcro que él mismo ha hecho preparar bajo el altar de san Juan Bautista. Es el año 547.

El culto a san Benito empieza ya durante su vida y la biografía de san Gregorio asegura su resonancia posterior. La Regula, en cambio, no tiene demasiado éxito, ni siquiera cuando se reconstruye Montecasino. Antes de la reforma litúrgica, la fiesta de san Benito se celebraba el 21 de marzo, fecha que la tradición indica como día de su muerte; actualmente se celebra el 11 de julio, como en otras tradicio­nes litúrgicas, para evitar la cuaresma. Se le representa con el báculo y el libro de la Regula, con hábito negro o blanco y rostro juvenil, o bien con aspecto de anciano de barba fluida. El 24 de octubre de 1964 san Pablo VI lo proclama patrón de Europa.

La Regla de san Benito

Merece la pena que nos detengamos un poco sobre la Regla de san Benito. Parece ser él quien, por su experiencia y perspicacia, corrige radicalmente un documento anónimo conocido como la “Regla del Maestro”. Es el mayor legado de san Benito. En la Regla expone ideas ya presentes en la comunidad religiosa, pero con cambios adecuados al tiempo. A partir de san Benito, surgen en Europa centros de oración, cultura, promoción humana y acogida para pobres y peregrinos. Dos siglos después de su muerte, habrá más de mil monasterios siguiendo su Regla.

La Regula Monasteriorum o “Regla Monástica” está formada por 73 capítulos, algunos de ellos añadidos y modificados posteriormente. Da autoridad de patriarca al abad que, sin embargo, tiene obligación de consultar con el resto de la comunidad los temas más importantes.

Tras el prólogo y la introducción histórica, los capítulos 4-7 constituyen el núcleo espiritual del tratado, con la virtud de la humildad en el centro. Los capítulos 8-19 ilustran el compromiso del monje de celebrar el Oficio Divino, la plegaria pública coral, mientras que el capítulo 20 se refiere a la oración individual y privada. En los capítulos 23-30 y 43-46 se describe la organización interna (con el código penal); se incluye el uso de los bienes materiales (32-34) y otras cuestiones como el alimento, las bebidas, los horarios y de la oración, los trabajos, y otras (capítulos 35-42, y 47-57). Por fin, la relación con el exterior (capítulos 58-67) y algunas normas finales.

Columna vertebral de la Regla es el lema ora et labora, con una especial atención a la regulación del horario. En esta escuela de servicio del Señor, juegan un papel decisivo la lectura meditada de la palabra de Dios y la alabanza litúrgica, alternadas con los ritmos del trabajo en un clima intenso de caridad fraterna y servicio mutuo. Se tiene en cuenta el aprovechamiento de la luz solar según las estaciones del año, para conseguir un equilibrio entre el trabajo, la meditación, la oración y el sueño.. Considera el trabajo manual como necesario y honroso, a imitación de Jesucristo y de su padre san José. Se ocupa también de las cuestiones domésticas: los hábitos, la comida, la bebida, etcétera.

La alimentación debe ser básicamente vegetariana, con productos de las tierras cultivadas por los mismos monjes. Son también importantes los momentos de ayuno, en relación con los sufrimientos de Jesucristo. Se establece también un estricto horario para la reflexión y el rezo, que marca la vida de los monjes, siendo esenciales para la purificación de la persona. Una de las críticas que se hacen a la Regla es la “falta de austeridad”, pues prescribe tiempos para el trabajo, el estudio, la lectura religiosa, además de la oración, pero no hace referencia al ascetismo.

Curiosamente, la Regla de san Benito tiene éxito siglos después de su creación, pues los diferentes cenobios europeos se rigen por reglas diversas. En el siglo VIII un monje llamado Witiza, de origen visigodo (que después será Benito de Aniano), influye sobre los emperadores francos Carlomagno y Ludovico Pío. Carlomagno apoya decididamente la tradición casinesa y hacia el año 750 Ludovido Pío encarga a Benito de Aniano uniformar los monasterios de todo el imperio a la Regla benedictina. Los discípulos de san Benito se encargan de difundirla por toda Europa, y durante siglos –hasta que los premostratenses en el siglo XIIl y los dominicos y mercedarios en el siglo XIII adoptan la regla de san Agustín–, será el único ordenamiento que siguen los nuevos monasterios.

En la expansión de la Regla de san Benito juega un papel determinante el monasterio de Cluny (fundado en el año 910 en Borgoña) que se expande rápidamente, creando una gran red de monasterios y prioratos por toda la Europa Occidental. Más tarde el Císter relevará a los cluniacenses, impulsando un cumplimiento más estricto de las reglas.

Sería interesante considerar los pormenores del contenido de la Regla e invito a leerla a quien pueda hacerlo, porque, aunque muchas cosas están superadas por el tiempo y algunas hacen casi hasta sonreír, pero otros detalles son actuales todavía hoy. Consideramos algunos detalles.

Lo importante no es la edad de los monjes sino su sabiduría o la experiencia en la comunidad. La edad no es la norma para la designación de los puestos: Samuel y Daniel, dos jóvenes, juzgaron a los ancianos. Los más veteranos deben respetar y cuidar de los más jóvenes.

– Todos los monjes deben participar en las decisiones importantes, porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor.

– Después del año de prueba, si un novicio decide quedarse en el monasterio, debe expresar su compromiso escrito de su mano y firmado; si no sabe escribir, pedirá a otro que lo haga por él, trazando él una señal.

Los niños que ingresen deben tener una petición escrita de sus tutores. Queda atada a su mano cuando es presentado a la comunidad.

– La humidad es importantísima. El capítulo 57 se refiere a los artesanos del monasterio: el que se envanezca de su habilidad, “sea privado del ejercicio de su trabajo y no vuelva a realizarlo, a no ser que, después de haberse humillado, se lo ordene el abad”.

– Los huéspedes –en especial los pobres y extranjeros– deben ser tratados como invitados. Se les saluda con “la cabeza inclinada, postrado el cuerpo en tierra, adorarán en ellos a Cristo, a quien reciben”. El propio abad les lavará las manos y los pies y los acogerá en su mesa.

La obediencia es fundamental. No solo la comunidad debe obedecer al abad, sino que han de obedecerse los hermanos unos a otros.

Algunas características de san Benito

San Benito es, sin duda, una de las figuras más importantes de la historia de la Iglesia. Son muchísimas las biografías –en prosa y en verso– en todas las épocas, y son innumerables las iglesias que se le han dedicado. No sorprende que Pablo VI lo proclamara en 1964 patrono de Europa.

Modelo de vida cristiana. La imagen del santo que presenta san Gregorio no coincide exactamente con la de su Regla. San Gregorio quiere presentarlo como modelo a imitar, y le dedica un espacio mucho mayor que a los otros setenta santos incluidos en sus Diálogos. Pero la analogía con la Regla es evidente: Benito es el convertido que busca a Dios con dedicación absoluta, y deja el mundo y la historia, completamente entregado a la oración y a la ascesis; es el místico que con una mirada abarca la creación entera, porque es la mirada misma de Dios –así dice san Gregorio–.

Patriarca del monaquismo occidental. San Benito representa el modelo de una vida completamente dedicada a Dios, en la que cuenta sobre todo la humildad y la obediencia al abad, y el amor a los demás monjes. Adopta usos y costumbres muy valorados a la largo de la historia, que han hecho de él el patriarca del monaquismo occidental. Vive una época crítica de la historia: la descomposición del Imperio Romano de Occidente y la llegada de los pueblos germánicos crean un gran convulsión en la civilización y la cultura. Su Regla resume la tradición monástica oriental, adaptada al mundo latino, y abre una vía nueva a la civilización europea. A ella se remiten todos los intentos de reformar y renovar la tradición benedictina: cistercienses, cartujos, camaldulen­ses, trapenses, olivetanos…

San Benito, profeta. San Gregorio señala un aspecto ausente en la Regla: la dimensión profética. Ve la perfección cristiana no en la contempla­ción o en la acción solas, sino en su síntesis, realizada en la figura del praedicator; un modelo creado por san Agustín y san Gregorio y reformulado por san Benito; también el monje retirado en Monteca­sino realiza una praedicati­one continua, como quien con la palabra y la vida lleva a los hombres a convertirse.

Separación del mundo. La biografía de san Gregorio y la Regla de san Benito concuerdan en subrayar la distancia entre Benito y la historia, es decir, su desinterés por la política y por la cultura, y su interés absoluto por la condición espiritual. Este desapego manifiesta la autenticidad de su ser monje. Este desprendimiento no quiere decir que san Benito no tuviera una cultura y una relación con la política.

Centrados en Dios. Sólo centrándose en Dios, el monje puede mostrar al mundo que la perfección es posible. Y se alcanza con un proceso ascético cuyo sujeto es el monje; la perfección comporta una sinergia humano-divina, en la que la ascesis la realiza el monje y la contemplación la concede Dios. La perfección no comporta un rechazo de la historia, sino que es Dios quien con su amor se une al hombre prescindiendo de cualquier condición social; la perfección es para todos, no sólo para los monjes.

Importancia del trabajo. Otro elemento novedoso es la obligación del trabajo, quizá el único componente laico de la Regla; junto con la oración y la lectio divina, que es exclusivo de los monjes, la jornada está marcada también por el labor manuum, por un trabajo manual, no como ocupación ascética (así se veía en la “Regla del maestro”), sino como una ocupación irrenunciable de la vida del monje, que lo une místicamente a la condición de los que viven fuera del monaquismo.

Relación con la Familia Paulina

A primera vista puede parecer que san Benito no tiene nada que ver con la Familia Paulina. Veremos que no es así. En la autobiografía carismática Abundantes divitiae gratiae suae el P. Alberione lo cita varias veces, junto con otros santos fundadores, afirmando que en cierto periodo los conoció más profundamente (AD n. 38), estudió las respectivas espiritualidades, advirtiendo que todas son buenas, pero toman sólo un aspecto de la figura de Jesucristo; pero “si pasamos luego al estudio de san Pablo, encontramos al Discípulo que conoce al Divino Maestro en su plenitud; lo vive todo; indaga en los misterios profundos de su doctrina, su corazón, su santidad, su humanidad y divinidad: lo ve como Doctor, Hostia, Sacerdote; nos presenta al Cristo total como él se había definido: camino, verdad y vida”.

El Fundador nombra con cierta frecuencia a san Benito y a otros santos fundadores, para expresar la inspiración recibida de ellos. Afirma que se dio cuenta de que habían recibido un gran número de vocaciones masculinas de laicos (AD 39), lo que le sugirió la posibilidad de abrir el campo de la santidad y el apostolado, junto a los sacerdotes, a muchos jóvenes generosos dispersos por el mundo.

Hablando a los primeros paulinos convocados en Ariccia en 1960, les habla de la originalidad de los Discípulos (UPS n. 198-199) con respecto a los hermanos de otras órdenes religiosas y congregaciones, incluidos los hijos de san Benito. Afirma que eran muy numerosos, y que “estaban ocupados en la oración y en diversos trabajos. Hoy suelen ser sacristanes, porteros, custodios, recaudadores, o realizan diversos trabajos manuales”.

El P. Alberione reconoce que “la Iglesia siempre ha tenido hijos dignos, formados sobre el Hijo de Dios hecho hombre, entre ellos san Benito” (Alma y cuerpo para el Evangelio, n. 11). E incluye a san Benito entre los santos que gracias a la lectura de la Biblia “cambiaron sus vidas y subieron al monte de la perfección” (Apostolado de la Edición, n. 164).

En el libro La mujer asociada al celo sacerdotal (n. 67) recuerda que “junto a los grandes bienhechores de la humanidad y a los grandes santos del cristianismo se encuentra siempre una dulce figura de mujer y santa”, y entre otros ejemplos, dice: “Junto a san Benito, el gran patriarca del monaquismo occidental, veis a santa Escolástica, su hermana”.

Hablando del estado religioso, menciona a varios fundadores que han marcado las etapas de su historia; entre los ejemplos está san Benito (cf. Si vis perfectus esse, p. 26). Además, “Los religiosos de verdadero espíritu tenían todos una gran tendencia a la Biblia”, afirma el P. Alberione; y menciona entre ellos a “los seguidores de san Benito” (id p. 89). Más adelante, hablando de pobreza, recuerda la tradición según la cual, san Benito, “dejando la casa y yendo a una cueva” era mantenido por un monje que “a escondidas le traía pan todos los días” (id, p. 140).

En San Paolo de abril de 1935, hablando de san José, se detiene sobre los Discípulos, y cita a varios santos fundadores –entre ellos san Benito–, afirmando que los hermanos crean una “condición privilegiada; condición tan hermosa que la Iglesia la ha reglamentado con disposiciones canónicas muy sabias, con privilegios reservados para ellos, con tareas delicadas”. En concreto, “San Benito y san Francisco de Asís los amaron con un amor muy fuerte y dulce: y es admirable el número de sus religiosos-laicos”.

En San Paolo de 1954 (p. 8) habla de la importancia del trabajo en la Familia Paulina, y afirma: “Dar pan es una buena obra; pero cuando se trata de jóvenes y personas capaces de trabajar, enseñar a ganárselo es doblemente bueno y doblemente meritorio”. Y continúa reconociendo que “la Iglesia siempre tuvo hijos dignos, formados sobre el Hijo de Dios humanizado… –y entre ellos cita a san Benito–. De esto se deduce la necesidad de integralidad de la formación: “A veces solo se estudia, a veces solo se trabaja, a veces se hace un poco de lo uno y de lo otro; a veces hay exceso de diversión, deporte, gimnasia. La educación debe ser completa, aunque prevalezca una u otra según el fin”.

De nuevo cita a san Benito entre “los grandes santos” que han vivido “a ejemplo de Jesucristo, que redimió a la humanidad con su enseñanza, su muerte y resurrección” (San Paolo 1964, p. 6).

A las Pías Discípulas les recuerda a menudo la cercanía de san Benito y santa Escolástica. Solo un ejemplo: “Junto a san Benito encontramos a santa Escolástica. A través de ellos Dios suscitó dos familias religiosas en mutua colaboración. San Benito y santa Escolástica estuvieron cerca en el nacimiento, en la vida, en las obras, en el sepulcro, están cerca en la gloria” (1947, n. 139).

A las Pastorcitas les habla de san Benito recordando que su discípulo san Gregorio Magno escribió la “Regla Pastoral” (Alle Suore Pastorelle, vol. II, grises, p. 208), y cómo grandes personajes se hicieron santos gracias a los ejercicios espirituales; entre otros, cita a san Benito (cf. id. vol. III pp. 222-223). Los grandes Fundadores “al principio tenían casi todos laicos, hermanos laicos”. Y “hay hermanos laicos que hacen un bien inmenso” (Alle Suore Pastorelle, vol. XIII, rojos pp. 153-154). Y ofrece una doctrina de san Agustín, explicada por san Benito: “Si no tienes vocación, si no la tenías, obra de manera que la tengas” (id p. 30).

Conclusión

Se podría decir que el pensamiento benedictino es la savia de Europa. La doctrina de san Benito es una de las palancas más poderosas, tras el declive de la civilización romana, para el nacimiento de la cultura europea. Es la premisa para la difusión de los centros de oración y hospitalidad. No es solo el faro del monaquismo, sino también una fuente providencial para la asistencia de los pobres y los peregrinos. A pesar de que los actuales políticos europeos quieren ignorarlo, el espíritu de san Benito es “una estrella luminosa” –como dice san Gregorio– en una época marcada por una grave crisis de valores.

Hoy esta crisis de valores es también una realidad en nuestra sociedad; y a causa de la globalización no se circunscribe a una o dos regiones del planeta, sino que, en mayor o menor medida, antes o después, afecta a todo el planeta.

El beato Santiago Alberione había intuido todo esto, y con el carisma paulino quiso dar respuesta a tal desafío. Hoy non corresponde a nosotros recibir el testigo y encontrar los medios y las formas para dar esa respuesta. Los fundamentos tienen que ser los mismos, y así lo entendió el Fundador, como públicamente lo reconoció san Pablo VI: “Ahí lo tienen: humilde, silencioso, incansable, siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos, que van de la oración a la acción, siempre atento a escrutar los ‘signos de los tiempos’, es decir, las formas más geniales de llegar a las almas… Nuestro P. Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para vigorizar y ampliar su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y de la posibilidad de su misión en el mundo moderno y con los medios modernos” (Audiencia a la Familia Paulina el 28 de junio de 1969).

Oración y acción. “La ociosidad –escribe san Benito en la Regla– es enemiga del alma”. La oración y el trabajo no se oponen sino que establecen una relación simbiótica. Sin oración no es posible el encuentro con Dios, pero la vida monástica –y podríamos decir: cualquier tipo de vida cristiana comprometida–, definida por san Benito como “escuela del servicio del Señor”, no puede ignorar el compromiso concreto. La oración cristiana tiene que ser oración apostólica; y el trabajo debe ser una extensión de la oración. “El Señor –nos recuerda san Benito– espera que respondamos cada día con hechos a sus santas enseñanzas”. El beato Santiago Alberione, en su persona y en su enseñanza, es un maravilloso ejemplo de encarnación de este espíritu benedictino.

Oración

Oh Dios, que hiciste del abad san Benito un esclarecido maestro en la escuela del divino servicio; concédenos que, prefiriendo tu amor a todas las cosas, avancemos por la senda de tus mandamientos con libertad de corazón. Por Jesucristo nuestro Señor.

San Pablo VI

Algunos datos biográficos

Juan Bautista nació en Concesio, Brescia, en la región de Lombardía (Italia) el 26 de septiembre de 1897, segundo hijo de Jorge Montini y de Judit Alghisi, que formaron una familia cristiana muy comprometida en el ámbito político y social. El padre, Jorge Montini, era periodista y abogado, y, además, parlamentario por el Partido Popular, fundado por el sacerdote don Sturzo, y Presidente de la Acción Católica.

Juan Bautista frecuentó la escuela primaria y secundaria en un colegio de Brescia dirigido por los jesuitas, y concluyó su formación elemental en el instituto de la ciudad en 1916. En otoño de ese mismo año ingresó en el seminario de Brescia y cuatro años más tarde, el 29 de mayo de 1920, recibió la ordenación sacerdotal. Tenía solo 23 años. Después se trasladó a Roma, donde estudió filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana y Letras en la universidad estatal, obteniendo el doctorado en Derecho canónico y civil.

En 1924 fue destinado al servicio diplomático en la Secretaría de Estado y trabajó algún tiempo en la nunciatura apostólica de Varsovia; cuando volvió a Roma se convirtió en colaborador del entonces Secretario de Estado, Eugenio Pacelli. En ese período acompañó a los estudiantes universitarios católicos reunidos en la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana), de la que fue consiliario nacional de 1925 a 1933. A comienzos de 1937 fue promovido a sustituto de la Secretaría de Estado.

Cuando en 1939 el cardenal Eugenio Pacelli fue nombrado Papa, que eligió el nombre de Pío XII, Montini se convirtió en uno de sus más estrechos colaboradores. En 1952, fue nombrado prosecretario de Estado para los asuntos ordinarios. Fue él quien preparó el borrador del extremo, aunque inútil, llamamiento de paz que el Papa Pacelli lanzó por radio el 24 de agosto de 1939, en vísperas del conflicto mundial: “Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra”.

El 1 de noviembre de 1954 Pío XII lo nombró arzobispo de Milán, donde inició su ministerio el 6 de enero de 1955. Como guía de la Iglesia ambrosiana se comprometió plenamente a nivel pastoral; entabló encuentros con trabajadores y sindicatos, políticos, artistas e intelectuales, lo que le valió las críticas de quienes lo consideraron liberal y progresista. Dedicó especial atención a los problemas del mundo del trabajo, de la inmigración y de las periferias, donde promovió la construcción de más de cien nuevas iglesias. Por todo eso se le conoció como el “arzobispo de los pobres”.

Juan XXIII lo nombró cardenal el 15 de diciembre de 1958, siendo el primero en recibir el birrete de manos de este papa. Esto lo llevó en varias ocasiones a África y a Estados Unidos. En 1961 Juan XXIII lo nombró miembro de la Comisión preparatoria del concilio Vaticano II y de la Comisión de Asuntos extraordinarios. Participó después en el Concilio, que se inauguró el 11 de octubre de 1962.

Al fallecer Juan XXIII el 3 de junio de 1963, el 21 del mismo mes el cardenal Montini fue elegido Papa, tomando el nombre de Pablo —con evidente referencia al apóstol de los gentiles—. Enseguida quiso destacar la continuidad con su predecesor, en particular con la ardua decisión de retomar el Vaticano II, que volvió a abrirse el 29 de septiembre de 1963. Condujo los trabajos conciliares con atenta mediación, favoreciendo y moderando la mayoría reformadora. Lo clausuró el 8 de diciembre de 1965.

En ese período realizó sus tres primeros viajes: a Tierra Santa (1964), a India (1964)  y a Nueva York (1965), donde pronunció un histórico discurso en la ONU. Fueron en total nueve los viajes internacionales, que lo llevaron a los cinco continentes. Diez fueron, en cambio, sus visitas en Italia. 

No menos arduo que llevar adelante la celebración del Concilio, fue la tarea de acompañar, alentar y conducir la obra del posconcilio. Inició una profunda renovación de las estructuras del gobierno central de la Iglesia, instituyó el Sínodo de los obispos —que durante su pontificado tuvo cuatro asambleas ordinarias y una extraordinaria— y reformó el Santo Oficio.

Murió casi improvisamente, la tarde del 6 agosto de 1978, en la residencia de Castelgandolfo. Fue sepultado en la basílica vaticana.

El 11 de mayo de 1993 se abrió en la diócesis de Roma la causa de canonización. El papa Francisco autorizó la promulgación del decreto relativo al milagro atribuido a su intercesión, y lo beatificó el 19 de octubre de 2014. El mismo papa Francisco lo canonizó en la Plaza de San Pedro el 14 de octubre de 2018, fijando su memoria litúrgica el 29 de mayo, fecha de su ordenación presbiteral, ya que el 6 de agosto, día de su muerte, se celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. Pablo VI es el tercer papa canonizado por Francisco, después de san Juan XXIII y san Juan Pablo II.

Algunas notas importantes

Hombre de gran profundidad interior. Pablo VI no fue un papa hamletiano —hombre de la duda permanente— como dijeron algunos, sino un hombre de oración profunda y de serena reflexión. Notas que, ciertamente, marcaron todos sus documentos magisteriales, sus discursos, alocuciones y mensajes. Fue un hombre profundamente reflexivo, que cultivó la amistad de filósofos e intelectuales. Fue un amigo que lloró y suplicó la liberaciónen de Aldo Moro, secuestrado y asesinado, y supo encontrarse y dialogar con quienes, solapadamente o de manera declarada, atacaban o estaban en contra de la fe cristiana y de la Iglesia católica.

Papa renovador. Comprometido en la aplicación de las indicaciones del concilio Vaticano II, Pablo VI fue el profeta de un cambio impresionante, que supo mediar entre el inmovilismo y la agitación. Sufrió a causa de quienes quisieron apropiarse del Concilio, pero nunca se rindió al pesimismo. El 15 de septiembre de 1965 instituyó el Sínodo de los obispos para ayudar al pontífice a realizar su tarea de gobierno en la Iglesia universal. Reformó la Curia vaticana; celebró seis consistorios cardenalicios, creó 144 cardenales, la mayor parte no italianos, acentuando así su representación universal; realizó un importante trabajo de mediación para la renovación de la liturgia, pedida por el Vaticano II, a pesar de las críticas de algunos sectores eclesiales tanto avanzados como conservadores. En 1970 declaró doctoras de la Iglesia a dos mujeres: santa Teresa de Jesús y santa Catalina de Siena. Tras el jubileo extraordinario de 1966 a conclusión del Vaticano II y el Año de la fe celebrado con ocasión del 29 centenario del martirio de los santos Pedro y Pablo (entre 1967 y 1968), en 1975 convocó y celebró un Año santo. También se debe a él el límite de edad de 80 años para que los cardenales participen en el cónclave para elegir papa.

Apóstol valiente. La oración de la misa define a san Pablo VI como “apóstol valiente del Evangelio”. Algo que demostró en el impulso que dio al concilio Vaticano II y en el desarrollo de las posteriores reformas. Lo dejó plasmado ya en su encíclica Ecclesiam suam, donde por primera vez se habla de que la Iglesia no debe tener miedo a renovarse y de la necesidad de diálogo con todos. Además de sus intentos por detener ejecuciones y sus llamamientos a la liberación de detenidos políticos y a la paz mundial, a él se deben otros gestos como la renuncia y la venta de la tiara pontificia —la triple corona cubierta de piedras preciosas—, para dar ejemplo de austeridad en el Vaticano. En 1970 sufrió un atentado a su llegada al aeropuerto de Manila, cuando un pintor boliviano lo hirió con dos puñaladas.

Precioso Magisterio. Su espíritu evangelizador se proyectó también en su Magisterio. La oración litúrgica de su memoria concluye pidiendo que “iluminados por sus enseñanzas, podamos cooperar contigo para difundir en el mundo la civilización del amor”. Publicó documentos importantísimos, entre ellos la encíclica Ecclesiam suam (1964), en la que manifestó la voluntad de diálogo de la Iglesia con otras religiones y con el mundo. A esta encíclica, que fue la primera, siguieron otras seis. Hay que mencionar la Populorum progressio (1967), sobre el desarrollo de los pueblos y la Humanae vitae (1968), dedicada a la cuestión de los métodos para el control de la natalidad, que suscitó numerosas polémicas incluso en ambientes católicos. Otros documentos significativos son la carta apostólica Octogesima adveniens (1971), sobre el pluralismo del compromiso político y social de los católicos, y la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), sobre la evangelización del mundo contemporáneo.

Papa viajero. Fue el primer papa viajero y, por tanto, el primero en visitar Tierra Santa, además de viajar por los cinco continentes. Como dijo el papa Francisco durante la homilía de la canonización, Pablo VI “gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo,profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres”. Como el apóstol san Pablo, cuyo nombre quiso tomar.

Diálogo de la Iglesia con el mundo. Las reformas que Pablo VI hizo dentro de la Iglesia estuvieron acompañadas de reformas muy importantes en las relaciones de la Iglesia con el mundo. En su primer viaje internacional visitó, como se ha dicho, la Organización de Naciones Unidas en el 20 aniversario de su fundación; creó el Pontificio Consejo Justicia y Paz; recondujo la Doctrina Social de la Iglesia en la línea iniciada por el Vaticano II; desarrolló la acción diplomática y política internacional de la Santa Sede, comprometiéndose en favor de la paz —instituyó la jornada mundial el 1 de enero de cada año— y prosiguió el diálogo con los países comunistas de Europa, iniciado por Juan XXIII.

 “Para conocer a Dios necesitamos conocer al hombre”: son palabras de Pablo VI a su amigo Jean Guitton, recogidas en el libro Diálogos con Pablo VI, publicado en 1967. Era la primera vez que un Papa dialogaba abiertamente con un laico. Durante su pontificado recibió a representantes del mundo de la cultura laica, artistas de cine y teatro, pintores, escultores y creo el Museo de Arte Contemporáneo en el Vaticano.

Promotor del ecumenismo. A Pablo VI se le considera el papa del diálogo y la reconciliación entre las diferentes Iglesias; viajó a Tierra Santa para encontrarse con el Patriarca de Constantinopla Atenágoras I, abriendo el camino de reconciliación entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, después de más de 500 años del cisma de Oriente. Durante el Concilio Vaticano II tuvo lugar el hecho significativo de la mutua anulación de las excomuniones de 1054 entre Roma y Constantinopla. A él le debemos el impulso del movimiento ecuménico y la renovación pastoral del Vaticano II, las reformas eclesiales en materia de sinodalidad, la creación de las Conferencias episcopales, así como las reformas de las elecciones papales.

Labor pastoral. Como se ha dicho, durante algunos meses de 1923 trabajó en la nunciatura apostólica de Varsovia. El frío afectaba a su salud y pronto volvió a Roma, y fue asignado a la oficina de la Secretaría de Estado, donde permaneció durante 30 años. El 27 de mayo de 2020, en la audiencia general del miércoles, el propio papa Francisco se refirió al “ejemplo de este obispo de Roma, que ha alcanzado las alturas de la santidad” y que anima a todos “a abrazar generosamente los ideales del Evangelio”. Y en la homilía de la beatificación afirmó: “Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad”.

Relación de Pablo VI con la Familia Paulina

Sabemos lo intensa que fue la devoción del Fundador de la Familia Paulina a san Pablo; Juan Bautista Montini quiso llevar el nombre del Apóstol como inspirador de su pontificado. Se podría decir que Pablo VI y Santiago Alberione son dos vidas paralelas, que siguieron caminos muy distintos, pero que estuvieron unidos por un gran aprecio recíproco y por muchos ideales comunes, entre ellos el de la valoración de la prensa —su padre era periodista, director del periódico Il Cittadino di Brescia— y de la radio, inventada hacía poco, y la importancia de poner todos los medios modernos al servicio del Evangelio y de la salvación de los hombres y mujeres de todo tiempo.

Ambos estuvieron abiertos a la lectura de los signos de los tiempos, que estaban reclamando una transformación en la orientación pastoral. “El sacerdote predica a un pequeño escuálido rebaño, con iglesias casi vacías en muchas regiones… Nos dejan las iglesias, ¡cuando nos las dejan!, y nos quitan las almas…” —escribía el P. Alberione en 1950, antes del Concilio Vaticano II, citando al cardenal Elías Dalla Costa—. Y Pablo VI escribía: “La ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas” (Evangelii nuntiandi, n. 20).Ambos dieron respuesta, cada uno a su modo, a estos desafíos. No es extraño, pues, el interés del Papa por el apostolado paulino.

Mons. Montini había tenido ya contacto con la Familia Paulina en 1952. Existe una fotografía que lo presenta junto al P. Alberione, rodeados de religiosos y aspirantes en el vocacionario paulino de Roma, mientras observa las modernas máquinas de la imprenta. Otro detalle de su aprecio y cercanía al mundo paulino lo tuvo cuando visitó la Sede de la Sociedad de San Pablo en Milán, al poco tiempo de su llegada a la ciudad como nuevo arzobispo.

El primer encuentro con el Fundador, siendo ya papa, tuvo lugar el 22 de agosto de 1963 cuando Pablo VI visitó el hospital Regina Apostolorum de Albano, donde estaba hospitalizada la Primera Maestra Tecla Merlo, Superiora general de las Hijas de San Pablo, y que entonces era una clínica para religiosos, querida por el Fundador. Luego, el P. Santiago Alberione fue recibido por Pablo VI en audiencia privada el 10 de abril de 1964.

Hubo después otros dos importantes contactos por correspondencia: el primero fue el 11 de marzo de 1964 con ocasión del 80° cumpleaños del P. Alberione; el Papa alababa al Fundador por la multiplicidad de sus obras “para la gloria del Evangelio”, y se dirigía a él con estas palabras: “Imbuido del Espíritu del apóstol san Pablo, con magnífica osadía…, se esfuerza por someter al suave gobierno del Divino Maestro y al servicio de la saludable verdad los medios técnicos que el moderno mundo produce”.

El segundo mensaje tuvo lugar el 29 de junio de 1967 con ocasión del 60º aniversario de la ordenación sacerdotal del Fundador.

Pero fue en la audiencia concedida el 28 de junio de 1969 a los miembros del Capítulo extraordinario de la Sociedad de San Pablo, cuando Pablo VI volvió a recibirlo en una conmovedora audiencia, rodeado de una verdadera multitud de hijos e hijas, para imponerle la cruz “Pro Ecclesia et Pontifice”. Allí tuvo una serie de gestos y palabras que expresaron un reconocimiento completamente inesperado al más alto nivel de la empresa apostólica del P. Alberione y la veneración y admiración personal que el Papa sentía por él. Nadie como Pablo VI ha comprendido tan bien la misión paulina como auténtica y necesaria “predicación” del Evangelio al hombre de hoy. Y nadie como él ha trazado un perfil más conciso, eficaz y veraz del Fundador.

En ella el Papa, en presencia del P. Alberione, trazó una preciosa descripción suya, yo diría, casi una “canonización en vida”: “Ahí está: humilde, silencioso, incansable, siempre alerta, siempre recogido en sus pensamientos, que van de la oración a la acción, siempre atento a escudriñar los ‘signos de los tiempos’, es decir, las formas más ingeniosas de llegar a las almas… nuestro P. Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para dar vigor y amplitud a su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la vigencia y de las posibilidades de su misión en el mundo moderno y con los medios modernos”.

El 26 de noviembre de 1971, ante el agravamiento de la salud del P. Alberione, Pablo VI, que en una ocasión lo había calificado como “una maravilla de nuestro tiempo”, quiso estar continuamente informado de su situación, hasta que tomó la decisión de ir a visitarlo en su habitación. A las cinco de la tarde, arrodillado ante su lecho, oró por unos momentos, luego le dio la absolución y lo bendijo, regresando conmovido al Vaticano, después de dejar en el libro de firmas su autógrafo con el lema episcopal: In nomine Domini. Una hora después el Fundador entregaba su alma a Dios. Un gesto que revela la gran humanidad y la nobleza de ánimo del gran papa Pablo VI.

El 3 de febrero de 2020 la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos concedió que la memoria de san Pablo VI, el día 29 de mayo, sea obligatoria para toda la Familia Paulina. Esta presencia litúrgica quiere expresar el “mistero” de la cercanía de dos hombres que, a la escuela del apóstol san Pablo, amaron al Señor Jesucristo y a la Iglesia, y consagraron su vida a la difusión del Evangelio con el testimonio de su vida, y con “la palabra de la predicación” en las múltiples posibilidades de “comunicación” actuales. Que la intercesión de ambos ayude a la Familia Paulina a ser san Pablo vivo hoy, respondiendo a su misión evangelizadora en el mundo contemporáneo a través de sus diversos apostolados.

Oración litúrgica

Señor, que has encomendado el cuidado de tu Iglesia al papa san Pablo, apóstol valiente del Evangelio de tu Hijo, haz que, iluminados por sus enseñanzas, podamos cooperar contigo para difundir en el mundo la civilización del amor. Por Jesucristo nuestro Señor.

San Pedro

Introducción

San Pedro es el apóstol más conocido y citado en el Nuevo Testamento. El evangelista Marcos es quien da más noticias y más detalles suyos, quizás porque –según la tradición– fue “discípulo e intérprete de Pedro” (Papías de Hierápolis).

Los datos históricos sobre su vida y su obra nos llegan, ante todo, de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, escritos del siglo primero. La tradición cristiana ha incluido en el canon bíblico dos cartas atribuidas a él, pero que no aportan datos biográficos. Hay además referencias suyas en escritos de los Padres de la Iglesia, y algunos testimonios arqueológicos.

A lo largo de la historia el arte se ha inspirado con frecuencia en la fascinante figura de Pedro. En las catacumbas y en los sarcófagos cristianos aparece representado, a menudo con san Pablo, siempre en un lugar preferente con respecto a los demás apóstoles; después, a lo largo de toda la historia del arte cristiano se le representa en diversas escenas de su vida.

Algunos datos biográficos

Para indicar algunos datos de la vida de san Pedro seguiremos sobre todo los Evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles. En el texto escrito están casi todas las citas, pero para no hacerlo tan aburrido, no las diré al hablarlas.

Simón o Simeón (que probablemente significa “Dios ha escuchado” –la oración del padre–), hijo de Juan o Jonás y hermano de Andrés, nace hacia el año 2 o el 4 en Betsaida, Galilea. Trabaja como pescador en Cafarnaún. Está casado y, según los apócrifos, tiene una hija llamada Petronila.

Según san Juan, la llamada de Pedro tiene lugar cuando su hermano                         Andrés, discípulo de Juan Bautista lo presenta  a Jesús y él, mirándolo, le dice: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: te llamarás Cefas” (cf. Jn 1, 45-51).

Los evangelios sinópticos sitúan las primeras llamadas de los apóstoles a orillas del mar de Galilea o Genesaret. Su respuesta es absoluta: “Inme-diatamente dejaron las redes y lo siguieron” (cf. Mt 4, 18-22). Pronto se unen a ellos otros pescadores. Pedro es el primero en la lista.

Es sobre todo Mateo quien pone en evidencia el papel de Pedro en el grupo de los Doce. Con Santiago y Juan, participa de la actividad de Jesús, incluso en episodios íntimos de los que se excluye a los demás apóstoles. Cuando empieza a hundirse, grita asustado: “Señor, Sálvame”. Jesús lo agarra y le dice: ‘¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?’” (cf. Mt 14, 28-33). Cuando los recaudadores de impuestos le reclaman el tributo del Templo (cf. Mt 17, 24-27), Pedro hace de representante de Cristo. Después del discurso sobre el pan de vida en Cafarnaún, cuando Jesús pregunta si también ellos quieren irse, Pedro profesa su fidelidad incondicional: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (cf. Jn 6, 68-69).

En Cesarea de Filipo pregunta Jesús: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Es Simón Pedro el primero en responder, expresando la humanidad y la divinidad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús juzga esta afirmación fruto de una iluminación del Padre: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!… Ahora yo te digo: tú eres Pedro (“piedra”: petra en latín), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 17-18).

A continuación indica los poderes que le confiere: “Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos” (cf. Mt 16, 19). La imagen de las llaves sugiere la tarea de administrar la casa: Pedro tendrá que gobernar a los fieles, y también a los dirigentes, a los pastores. El poder de “atar” y “desatar” implica no solo el poder de perdonar pecados, sino también la actividad de decisión y legislación en la doctrina y en la conducta pública; es decir, toda la administración de la Iglesia en general.

Inmediatamente después, Jesús anuncia su muerte y resurrección, Pedro lo reprende, mereciendo la dura respuesta del Maestro: “Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”. No siente como Dios, sino como los hombres; de piedra de fundamento se convierte en piedra de tropiezo (cf. 16, 21,23).

A menudo, Pedro habla y actúa en nombre de todos. En varias ocasiones pide explicaciones sobre las parábolas y pregunta si se dirigen a ellos o a la gente. Es Pedro quien pregunta a Jesús por la recompensa que les espera a quienes, como él, lo dejan todo para seguirlo. Cuando Jesús predice la destrucción del templo, Pedro, con Andrés y los hijos de Zebedeo intentan que Jesús les diga cuándo sucederá (Mc 13, 3-4). Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan, y se muestra con un esplendor extraordinario; a su lado aparecen Moisés y Elías. Pedro dice a Jesús: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (cf. Mt 17, 1-9). Jesús ignora la sugerencia y pide que no cuenten a nadie lo sucedido.

Jesús manda a Pedro a preparar con Juan la cena pascual en la que instituirá la Eucaristía (Lc 22, 7-8). Juan y Lucas sitúan aquí el anuncio de la negación –Mateo y Marcos la ponen camino de Getsemaní–. Lucas refiere la disputa sobre quién de ellos es el “mayor”. Juan no describe la institución de la Eucaristía; la sustituye por otro episodio: Jesús se pone a lavar los pies de los invitados. Pedro protesta con energía; pero ante la frase: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13, 8), el apóstol dice: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza” (Jn 13, 9).

Cuando van al huerto de Getsemaní, Jesús pide a Pedro, Juan y Santiago que se retiren con él a orar. Ellos se duermen, recibiendo tres veces el reproche del Maestro. Todos los evangelios relatan que, en el momento del prendimiento de Jesús, uno de los que estaban con él hiere con la espada a Malco, criado del sumo sacerdote Caifás. Juan identifica como agresor a Pedro (Jn 18, 10). Con “otro discípulo” conocido allí (probable-mente Juan), Pedro sigue a Jesús hasta el patio del sumo sacerdote. Allí lo reconocen y, lleno de miedo, jura y perjura tres veces no haber “conocido” jamás a Jesús. “Y, saliendo afuera, lloró amargamente” (cf. Mt 26, 69-75).

Después de la triple negación, los Evangelios abandonan la figura de Pedro; no sabemos qué hizo durante la pasión del Maestro. Lo encontramos luego en la mañana de Pascua: tras encontrar la tumba vacía, María Magdalena corre a anunciarlo a Simón Pedro y al “otro discípulo a quien Jesús amaba” (Jn 20, 2). Ambos corren a la tumba: “el otro discípulo” llega antes, pero espera a Pedro para que entre y constate lo ocurrido, como reconociéndole una especial dignidad (cf. Jn 20, 3-8). El ángel de la resurrección dice a las mujeres que comuniquen “a sus discípulos y a Pedro” (Mc 16, 7) lo que ha sucedido. El Evangelio de Lucas y la carta de san Pablo a los Corintios dicen que Pedro fue el primero en ser favorecido por una aparición de Cristo resucitado. Más tarde compartirá con los demás las apariciones en el Cenáculo y en el Mar de Galilea.

Pedro propone a otros seis discípulos ir a pescar, aunque no logran pescar nada. Jesús se aparece en la orilla, manda echar nuevamente la red, y recogen una gran cantidad de peces (153 exactamente). Cuando reconocen a Jesús, “Simón Pedro, que está desnudo, se ata la túnica y se echa al agua” (Jn 21, 7). Cuando vuelven a tierra, los invita a compartir con él la pesca. Una escena espontánea, que revela el intenso amor de Pedro al Maestro.

Después, Jesús pregunta a Pedro por tres veces: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Jn 21,1-17); la insistencia entristece al apóstol. Al fin confiesa con conmovedora humildad: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. La triple confesión sirve para anular la triple negación en casa de Caifás. A cada respuesta de Pedro, Jesús le confía el cargo de “apacentar”: “Apacienta mis corderos… Apacienta mis ovejas” (cf. Jn 21, 15-17).

Luego Pedro, oye que Jesús se vuelve hacia él y le dice: “En verdad, en verdad te digo que cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras” (Jn 21,18). Y observa Juan: “Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios” (Jn 21, 19). Entonces Jesús añade: “Sígueme”. Viendo que los sigue el discípulo amado, Pedro pregunta a Jesús sobre la suerte de este discípulo, pero la respuesta es enigmática.

Después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús (hacia el año 30), Pedro se convierte en el líder indiscutido del grupo de los primeros cristianos. En el libro de los Hechos de los apóstoles, Pedro aparece como jefe de las comunidades de discípulos, y a la cabeza en la lista (cf. Hch 1, 13). Es él quien propone elegir a otro para ocupar el lugar de Judas. Con la elección de Matías se recupera el número de los Doce (cf. Hch 1, 15-26).

Después de Pentecostés, es Pedro quien explica su sentido a la gente (cf. Hch 2, 16-36). Sana, junto con Juan, al paralítico en la puerta Hermosa del templo: “No tengo plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda” (Hch 3,6); habla a la gente que ha venido a ver el milagro, invitando a creer en Jesús, muerto y resucitado, invitando a la conversión, enfatizando que en Jesús se cumple la promesa hecha a Abraham y los oráculos de los profetas (cf. Hch 3, 11-26).

Junto con Juan, Pedro es arrestado por los sacerdotes y los saduceos. Los miembros del sanedrín, desconcertados por la “franqueza” con la que Pedro habla, les prohiben hablar y enseñar “en el nombre de Jesús” (cf. Hch 4, 1-22). La gente lleva a los enfermos por donde pasa Pedro para que “su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno” (Hch 5,15).

De nuevo, Pedro y Juan son arrestados, pero un ángel los libera durante la noche. Cuando sus perseguidores quieren interrogarlos, se enteran de que los prisioneros están enseñando en el Templo; los mandan traer de nuevo y, enfurecidos por la serena obstinación de los apóstoles, solo se calman con la intervención de Gamaliel.

En Lida cura a Eneas, un paralítico (Hch 9, 32-35); en Jaffa resucita a una discípula llamada Tabita (Hch 9, 36-43). Esto gana para la fe a muchos habitantes de las dos ciudades. En Cesarea, Pedro es enviado a un pagano, el centurión Cornelio. El Espíritu Santo viene sobre el centurión y sus compañeros, como en un nuevo Pentecostés. Abriéndose a los paganos, la Iglesia se universaliza (cf. Hch 10,1–11,18).

Mientras tanto, Herodes Agripa I decide arrestar también a Pedro. De nuevo un ángel despierta al prisionero, quien obedece como en sueños, despertando ya fuera de la cárcel. Va a casa de María, la madre de Marcos, donde muchos fieles están reunidos en oración (cf. Hch 12, 1-18).

Después de esta milagrosa liberación, los Hechos de los Apóstoles se limitan a indicar que Pedro “se encaminó a otro lugar” (Hch 12,17). Se guarda silencio sobre los últimos años de la vida del apóstol. Algunos piensan que ese “otro lugar” es Roma, donde Pedro se habría refugiado durante la persecución de Agripa; o bien Antioquía, donde se habría quedado por poco tiempo, y donde habría tenido lugar el choque con Pablo: no soportando la “simulación” de Pedro, Pablo le reprocha “delante de todos” su actitud y lo invita a ser coherente (Gá 2, 14). No sabemos la reac-ción de Pedro, pero podemos pensar que aceptó con humildad el reproche.

Es probable que hacia el año 52 el apóstol Pedro vaya por unos siete años a Antioquía; de hecho, se le considera el fundador de esa Iglesia, y una tradición muy antigua lo ve como primer obispo de la ciudad. En el “Concilio de Jerusalén” aprueba el punto de vista de Pablo, orientando el futuro de la Iglesia, donde judíos y gentiles tienen los mismos derechos.

Los últimos años de la vida de Pedro están envueltos en la leyenda, y sólo pueden reconstruirse a partir de relatos muy posteriores. Diversos escritores antiguosy padres de la Iglesia hablan de Pedro,a menudo junto a Pablo: Clemente, Ignacio, Dionisio, Ireneo, Tertuliano, Eusebio de Cesarea, Jerónimo… Posiblemente se traslada a Roma, aunque no se puede establecer la fecha de su llegada ni tampoco si su permanencia es continua, pero sí habría ejercido allí un largo apostolado justificando la futura sede del papado: a san Pedro se le considera el primer papa.

Durante las persecuciones de Nerón a los cristianos Pedro es detenido en Roma, y según una antigua tradición, muere crucificado entre el año 64 y el 67 (hay quien defiende que el mismo año y el mismo día que Pablo). La versión más acreditada de su muerte es la crucifixión cabeza abajo, a petición propia, por no considerarse digno de morir como Jesús.

Una tradición sitúa su tumba en la colina del Vaticano, donde hay un cementerio pagano (descubierto en 1939), y donde se descubre una lápida con la inscripción: “Pedro está aquí”. Allí el emperador Constantino manda levantar hacia el año 160 la primera basílica de San Pedro, sobre la que se construye la actual.  Los restos de la tumba están bajo el altar mayor de la Basílica; mientras que los restos del apóstol se conservan en la capilla del apartamento papal del Palacio apostólico.

Algunas características de san Pedro

Muchos de los rasgos de san Pedro han ido apareciendo ya en nuestro rápido recorrido por los Evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Subrayamos a continuación algunas características del apóstol.

Condición social y cultural. Pedro y su hermano Andrés se presentan como pescadores en el lago de Galilea. Santiago y Juan de Zebedeo son sus socios. Después de la resurrección, Jesús se aparece a Pedro y a otros discípulos mientras están pescando cerca del mar de Galilea. Por los Hechos de los Apóstoles conocemos su condición cultural: detenido con Juan y llevado ante el Sanedrín, el apóstol responde sabiamente a sus preguntas, asombrando a los jueces que lo creen inculto e iletrado.

Carácter impulsivo y contradictorio. Pedro aparece espontáneo, impetuoso en sus reacciones, aunque dispuesto a reconocer sus errores. Es sencillo y generoso; impulsivo (Mt 14,28), y al mismo tiempo cobarde (Mt 14,30, 26,69-74), colérico (Jn 18,10) y, no obstante, compasivo (Mt 26,75), perspicaz (Mt 16,16) y, sin embargo, torpe (Mt 16,21-23), valiente y firme después de Pentecostés (Hch 5,27-30).

Extrovertido, activo y enérgico. En buena medida debido a su temperamento enérgico, Pedro desempeña un papel importante en el tiempo pasado con Jesús, llegando a ser el portavoz de sus compañeros, pero más aún después de Pentecostés; con su temperamento templado ahora por el Espíritu, ejerce una gran influencia en el avance de la iglesia primitiva.

Inteligente, profundo y organizado. No parece que Pedro sea un pescador simple como se piensa, sino una persona inteligente, profunda y organizada, con las ideas claras. Escribe con enérgía y quiere infundir a sus lectores el temor de Dios para que no se aparten de él(cf. 2Pe 2, 9).

Abierto al cambio. Se le ve escéptico y desconfiado cuando el Señor lo invita a echar la red; pero humilde y entregado cuando obedece y sus ojos se abren para reconocer a Jesús (cf. Lc 5, 8). Pedro va madurando, y Jesús lo transforma en un verdadero líder.

Deseoso de conocer. En los relatos de los Evangelios, Pedro hace más preguntas que todos los otros apóstoles juntos. Pide al Señor que le explique frases difíciles de entender; le pregunta cuántas veces hay que perdonar o cuál será la recompensa que tendrán por haber dejado todo para seguirlo, hace la observación sobre la higuera seca, hace preguntas al Resucitado… Quiere saber siempre más, entender mejor. Son característica de líder.

Comprometido y participativo. Pedro no solo hace preguntas; por lo general es también el primero en responder a las preguntas de Jesús. En el huerto de Getsemaní es el primero en actuar. Cuando Jesús se acerca de noche caminando sobre el agua, es el primero en saltar de la barca. Poco después, en Pentecostés, lleno de Espíritu Santo, es quien predica ese día.

Capaz de amor y compasión. En sus escritos vemos a un Pedro tierno con la gente, poderoso en Dios, humilde, sumiso a la voluntad divina, esperando el martirio con determinación, lleno de amor, admiración, y devoción hacia Jesús, dispuesto a dar su vida por él.

Conformación con Cristo. Hombre de carácter, se deja moldear y formar por Cristo. Pedro aprende de Jesús la sumisión, la humildad, el amor, la compasión, el valor de su vida…Su vida podría resumirse con las palabras conclusivas de su segunda carta: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2Pe 3,18). Es exactamente lo que hace él; por eso llega a ser Roca en la iglesia primitiva.

Buen escritor, con una prosa hermosa. Se le atribuyen dos cartas–de las siete llamadas “católicas”–. La primera se escribió en griego, tal vez en el año 64, dirigida a los judíos dispersos de Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Tiene gran parecido de pensamiento y doctrina con las cartas de san Pablo. Enérgica y densa, de estilo conciso y elevado, fuerte y suave al mismo tiempo. La segunda carta es como continuación de la primera. Escrita poco antes de su martirio, recuerda los principios generales a los que los cristianos deben atenerse y la práctica de las virtudes.

Relación con la Familia Paulina

Creo que son dos los principales puntos de contacto de san Pedro con la Familia Paulina: la congregación de las Hermanas de Jesús Buen Pastor, a las que el Fundador añadió la devoción a san Pedro junto a san Pablo, y la devoción especial al Papa, sucesor de san Pedro en la guía de la Iglesia.

  1. El P. Alberione propone a las Hermanas Pastorcitas a los apóstoles Pedro y Pablo como máximos pastores de la Iglesia y modelos de toda pastoral. El Fundador da indicaciones para su representación en la pintura y el mosaico dedicados a la Madre del buen Pastor y para el medallón del rosario que llevaban las religiosas, donde quiso que estuviera escrito: Pascite qui in vobis est gregem Dei: “Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo” (1P 5, 2). En la fiesta de los santos Apóstoles las Pastorcitas celebran aún las etapas iniciales de su formación.

Decía el Fundador: “San Pedro y san Pablo son los dos grandes pastores. Pedro, siempre el primero en la fe, y también el primero en la caridad, en la generosidad… tuvo una respuesta que, de momento, le pareció bastante misteriosa, pero que fue realizándose con el paso del tiempo: ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no la derrotarán’. Pedro es maestro de fe; Pedro es maestro de santidad; Pedro es maestro de oración. Mirad a Pablo especialmente en el apostolado… Se hizo todo a todos, como una madre, como un padre, como un hermano, como un siervo, un esclavo y un prisionero por Cristo, para conducir a todos al mismo Jesucristo salvador de las almas…” (Alle Suore di Gesù Buon Pastore, 1960, nn. 127-135, passim).

“Estos dos santos son inseparables, son los dos mayores Apóstoles, los pastores que amaron a las almas hasta el heroísmo, ya que por ellas dieron su vida y derramaron su sangre… Pongamos nuestros propósitos en manos de los santos Apóstoles para que nos concedan su mismo espíritu pastoral” (PP I, 20-24, passim).

También compuso el P. Alberione una coronita en honor de los santos Apóstoles. En ella encontramos el contenido que el P. Alberione quería dar para las Hermanas Pastorcitas a la figura de san Pedro, junto con san Pablo.

  1. En el primer punto, los invoca como los máximos pastores de la Iglesia, por cuyo medio Jesús, buen Pastor, salvó a innumerables hermanos. Les pide que intercedan para obtener la conversión y amor a la vocación.
  2. En el segundo punto agradece a Jesús el amor a Dios y a los hombres que dio a los dos Apóstoles. Y les pide un corazón virginal para consagrar a Dios todas las fuerzas.
  3. En el tercer punto bendice a Jesús buen Pastor por haber elegido a los santos Apóstoles para ser predicadores y modelos de pobreza. Y les pide, como poderosos protectores, que intercedan para obtener de Jesús y de María el amor a la pobreza para heredar los bienes del cielo.
  4. El cuarto punto bendice a Jesús buen Pastor porque apacienta y guía al pueblo por medio de sus representantes. Y pide la intercesión de los Apóstoles para conseguir el espíritu de obediencia, camino de salvación.

5. Finalmente, el quinto punto bendice a Jesús, que coronó la vida de los Apóstoles con un glorioso martirio. Y se pide su intercesión para poder ejercer los apostolados de la oración, del buen ejemplo, del sufrimiento y de la acción pastoral, y alcanzar el premio destinado a los buenos apóstoles.

B. El segundo punto de contacto de san Pedro con la Familia Paulina, es la devoción al Papa, sucesor de Pedro. Una de las primeras características del beato Santiago Alberione es su adhesión incondicional a las directrices del Papa. De ahí nació una relación especial que marcó la vida y la misión del Fundador, pero también la de su Familia religiosa.

La relación del P. Alberione con el Papa de cada momento fue siempre privilegiada. En los momentos de mayor dificultad, la intervención del Papa fue decisiva para la obra del Fundador. En 1953 escribió el P. Alberione: “El Papa es el gran faro que Jesús ha encendido a la humanidad de todos los siglos. Los primeros miembros emitían un cuarto voto, ‘obediencia al Papa en cuanto al apostolado’, puesto al servicio del Vicario de Jesucristo”. Este cuarto voto, por voluntad del P. Alberione se recuperó después, y actualmente lo emiten todos los miembros de la Sociedad de San Pablo.

Por su parte, el P. Alberione sacó siempre y abundantemente de las enseñanzas pontificias los estímulos para la espiritualidad y la misión paulinas y tuvo la satisfacción de ser recibido con bastante frecuencia por los Pontífices. En el “Testamento” que dejó a toda la Familia Paulina, escribió: “Estamos fundados sobre la Iglesia y el Vicario de Jesucristo, y esta convicción inspira confianza, alegría, coraje”.

Conclusiones

San Pedro es el más importante de los doce apóstoles de Jesús, el primer Papa de la historia, el custodio de las llaves del cielo.

No es un hombre de estudios, pero se distingue por su fuerte personalidad y por su cercanía al Maestro, erigiéndose frecuentemente en portavoz del grupo. Jesús, por su parte, desde el primer encuentro, muestra una predilección especial por Simón. Aparece el primero en la lista de los apóstoles, probablemente por autoridad moral. Eso demuestra que no son tan importantes las cualidades como el uso que se hace de ellas. Con pocos medios, se pueden hacer cosas grandes, si se cuenta con la gracia de Dios.

San Pedro muestra cómo Dios toma a las personas tal como son, con sus propias características humanas, y así las destina a su servicio. No las elige porque sean perfectas, sino para que, con sus imperfecciones, mediante el conocimiento y la práctica de la verdad, y por la gracia de Cristo, puedan transformarse a su imagen.

La mayor parte de las Iglesias cristianas reconocen a Pedro un papel especial entre los apóstoles, en cambio el primado del Papa, como sucesor de san Pedro, lo reconocemos solo los católicos. La historia demuestra que la Iglesia católica es la única que ha subsistido a pesar de los avatares de la historia, con sus errores e infidelidades, gracias al reconocimieto de la autoridad del Papa. Aunque no siempre los papas hayan sido ejemplares.

Hoy, como ayer, la Sociedad de San Pablo y toda la Familia Paulina desarrolla su misión en íntima comunión con el Papa, sucesor de san Pedro, colaborando y apoyando, con sus diversas formas de apostolado –y, por deseo del Fundador, debe hacerlo siempre con espíritu pastoral–, todas las iniciativas y las directrices del santo Padre a favor de la Iglesia, teniendo presente que, según la inspiración del beato Santiago Alberione, estamos al servicio de la parroquia del Papa, pues nuestra parroquia es el mundo.

Oración litúrgica

Oh Dios, que al confiar a tu apóstol san Pedro las llevas del reino de los cielos le entregaste el poder supremo de atar y desatar, concédenos, por su intercesión y auxilio, vernos libres de las ataduras de nuestros pecados. Por Jesucristo nuestro Señor.

San Giuseppe Toniolo

Algunos datos biográficos

José Toniolo es un sociólogo italiano, pionero de la sociología económica. Nació en Treviso, al norte de Italia, cerca de Venecia, el 7 de marzo de 1845, en una familia de la burguesía véneta. Después de los estudios medios, en Venecia, en 1867 se graduó en Derecho en la Universidad de Padua, donde siguió después como profesor auxiliar, y más tarde como titular de economía política. Luego se trasladó a Venecia, a Módena a Reggio Emilia y, finalmente, a Pisa, donde siguió como profesor hasta su muerte.

El 4 de septiembrede 1878, se casó con María Schiratti, una mujer de grandes virtudes humanas y cristianas, con quien formó una familia inspirada en el modelo de la Iglesia doméstica, donde se vivía una experiencia de amor tierno y de oración, donde la palabra de Dios tenía un lugar privilegiado. Tuvo siete hijos: tres de ellos murieron en tierna edad, mientras que la hija Emilia, religiosa de la Visitación en Treviso, murió a los 29 años.

En el clima cultural de la época, José Toniolo se comprometió de múltiples formas para que los católicos estuvieran presentes en la sociedad civil para imprimir en ella los valores cristianos. Muy apreciado por el papa León XIII, Toniolo se convirtió en el gran promotor del mensaje social cristiano de la encíclica Rerum Novarum, líder de los católicos sociales italianos y seguramente uno de los mayores exponentes sociales de su tiempo. Preocupado por la primera guerra mundial, en 1917 elaboró un estatuto de Derecho Internacional para la Paz, que encomendó al papa Benedicto XV.

Murió el 7 de octubre de 1918 —día dedicado a nuestra Señora del Rosario, que él acostumbraba rezar todos los días— en Pisa, en cuyo cementerio recibió sepultura. En 1919 su cuerpo se trasladó a la iglesia de Santa María de la Asunción en Pieve di Soligo.

El 21 de mayo de 1933, en una asamblea de la Fuci (Federación Universitaria Católica Italiana) en Florencia, se decidió promover la causa de beatificación de Toniolo. La petición, a la que se agregó enseguida toda la Acción Católica, fue acogida muy pronto por la autoridad competente. El 7 de enero de 1951 se introdujo la Causa, y el 14 de junio de 1971 san Pablo VI clausuró la fase del examen de su vida con el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes, declarándolo “venerable”; el 4 de enero de 2011, el papa Benedicto XVI autorizó la promulgación del decreto del milagro de la curación del joven Francisco Bortolini, (acaecida el 7 de junio de 2006), atribuido a la intercesión del venerable Siervo de Dios.

En octubre del mismo año, sus restos mortales fueron trasladados a la catedral de Pieve di Soligo. El 29 de abril de 2012 José Toniolo fue proclamado beato en Roma, en la Basílica de San Pablo extramuros. Su memoria litúrgica se fijó el 4 de septiembre, aniversario de su matrimonio.

Algunas características importantes

Una gran personalidad. José Toniolo es una de las más grandes figuras italianas contemporáneas. Hijo de un ingeniero, estudió derecho y se especializó en sociología económica. Fue un gran profesor que, por su carácter, consiguió *el cariño* de los alumnos y de sus compañeros.

En la carta de petición de apertura de la Causa de canonización, se afirma, entre otras cosas, que José Toniolo “en momentos difíciles y convulsos supo mantener elevado… el prestigio de la ciencia cristiana y para las jóvenes generaciones fue ejemplo preclaro de vida santa, completamente dedicada al cumplimiento de los deberes domésticos y públicos y consumada noblemente en la afirmación de los principios cristianos en la vida social”.

Católico convencido. José Toniolo es una gran figura de laico católico, protagonista de una acción sumamente incisiva para implicar a los católicos en el campo social. Defendió el valor económico-social de la religión, conciliando la fe y la ciencia.

En su día pensó en la posibilidad de ser sacerdote, pero se casó y tuvo siete hijos, a los que educó cristianamente. Su pensamiento se cimentó en santo Tomás y en santa Teresa, de la que era gran devoto. José Toniolo llevó adelante su profesión y su familia con fidelidad a la Iglesia. Fue miembro de la Tercera Orden Franciscana. En Pisa su casa conserva los signos de su vida santa y laboriosa.

Creador de pensamiento social cristiano. José Toniolo es uno de los mayores ideólogos de la política de los católicos y uno de los artífices de su inserción en la vida pública. Fue muy apreciado por los Papas de su tiempo.

José Toniolo elaboró una teoría sociológica que afirma el predominio de la ética y del espíritu cristiano sobre las leyes de la economía. Propuso varias innovaciones, como el descanso dominical, el límite de las horas de trabajo, la protección a la familia, la defensa de la pequeña propiedad, la tutela del trabajo de las mujeres y de los jóvenes, de las libertades civiles, políticas, de reunión, de cultura y de educación religiosa y cívica del pueblo. Según él, los sistemas políticos que no se basan en Dios, como el liberalismo y el socialismo, no pueden perdurar. El perfeccionamiento de la razón natural sólo lo puede dar el ideal cristiano. La mentalidad del dinero atrofia el pueblo. El liberalismo y el socialismo reducen al pensamiento al nivel de la materia.

Fiel a sus convicciones religiosas. Consideró las relaciones económicas subordinadas a la justicia, como creía la escolástica, y consideraba la vida económica como un aspecto de la civilización. Es el pionero de la sociología económica cristiana. Con el Programa de Milán propuso principios y propuestas para la renovación de la sociedad en sentido cristiano. Siempre se manifestó activo contra el divorcio y contra la escuela laica, y a favor de la protección laboral de los trabajadores.

Fue cabeza de la Acción Católica, fundó la Revista Internacional de Ciencias Sociales, la Asociación de Mujeres Católicas_y las Semanas Sociales para los trabajadores. A todos los exhortaba a unirse en Cristo. La Italia de entonces era la de la unificación liberal, que había enajenado al Papa sus estados. Eso no fue para él obstáculo para ser un profesor fiel al Estado, siempre que permitiese seguir siendo creyente de la Iglesia.

Modelo de laico católico comprometido. José Toniolo vivió en un periodo lleno de fermentos políticos, religiosos y culturales; el pensamiento marxista desviaba la atención sobre las condiciones del proletariado. Con la encíclica Rerum Novarum, la Iglesia tomó postura sobre la situación obrera. En Italia todo se complicó con la Cuestión Romana, a causa del poder temporal del papa, que creó problemas de conciencia en muchos católicos.

La actualidad del beato José Toniolo está sobre todo en la riqueza de su biografía laical: casado, con familia numerosa, hombre de estudio y docencia, economista de relieve, participó en la actividad científica y al mismo tiempo puso toda su competencia al servicio de la implicación popular, empeñándose en el asociacionismo eclesial, con atención a lo social y a la acción política. Se movió en una Italia apenas formada —se constituyó en 1862—, y al mismo tiempo tuvo una visión europea que lo llevó a mantener contactos con ambientes de estudio y con instituciones culturales de ámbito internacional. Todo apoyado en una espiritualidad laical vivida con coherencia y fidelidad.

Multitud de propuestas concretas. José Toniolo no fue solo un gran ideólogo de la acción social de los católicos en la sociedad de su tiempo, sino que se implicó en primera persona en multitud de iniciativas de gran importancia en su tiempo y aún hoy:

La Sociedad de la Juventud Católica Italiana (29 de junio de 1867), que fue elprimer núcleo de la futura Acción Católica.

La Obra de los Congresos y de los Comités católicos, (26 de septiembre de 1875); su primer presidente fue Giovanni Acquaderni, fundador de la Acción Católica, con el conde Mario Fani.

La Unión católica para los estudios sociales, (29 de diciembre de 1889), presidida por el propio Toniolo.

A partir de 1894, José Toniolo fue uno de los animadores del movimiento de la _Democracia Cristiana._ Fue presidente de la Unión Popular.

En 1906 se implicó activamente en la Obra de los Congresos; después de su disolución, san Pío X le encomendó –con otros tres– la refundación oficial de los católicos italianos, esbozada en la encíclica Il Fermo Proposito, de1905. Bajo su impulso, nacen en 1907 las Semanas sociales.

En 1908, publicó el Tratado de economía social, que influyó mucho en el movimiento católico del tiempo, y desarrolló el sindicalismo católico. Con la suspensión del Non expedit, los católicos participaron masivamente en las elecciones de 1913, obteniendo por primera vez 20 diputados católicos.

Escritor prolijo de temas sociales. La contribución de José Toniolo a los estudios económico-sociales lo testimonian sus numerosas publicaciones sobre la problemática de la distribución del trabajo y de la riqueza, los temas de historia económica, el programa social cristiano, temas doctrinales, históricos y críticos, y grandes síntesis de tipo sociológico.

Convencido de la importancia de transmitir su pensamiento a través de la prensa, escribió y publicó infinidad de ensayos y libros; entre ellos, por citar algunos: Tratado de economía social: la producción, Orientaciones y conceptos sociales al comenzar el siglo XX, Análisis del socialismo contemporáneo, El concepto cristiano de la democracia, Tratado de economía social, Principales deberes del ciudadano cristiano: el buen ciudadano, La producción. En su numerosa lista de obras escritas, Toniolo propuso soluciones concretas a los diversos problemas de la vida social.

Su influjo en la Familia Paulina y en su carisma

Ejemplar esposo y padre de familia, profesor apreciado, fundador y dirigente de obras sociales, escritor fecundo, cristiano convencido y fiel a la Iglesia, estimado por los papas de su tiempo… No es extraño que esta gigantesca figura cautivara el interés del joven Santiago Alberione, cuyo corazón albergaba inquietudes muy semejantes a las de José Toniolo.

El joven Alberione había tenido ocasión de participar en un congreso, “el primero al que él asistía” –escribe el beato años más tarde, narrando su experiencia de la noche del paso de siglo XIX al siglo XX–. En ese congreso había podido escuchar uno de los ardientes discursos del sociólogo: “Había comprendido perfectamente el discurso calmo pero profundo y cautivador de Toniolo” (AD 14); sus palabras se grabaron a fuego en su inquieto corazón.

A ello se unían las invitaciones del papa León XIII: “Uno y otro hablaban de las necesidades de la Iglesia, de los nuevos medios del mal, del deber de oponer prensa a prensa, organización a organización, de la necesidad de hacer penetrar el Evangelio en las masas, de las cuestiones sociales…” (AD 15). Además de la mayor comprensión de la invitación de Jesús: Venid a mí, todos, entre las cosas que Santiago vio con claridad en esa noche, a la luz de la Eucaristía, está “cuanto decía Toniolo sobre el deber de ser apóstoles de hoy, usando los medios utilizados por los adversarios”.

Y a partir de ahí, seguramente estimulado también por el entusiasmo del sociólogo, Santiago Alberione –que contaba entonces con 16 años– “se sintió profundamente obligado a prepararse para hacer algo por el Señor y por los hombres del nuevo siglo, con quienes habría de vivir” (AD 15).

Y soñando con un futuro comprometido, escribe que “le parecía que en el nuevo siglo personas generosas sentirían cuanto él sentía; y que, asociadas en organización, se podría realizar lo que Toniolo tanto repetía: ‘Únanse; si el enemigo nos encuentra solos, nos vencerá uno por uno’” (AD 17).

El grito de José Toniolo recuerda el de Karl Marx (1818-1883), que incitaba a los trabajadores a la lucha de clases: ‘Trabajadores de todo el mundo, ¡únanse!’. Compañero y adversario de Marx en el parlamento de Berlín fue el obispo de Maguncia, Wilhelm von Ketteler (1811-1877), que era diputado por el Centro cristiano social. Sus llamamientos a la unidad de los católicos fueron acogidos con júbilo por los sociólogos cristianos, entre ellos Toniolo. Ketteler era conocido entre los primeros paulinos por su afirmación: “Si san Pablo viviera hoy, se haría periodista”.

De toda esta experiencia nació el “espíritu social”, una de las abundantes riquezas con que Dios ha querido enriquecer a la Familia Paulina. De él habla el Fundador en los números del 58 al 63 de sus apuntes autobiográficos Abundantes divitiae gratiae suae. Afirma que la Providencia dispusouna larga preparación para eso. Y también un gran empeño de formación: “Cursos de conferencias sociales, estudios sociales en los años de Teología y sucesivos; los congresos de índole social en que tomó parte, por disposición de los superiores; la cooperación con organizaciones y obras sociales; las relaciones con hombres de la Acción Católica, entre otros: el cardenal Maffi, el profesor Toniolo, el conde Paganuzzi y el economista Rezzara”.

Pero aún “más comprometido —escribe el P. Alberione— fue el período posterior a la disolución de la ­­Obra de los Congresos. Pío X la sustituyó por la Unión Popular de los Católicos, a ejemplo de Alemania”. La Unión Popular fue una asociación que surgió para agrupar a los católicos de todas las clases sociales en torno a un único centro de doctrina, de propaganda y de organización social. Afirma el P. Alberione que las razones para la supresión eran graves; “pero, en general, no fue bien acogida y hubo que trabajar con muchas buenas personas desanimadas y con adversarios irreductibles”.

La actividad del joven Alberione en ese campo fue impresionante entre 1911 y 1914 —año en que comenzó su fundación—. Él mismo cuenta que “hubo que recorrer en gran parte las parroquias de la diócesis [de Alba], para fundar [la Unión Popular], para [dar] conferencias y solucionar dificultades. Se estaba casi solos: dos personas guiadas por el Obispo”. Parece ser que las dos personas eran el canónigo Chiesa y el P. Alberione. El canónigo escribió un folleto titulado La Unión Popular explicada a los campesinos, que se vendía a 10 céntimos de lira. Un periódico –La Settimana Sociale– publicó (25.11.1911) una larga lista de pueblos de la región albesa donde los dos teólogos, Chiesa y Alberione, dieron conferencias sobre la Unión Popular; no se conoce el contenido de las conferencias, pero seguramente tenían como base el citado folleto del canónico Francisco Chiesa.

Además de toda esa implicación personal, dice el P. Alberione que “se escribió mucho en la _Gazzetta d’Alba_”—probablemente por la pluma del canónigo Chiesa—. Y escribe el P. Alberione que Pío X, “gran conocedor de los tiempos y guiado por Dios, suavizó el _Non éxpedit_” con la encíclica Il fermo propósito, de 1905; con ella autorizaba a los obispos italianos a permitir a los católicos participar en la vida política, lo que dio lugar a los primeros católicos diputados, aunque no se quería un partido político de católicos. A raíz de esa apertura, el P. Alberione “trabajó especialmente en favor de la elección de candidatos sostenidos por los católicos, a lo largo de varios años y con buenos resultados. Estos culminaron en las elecciones en que el Partido Popular obtuvo una gran afirmación”.

El móvil de toda esta actividad lo presenta el Fundador en el número 63 del citado libro: “Acción y oración orientaron hacia un trabajo social cristiano que tiende a sanear gobiernos, escuelas, leyes, la familia y las relaciones entre las clases y entre las naciones. Para que Cristo, camino, verdad y vida, reine en el mundo”. Y concluye con esta tajante afirmación: “La Familia Paulina tiene en esto una amplia tarea y responsabilidad”.

Es importante —como prueba de la gran sensibilidad del P. Alberione por la cuestión social— la publicación, en 1950, del Catecismo social, que tendría cuatro ediciones más. Es interesante el relato de la redacción del libro que hace sor Lucina Bianchini en el volumen de la Opera Omnia —que recoge la quinta edición—. En la introducción se reproduce una carta del P. Silvano Gratilli, también implicado en la tarea, que escribe: “No sé en qué se inspiró el Primer Maestro para estructurar de esa manera el Catecismo social. Pero estaba claro que él era muy sensible a la cuestión social. De joven había leído y meditado las encíclicas de León XIII y había estudiado la doctrina social de José Toniolo… Había una gran desorientación. Él quiso compilar un librito fácil y al alcance de todos, parecido a los catecismos de la Doctrina Cristiana, para salir al encuentro del pueblo que se abría de nuevo a la libertad, iluminándolo con una doctrina nacida de las fuentes del Magisterio eclesiástico”.

Conclusiones

Los esfuerzos de José Toniolo por conseguir una sociedad justa para todos, y por despertar la responsabilidad de los católicos en esa empresa y crear un movimiento católico dispuesto al diálogo, para hacerlo salir del aislamiento y colocarlo en una posición útil a la sociedad, fueron acogidos plenamente por el joven Santiago Alberione, que quiso dejar a su familia, precisamente, como una de sus “abundantes riquezas” el “espíritu social”.

La figura de José Toniolo tiene gran importancia en el carisma paulino, y sigue siendo muy significativa en la tarea de reinsertar a la Iglesia en la sociedad y en la cultura de nuestro tiempo. La sensibilidad cultural y la formación intelectual, inspirada en los principios de moderación y de espíritu cristiano, permitieron a Toniolo elaborar respuestas que los católicos pueden ofrecer útilmente también a la sociedad moderna, en un momento en el que, como el suyo, las relaciones Iglesia-Estado atraviesan en todo el mundo momentos difíciles y la participación de los creyentes en la vida política y social se ve casi siempre como algo utópico.

El beato José Toniolo supo orientar los estudios con inspiración cristiana, defendiendo la necesidad de que los católicos cuiden el estudio de las ciencias sociales y económicas y encuentren criterios directivos para estas disciplinas.

Un aspecto importante de la actualidad de Toniolo es su concepción política en relación con la unidad de los católicos: él percibió la importancia de tener un punto de encuentro para devolver una voz y un rol a un catolicismo que el movimiento socialista considera superado, y que el liberalismo conservador margina en la realidad. Como católico militante, y exponente activo de la Acción Católica, José Toniolo reclama la necesidad de un despertar del catolicismo social. Su punto de partida es profundamente cristiano, y al mismo tiempo abierto y capaz de comprender los tiempos nuevos.

Oración litúrgica

Oh Dios, que has hecho al beato José testimonio de espiritualidad laical, concediéndole irradiar la luz del Evangelio en la sociedad y en la cultura, concédenos que, por su intercesión y siguiendo su ejemplo, caminemos por las sendas de la caridad y de la justicia en favor de los pobres, para gloria de tu nombre. Por Jesucristo nuestro Señor.

San Basilio Magno

Pbro. José Antonio Pérez
Algunos datos biográficos

Basilio nació en torno al año 330 en Cesarea de Capadocia –actual Kaysery en Turquía–. Es el primero de cuatro hermanos y cinco hermanas, de una familia de santos: sus abuelos maternos, sus padres y varios hermanos y hermanas. Su padre es un apreciado retórico y abogado, que cuida personalmente la educación escolástica de su hijo; la madre, Emilia, junto con la abuela, tiene gran parte en su educación cristiana. Siendo aún un niño, su familia se traslada al Ponto, pero pronto vuelve a Capadocia, a vivir con familiares de su madre que cuidan de su abuela Macrina.

Al acabar los estudios básicos, va a perfeccio­narse a Constantinopla, y después a Atenas, el centro más importante de estudios filosóficos del tiempo. Aquí Basilio entabla estrecha amistad con su connacio­nal Gregorio, el futuro Nacianceno, que ya ha sido su compañero de estudios en Cesarea.

Vuelto a su patria hacia el año 356, da inicio a la carrera de retórico, con sueños de gloria, aunque la abandona poco después, exhortado por su hermana, para dedicarse plenamente a su compromiso cristiano y a la vida ascética: tiene una experiencia interior, que lo dirige enteramente a Dios, como cuenta él mismo: “Un día, como si despertase de un sueño profundo, volví mis ojos a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré por mi miserable vida”.Recibe el bautismo y emprende un largo viaje que, a través de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia, lo lleva a establecer contacto con los monjes más ilustres de su tiempo.

Vive cinco años en la soledad, hasta que su obispo, Eusebio, siendo él todavía catecúmeno, lo ordena sacerdote para que le ayude en su ministerio. Cuando se da cuenta de los celos de su poco instruido pastor, vuelve a la vida retirada. Ante la amenaza arriana del emperador Valente, a ruegos de Gregorio Nacianceno vuelve a Cesarea: allí trabaja por mantener la fe, por la liturgia y por remediar los daños de la terrible carestía.

Al volver a su patria, renuncia a sus bienes en favor de los pobres, y hacia el año 358 se retira a la vida ascética en una localidad del Ponto, junto al río Iris. En esta localidad, en una propiedad familiar, edifica un monasterio, donde vive también por algún tiempo el Nacianceno (358-603).

Lo aparta de la vida monástica Dianio, obispo de Cesarea, que lo nombra lector en su iglesia, y al que acompaña el año 360 en el concilio de Constantinopla, donde triunfa una especie de a­rrianismo moderado, apoyado por el emperador Constancio II. También Dianio suscribe la ambigua fórmula del credo, susceptible de las más diversas interpretaciones. Basilio no se deja involucrar en ello.

A la muerte de Dianio es llamado a sucederle Eusebio, un hombre influyente pero poco preparado, que ordena presbítero a Basilio para que sea su estrecho colabora­dor en el gobierno de la Iglesia. Las relaciones entre ambos se deterioran pronto, pues el prestigio de Basilio hace sombra al obispo; por otra parte también Basilio tiene un carácter fuerte. Llega al punto de abandonar su oficio y retirarse a su amada soledad. La intervención del Nacianceno logra la reconcilia­ción y Basilio vuelve a su cargo.

Hacia el año 370 recibe la ordenación sacerdotal de manos de Eusebio de Cesarea a quien sucede en la sede metropolitana de esa ciudad, no obstante los contrastes y oposiciones existentes. Es consagrado obispo de Cesarea y primado de la diócesis de Capadocia. Su celo por la ortodoxia no le impide valorar las virtudes de sus adversarios; por mantener la paz recurre a la terminología ortodoxa cuando es posible hacerlo sin sacrificar la verdad. Resiste al emperador Valente, que quiere introducir el arrianismo en su diócesis, aunque al final lo deja tranquilo.

Desde este momento, a pesar de la brevedad de su episcopado, Basilio desarrolla una intensísima actividad, que lo compromete en varios frentes. Su acción pastoral es tan meritoria que le merece el título de “Magno”. A pesar de su salud precaria, predica todas las mañanas en las dos iglesias de Cesarea e instruye con la palabra y los escritos a toda clase de gente, trabajando por la conversión de los herejes. Se mortifica y ayuna con frecuencia, incluso durante su ministerio pastoral. Los sacerdotes son sus favoritos y vela para asegurarse su formación. Trabaja intensamente contra la herejía arriana. Manifiesta también su celo y su capacidad de organización de actividades caritativas. En este tiempo compone las reglas monásticas que hacen de él el organizador de la vida monástica en Asia Menor. Su intensa actividad lo debilita físicamente en poco tiempo.

Al morir Valente, caído en el año 378 en lucha contra los Godos, su sucesor, Teodosio I, restablece la libertad religiosa y, con el apoyo de Basilio, pone en la sede de Constantinopla a Gregorio Nacianceno. Es su último acto oficial, pues, agotado por las preocupaciones, por la austeridad de vida y por las enfermedades, muere el 1 de enero del año 379. Sus funerales, en Cesarea di Capadocia, son un verdadero triunfo.

San Basilio Magno se conmemora en el Martirologio Romano el 1 de enero, anniversario de su nacimiento al cielo, mientras que la memoria litúrgica se celebra el día siguiente, junto con la de su amigo san Gregorio Nacianceno. Ha sido proclamado Doctor de la Iglesia.

Algunas características

Viva imagen del Buen Pastor. Basilio se toma muy en serio su oficio episcopal, dedicándose con energía a cuidar la salud espiritual y material de su grey, malparada en esos momentos de carestía y de graves penurias. Su empeño no se limita a la palabra, sino que se desplega en una gran actividad benéfica, hasta la construcción de un barrio a las afueras de la ciudad, llamado enseguida “Basiliada”. También de sus discursos emerge la figura del pastor atento a las necesidades de los fieles, y presenta la doctrina y la moral cristianas en la forma que mejor se adapta al público en general, haciendo uso de su vasta cultura y cuidada formación retórica.

Organizador de la vida monástica. La actividad monástica de Basilio no se limita a Cesarea: funda monasterios en otras partes de Capadocia y organiza la vida monástica con una precisa normativa. En el contexto de esta actividad a la que se ha dedicado desde el bautismo, entra en contacto con Eustacio, que años más tarde será nombrado obispo de Sebaste, y es uno de los organizadores de la vida monástica en Asia Menor. Con Gregorio Nacianceno elabora las Reglas para los monjes basilianos, imitada después incluso en Occidente, que le vale el apelativo de “legislador del monaquismo oriental”. Las denominadas “Reglas detalladas” y “Reglas breves” son más bien recopilaciones. La forma más difundida de estas “reglas”, la “Vulgata”, es una reelabora­ción tardía, del siglo VI.

Actividad política. La gran actividad en la vida monástica no distrae a Basilio de su compromiso político, que lo ocupa en sus pocos años de episcopa­do en la lucha contra el arrianismo para lograr en Oriente un frente compacto que se le oponga. Constancio II trata de imponer la fórmula de fe del año 360, cuya ambigüedad permite peregrinas interpretaciones. El emperador trata de conseguir la adhesión de Basilio, pero sin éxito. El empeño conciliador de Basilio lo expone a las críticas de ambas partes. La política de Basilio topó con otras dificultades en la relación con los antiarrianos más allá del Asia Menor. Su ortodoxia es indiscutible, pero su apertura provoca equívocos acerca de su acción política.

Preocupación por los animales. Es famosa su oración dedicada a los animales, fechada el año 370, en la que sorprendentemente se encuentran temas modernos sobre los derechos de los animales: “Señor y Salvador del mundo, oramos por los animales que humildemente llevan con nosotros el peso del día y el calor. Te pedimos por las criaturas salvajes que creaste sabias, fuertes, hermosas; te pedimos por todas las criaturas y suplicamos tu gran ternura de corazón, porque prometiste salvar al hombre y los animales y les concediste tu amor infinito”.

Defensor de la verdad. Los arrianos están divididos entre radicales, capitaneados por Eunomio –que siguen la doctrina de Arrio e insisten en la inferiori­dad del Hijo respecto al Padre– y los que atenúan estas afirmaciones con fórmulas ambiguas. También están divididos los antiarria­nos: unos defienden la fórmula nicena del 325, que declara al Hijo consustancial con el Padre, pero otros la atacan por no destacar suficien­temente la subsisten­cia personal del Hijo. Basilio se propone el acercamiento y atraer a los todavía indecisos. Inicia contactos con Occidente, y con la ayuda de Atanasio intenta superar los recelos sobre su doctrina acerca del Espíritu Santo.

Importante escritor. El prestigio y la fama de Basilio se deben no solo a su actividad política y doctrinal, sino también a su capacidad de escritor, elegante y eficaz, aunque lejos de la retórica. En el tratado A los jóvenes –que será fundamento de la instrucción cristiana en toda la época bizantina– propugna la exigencia de la formación clásica para el estudio de la Sagrada Escritura, y confía al maestro la selección de la vasta producción literaria pagana, fundamento de la instrucción escolásti­ca. Junto con los otros dos doctores de Capadocia, representa la cumbre de la cultura cristiana antigua.

Célebre predicador. San Basilio es un gran predicador; se conservan muchas de sus homilías y una serie de sermones cuaresmales sobre el Hexameron (los seis días de la Creación). Algunos, como los dedicados a la usura y al hambre, tienen valor para la historia de la moral; otros muestran los honores que hay que rendir a los mártires y las reliquias. Sus incitaciones para que los jóvenes estudien literatura clásica muestran la gran importancia del estudio de los clásicos en su propia educación.

Su labor en la liturgia. La mayor parte de las liturgias que llevan el nombre de Basilio no son, en realidad, obra suya; sin embargo, mantienen reminiscencias de su actividad en este campo, al establecer fórmulas para las oraciones de la liturgia y al promover el canto en la misa. Se le puede atribuir La divina liturgia de Basilio el Grande, que es algo más larga que la de Juan Crisóstomo, y todavía se utiliza en algunas festividades –por ejemplo, los domingos de cuaresma– en la Iglesia Bizantina y en las Iglesias Católicas y Ortodoxas Bizantinas.

San Basilio y la Familia Paulina

Hay que decir que realmente el beato Santiago Alberione cita pocas veces a san Basilio, aunque, cuando lo hace, deja percibir la importancia que da a este santo, a su pensamiento y a sus escritos.

A los Paulinos reunidos en Ariccia, en 1960 les habla de lo desastroso que es sembrar discordias en las comunidades, y dice que “san Basilio, san Bernardo y san Ignacio querían que los sembradores de discordia fueran, si era posible, despedidos de la Congregación religiosa, o al menos separados de la comunidad” (Ut perfectus sit homo Dei, p. 499).

A las Hermanas Pastorcitas se lo cita alguna vez; por ejemplo, hablándoles de la envidia, dice que “san Basilio aconseja aprender de todos, tomando de cada uno lo que hay de bueno. Así se trata de acumular en nuestro corazón las virtudes de todos. Detesten, pues, la envidia y practiquen la emulación” (Prediche alle suore Pastorelle 1948 vol. III grises, p. 140). Y también: “Hasta el siglo VIII, los santos padres anacoretas y otros recopilaron los principios del ascetismo del Evangelio, los recopilaron y expusieron: san Antonio abad, san Hilario, san Basilio, san Benito” (Id, p. 205). 

No lo cita mucho en sus libros ni en sus meditaciones. En La mujer asociada al celo sacerdotal, hablando del buen ejemplo, escribe: “El instinto de imitación es tan profundo en el hombre que nadie, por mucho que se esfuerce, logrará nunca sustraerse totalmente de él. Pero es más fuerte en los niños, en cuya naturaleza se expresa en sus tendencias sin artificios. San Basilio los compara a los aprendices de pintura… Si el modelo es bueno, el retrato podrá salir discreto: en cambio, si aquel es defectuoso, más fea saldrá la reproducción” (p. 123). Y hablando de la importancia de la madre en la familia recuerda algunas madres: “‘Quiero hacer de mi hijo un santo’: decía la madre de san Atanasio. ‘Dios mío, todo se lo debo a mi madre’: repetía san Agustín. ‘Gracias mil veces, Dios mío, por habernos dado por madre a una santa’: exclamaban a la muerte de santa Amelia sus dos hijos, san Basilio y san Gregorio de Nisa” (p 128).

En sus apuntes Abundantes divitiae gratiae suae escribe que cuando pensaba en los hermanos Discípulos, “se familiarizó más íntimamente con san Basilio, san Benito, san Francisco de Asís, san Juan Bautista [de] La Salle, que tenían muchas vocaciones masculinas de laicos” (n. 39).

En su obra Apostolado de la Edición habla de la importancia de someter a Dios todo: mente, voluntad y corazón: “Sometimiento del corazón y de todo nuestro ser como nos enseña la Iglesia y como nos han dado ejemplo tantos santos, entre los que queremos recordar a san Antonio, a san Basilio, a san Agustín, a santa Cecilia” (p. 198). Y afirma: “¿Quién no gustará mejor la Biblia, tomando como guía la áurea elocuencia de san Juan Crisóstomo, la poderosa y segura erudición de san Jerónimo, la poderosa dialéctica de san Agustín, la noble y seria doctrina de san Basilio, la penetrante poesía de Gregorio? El estudio de los Padres es verdadera luz que ilumina” (p. 198).

En Alma y cuerpo para el Evangelio, hablando del trabajo, dice que “la Iglesia siempre tuvo hijos dignos, formados sobre el Hijo de Dios humanizado, como san Basilio, san Benito, san Juan Bosco y san Juan Bautista de La Salle” (p. 182).

En el libro Maria, Regina degli Apostoli (2°) habla de la importancia de las madres en la vida de los hijos, y escribe: “‘Gracias, mil veces gracias, Señor, por habernos dado por madre a una santa’ decían san Basilio y san Gregorio de Nisa, a la muerte de su madre Amelia” (p. 205).

En Si vis perfectus esse, defiende con fuerza la virtud de la pobreza, y entre los modelos cita a san Basilio: “¡Nunca he visto a un hombre ambicioso que se haya convertido en un religioso ferviente y diligente! ¡Nunca! Y lamento que a veces a algunas personas se les impide trabajar para otras. ¡Pobrecitos! ¡Qué pena me dan!… Jesucristo fue al pesebre, sobre paja. Y comenzó a partir de ahí. Y a partir de ahí empezó san Antonio a despojarse de todo, y era muy rico; san Basilio, dejando a su familia y retirándose a una cueva… Y ustedes que dicen ser discípulos de Jesús, ¿por dónde quieren empezar? ¡Velen por hacerse santos, por hacerse verdaderamente santos!” (cf. pp. 139-140). Hablando de san Pablo, como modelo de los religiosos, recuerda como ejemplos de austeridad a san Basilio y a san Jerónimo (cf. p. 222).

Finalmente, en el boletín San Paolo sí hay varias citas de san Basilio. Hablando de los Discípulos del Divino Maestro, dice que “san Basilio y san Antonio Abad dedicaron a los laicos colaboradores buena parte de su actividad y de su vida” (1935). Y también: “Todo el instituto de san Juan Bautista de la Salle, que consta de 20.000 religiosos, está constituido por laicos: una milicia santa al servicio de la Iglesia, de la civilización y de la juventud” (1935, p. 5). Hablando del trabajo en la Familia Paulina, pide que se enseñe a trabajar; y dice que “la Iglesia tuvo siempre hijos dignos, formados sobre el Hijo de Dios humanizado, como san Basilio, san Benito, san Juan Bosco, san Juan Bautista de La Salle” (1954, p. 8).

Conclusiones

Como se ha dicho, el beato Santiago Alberione cita pocas veces a san Basilio, aunque, cuando lo hace, deja percibir la importancia que da al santo y a sus escritos. Llama la atención la presencia de la santidad en la familia de Basilio, lo que recuerda la importancia de un ambiente verdaderamente cristiano en la familia, para la formación de las futuras generaciones. Como el mal, también el bien es “contagioso”.

San Basilio vivió apenas 49 años, pero su intensa y profunda actividad le valió el título de “Magno” –Grande–, por su doctrina y sabiduría. Enseñó a sus monjes a meditar las Escrituras y a trabajar en obediencia y caridad fraterna; compuso para ellos reglas, que serían muy seguidas en los siglos siguientes; instruyó a sus fieles con sus escritos y se volcó en la pastoral, sobre todo con los pobres y enfermos.

En susescritos, san Basilio enseña que es nuestra naturaleza común la que nos obliga a tratar las necesidades de los demás –como el hambre y la sed– como si fueran nuestras, a pesar de que se trate de personas ajenas. Los teólogos explicarán esto como un ejemplo de cómo los santos llegan a convertirse en imagen de las divinas Personas de la Trinidad. Se conservan trescientas cartas suyas, que muestran un carácter fuerte y observador que, a pesar de todos sus problemas de salud y de todas las vicisitudes que tuvo que soportar, siguió siempre optimista, tierno y hasta jocoso. Sus principales esfuerzos como reformador se dirigieron a mejorar la liturgia y a reformar las órdenes monásticas orientales.

A su muerte –el 1 de enero de 379–, el balance de su acción podría parecer casi un fracaso, pues siguen las disensio­nes y los contrastes entre los antiarrianos de Oriente, y el choque con Occidente. Pero la tenaz acción política de este gran líder, articulada en direcciones muy diversas, estaba ya notándose entre los “neonicenos”, y su siembra no tardó en dar frutos: solo dos años después de la muerte de Basilio, el concilio de Constan­tinopla del 381, a pesar de la oposición de Roma y de Alejandría, ratificó oficialmente las directrices políticas y doctrina­les de Basilio, y su fórmula trinitaria se impuso como oficial de la Iglesia católica.

Es hermoso el ejemplo de su amistad con san Gregorio Nacianceno. Fueron relmente íntimos amigos, que compartieron el ansia de santidad, la formación cultural y la aspiración a la vida monástica. Se puede comprobar en los “Discursos” de san Gregorio Nacianceno –lectura del Oficio de la memoria de los dos santos, el 2 de enero–, donde se lee por ejemplo: “Cuando, con el paso del tiempo, nos manifestamos mutuamente nuestras intenciones y comprendimos que el amor a la sabiduría era lo que ambos buscábamos, entonces ambos nos volvimos el uno para el otro: compañeros, comensales, hermanos. Aspirábamos al mismo bien y cada día cultivamos nuestro ideal común con más fervor e intimidad. Nos impulsaba el mismo afán de saber…; sin embargo, no había envidia entre nosotros, se apreciaba en cambio la emulación… Parecía que teníamos una sola alma en dos cuerpos… realmente uno estaba en el otro y con el otro”.

Por todos esos motivos, el culto de san Basilio –denominado enseguida el Grande– comenzó ya desde el momento de su muerte, favorecido por los elogios fúnebres, por los panegíricos de sus hermanos y amigos y por una “vida” llena de milagros, que se supone escrita por su amigo Anfiloquio.

Goza de gran prestigio entre los ortodoxos, que lo consideran patrono de la escuela, y en Oriente son muchísimas las iglesias consagradas a él. Sus reglas siguen todavía en vigor entre los monjes. Su culto está muy difundido también en Occidente. Su festividad siguió celebrándose el 1 de enero, incluso cuando coincidía con la fiesta de la Circuncisión del Señor. En la liturgia latina, pasó del día 1 al 2 de enero, unido a Gregorio Nacianceno.

Ojalá el ejemplo de san Basilio nos enseñe a gastar todas nuestras facultades para la gloria de Dios, a amar la vida interior, la vida silenciosa, donde crece la virtud y el espíritu se nutre de Dios.

Oración a san Basilio Magno

Dios todopoderoso, que has derramado por toda la creación reflejos de tu infinita belleza y bondad, haciendo el hombre a tu imagen y semejanza, tanto amas a quienes se entregan totalmente, que nos los pones como modelo, quieres que los veneremos y haces innumerables beneficios y milagros por su intercesión. Por ello y mediante tu siervo San Basilio Magno, te rogamos nos concedas (expresar aquí la petición) y con ello una mayor correspondencia a tu amor. Amén.

Oración litúrgica (se celebra junto con san Gregorio Nacianceno)

Oh, Dios, que te has dignado instruir a tu Iglesia con el ejemplo y doctrina de los santos obispos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, haz que aprendamos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en la caridad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

San Pedro Julián Eymard

Pbro. José Antonio Pérez, ssp
Algunos datos biográficos

Pedro Julián –en francés Pierre-Julien– Eymard nace en La Mure d’Isère (Francia), diócesis de Grenoble –la diócesis de las apariciones de la Virgen en La Salette–, el 4 de Febrero de 1811, en una familia pobre, pero muy cristiana. Recibe el bautismo al día siguiente. Su madre María Magdalena lo ofrece todos los días a Jesús. En cuanto aprende a andar, acompaña a su madre a la iglesia, donde irá después por su cuenta varias veces al día. En su corazón va naciendo una gran pasión hacia el santísimo Sacramento. Su hermana María Ana lo sorprende un día detrás del altar, sobre una banqueta, con la cabeza apoyada en el sagrario: “Lo estoy escuchando, y desde aquí le oigo mejor”, explica el pequeño Pedro Julián.

Desde los 12 años, se siente atraído hacia la vida religiosa, pero su padre, Julián, se opone, pues desea que continúe su negocio de aceite de oliva. La madre calla, reza y no pierde la esperanza. En sus horas libres, Pedro Julián estudia latín y recibe clases de un sacerdote de Grenoble, con quien también trabaja por un tiempo.

Poco después muere su madre, y, superando dificultades, su padre lo deja ir a Marsella para estudiar con los Padres Oblatos. El 3 de marzo de 1828 muere también su padre, tras pedirle perdón por su oposición. Después de superar varios obstáculos, en 1831 logra entrar en el Seminario mayor de Grenoble, donde estudia gratuitamente, a cambio de algunos servicios. El 20 de julio de 1834, con 23 años, es ordenado sacerdote, y sirve en una parroquia en Chatte y Monteynard como coadjutor y después como párroco.

Pero Pedro Julián desea íntimamente ser religioso. Después de unos años de ministerio intenso, pide permiso al obispo para ingresar en la congregación de los Padres Maristas. El obispo se lo concede diciendo que es “la mejor prueba de estima a la congregación”. Inicia su experiencia de vida religiosa el 20 de agosto de 1839, en Lión. Rápidamente llega a ser el hombre de confianza del fundador, el P. Juan Colin, y asume varias responsabilidades: director espiritual del Colegio de Belley, Provincial de Francia y Director de la Tercera Orden de María. Es notable su capacidad de educador, predicador y de organizador de las asociaciones laicas.

Tanto de sacerdote secular como de religioso marista, a los que se le confían espiritualmente, el P. Eymard los anima siempre a practicar la adoración del santísimo Sacramento. Los resultados son notables en los niños y los jóvenes, en las familias, y en la sociedad en general. Pero él se siente inclinado hacia la Eucaristía, por la que quiere hacer algo especial. Por una revelación que tiene en 1851, en el Santuario lionés de Ntra. Sra. de Fourvière, queda “fuertemente impresionado” del abandono espiritual de los sacerdotes seculares, de la falta de formación de los laicos, el triste estado de la devoción al santísimo Sacramento y los sacrilegios contra la Eucaristía. Le nace la idea de fundar una Tercera Orden dedicada a la adoración reparadora; más tarde, llegará a ser una congregación religiosa, consagrada al culto y al apostolado de la Eucaristía.

No pudiendo realizar este proyecto dentro de la Sociedad de María, el P. Eymard deja el Instituto. Se traslada a París, y el 13 de mayo de 1856, funda la Congregación del Santísimo Sacramento. Empieza muy pobremente en locales alquilados de la calle d’Enfer. Las dificultades son incontables, pero son mayores la fe y la constancia del P. Eymard. Un año después, en 1858, con la ayuda de Marguerite Guillot, funda las Siervas del Santísimo Sacramento. En 1859, abre comunidades en Marsella, en Angers, y en Bruselas, además de la casa de formación en San Mauricio (diócesis de Versalles). El Instituto recibe enseguida la aprobación del arzobispo, Mons. Sibour, y en 1863 la aprobación definitiva del papa Pío IX,

Durante estos años de vida eucarística, el P. Eymard se dirige sobre todo a los pobres de la periferia de París y a los sacerdotes en dificultad; se dedica a la Obra de la primera comunión de adultos y a la predicación, centrada en la Eucaristía. De su actividad nacen varias iniciativas, como la Agregación del Santísimo, para los laicos, los Congresos eucarísticos internacionales, y la Asociación de los Sacerdotes Adoradores. A esta asociación perteneció el P. Alberione, según dice él mismo en el n. 204 de Abundantes divitiae.

El P. Eymard solo desea ser simple religioso, pero acepta el cargo de superior general de su Congregación, de por vida. En sus últimos años sufre insomnio, gota reumática, y otras enfermedades. A los sufrimientos físicos se añaden innumerables dificultades. Por orden del médico, el 21 de julio de 1868 el P. Eymard, agotado, enflaquecido, incapaz de tomar alimento, llega a su casa natal en La Mure para hacer reposo. Sufre una hemorragia cerebral, complicada por su agotamiento. El sábado 1 de agosto de 1868, a primera hora de la tarde pasa a la eternidad, cuando contaba con 57 años.

Beatificado por Pío XI, el 3 de agosto de 1925; el 9 de diciembre de 1962, al final de la primera sesión del concilio Vaticano II, lo canoniza Juan XXIII. El 9 de diciembre de 1995, Juan Pablo II lo introduce en el Calendario romano, y lo presenta a la Iglesia universal como el Apóstol de la Eucaristía. Su memoria se celebra el día 2 de agosto.

Algunas notas de su personalidad

Una vida santa. Como todos los santos, Pedro Julián tenía también sus defectos –era testarudo, impaciente e irascible–, de los que se fue corrigiendo  hasta el punto de caracterizarse por su dulzura. Muchos lo consideraban un santo por su vida virtuosa, y por sus dones sobrenaturales: tenía visiones proféticas, adivinaba pensamientos, leía los corazones… San Juan Bautista Vianney –el Cura de Ars–, que lo conoció personalmente, dijo de él: “Es un santo. El mundo se opone a su obra porque no la conoce, pero es algo que logrará grandes cosas por la gloria de Dios. ¡Adoración Sacerdotal, qué maravilla!… Digan al P. Eymard que pediré diariamente por su obra”.

Apóstol de la Eucaristía. Toda la vida y la actividad de san Pedro Julián están centradas en la Eucaristía. Al principio su enfoque era propio de la teología de su tiempo, insistiendo en la presencia real. Pero, poco a poco, llegará a liberarse del aspecto devocional y reparador, típico y casi exclusivo de su época, y hará de la Eucaristía el centro de la vida de la Iglesia y de la sociedad. La comunión debe ser el eje de la vida cristiana. Con el pretexto de respeto al Sacramento, muchos pastores impedían a los fieles la comunión; el P. Eymard fue un incansable promotor de la comunión frecuente.

Fuerte en las pruebas. Desde el comienzo, su vocación tuvo que sortear multitud de obstáculos. Más tarde, como fundador, Pedro Julián experimentó pruebas de todo tipo. Animado por Pío IX y por el venerable Juan Colin, decidió dejar la Compañía de María para fundar una nueva Congregación. Por ello tuvo que afrontar muchas críticas. Sufrió también mucha oposición a su obra. Logró abrir su primera comunidad en París después de numerosas y difíciles peripecias y problemas. Una vez –escribe el P. Mayet en 1868– “nos abrió su corazón y nos dijo: ‘Estoy abrumado bajo el peso de la cruz, aniquilado, deshecho’. Necesitaba el consuelo de un amigo, ya que, según nos explicó: ‘Tengo que llevar la cruz totalmente solo para no asustar o desalentar a mis hermanos’”.

Un corazón eucarístico. La devoción al santísimo Sacramento fue siempre el centro de su vida espiritual. Decía: “Sin él, perdería yo mi alma”. Él mismo relata una experiencia extraordinaria que tuvo durante una procesión del Corpus Christi: “Mi alma se inundó de fe y de amor por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mí mismo…”. En 1851, en el Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres comentaba: “Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación… Entonces prometí a María trabajar para ese fin”.

La enseñanza de san Pedro Julián. Intentamos resumir las grandes líneas de su acción y de su enseñanza: ante todo, la renovación de la vida cristiana; no solamente luchar contra la ignorancia o la indiferencia, sino, y sobre todo, renovar la vida cristiana que se estaba perdiendo en prácticas y devociones, olvidando lo esencial. Sus institutos están llamados a vivir un espíritu de amor, cuyo sacramento es la Eucaristía. Concibe la Agregación como un grupo de seglares que unen la adoración al compromiso apostólico. El ideal que confía a sus hijos es “prender el fuego del amor eucarístico a los cuatro fines del mundo”. Escribe varias obras sobre la Eucaristía.

Las fundaciones de san Pedro Julián: en 1856 funda la Congregación de “Sacerdotes del Santísimo Sacramento” (Sacramentinos), formada por sacerdotes y hermanos. Su principal misión es la adoración del santísimo Sacramento. Trabajan para convertir a los pecadores mediante el apostolado eucarístico. En 1858 funda la rama femenina: “Siervas del Santísimo Sacramento”, dedicadas a la adoración perpetua y a propagar el amor al Señor eucarístico. Funda también la “Liga Eucarística Sacerdotal” –sus miembros se comprometen a una hora diaria de oración ante el Santísimo–, y la “Obra de Adultos”, que se dedica a preparar a hombres y mujeres adultos a la primera comunión cuando no pueden asistir a la catequesis parroquial. Organiza la “Archicofradía del Santísimo Sacramento” en las parroquias.

El beato Santiago Alberione y san Pedro Julián Eymard

Curiosamente, no he encontrado ni siquiera una cita del Fundador a los Paulinos reunidos en Ariccia en 1960, ni en las meditaciones dirigidas a las Pastorcitas y a las Apostolinas. Lo cita varias veces hablando a las Hijas de San Pablo, y a las Pías Discípulas del Divino Maestro.

A las Hijas de San Pablo el Fundador les cita varias veces a san Pedro Julián Eymard, que entonces era aún beato. Pero en 1933 les predica una meditación expresamente sobre el tema “la Eucaristía y el beato Eymard”. “Cuando el Evangelio se lee con ojo crítico es insuficiente –les dice–, pero quien, después de haber estudiado teología, tiene el ánimo de buscar sus fuentes, y sobre todo busca el camino, la verdad y la vida, encuentra aquí la salvación, encuentra aquí redención”. “Esto –continúa– también nos da la clave para entender lo que debemos meditar esta mañana: el beato Eymard. Recientemente ha sido elevado al honor de los altares y todavía no se habla de él lo suficiente… Su obra no es para llenar el mundo, pero es sal, es levadura: sal que hace buena la vida de todos los que la usan, levadura que fermenta en cada alma. la verdadera piedad, el espíritu de fervor”. Y continúa: “El beato Eymard está vinculado a las obras eucarísticas: es el santo, el genio de la Eucaristía” (Alle Figlie di San Paolo 1933, p. 196).

Dice también: “El beato Eymard fue llamado por Dios para vencer al jansenismo respecto a la Eucaristía… Vinieron muchas consecuencias, muchos frutos, todos en honor del Rey del amor” (Idem, p. 197). Y después de destacar algunos de esos frutos, afirma: “Recibimos, por lo tanto, también nosotros los frutos de la salud de esta consideración. El primer fruto que debemos obtener es la fidelidad a la hora de adoración. En la hora de adoración honramos a Jesús Camino, Verdad y Vida…” (Idem, p. 198).

Y continúa: “El religioso separado de la Eucaristía sería exactamente una contradicción porque religioso significa el que vive para el culto perpetuo de la religión. Los religiosos no tienen fuerza, fidelidad, perseverancia y santidad sin la Eucaristía… Si estuviéramos sin este alimento, no viviríamos, por eso, el que no come la carne de Jesús no tiene vida…” Y más adelante concluye: “Por intercesión del beato Eymard pidamos la gracia de crecer en la vida eucarística” (Idem, p. 200).

En un retiro de 1941 dice también a las Hijas de San Pablo: “El tema eucarístico se ilumina con la devoción sacramental, tomada en particular de una obrita atribuida a san Julián Eymard, Mes de la Eucaristía…”; el filón eucarístico: se presenta desde la perspectiva de Eymard y sus seguidores, donde la Eucaristía se considera como la cátedra desde la que el Maestro eucarístico enseña sus virtudes: pobreza y obediencia, castidad, mansedumbre, paciencia… (cf. Alle Figlie di San Paolo 1943, p. 472).

Hablando de Jesús eucarístico, modelo de pobreza y obediencia, les dice que es muy bueno considerar las enseñanzas de la vida terrena de Jesús, pero también los ejemplos eucarísticos, pues el sagrario es el trono de la gracia, pero también cátedra de enseñanza. “Por eso el beato Eymard quiere que se mediten a menudo los ejemplos de Jesús eucarístico… La escuela de Jesús es perfecta por la materia que enseña” (Id 1943, p. 522).

A las Pías Discípulas del Divino Maestro les cita con cierta frecuencia a san Pedro Julián Eymard: es lógico, dada la dimensión eucarística de la Congregación. Les aconseja leer la vida y los escritos del Santo. “Lean la vida del beato Eymard y también sus escritos. Él era un alma que amaba muchísimo la Eucaristía. Lean también las vidas de los santos que se han distinguido en esta devoción y que se han consagrado especialmente al culto eucarístico” (Alle Pie Discepole del Divin Maestro 1947, p. 135).

Y también: “Jesús calla, hace amorosamente silencio según su estado eucarístico, enseña y vive. Hay que decirle a la Pía Discípula: haz como Jesús, mira cómo se comporta él y haz lo mismo. Ustedes que frecuentan la compañía de Jesús mediante la Visita, la Adoración, deben aprender pronto a vivir como él. El modelo más atractivo, más perfecto para ustedes es Jesús Hostia. El beato Eymard ha escrito mucho sobre las virtudes de Jesús eucarístico, no puedo describírselas todas en una meditación” (Id, p. 192).

En 1962: “Ustedes deben ser personas dedicadas, perdidas, totalmente consagradas al Divino Maestro, para hacerlo conocer, amar, servir y glorificar”. Con ocasión de la canonización de Pedro Julián Eymard les dice: “Supongo que ayer siguieron las tres canonizaciones [Pedro J. Eymard, Antonio Pucci y Francisco Ma de Camporosso]. Y el Papa, en la alabanza de los tres nuevos santos, habló como primer punto de su devoción a la Eucaristía… Recordamos sobre todo a san Pedro Julián Eymard, que abrió el camino a una mayor consideración de la Eucaristía” (Id, 1962, p. 270).

En 1967 les dice: “La Adoración se puede hacer de muchas formas. El beato Eymard siempre enseñaba y aún enseña a sus hijos la Adoración dividida en cuatro partes: adoración, acción de gracias, satisfacción y súplica. Ahora prevalece, más bien, según: ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’. Por tanto… dividida en tres partes” (Id, 1967, p. 143).

En sus meditaciones y escritos, hay que decir que no cita muchas veces a san Pedro Julián. Ya en Appunti di teologia pastorale aconseja usar como libros de meditación la vida y las obras del entonces venerable P. Eymard (cf. pp. 73, 76 y 83), “verdadero genio de la Santísima Eucaristía”, dice.

En las meditaciones recogidas en Para una renovación espiritual, hablando de la Visita, el P. Alberione afirma que “desde el siglo XIV la piadosa práctica de la visita al santísimo Sacramento se ha ido desarrollando cada vez más: también con las Cuarenta horas, los Congresos eucarísticos, el celo de san Alfonso de Ligorio, del Cura de Ars, del beato Eymard” (n. 242). Después el Fundador invita a leer el libro del Maestro Giaccardo La Regina degli Apostoli, donde presenta la devoción de varios santos, recordando algunos más modernos, entre los que enumera al “beato Juan Eymard [se equivoca de nombre], apóstol de la Eucaristía” (cf. p. 495).

En el libro Feste di Maria, el P. Alberione dice que en la primera meditación del libro póstumo del beato Eymard, Mes de mayo sobre la Virgen del Santísimo Sacramento está escrito: “Esta devoción no ha tomado aún la debida expansión; y bajo tal título todavía no hay culto explícito en la Iglesia. Esto sucede porque el culto de María sigue al culto de Jesús; y lo sigue en todas las fases de su desarrollo… Ahora el culto de la Santísima Eucaristía se extiende… se difunde por todas partes…” (p. 93).

Y en Maria nostra Speranza (II),comentando un significativo cuadro del beato Eymard, en el que aparece la imagen de la Santísima Virgen con Jesús en brazos sosteniendo el copón, escribe: “De hecho, nadie tuvo una relación más estrecha con la Eucaristía que María Santísima” (p. 266).

Conclusiones

La fe en la Eucaristía de san Pedro Julián se nutre de la meditación de la Palabra de Dios. Propone la adoración como estilo de oración a sus religiosos –y a los seglares–, como medio para dejarse penetrar por el amor de Cristo. Para ello se inspira de la Misa. Es difícil pensar que el beato Santiago Alberione no se fijase en esta dimensión, que expresaba maravillosamente sus sentimientos más profundos, y que después quiso instaurar en su Familia. Por eso invita a orar según el método de los cuatro fines del Sacrificio, para hacer revivir, en el culto eminente de la Eucaristía, todos los misterios de la vida de nuestro Señor, en atención y docilidad con el Espíritu Santo, para progresar a los pies del Señor en el recogimiento y la virtud del santo amor… (cf. Constituciones, nn. 15-17).

Es el método que practicaba el canónigo Francisco Chiesa en sus dos horas diarias de adoración –media hora para cada uno de los fines–. Lejos de encerrarse en sí misma, la adoración debe tender a la comunión sacramental. Aún subrayando este aspecto personalista, el P. Eymard tiene la intuición de que esta presencia engendra un dinamismo ligado a la misión: “La gracia del apostolado: la fe en Jesús. Jesús está allí, pues a él, por él, en él”.

No deja de ser extraño que el P. Alberione no cite a san Pedro Julián Eymard en sus apuntes Abundantes divitiae gratiae suae. En el n. 175 enumera varios santos de los últimos siglos, sobre los que “se meditaba en el seminario”, que inspiraron de forma más o menos intensa y explícita su fundación. Nombra a san Francisco de Sales, a san Alfonso de Ligorio, a san Juan Bosco, a san José Benito Cottolengo… En la nota correspondiente, el P. Antonio da Silva escribe: “hay que añadir también a Pedro Julián Eymard, que el P. Alberione demuestra en otros lugares haber leído, profundizado y asimilado”. Cierto: tal vez en ese momento se le pasó…

El beato Santiago Alberione insistió mucho sobre el deber de la reparación: Dice a las Pías Discípulas: “Debemos ofrecer reparación a Jesús Eucaristía, Deus absconditus: Jesús es el Dios escondido. Escondido, ¿por qué? Porque falta instrucción religiosa, oculto porque no se medita. Jesús está allí silencioso en el Sagrario; vean cómo los hombres se preocupan de todo y de todos, de él poco, es casi un extraño entre los hombres… ¡Ah, si conociéramos el corazón eucarístico de Jesús!” (Id, p. 199). Es la preocupación principal de san Pedro Julián Eymard y de sus Instituciones.

Está claro que la dimensión eucarística del carisma paulino, si no se inspiró en san Pedro Julián Eymard, al menos el Fundador encontró en él una sintonía plena con lo que él llevaba dentro de su corazón sobre la realidad de la Eucaristía “como ‘cátedra’ desde la que el Maestro divino enseña todas las virtudes” (Alle Figlie di San Paolo 1934, p. 31).

Se lee en la introducción de las meditaciones del beato Santiago Alberione a las Hijas de San Pablo: “Jesús es vida en la Eucaristía que es ‘el centro de nuestra fe, de la devoción, de todo el culto…, debemos vivir de manera que siempre podamos comunicarnos’. Jesús en la Eucaristía es camino, verdad y vida. Sentir el deber de reparar. Todo esto lo aprende o lo confirma en la escuela de san Pedro Julián Eymard: la Eucaristía según el Evangelio es el centro del culto, la fuente de gracias, el camino, la verdad y la vida para las almas” (Id 1933, p. 18).

Oración

Dios, tú que has colmado
a san Pedro Julián de un amor inestimable
por el misterio del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo,
haznos gozar de los mismos frutos

de este banquete sagrado de que él mismo gozó.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

San Ignacio de Loyola

Datos biográficos

Hijo de Beltrán Yáñez de Oñaz y de Marina Sáenz de Licona, Íñigo (es el nombre de bautismo) López de Recalde, el menor de 13 hermanos, nace el 24 de octubre de 1491 en el castillo de Loyola en Azpeitia (Guipúzcoa), cerca de los Pirineos. Apenas nacer, pierde a su madre. Por ser el menor, está destinado a ser sacerdote. Pero él quiere ser caballero. A los 15 años, su padre lo envía en 1506 a Arévalo, para que se forme como militar en la corte de don Juan Velázquez de Cuéllar, ministro del rey Fernando el Católico. Es un buen diplomático y militar. La vida de la corte forma su carácter educado y respetuoso. Muestra interés por la lectura y la escritura.

Tras la muerte de don Juan en 1917,el joveníñigo se trasladaa la corte de don Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera y vicerey de Navarra. Su carrera militar termina el 20 de mayo de 1521, defendiendo el castillo de Pamplona, una bala lo hiere gravemente en una pierna. Dolorosas operaciones y múltiples complicaciones lo dejan cojo de por vida.

Pero Dios está actuando en el interior del joven. A falta de libros de caballería, una cuñada le presta una “Vida de Cristo” y la “Leyenda Aurea” (vidas de santos). Poco a poco, pasa del desinterés a días enteros dedicado a la lectura. Piensa peregrinar a un santuario de la Virgen y hasta hacerse cartujo. Estos deseos se alternan con el ansia de gloria y el amor por una dama. Pero la vida de los santos le hace comprender la futilidad de la gloria mundana y que el único Señor que merece su fidelidad de caballero es Jesús. Y dice: “Si esos hombres están hechos del mismo barro que yo, bien puedo yo hacer lo que ellos hicieron”. Y se propone imitarlos.

Una noche recibe el gran consuelo de una visita de la Virgen María, rodeada de luz y con su Hijo en brazos. Al terminar la convalecencia, peregrina al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, y decide hacer penitencia, abandonar la vida mundana y entregarse a la espiritualidad. Quiere peregrinar a Jerusalén, para encontrar luz sobre su futuro. En febrero de 1522 parte para Barcelona, deteniéndose en la abadía de Montserrat. Allí hace confesión general, se despoja de sus vestidos de caballero y los ofrece a la Virgen, vistiéndose como un mendigo. Hace voto de castidad perpetua.

Pero el Señor tiene otros designios para él. Barcelona, donde debe embarcarse para Italia, está cerrada por una epidemia de peste, y se ve obligado a detenerse en Manresa. En una cueva de los alrededores pasa casi un año, llevando una austera vida de oración. Aquí decide fundar una Compañía de consagrados. Hace voto de pobreza. Vive experiencias místicas y espirituales que lo llevan a escribir una serie de meditaciones y normas, que después serán los célebres “Ejercicios espirituales”.

Finalmente, en febrero de 1523, Ignacio logra embarcarse rumbo a Tierra Santa. Pasa la Pascua en Roma, toma otra nave en Venecia y llega a Jaffa, desde donde, a lomos de una mula, llega a Jerusalén. Pero el franciscano responsable le ordena que abandone Palestina, por temor de que los mahometanos, enfurecidos por la predicación de Ignacio, lo rapten y pidan un rescate. El joven obedece, sin saber lo que hará al regreso.

Pero la Providencia tiene sus planes. En 1524, Ignacio llega a España, donde se dedica a la contemplación y al estudio. Tiene 33 años, y soporta con paciencia las burlas de sus compañeros, mucho más jóvenes que él. Estudia gramática, filosofía y teología, en las universidades de Barcelona, Alcalá de Henares y Salamanca; por dos veces lo encarcela la Inquisición, acusado de introducir doctrinas peligrosas. Por algunos equívocos e incomprensiones, no logra acabar los estudios en España, y en febrero de 1528 llega a París, donde estará hasta 1535. En la Sorbona consigue el doctorado en filosofía, a los 43 años de edad. Aquí comienza la tarea evangelizadora a partir de su libro.

El 15 de agosto de 1534, con sus primeros compañeros, hace voto de pobreza y castidad. Promete ir a Jerusalén o, si no fuera posible, ponerse a disposición del Papa para que decida su futuro apostólico. Al año siguiente funda una fraternidad, que llegará a ser la Compañía de Jesús. Íñigo latiniza su nombre llamándose Ignacio, en honor del santo obispo y mártir de Antioquía, a quien admira por su amor a Cristo y su obediencia a la Iglesia.

Por orden del médico, en 1535 Ignacio va a descansar a su tierra. Su familia lo recibe con gozo, pero él se niega a vivir en el castillo de Loyola. Dos años después, se reune con sus compañeros en Venecia, y es ordenado sacerdote. La guerra les impide ir a Tierra Santa, y en 1537 deciden ofrecer sus servicios al Papa. Durante el viaje a Roma, el Señor se aparece a Ignacio cargado con la cruz, y le dice: Ego vobis Romae propitius ero [Les seré propicio en Roma]. Paulo III les dice: “Por qué os empeñáis en ir a Jerusalén? Para producir fruto en la Iglesia, Italia es una buena Jerusalén”.

En 1540 los miembros del grupo reciben la aprobación de la orden, que llaman “Compañía de Jesús”. El 22 de abril emiten la profesión en la Basílica de San Pablo. En los quince años de gobierno de Ignacio, la orden llega a mil miembros y se extiende en Europa, India y Brasil. En 1548 se publican los Ejercicios espirituales. En 1551 funda el Colegio Romano y un año después el Colegio Germánico. Ignacio se ocupa de los pobres, los huérfanos y los enfermos, mereciendo el título de “apóstol de Roma”.

Una progresiva enfermedad va limitando la actividad de Ignacio, hasta que el 31 de julio de 1556 fallece en Roma, a los 65 años, en su modesta habitación de la sede de los jesuitas. Lo entierran en la iglesia del “Gesù”, donde su tumba se encuentra actualmente. Ignacio de Loyola es beatificado el 27 de julio de 1609 por Paulo V,y canonizado el 22 de mayo de 1622 por Gregorio XV. Pío XI lo proclama patrono de los ejercicios espirituales. Su memoria se celebra el 31 de julio.

Algunas notas importantes

La Compañía de Jesús. Para dar continuidad a la obra, Ignacio y sus compañeros forman una institución religiosa; a los tres votos tradicionales, agregan el de obediencia al papa. Paulo III aprueba la Compañía de Jesús el 27 de septiembre de 1540. Ignacio es elegido “Prepósito general”, cargo que acepta por obediencia y que ejercerá hasta su muerte. Su labor es itinerante: se dedican a la catequesis, a la cura de almas, a las misiones, a la reforma del clero y a la evangelización. En 1547 adoptan el ministerio de la enseñanza, que será una de sus actividades más importantes.

Ignacio de Loyola, escritor. Entre sus obras más célebres están los “Ejercicios espirituales”, de los que hablaremos más tarde. Está también el “Diario espiritual”, donde Ignacio describe el gozo de recibir la gracia de Dios cada día de su vida, y habla de la necesidad de encontrar a Dios a través de la pobreza. “Deliberación sobre la Pobreza” complementa su Diario espiritual. “Reglas para los estudiantes de la Compañía de Jesús” trata de la formación del estudiante de la Compañía. También escribió su “Autobiografía”, donde, en tercera persona, cuenta su vida, su vocación y misión, denominándose  el “peregrino”. En el “Directorio de Ejercicios” aclara algunos puntos de los Ejercicios espirituales. Redactó también “Forma de la Compañía y su Oblación”. Escribió más de 6.800 cartas.

Espíritu misionero. La Compañía de Jesús comienza enseguida a enviar a sus miembros a las misiones. Rodríguez y Francisco Javier van a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier va a la India y al Japón, donde empieza a ganar un mundo nuevo para Cristo. Notabilísima será la labor del P. Mateo Ricci. Más tarde los jesuitas sufrirán allí terribles persecuciones. Otros son enviados a Marruecos a asistir a los esclavos cristianos, y al Congo, a Etiopía y a América del Sur –famosas son las “reducciones”– y a America Septentrional, donde hubo varios mártires.

Protagonistas de la Reforma católica del siglo XVI.La Compañía de Jesús tiene un rol fundamental en la Reforma Católica –o Contrarreforma–. Se propone combatir el avance de las doctrinas protestantes y renovar profundamente la Iglesia: las grandes demandas de la época.En el Concilio de Trento, Paulo III nombra como teólogos suyos a los padres Laínez y Salmerón. Entre los primeros discípulos de Ignacio es famoso en Europa san Pedro Canisio, venerado como Doctor.

Experiencia de discernimiento. A los éxitos de los primeros tiempos, sucede un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia consiguen ahuyentar el vacío que encuentra en los sacramentos, ni la tristeza que abruma a Ignacio. A ello se añaden los escrúpulos. Empieza a anotar experiencias que le servirán para los “Ejercicios espirituales”. Por fin sale de la noche oscura y a la tristeza le sucede un profundo gozo espiritual. La experiencia le da una habilidad especial para ayudar a los escrupulosos y una gran capacidad de discernimiento en la dirección espiritual. Confesará que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades.

Los ejercicios espirituales

Constituyen la obra maestra de san Ignacio de Loyola. Unas 200 páginas, que incluyen oraciones, meditaciones y prácticas contemplativas, fruto de varios años de experiencia y reflexión. Son un itinerario para crecer en un estilo de vida inspirado en Jesús y su Evangelio. Al comienzo ​Ignacio comunica y contrasta sus vivencias; poco a poco proponer a otros su mismo modo de orar. Así nacen los Ejercicios espirituales, que plantea como “una rutina de estiramiento espiritual”, tan necesaria como la física.

Los Ejercicios espirituales son modelo para la mayoría de las misiones y retiros católicos. El mismo san Ignacio los define como un modo de examinar la conciencia, de meditar, razonar, contemplar, y disponer el alma, para quitar las afecciones desordenadas (apegos, egoísmos…) y encontrar la voluntad divina. Son un verdadero manual para la meditación sobre el sentido de la vida y sobre el perfeccionamiento de la forma de vivir. No fueron escritos para ser leídos, pues eran solo anotaciones que Ignacio realizaba en sus ratos de oración.

Los Ejercicios deben hacerse en un lugar apartado, evitando toda distracción, bajo la guía de un director espiritual –“el que da los ejercicios”, dice san Ignacio–. Incluyen temas sobre la naturaleza del mundo, la psicología humana y la relación del hombre con Dios, que se han de meditar e intentar aplicar a la vida personal. Característica importante es el silencio. A los tiempos de meditación silenciosa se les llama desiertos.

Están pensados para un mes, pero también hay versiones para 3, 7 o 15 días. También existe la modalidad de los ejercicios espirituales en la vida diaria, que permiten continuar con los compromisos de cada día reservando un tiempo diario para la oración. Están divididos en cuatro semanas. Se propone el llamado “Método ignaciano”, que consiste en una oración introductoria, para que todo el ser se oriente hacia Dios y reciba los dones que él quiere darle; una composición de lugar, imaginando la escena propuesta y entrando en ella como participante activo; y, por último, el coloquio con Dios o con algún personaje de la escena propuesta. Los ejercicios se convierten en un diálogo entre el ejercitante y Dios.

Como san Ignacio, también sus Ejercicios fueron sometidos a juicio por la Inquisición, aunque logró evitar los castigos típicos del proceso. Paulo III  aprobó el libro, que se publicó en 1548. Todos los miembros de la Compañía de Jesús deben hacer los ejercicios espirituales por un período de treinta días. Este uso se extenderá después también a los fieles laicos.

San Ignacio y la Familia Paulina

En una meditación del 10 de noviembre de 1963 a los Paulinos, dice el P. Alberione que para la meditación se usan especialmente dos metodos: el de san Ignacio de Loyola y el de san Sulpicio. Tomando del uno y del otro, resulta este esquema: introducción, cuerpo de la meditación y conclusión.

En el curso de Ejercicios espirituales de un mes, predicados en 1960 a los primeros Paulinos, en Ariccia, cita varias veces a san Ignacio. Por ejemplo, dice que “cuanto más se aproveche, más se apartará el ejercitante de los amigos y conocidos y de toda preocupación terrenal, retirándose a un lugar donde permanece oculto tanto como sea posible”. Y dice que esto “corresponde a las palabras del Maestro de los Ejercicios, Jesucristo: venite in desertum locum et requiescite pusillum [vengan a un lugar desierto y descansen un poco] (cf. Ut perfectus sit homo Dei I n. 186 pp. 100-101).

Hablando del examen de conciencia dice que “el examen particular, en opinión de san Ignacio, es aún más importante que el examen general e incluso que la meditación, porque nos da la oportunidad de enfrentar nuestros defectos poco a poco, uno tras otro, para vencerlos más fácilmente” (Id. n. 75 p. 251). Más tarde afirma que, como san Basilio y san Bernardo, san Ignacio quiere “que los sembradores de discordia fueran, si era posible, despedidos de la Congregación religiosa, o por lo menos separados de la comunidad” (Id n. 219 p. 498-499).

Hablando a las Hijas de san Pablo les cita muchas veces a san Ignacio. Por ejemplo, hablando del apostolato de la prensa, dice que “en san Ignacio las buenas lecturas no solo produjeron el ciento por uno, sino el doce mil por uno, ¡porque su Orden cuenta con tantas almas! Un Papa dice que san Ignacio ¡ha hecho más santos con su libro de los Ejercicios espirituales, que los tipos que utilizaron para imprimirlo!” (Id, p. 536).

Sobre el tema del fin del hombre, pone el ejemplo de san Ignacio: “Había en París dos estudiantes: Francisco Javier e Ignacio. El primero, un joven muy inteligente, había hecho rápidos progresos, y ya ocupaba cargos… Ignacio, en cambio, mayor, tomaba lecciones de Francisco como un fiel discípulo que siempre y con gusto le contaba sus éxitos triunfales… Ignacio, profundo y serio, después de las lecciones se convertía en un maestro sabio y decía a su maestro: ‘¿De qué te servirá ganar el mundo entero, si luego pierdes tu alma?’… Y Francisco, que era muy reflexivo, lo pensó bien y decidió salvarse a toda costa… Se hizo sacerdote, misionero, y bautizó millones y millones de almas” (Id, p. 67).

En 1958, en la festividad de san Ignacio les dedica toda una meditación sobre el santo. Entre otras muchas reflexiones, dice: “Debemos realizar el lema de san Ignacio que hemos hecho nuestro y que constituye el programa de nuestra vida individual y de nuestra vida paulina: ¡Gloria a Dios y paz a los hombres!” (Fascículo 1958, pp. 1-8).

También a las Pías Discípulas del Divino Maestro les cita con frecuencia a san Ignacio de Loyola. Por ejemplo, en 1963 las invita a buscar la gloria de Dios. Y recurre a san Alfonso María de Ligorio y a san Ignacio, que “ha dejado a su Instituto la frase, resumen de su espiritualidad: Ad maiorem Dei gloriam: para la mayor gloria de Dios” (A las Pías Discípulas del Divin Maestro 1963, n. 211 p. 222).

Les dice también que para dar continuidad al trabajo espiritual, es indispensable el examen de conciencia. “El examen de conciencia, los que realmente quieren progresar, lo usan muy a menudo, y es el resultado del compromiso interior. San Ignacio quería que quien hace los Ejercicios, ante todo haga el examen de conciencia… el examen de conciencia es lo último que se debe dejar, según san Ignacio” (Id. 1964, nº 86 pp. 91-92).

También a las Hermanas Pastorcitas les cita con frecuencia a san Ignacio. En 1948 afirma la necesidad de revestirse de Jesús buen Pastor y defiende que “los ejercicios tienen un objetivo: el cambio para mejorar la vida, revestirnos de Jesús buen Pastor, sus pensamientos, sus palabras, su comportamiento, su forma de conversar… Son los días más importantes del año. En los ejercicios san Ignacio se hizo santo, otros santos los hicieron aún más largos, como san Benito en la cueva, san Pablo en el desierto de Arabia. ¿Hay algo más necesario e importante que hacernos santos?” (Id, 1948, vol. III grises, p. 223).

Dice que “si no hay amor a las almas, las obras están muertas. Cuando una pastorcita tiene fuego en el corazón, se percibe y se ve también por fuera: estoy encendida para encender. Cuando san Ignacio enviaba a sus jesuitas al mundo, les decía: ‘Vayan y enciendan’. Examinémonos bien si somos calientes o egoístas” (Id, 1949, vol. IV grises, p. 84).

Solamente he encontrado una cita de san Ignacio a las Hermanas Apostolinas (seguramente no habrá muchas más). Hablando de la Ascensión de Jesús al cielo, recuerda que san Ignacio decía: “Todo en la tierra me parece feo cuando contemplo el cielo”. Y continúa el P. Alberione: “Y allí todo es hermoso, es todo esplendor, es todo alegría, es todo felicidad y es felicidad eterna: Lux aeterna, la luz eterna. Cielo, pues. Hay que tener fe en este artículo del Credo: Creo en la vida eterna, el paraíso” (Don Alberione alle Apostoline, 1958/1, p. 96).

En las meditaciones para los sacerdotes, en el libro Sacerdote, ecco la tua meditazione, encontramos algunas citas. Por ejemplo, sobre el tema de la oración, pone el ejemplo de varios santos, desde los orígenes de la Iglesia hasta los grandes fundadores: san Francisco de Asís, santo Domingo, san Ignacio de Loyola, etc. Y dice que “la meditación no solo se admitió universalmente, sino que se determinó también el método a seguir en la meditación, para obtener de la meditación frutos más fértiles. Después de san Ignacio de Loyola, los ejercicios espirituales comenzaron a practicarse con mayor regularidad en toda la Iglesia; con gran fruto para las almas, por los sacerdotes, los ordenandos y los religiosos” (Id, n. 652 pp. 449).

En Oportet orare dice: “San Ignacio no sólo ordenó la meditación, sino que para él la meditación era uno de los ejes para la santificación del alma, en torno al cual debe girar todo el trabajo espiritual. Y dio a la meditación método y regla en su libro de los Ejercicios espirituales. Sabemos qué hombres formó san Ignacio, qué hombres salieron de aquellas meditaciones, qué santos ha dado a la Iglesia” (p. 353).

En Leed las Sagradas Escrituras dice que los libros de los grandes santos, entre ellos san Ignacio, durarán lo que dure la Biblia, que “forman con ella casi una única cosa” (n. 79 pp. 100-101).El P. Alberione recuerda dos hechos relacionados con la Escritura: la conversión de san Ignacio de Loyola y la de san Francisco Javier (cf. n. 168 pp. 185-186).

En el Boletín interno San Paolo aparecen varias citas de san Ignacio. Por ejemplo, en 1948 habla de las vocaciones escogidas entre los 15 y los 23 años. Y recuerda que “San Ignacio llamó a sus primeros compañeros, entre los adultos: selectos, inteligentes, generosos. Y tales fueron los que hicieron sus primeros votos con él en San Pablo en Roma” (SP 1948). Sobre el tema de la meditación, habla de los grandes santos y santas que han cultivado la meditación, entre ellos san Ignacio. Y añade: “Para nosotros es suficiente recordar los dos métodos principales; a los que, más o menos, se parecen otros…”. Sobre el examen de conciencia: “San Ignacio de Loyola en la dirección de sus compañeros utilizó durante mucho tiempo solo el ejercicio del examen de conciencia y el uso frecuente de los sacramentos”. El examen de conciencia preventivo “es de suma importancia; más aún, san Ignacio lo considera más necesario que el examen general” (SP 1964).

Donec formetur Christus in vobis. El P. Antonio da Silva hace una preciosa introducción a este breve librito que el P. Alberione publicó en 1932, como “marco de referencia de la vida paulina presentando, a modo de sentencias, los rasgos del espíritu paulino para leerse a la luz de la historia carismática, para luego ser acogidos en la reflexión y en la oración, y abrazados en un estilo de vida que es al mismo tiempo seno fecundo y testimonio activo de una especial misión”. Recoge apuntes de Don Alberione en varios cursos de Ejercicios espirituales, y considera “óptimo” el método de san Ignacio para la oración mental. “Por eso [Donec formetur Christus in vobis] no puede leerse simplemente como una colección de simples notas, sino que hay que considerarlo, como lo es justamente, el libro de la santidad paulina” (cf. Introducción de A. da Silva).

Conclusiones

San Ignacio era como un padre con sus religiosos, especialmente con los enfermos, a los que asistía personalmente, procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Como superior, sabía escuchar con calma a sus subordinados, sin perder por ello autoridad. Cuando en algo no veía claro, se atenía humildemente al juicio de los otros. La prudencia y la caridad del gobierno le ganó el corazón de sus súbditos.

Era enemigo de los superlativos y de las afirmaciones categóricas. Sobrellevaba con alegría las críticas, aunque sabía reprender a quien lo necesitaba, especialmente a los que el estudio volvía orgullosos o tibios en la oración. Por otra parte, fomentaba el estudio y quería que los profesores, los predicadores y los misioneros fuesen hombres de gran ciencia.

La cumbre de las virtudes de san Ignacio fue su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía: “A la mayor gloria de Dios”. Y a eso refería todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía: “Señor, ¿qué puedo desear fuera de ti?” Ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. A veces se ha exagerado el “espíritu militar” de Ignacio y de la Compañía de Jesús y, por subrayar su energía y su espíritu de iniciativa, se olvida la simpatía y la capacidad de amistad del santo.

La Compañía de Jesús adaptó el espíritu monacal al dinamismo del apostolado en un mundo en continua transformación espiritual y social, como era el del siglo XVI; a la estabilidad monástica la sustituyó una gran mobilidad, siempre en espíritu de obediencia; la meditación sustituyó a la oración coral. Consideró esencial la preparación cultural de los miembros; aún hoy se cuida mucho la formación de los jóvenes jesuitas.

La espiritualidad de la Compañía de Jesús se basa en los “Ejercicios Espirituales”, y se distingue por su abandono a la voluntad de Dios expresada en la obediencia absoluta; en una profunda vida interior alimentada por las prácticas espirituales, en la mortificación del egoísmo y del orgullo, en el celo apostólico, en la total fidelidad al Papa.

Cuando, por imposición del médico, estuvo retirado en Benevello, el P. Alberione vivió una experiencia, en ciertos aspectos, parecida a la de san Ignacio de Loyola en Manresa. Quería que todos los días le leyeran algunas páginas de los Ejercicios espirituales, hasta que decía: “Ahora basta, ya tengo hasta mañana”. Esto da idea de la importancia y del influjo que san Ignacio tuvo en el pensamiento del beato Santiago Alberione.

Hay que decir que, ciertamente, un importante marco de referencia no solo en el libro Donec formetur Christus in vobis, sino en la formación espiritual de la Familia Paulina, es el de los Ejercicios espirituales de san Ignacio; aunque releídos en una perspectiva absolutamente propia.

Al Fundador le gustaba considerar el noviciado como un curso de Ejercicios prolongados, no cerrados, sino vividos en la vida cotidiana… “El noviciado es el tiempo por el cual se deben recorrer las tres grandes vías: purgativa, iluminativa y unitiva, haciendo sobre el libro de los Ejercicios de san Ignacio como un largo y sosegado curso de Ejercicios Espirituales”.

El Fundador cita muchas veces a san Ignacio en sus meditaciones y charlas, no solo con relación a los Ejercicios espirituales, sino también hablando de la meditación y del examen de conciencia, prácticas que él consideró siempre fundamentales para la vida y la espiritualidad paulina.

Oración

Señor, Dios nuestro,

que has suscitado en tu Iglesia a san Ignacio de Loyola

para extender la gloria de tu nombre,

concédenos que, después de combatir en la tierra,

bajo su protección y siguiendo su ejemplo,

merezcamos compartir con él la gloria del cielo.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Piedad Paulina

Visita Eucarística

Hna. Avelina, PDDM
Importancia de la Eucaristía en la Familia Paulina

La dimensión eucarística es fundamental para la Familia Paulina, a partir de la experiencia inicial donde el padre Alberione vio, precisamente en la Eucaristía, todo el futuro de las fundaciones a las que debía dar comienzo, por voluntad de Dios. Una expresión repetida con insistencia por el mismo beato Santiago Alberione a los paulinos y paulinasera: “Todos ustedes han nacido del sagrario, de la Eucaristía”. La vida paulina ha nacido del sagrario, y así debe vivirse y consumarse… “Del sagrario todo, sin el sagrario nada” (UPS II, 103).

Aunque el Concilio Vaticano II encontró a nuestro Fundador en edad avanzada, él participó activamente en las sesiones del mismo. Y muchos de nosotros conservamos el recuerdo de cómo una de sus actitudes y virtudes distintivas era el amor, la fidelidad incondicional a la Iglesia, a todos los Papas, especialmente a los de su tiempo; se distinguía indudablemente por lo que él llamaba la “romanidad”. 

Es cierto que por este mismo motivo insistía con los miembros de la Familia Paulina sobre las enseñanzas del Concilio, y los principios de renovación en concreto de la liturgia, y, por lo tanto, de la Eucaristía, fuente y cumbre de la misma liturgia; los principios, las novedades que se profundizaban y discutían en las sesiones conciliares y que gradualmente eran comunicadas por los organismos competentes de la Santa Sede. Recordamos cómo nuestro padre Fundador aprovechaba, en los días del Vaticano II y después, en jornadas de encuentros y de estudios de sus hijos o hijas, o en tandas de Ejercicios espirituales o retiros…, para comunicar, comentar las decisiones y orientaciones del Concilio. Con esa luz su Familia Paulina era invitada y estimulada para leer, escuchar, beber en las fuentes genuinas de la Iglesia lo que los órganos directivos del Concilio iban comunicando. Si es verdad que toda la Familia Paulina ha nacido “del sagrario”, consiguientemente la jornada paulina ha de tener como centro la eucaristía: la Misa y la visita eucarística de cada día. En el curso de Ejercicios de 1960 el padre Alberione predicaba que la jornada paulina ha de tener como centro la celebración eucarística. La atención fundamental de la comunidad debe centrarse en lo que el Fundador definió como la “pascua diaria”. De ella nace todo, ya que es el “inestimable regalo”, el “gran don que el corazón amorosísimo de Jesús nos ha hecho a todos”. “A tan inmenso amor de Jesús, habrá que corresponder con la participación en la celebración, recibiendo la comunión, y con la visita a Jesús eucaristía en nuestras iglesias” (UPS II, 103, p 259). “La celebración eucarística es el centro de la comunidad de los fieles…”, decía el Concilio (PO n. 5). Todos los miembros de la Familia Paulina, según las directrices del Fundador, estamos llamados a vivir en este espíritu; que la eucaristía esté “en” el centro de la vida de la comunidad; y lo estará si es “el” centro de la vida de cada paulino y paulina. Hay que dar realce a la fuerza transformadora de la eucaristía… Que sea realmente fuente y cumbre de toda evangelización, y de todo apostolado; los cristianos todos y los apóstoles de la comunicación en concreto, “marcados por el sagrado bautismo y la confirmación, se injertan plenamente en el cuerpo de Cristo por medio de la eucaristía”. (PO n. 5). Porque “en la sagrada Eucaristía se contiene todo el bien de la Iglesia; todos los ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado están unidos por la Eucaristía y hacia ella tienden” (EM n. 6).

La Eucaristía, fuerza de la misión

Por eso, de la fuerza transformadora de la Eucaristía dependerá también la fecundidad apostólica de nuestra misión, al servicio de la Iglesia, de la sociedad y de la creación. Y la Visita cotidiana al Señor, con la atenta y abundante lectura y escucha de la Palabra de Dios, con nuestro silencio orante, el encuentro personal con Jesús Maestro ensancha el corazón y la capacidad de transformar nuestra existencia en vida eucarística, en intercesión y acción de gracias.
Nosotros, Familia Paulina, que tenemos la “preciosa herencia” de la Visita eucarística cotidiana, tenemos en cuenta evidentemente un principio importante: “La celebración de la Eucaristía, la Misa, es en verdad el origen y el fin del culto,[de la Visita, de la adoración eucarística] que se le tributa fuera de la misa” (EM n. 3e). La hostia santa se consagra en la Celebración y “se reserva para extender la gracia del sacrificio eucarístico”: para adorar a Jesucristo, nuestro Maestro y Señor, y para la comunión fuera de la Misa”, en los casos en los que sea necesario.
En la Constitución sobre la liturgia, n. 47, se afirmaba: “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que le traicionaban, instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y Resurrección…” (SC 47).
Recordando los gestos y las palabras de Jesús en su “Pascua” con los apóstoles, se afirma un principio dogmático importante: la Eucaristía ha sido instituida “para ser comida”: “ut sumatur”. Jesús, efectivamente, en la última cena dijo: “TOMEN Y COMAN: esto es mi cuerpo…;  TOMEN Y BEBAN: este es el cáliz de mi sangre, que será derramada…». “Les partió pan y se lo pasó…; y pasó el cáliz…”.  Ciertamente, la Iglesia siempre –y de una manera especial en el Concilio Vaticano II– se ha fijado en lo que hizo Jesús, en cómo lo hizo y mandó hacerlo. En particular, para la institución de la sagrada Eucaristía ha tenido muy en cuenta los gestos, las palabras de Jesús; lo que mandó que hicieran sus apóstoles, y lo que estamos llamados a vivir todos nosotros cuando participamos en la sagrada Eucaristía.
El mandato del Maestro: “Hagan esto en conmemoración mía”, se dirige a sus apóstoles, sus ministros ordenados. Ellos y también nosotros, los laicos, que no tenemos un ministerio ordenado, por el sacerdocio bautismal estamos llamados a renovar en nuestro espíritu la voluntad de ofrecernos con Jesús, de vivir nuestra “comunión” con el Maestro que se entrega por nosotros, por nuestros pecados y por los de muchos para el perdón. Porque la Eucaristía es “misterio de amor y ofrenda por todos”.
La espiritualidad paulina, conforme a la enseñanza del padre Santiago Alberione, tiende a la meta de la vida cristiana: “en mí vive Cristo”; la Visita, con la “rumia” de la Palabra y los silencios que favorecen el encuentro personal con Jesucristo, aspira a la comunión con Jesucristo: a una plena configuración con Cristo, camino, verdad y vida. Es el pensamiento del padre Alberione.
Porque la Visita eucarística, para que sea de veras adoración “en espíritu y verdad”, debe llevarnos a sintonizar con la mente, la voluntad y el corazón del Divino Maestro, para que nuestras intenciones sean siempre la glorificación de Dios y la salvación de los hombres, las finalidades de la misma Encarnación del Hijo de Dios (Lc 2,13). Vivida de esta forma, la visita eucarística nos hará evitar todo ‘aislamiento’, porque se trata de vivirla con el mismo espíritu de Jesús: “por Cristo, con él y en él”,
¡Cuántas veces hemos escuchado esto, en la predicación del padre Alberione!
Todo cristiano, discípulo de Cristo, si quiere obedecer al mandato de Jesús: Hagan esto en conmemoración mía, tiene que tener en cuenta el contenido de aquel “esto”, donde nos pide a todos que renovemos, en el sacramento, lo que hizo Jesús en la última Cena. 
A través del pan y del vino, también el cristiano se ofrece a sí mismo, dispuesto a que su vida sea generosamente entregada. De esta forma el sacrificio de la Iglesia queda integrado en el mismo sacrificio de Jesús, para completar ─en palabras de san Pablo─ lo que en nosotros falta a la pasión de Cristo (cf. Col 1,24).

La Visita eucarística

La Visita Eucarística es uno de los pilares de la espiritualidad paulina, momento imprescindible para vivir en realidad la fidelidad al proyecto de Dios en línea con las directivas de nuestro Fundador, el padre Alberione. Una clara expresión de este principio la encontramos en las Constituciones de la Sociedad de San Pablo, que subrayan este compromiso que no se puede descuidar: “Todo religioso paulino cuide como preciosa herencia del Fundador y característica de la piedad paulina la hora de visita diaria al Santísimo Sacramento como encuentro personal con Cristo” (art. 34). De forma muy similar, aparecerá esta misma disposición en las demás Constituciones o Reglas de Vida de las Congregaciones e Institutos paulinos de vida secular consagrada.

“La visita es la práctica que más orienta e influye en toda la vida y en todo el apostolado” –dice el Fundador– (UPS II p. 105). Es alimento para la vida del paulino; por medio de la Visita ciertamente Jesús Maestro, camino, verdad y vida, quiere alimentar íntegramente nuestro espíritu: la mente con su inteligencia, con sus pensamientos; nuestra voluntad, nuestro corazón y todo nuestro ser. Si llegamos a vivir ese encuentro personal con Cristo, el Señor, del que hablan las Constituciones de la Sociedad de San Pablo, nuestra vida espiritual estará suficientemente nutrida, pues “la alimentación es especialmemte completa en la misa, en la comunión y en la Visita-Adoración”, (CISP p. 12) con la vivencia y participación en todo el Misterio eucarístico.

El padre Alberione, en la predicación de un curso especial de Ejercicios espirituales de un mes, en el año 1960, a sus hijos paulinos, sacerdotes y Discípulos del Divino Maestro, les subrayaba: “A tan inmenso amor de Jesús, habrá que corresponder con la participación en la celebración, recibiendo la comunión, y con la visita a Jesús eucaristía” (UPS II, 103). Todo el Misterio eucarístico, y en concreto también la Visita, tendrá que estar en el “centro” de nuestra vida. Lo afirma el Concilio Vaticano II hablando de la Misa en la vida del presbítero y su pastoral: “Es, pues, la celebración eucarística el centro de la congregación de los fieles que preside el presbítero” (PO n. 5).

Estará “en” el centro de la vida de la comunidad si es “el” centro de la vida de cada creyente, de cada uno de nosotros.

Es muy importante dar realce a la fuerza transformadora de la Eucaristía, porque ella es “fuente y cumbre” de la vida cristiana y de la Iglesia, como es fuente y cumbre de toda la evangelización misionera; y los fieles, los cristianos, “marcados ya por el sagrado Bautismo y la Confirmación, se injertan plenamente en el cuerpo de Cristo por medio de la Eucaristía” (PO n. 5).

La fecundidad apostólica dependerá de la capacidad que tengamos de transformar nuestra existencia en acción de gracias, es decir, en “Eucaristía”.

Decía el padre Alberione en 1959 que la Visita eucarística “tiene la finalidad de establecer nuestra vida en Cristo Jesús, o sea, de vivir en él, por él, y con él” (Pensamientos, n.270); conseguir su forma de pensar, de querer y de amar, para “comunicarlo, mediante el apostolado”, a los hombres y mujeres que tienen sed de autenticidad.

Tiende a la comunión con Cristo en su misterio pascual de muerte y resurrección. Comunión que tiene por fin nuestra plena configuración con Cristo: esta es la visión del padre Alberione. El pan consagrado se conserva en el sagrario “para extender la gracia del sacrificio” (EM n. 3). Esta “extensión” se realiza principalmente por medio de la comunión sacramental fuera de la misa, y también por la Visita eucarística o adoración de la humanidad glorificada del Señor Jesús. Porque la Eucaristía es la presencia de Cristo en su forma de existencia actual, a la derecha del Padre; resucitado y glorioso, intercediendo como sumo sacerdote por sus hermanos, los hombres (Hb 7, 25).

Solidarios, con Cristo, con la humanidad

El Señor Jesús, hombre plenamente solidario con la humanidad, conforme al mensaje de la carta a los hebreos, nos introduce, como sumo sacerdote, en su misma adoración e intercesión y da a nuestra adoración las dimensiones universales de su oración y ofrecimiento.

Los que adoramos y rogamos a Jesús el Señor presente en el sagrario o en la custodia, en lo que llamamos “el sacramento permanente de la Eucaristía”, lo hacemos sí, como acto personal, pero también en nombre de toda la comunidad, de la familia, de la sociedad, de la Iglesia. Lo dice claramente el n. 90 del Ritual del “Culto a la Eucaristía fuera de la Misa”, de la Congregación del Culto divino del año 1973: “adoran y ruegan a Cristo, el Señor, en el Sacramento, en nombre de toda la comunidad y de la Iglesia”  (RSCCE n. 90).     

Nuestra adoración “en espíritu y verdad” para que sea acepta al Padre, tiene que ser “por Cristo, con él y en él”; ha de sintonizar con las intenciones y los sentimientos de Jesús, que serán siempre fundamentalmente, la glorificación de Dios y la salvación de los hombres, el fin de la Encarnación, cantado por los ángeles en Belén: “la Gloria a Dios, y la paz a los hombres” (cf. Lc 2,13-14).

Esto es vivir la visita, la adoración eucarística, evitando toda forma de intimismo o de aislamiento de los demás, pues se trata de realizarla con las mismas actitudes de Jesús, con las finalidades que él tuvo en la encarnación y en toda su vida: la gloria a Dios y la salvación de todos los hombres, la paz en la tierra.

Antes de entrar en el método de la Visita paulina, citamos una lista de “intenciones” que el padre Alberione sugería en los años 1955-56 a las Pías Discípulas del Divino Maestro para la adoración eucarística:

“Que la verdad del Maestro divino sea comprendida y amada por todos los hombres y por nosotros mismos.

Para esto, tener presente:

– el magisterio del Papa;

– las escuelas: desde las guarderías hasta las universidades. Rezar por las escuelas del mundo entero;

– el catecismo en todas las parroquias y en todas las escuelas;

– La prensa: enseñanza que llega cada día y a cada casa;

– Rezar por los modernos medios de difusión del pensamiento. Que sean conformes al Evangelio, a los principios cristianos y a los principios de la recta razón: radio, cine, televisión, pintura, escultura y todos los medios que sirven para comunicar el pensamiento;

– pedir al Padre que se observen los mandamientos, los consejos evangélicos, la perfección cristiana;

– que Jesús “Vida” viva en todos los hombres.

 Mientras ustedes están rezando ante el santísimo Sacramento, el efecto, el fruto de su oración se extiende al mundo entero”.

Método alberioneano de la Visita eucarística

Hacer la visita es fundamental. Pero nos preguntamos: ¿cómo hacerla? Hay muchas maneras, pero lo principal es el deseo, la voluntad de adorar a Jesús Maestro, en el que creemos, y a quien queremos dirigirnos y estar unos momentos con él: adorándole, escuchándole, rogando con él por nosotros y por nuestra familia, por las personas que recordamos; por las necesidades sociales, familiares, personales y comunitarias que sentimos y que, confiados,  queremos presentar al Señor.

También nos preguntamos: el padre Alberione ¿nos dejó alguna indicación de “método” para la Visita, a la que sabemos que dio tanta importancia? Precisamente, se trata de una práctica a la que nuestro Fundador dio tanta categoría que llegó a decir que habría una gran responsabilidad si no se hubiese establecido en la Familia Paulina la Visita eucarística cotidiana.

El Fundador insistió ante todo en que el primer método de Visita eucarística es la fidelidad a esta cita. “El primer modo es hacerla” (cf. Haec meditare II, p. 106).

Y después, el beato Santiago Alberione explica que la Visita “nos lleva a honrar a Jesús, camino, verdad y vida” (Es necesario orar siempre 2, p. 162). Como todo en la espiritualidad paulina, el padre Alberione centra el método en la referencia directa a la frase de Jesús en el Evangelio según san Juan, que consideramos una definición del Maestro divino: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida” (Jn 14,6). “Son muchos los métodos propuestos para obtener de esta práctica los mejores frutos. Es muy indicado el de honrar a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida” (Predicación del Primer Maestro V, p. 459).

Se comienza la Visita, después de un momento de silencio para presentarnos al Señor y hacer un Acto de fe y adoración (libro de Oraciones de la Familia Paulina, p. 75), con la mirada puesta en JESÚS “VERDAD”: leemos o escuchamos el Evangelio, o algún texto de las Cartas de san Pablo. Las páginas de la Biblia iluminan la actitud del creyente que, postrado ante la eucaristía, no se cierra en el intimismo o individualismo, sino que se abre y se identifica con la grande y única intercesión cristiana: la de Cristo, sentado a la derecha del Padre.

El paso siguiente, nos pone en comunión con JESÚS “CAMINO”, Jesús modelo para nuestra vida, para nuestro ser. Hacemos el examen de conciencia confrontando nuestro estilo de vida, nuestro comportamiento, con el de Jesús, nuestro Maestro y Señor. Hemos contemplado el comportamiento de Jesús en relación única con el Padre; y luego, lo que destacamos es su actitud frente a los fariseos, a los enfermos; su comportamiento con Pedro, con Santiago y Juan, con Judas… Después del examen, con humildad y confianza, pedimos a Jesús que, por su misericordia, nos conceda el perdón y la gracia de enmendarnos, de ir pareciéndonos cada vez más a él.

Con JESÚS “VIDA”, se llega al momento culminante de la Visita eucarística: es el tiempo de la oración directa: todo viene del sagrario. “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”.Podemos servirnos libremente de oraciones ya hechas, y mejor aún, que, al menos en algunos momentos, sean expresiones espontáneas y compartidas, a partir del Evangelio o del texto de la Palabra de Dios que hemos meditado. Orar con la Palabra.

Si todos los métodos de oración en general son buenos, el nuestro paulino es “divino”. Y el adjetivo se lo pone nuestro Padre y Fundador(cf. Predicación del Primer Maestro 5 p, 134). Es un método tomado totalmente del Evangelio y de la definición que se dio el Maestro Divino en la última Cena, ante la pregunta indirecta del apóstol Tomás.

Por este motivo, en la Visita diaria, la Palabra de Dios ha de ser el centro y el eje de nuestra adoración. Es el contacto diario y con espíritu de adoración con la Palabra de Dios lo que nos hace trasmisores eficaces y fieles de la misma Palabra. Y la Visita es el momento privilegiado que nos acerca a la Palabra de manera total: para nutrir nuestra mente, fortalecer nuestra voluntad e inflamar nuestro corazón.

En forma muy resumida, este es el método:

+ Acoger la Palabra (Jesús Verdad):leer y meditar la Palabracon actitud de acogida; usar la “rumia”: repetir una frase o una palabra… De este modo podremos percibir al Espíritu, que interpreta en nosotros la Palabra, para el “hoy” que vivimos (cf. Rm 8,26);

+ Confrontarse con la Palabra (Jesús Camino); la Palabra leída y rumiada: punto de partida para nuestro examen de conciencia.

+ Orarla Palabra (Jesús Vida): la misma Palabra “rumiada”, con la que nos hemos confrontado, tiene que transformarse en oración o inspirar nuestra oración, que, a su vez, tiene que transformarse en vida.

Meditación

Hno. Anderson Mendoza, ssp
ALGUNAS IDEAS SOBRE LA MEDITACIÓN

La meditación se propone, junto al examen de conciencia, como un ejercicio diario en el camino de perfección, en el famoso “progresar un poquito cada día”, tan repetido por nuestro venerable Maggiorino Vigolungo, y que se ha continuado en la Familia Paulina. La perfección es entendida por el padre Alberione como el «vivir intensamente, en la medida que nos es posible, del Maestro divino, camino, verdad y vida» (UPS II, 57).

Este camino de perfección a la que aspira todo cristiano ─al menos debería ser el ideal─, se proyecta cada año con la tanda de Ejercicios espirituales, que luego se retoma con el retiro mensual, y que a diario se revisa con la meditación y el examen de conciencia, como ya lo he señalado. (Sobre el examen de conciencia ya hemos hablado en nuestros encuentros pasados, la visita eucarística la trataremos dentro de poco, así como los ejercicios espirituales y retiro mensual).

En este modo, si bien la meditación tiene una válida aplicación en la vida diaria sin ninguna continuidad, adquiere aún mayor significado cuando está conectada con un proyecto personal de crecimiento espiritual, bien sea que guía todo el ideal de nuestra vida, o que se haya planificado al inicio del año espiritual (que va desde los últimos ejercicios espirituales hasta los próximos).

El padre Alberione la señala ─la meditación─ como oración mental, y luego ─citando una definición común de su tiempo─ dice que es la «aplicación de nuestras potencias interiores ─mente, corazón y voluntad─ a una verdad, a un hecho o a una oración para convencernos más de ella y hacer propósitos para el progreso espiritual».

La meditación más frecuente en su tiempo era el recuerdo de los novísimos y de la voluntad de Dios como regla de vida, pero el padre Alberione enfatiza, además, en la elevación del alma a Dios como la practicó Jesucristo y, a ejemplo suyo, los santos. 

También el Fundador nos hace una advertencia a no convertir la meditación en una instrucción, una catequesis… Ciertamente, se ilumina la mente con una catequesis, como un método, pero solo debe ser una parte de esta. Si falta la reflexión, el silencio, el examen de conciencia… será solo una lectura espiritual, una instrucción de la mente… pero no meditación. Y el fruto de una buena meditación será el estimular el amor, actos de fe, de deseo, de humildad, la devoción a las cosas conocidas en el catecismo… porque va dirigida a la voluntad y el corazón, más que a la mente (cf. Alle Suore di Gesú Buon Pastore, 1957).

LA MEDITACIÓN Y EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

El Catecismo de la Iglesia católica (CEC) presenta la meditación como una expresión de la oración, junto a la oración vocal y a la contemplación (cf. CEC n. 2700-2724). La meditación, señala el CEC, es sobre todo una búsqueda. Y ¿qué buscamos? Ante todo, tratamos de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide de nosotros. Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo.

La meditación ─continúa el CEC n. 1706─ hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”, como en la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con Él.

En una carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, la Congregación para la Doctrina de la fe (15 de octubre de 1989), dice respecto a la relación entre la oración y la revelación: «Los autores del Nuevo Testamento, con pleno conocimiento, han hablado siempre de la revelación de Dios en Cristo dentro de una visión iluminada por el Espíritu Santo». Por tanto, afirma que «existe una estrecha relación entre la revelación y la oración». La constitución dogmática Dei Verbum nos enseña que, mediante su revelación, Dios invisible, «movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía».

PASOS PARA LA MEDITACIÓN SEGÚN EL PADRE ALBERIONE

Ante todo, se debe decir que no hay un único método para hacer una meditación. En general, se suele elegir un texto adecuado (las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, escritos de los Padres espirituales, obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del “hoy” de Dios.).

Se lee o se escucha algún trozo del texto elegido, luego se repite y se detiene en el punto principal, se explica, aplica, etc., se puede hacer hincapié en alguna frase, se hacen preguntas de interpelación, etc. Seguidamente se hace un buen examen de conciencia y un propósito práctico (cada uno repetirá fácilmente el de los Ejercicios espirituales o del retiro mensual), y oración bien elegida y recitada lentamente.

El padre Alberione enfoca la meditación en la tríada “camino, verdad y vida”, junto a la oración preparatoria y la de acción de gracias.

  • Oración preparatoria. Consiste en ponerse en presencia de Dios y en pedir la luz del Señor y la gracia de hacer propósitos firmes y eficaces. Algunos recomiendan hacer algún ejercicio de respiración para relajar la mente.
  • Verdad. Se ejercita especialmente la mente. Se lee el tema de la meditación. A menudo secontempla con sencillez un misterio, un episodio de la vida o de la pasión de Jesucristo, una máxima práctica, una de las verdades eternas.
  • Camino. Se estimula especialmente la voluntad a desear intensamente la santidad de la vida y a seguir a Jesús que nos precede en el camino del cielo. Se despiertan actos de deseo, se hace examen de conciencia sobre el pasado, se incita el dolor de los pecados y se hacen propósitos.
  • Vida. Se debe orar para pedir la gracia de la perseverancia y para que lo que todavía no hemos practicado por debilidad, pueda ser posible, fácil y grato gracias a la abundancia de las ayudas divinas. Aquí se pueden recitar diversas oraciones, como el Pater, el Ave, el Gloria; algún misterio del rosario, el Veni Creator Spiritus, el Anima Christi, el Miserere.
  • Oración final. Se compone de la acción de gracias por la asistencia divina, el ofrecimiento de los propósitos y alguna breve súplica para mantenerlos firmemente.
ALGUNAS PREGUNTAS PARA CUESTIONAR

¿Quién o qué está en el centro de mi meditación? ¿Cómo diferencio una meditación cristiana de otras meditaciones? ¿Sobre qué cosas suelo meditar? ¿Extiendo a lo largo de la jornada momentos para pensar el tema que he meditado en la mañana?

Liturgia de las Horas

ETIMOLOGÍA Y ORIGEN

*Liturgia,* una palabra bastante utilizada hoy en nuestras comunidades, y no solo hablada, sino también practicada. Sabemos la importancia que ella ejerce en nuestro caminar y hasta podemos imaginar lo que sería de nuestras comunidades si quitáramos las celebraciones litúrgicas.

        A partir de lo dicho, podemos preguntarnos, más o menos, ¿qué es Liturgia?

Liturgia, es una palabra de origen griego _(leitourgia)._ Ella proviene de la composición de _laós_ (= pueblo) y de _ergon=_ obra, servicio, acción). Traducido literalmente, _leitourgia_ significa “servicio hecho para el pueblo” o “servicio realizado para el bien común”.

Inicialmente, los griegos lo entendían de esta forma: alguien participa de un préstamo, está haciendo liturgia. Alguien, o un grupo, se pone a construir un puente o a organizar una fiesta, está haciendo liturgia.

El término “liturgia” sugiere acción, trabajo, servicio en favor del pueblo, en favor de las personas, en favor de la comunidad humana, en favor de la vida humana.

        En un sentido más amplio podemos decir que es toda práctica de la Iglesia realizada con la gracia de Dios, en continuidad con la misión de Jesús, animada por la fuerza del Espíritu Santo.

Recorriendo la historia de la salvación, percibimos que Dios realizó innumerables acciones litúrgicas a favor de su pueblo elegido. Liturgia es, entonces, la manera propia de Dios como acción amorosa en favor de la humanidad.

“El culmen de la acción de Dios a nuestro favor fue la entrega de su propio hijo”.

Jesús vive la liturgia del Padre entre nosotros. Sobre todo, en su pasión, muerte y Resurrección, aparece de una manera más realizada la liturgia divina. Él realizó una gran liturgia: nos liberó de la esclavitud del pecado y de la muerte, haciéndonos pasar hacia la libertad de hijos e hijas reconciliados con Dios.

        La acción del Espíritu Santo es también liturgia. Él continua presente en la vida de la Iglesia, volviendo viva la memoria de Jesús.

Cuando celebramos, acontece una acción conjunta, o sea, una sinergia, como dicen los orientales:

Todos actúan: Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo y la comunidad celebrante.

        La acción litúrgica se refiere al conjunto de acciones simbólicas de la cual es elaborada una celebración. Todo es simbólico: el espacio, el tiempo, las relaciones entre las personas, los objetos, los gestos, las palabras, las actitudes…

        Las acciones simbólicas tienen la función de unir, juntar.

Participando de la acción litúrgica, entrando en el juego ritual, hacemos experiencia de la presencia viva de la liturgia divina (misterio pascual – de la acción de la Trinidad).

En la acción litúrgica entramos en comunión profunda con el propio Jesucristo, Señor y vencedor de la muerte, y con el Espíritu del Señor que nos hace vivir en la intimidad del Padre y hace nuestro camino pascual.

Para que eso acontezca es necesario realizar, en forma verdadera e intensa, las acciones. Las acciones simbólicas no pueden ser realizadas de una manera técnica, funcional. Para que sean realmente simbólicas es necesario buscar y expresar la unidad entre el gesto corporal, el sentido teológico-litúrgico y la actitud espiritual.

Por ejemplo, podemos leer la Palabra como un libro cualquiera; pero, para que la lectura sea realmente una acción simbólica, se hace necesario leerla en el Espíritu y, sobre todo, con nuestra mente, voluntad y corazón dirigidos hacia el Señor Jesús y su proyecto.

*Orígenes*

La fundamentación de la liturgia de las horas la encontramos en el ejemplo de Jesús y las comunidades apostólicas, formadas por los que convivieron con el Señor y fueron testigos de su íntima relación con el Padre.

Señala la Instrucción General de la Liturgia de las horas en su numeral 4:   

Aquello que es verdaderamente importante en la oración de Cristo y las comunidades primitivas consiste en su contenido: la obra de la Salvación y el Misterio Pascual, y, sobre todo, en la relación filial que Jesús hizo posible con sus gestos y con sus palabras, y particularmente con el Padrenuestro (cf. Mt 6).

En el Siglo III, encontramos documentos que nos informan sobre la práctica de ciertos momentos de oración a lo largo del día: al levantarse, al mediodía, al caer de la tarde, durante la noche. Estos testimonios son señal de una organización embrionaria de lo que más tarde había de ser la LH.

Los indicios de la tradición litúrgica son unánimes en presentar la LH como una *Acción Sagrada que el pueblo de Dios realiza reunido en asamblea, como la Iglesia del Señor congregada y presidida por sus pastores.

SIGNIFICADO TEOLÓGICO Y SANTIFICACIÓN DEL TIEMPO

SIGNIFICADO TEOLÓGICO

La LH es oración de toda la Iglesia porque Cristo es nuestro único mediador y nuestra única posibilidad de llegar a Dios por la oración. (IGLH 6). Es expresión de unión personal entre el Padre y todos los hombres, y por eso, tiene carácter esencialmente comunitario, asimismo cuando alguien lo hace individual y en secreto (cf. Mt 6,6). El sentido comunitario de la oración invade el área externa y visible. La iglesia comunidad de vida y presencia del Espíritu de Jesús,… (SC 26). (SC 27).

LA LH SANTIFICA EL TIEMPO

El tiempo es un don de Dios, y la iglesia, a través de la LH, lo ordena a la glorificación el Padre y la santificación de los hombres. Contribuye a dar sentido a la vida humana, haciendo que cada instante del día y de la noche se convierta para el cristiano en señal de la presencia del misterio de la salvación y del encuentro con El.

Dedicando la oración en momentos calves del día, suscita en aquel que celebra la LH verdaderas actitudes vitales que dan sentido al día y todo se realiza en una verdadera consagración de trabajo y de esfuerzos humanos.

LAS PRINCIPALES HORAS DE LA LITURGIA DE LAS HORAS

Las Laúdes y las Vísperas, sin duda, son las horas más importantes del Oficio Divino, estas horas se basan en dos momentos del día, impuestos por los movimientos inalterables de la tierra, el día y la noche, exigidos, de cierto modo, también por el ritmo biológico de nuestro propio ser, actividades de descanso, vigilia y sueño.

Laúdes. Los laúdes santifican el día, hacen memoria de la resurrección del Señor. Se dirigen a santificar la mañana (IGLH) la santificación del día se inicia con la dedicación a Dios los primeros pensamientos y propósitos.

Antes de entregarnos a los afanes, el hombre se concentra en su Señor y Creador para encontrar en La fuente del optimismo que debe presidir su día y la fuerza para llevar a cabo.

Esta primera oración del día se convierte en una ofrenda de todo aquello que será el día que va a comenzar.

Vísperas. Es la segunda gran oración del día y tiene lugar cuando el sol se pone. Son tres los grandes temas de esta oración: Acción de gracias, Memoria de la redención, Esperanza de la vida eterna.

Si el día comenzó pidiendo a Dios su ayuda para santificar todos los trabajos de los hombres y estos se mantienen fieles a su voluntad, el fin del día evoca el momento de hacer balance y de recibir el salario.

La oración de vísperas proyecta para luz sin ocaso, si en laúdes se dice que Dios es la fuente de toda luz, ahora en vísperas se recuerda que es luz sin ocaso. Cuando se apaga la luz del día, llega el momento de encender la lámpara, símbolo de la luz que permanece para siempre y que un día contemplaremos definitivamente.

LA IMPORTANCIA DE LA LITURGIA PARA ALBERIONE

En este punto queremos considerar la importancia que tiene para nuestro Fundador, la Liturgia. Para esto, compartiremos con ustedes algunos pensamientos de Alberione dirigidos a las Pías Discípulas en el año de 1947.

  • “La liturgia es el libro del Espíritu Santo, como la Creación es el libro del Padre y la Sagrada Escritura es el libro del Hijo. Por medio de las cosas visibles nosotros llegamos a conocer a Dios que es invisible”. (APD 47,469)
  • “El Año Litúrgico está ordenado de manera que nos presenta primero la oración que se hace al Padre, para que mande a su Hijo; luego el nacimiento del Salvador, su vida, Pasión y Muerte y su Gloria; finalmente la obra del Espíritu Santo en las almas y en la Iglesia.” (APD 47,473)
  •  “La enseñanza de la Liturgia está contenida especialmente en el Breviario, en el Misal, en el Pontifical, en el Ritual; aquí está Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida. Por una parte están contenidas todas las verdades dogmáticas que se refieren a la Eucaristía. Se consideran también las virtudes de Jesús. En tercer lugar están descritas las gracias que se nos comunican por la Eucaristía. (APD 47,475)
  • “La Liturgia de la tierra acompaña al alma hasta las puertas del cielo. Allí la deja porque comienza la liturgia más bella, más perfecta, la eterna de allá arriba.” (APD 47,476)
  •  “En sus iglesias tendrán que ser muy bellas las funciones, bien realizados los cantos; bien rezadas las oraciones, intenten penetrar en el sentido del breviario, récenlo bien en su lengua natal. Recen con el misal; misas bien escuchadas, comprendan bien el ritual, acompañen la administración de los Sacramentos con inteligencia y piedad de discípula. Comprendan y hagan bien la señal de la cruz, de forma que edifique, comprendan bien todas las ceremonias, también las pequeñas y menos visibles.” (APD 47,478)
  • “Pedir al Señor la gracia de poseer el espíritu litúrgico, significa pedir la gracia de poseer el espíritu de la Iglesia” (APD 47,482)
  • “Cuanto más penetren en la tierra la Sagrada Liturgia, tanto más gozarán en el Cielo de la visión beatífica.” (APD 47,482)
  • “La Liturgia crea en nosotros el gusto por las cosas celestiales y nos introduce en la realización de la divina promesa, ‘entra en el gozo de tu Señor’ (Mt 25,21-23)”. (APD 47, 491)
  • “Toda la Doctrina ascética y mística, además de la dogmática y la moral, están contenidas en la Liturgia.” (APD 47,492)

Estos pensamientos nos dan una pequeña idea del gran amor y estima que nuestro Fundador tenía para la Liturgia, al punto que, a nosotras, Pías Discípulas, nos la encomienda como una de nuestras dimensiones apostólicas.

LA LITURGIA DE LAS HORAS Y LA FAMILIA PAULINA

Realizando un pequeño sondeo por las diferentes Congregaciones e Institutos de la Familia Paulina, tenemos:

  • SSP. Se recomienda el oficio divino para quienes tiene obligación por su ministerio (los diáconos y presbíteros), y también se propone al resto de los miembros.
  • PDDM. Para nosotras como Pías Discípulas, el rezo de la Liturgia de las Horas es parte de nuestra vida espiritual a norma de la Regla de Vida en su número 19: “Participamos en el oficio sacerdotal de Cristo también con la Liturgia de las Horas. Cantamos las maravillas del Señor y extendemos en el tiempo la alabanza, la acción de gracias, la memoria de los Misterios de la Salvación, las súplicas y la pregustación de la gloria celestial: prerrogativas del Misterio Eucarístico. Asumimos las situaciones de la Historia y con la mente y la voz concordes celebramos las Laudes y las Vísperas, en unión con la oración incesante de Cristo y de la Iglesia”.
  • HJBP. Por Regla de Vida, tienen el rezo de Laudes y Vísperas.
  • ISMA. Para ellas, el rezo de la liturgia de las Horas queda bajo la responsabilidad de cada una de forma personal. Pero para algunos grupos de ellas, cuando tienen encuentros comunitarios, optan por rezar la Liturgia de las Horas.
  • ISGA. Tienen en sus estatutos como deber, rezar todos los días, el Oficio Divino.
CONCLUSIONES

La vida litúrgica es parte fundamental en la espiritualidad de la Familia Paulina. Tanto así que, en el año de 1993, se lleva a cabo la renovación de la edición de “Celebraciones Propias de la Familia Paulina”.

El Padre Alberione no se cansaba de promover la oración de la Iglesia y con la Iglesia (cf. AD 72), pero, al mismo tiempo, insistía en que esta oración debía estar coloreada por esa peculiar tonalidad que brota del carisma propio y que él llamaba “color paulino”, centrado en la persona de Cristo como Maestro y Pastor, Camino, Verdad y Vida; la devoción a la Santísima Virgen Madre, Maestra y Reina de los Apóstoles y el seguimiento de Pablo, Apóstol de los gentiles, en unión con Pedro, cabeza de toda la Iglesia.

Desde los inicios el Fundador situó siempre la formación a la espiritualidad cristiana y paulina, sobre los rieles y las etapas del tiempo litúrgico, como lo encontramos documentado en la misma Opera Omnia. (Tomado de la Introducción del Libro de la Liturgia de la Familia Paulina)

Santo Rosario

Ejercicios espirituales y ejercicios espirituales

El acompañamiento espiritual